viernes, 1 de junio de 2012

El Negro Thompson

En aquel tango primigenio que diseñaron los negros argentinos en forma totalmente improvisada, fijando la característica más importante del tango-danza, que es precisamente la improvisación, tañeron diversos instrumentos gente proveniente de África o sus descendientes.

Hubo numerosos músicos negros que dejaron su impronta creadora y la transmitieron a los colegas que heredarían esos códices y los fermentarían en la evolución natural del género.

El primer bandoneonista que tocó el tango con ese instrumento aparecido misteriosamente en Buenos Aires fue un mótorman de tranvía. Se llamaba Sebastián Ramos Mejía (apellidos que heredaban de sus patrones). La primera partitura de tango que se conoció -El entrerriano- le pertenececía a un pianista negro: Rosendo Mendizábal.

El autor de tangos como Cordón de oro, El tamango, Retirao, era un eximio violinista y guitarrista negro llamado Carlos Posadas. Aprendió de su hermano Manuel que tenía formación académica y tocaba en la orquesta del Colón.

Podríamos agregar a los guitarristas de Gardel: José Ricardo y Guillermo Barbieri, que también formaron parte de esa cubeta afroargentina. O al gran bandoneonista Joaquín Mora. O al guitarrista Enrique Maciel.

Y podría seguir un rato largo pero hoy quiero referirme a Ruperto Leopoldo Thompson, descubierto por Canaro que lo incorporó a su orquesta tocando una guitarra de 9 cuerdas, para pasar inmediatamente el contrabajo, con el cual descolló en la guardia vieja y en la nueva. Thompson solucionó los problemas rítmicos, además de ser un cabal innovador. Canaro recordaba que fue él quien introdujo los canyengues golpeando con la mano o con el arco sobre las cuerdas, aportando de ese modo una viveza peculiar al ritmo. Incluso se lo puede considerar iniciador de la percusión, pues arrastrado por la ejecución golpeaba con los dedos, a mano abierta o con los nudillos sobre la caja para acentuar los tiempos.

El primer Sexteto de Julio De Caro. Thompson, primero parado izq.

Había tocado también con Arolas y Firpo,  pero su sello final lo estampa en el revolucionario Sexteto de Julio De Caro. Lo afirmaba el propio director a quien entrevisté en la radio un día: "Era rápido como el rayo. Un aluvión que metía saltellatos en el arco, pizzicattos, glizzatos, candombes y demás fiorituras, ya fuese , pasar su mano por la tapa trasera del contrabajo, de arriba abajo o viceversa, en efectos muy especiales, metamorfoseando el instrumento tal cual un tamboril, al golpearlo, emitiendo éste diversas tonalidades opacas". 

Murió repentinamente con apenas 26 años después de una actuación. Pero dejó su sello negroide en el tango para siempre.


Acá está una muestra de su paso por el Sexteto de Julio De Caro. De Luis Petrucelli: Picardías y de Julio De Caro: Todo corazón.


Picardías (1925)


Todo corazón (1924)

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