martes, 23 de octubre de 2018

BIEN MILONGA







    El tango es el tango...no hay vuelta que darle
    con cuello o pañuelo, lo mismo es gotán,
    que el traje no dice la estirpre del rango
    ni el gesto guarango pinta el arrabal.
    El tango es el tango por más que le pongan
    ribetes compadres o cintas de amor,
    el tango es el tango si tiene milonga
    no importa que sea de ayer o de hoy.

                  Juan B.A. Gatti



Y nosotros seguimos de fiesta en el Mes aniversario de BIEN MILONGA, el quinto año consecutivo en la Casa de Aragón (Pza. República Argentina nº 6-Madrid). Esta noche de Martes 23 de septiembre, desde las 21 a las 0 horas, gastamos suela, le damos gusto al cuerpo al compás de esta música inigualable y brindamos con los amigos que nos acompañan siempre.

                                       
Para no perder la costumbre arranco con la passeggiata por esas pistas de questo mondo milonguero, y vemos cómo le dan a las tabas algunas parejas de esas que lucen garbo y postureo.

La primera parada es en la milonga Si al Mikasa, de Bologna. Donde Pablo Inza y Sofía Saborido, bailan al compás de la orquesta de Ángel D'Agostino, con el tango No vendrá, que canta Angelito Vargas.


 Salto a un encuentro en Reading, Inglaterra. Porque hasta allí fueron Nick Jones y Diana Cruz, la conocida pareja norteamericana (Él además es bandoneonista).  Y se mandan con este valsecito: Para tí madre, por la orquesta de Alfredo de Angelis, cantando Carlos Dante


 Ahora me planto en Bruselas, en el festival de dicha ciudad. Porque están Los Totis, Christian Márquez y Juana Sepúlveda haciéndole  honor al nombre de esta milonga: Sacachispas, por Julio De Caro, su orquesta y el cantor Luis Díaz.

                                         

Si no te agarraron las ganas de saltar a la pista, estarás con una palmera bárbara, ¿no?
                                                                                                     

domingo, 21 de octubre de 2018

Manzi eterno

"Estoy lleno de voces y de colores / que juraron acompañarme hasta la muerte / como amantes resignadas / al breve paso de mi eternidad".

Un 3 de mayo, -hace 67 años- Homero transformó sus pasos en una huella imborrable. En aquella despedida, su amigo de siempre, Cátulo Castillo, vertía su congoja en el sentido mensaje final.


-Ya lo sabíamos todos. Este instante en que había que entregarte el adiós desde un entarimado. Mucha gente. Y una noche muy larga de angustiosos saludos y de lágrimas, y el apretón de manos y el abrazo.
Y tu madre, deambulando entre flores, como un viejo quebracho, con la mirada firme –hora tras hora- hasta el momento mismo en que podríamos recogerla en los brazos, desplomada.
Ya sé que lo sabíamos, pero también lo ignorábamos todo, y a fuerza de ignorarlo lo sabíamos, y esta esperanza nuestra de que no fuera así lo decretado. Y también tus engaños, cuando te sonreías con esa misma cara que miramos durmiendo, afilada y cerúlea, con tu barbita negra que tenía hilachas blancas y el cuerpo lastimado en todas partes.
Ya sé que lo sabíamos, Homero, pero menos que tú, que lo sabías mejor, como supiste todas las cosas que no se aprenden nunca y que se saben.
Porque también sabemos que la muerte no es nada y no tiene misterio.
Misterio tiene un verso, una sonrisa.
Pero tú estás durmiendo, y entonces hay que evitar la muerte de un recuerdo, y escribirte estas cosas que nos hizo más honda la vigilia y el regresar atrás, rumbo al principio, para verte mejor, sin el cansancio oscuro del café, del alcohol, de muchas muertes, como la tuya ayer, la más sentida.
Para hacerte una historia, hermano mío, comenzaría así:
Se acercó con sus cosas que tenían la simpleza genial del propio pueblo. Un trasunto de calles orilleras, arboladas y viejas como el duende que transitó sus tangos, y que vivió en sus ojos que eran negros y tristes y profundos. Tal vez, toda la infancia que alborotó las tardes de extramuros, y el poema del hermano mayor que él admiraba.
Una fuerza indomable le llegaba de lejos; no sé si de Añatuya, su pueblito purinke con Imasti el capataz indígena o su hermano Román que amansaba el rosillo en la heredad paterna.
Acaso el algarrobo triste o el chañar que tiraba las sombras en la tierra reseca, o la lejana cruz de calicanto con que cantó algún día en los años el poema de María Chacarera.
                                         
                      
Pero era –de todos modos- ese misterio eterno que lastima el insomnio de los hombres que piensan y que sufren y crean, cuando vuela la idea, y el cerebro adquiere dimensiones de cosmos, sin medida posible.
No sé si fue Carriego –allá, hace mucho- quien lo inició en la hermética religión de los versos desvestidos de retórica inútil y falso preciosismo versallesco. Pero un día encontró que era posible decir lo que sentía sobre un metro de tango –el más humilde- y entregarle a su barrio, a su ciudad, al pueblo, el vigor de un mensaje que tenía olor a calle, y a viento, y a boliche.
El recibió el impacto de un barrio suburbano, sureño y empinado sobre las piedras hoscas que recorrió la chata de Damián, el carrero.
El recibió los suspiros más dulces de la chiquilla humilde que vivía en la casa de enfrente, entre las verjas donde había campanillas y un cedrón y una planta de malva. Llegaban desde lejos, musicales y hondos, los golpes del herrero y había silbatina de muchachones simples que se acostaban tarde, contemplando a la luna o al vigilante gaucho desde aquella vidriera.
Decorado sutil para sus ojos buenos. Barrio inefable y puro para su corazón y su tristeza.
Envolviera esas cosas pequeñas y hondas en esa cosa absurda que es un verso y así encontró su clima y se lanzó a la vida desde unos pantalones cortos y una cara rechoncha, y una ruta que subía calle arriba hasta San Juan y Loria.
Después hubo un colegio que se llamaba Luppi. Y amigos diferentes, y todo Puente Alsina, con sus alcantarillas y sus luces perdidas en la noche.

                                 

 
“San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación”. Los años se asomaron al bozo y fue un hombre que de pronto buscaba a la vida, caminando hacia el norte, sobre antiguos tranvías rechinantes y torpes.
Tal vez la facultad fuera una excusa para hurgar una ciencia que no necesitaba. Las leyes eran cosas sin aristas, ni color, ni misterio; que misterio era el suyo, el que traía encerrado en cien gestos para copar la vida y ganar la postura a salto y carta.
La ciudad ya era fácil porque estaba más cerca y titilaba en miles de letreros luminosos.
Así creció de pronto, como acortó su nombre: Homero Manzi.
¿Quién era Homero Manzi...?
Era una cosa nuestra, nada más. Unos ojos muy grandes que miraban las noches con ternura de niño, reflejando el paisaje que llegaba de adentro: el de su calle.
Su calle y sus recuerdos.
Tremolante y terrible, el vértice esperaba para iniciar la lucha. Y Homero, Homero Manzi, se armó de la palabra y de la idea.
Lo encuentro en las esquinas, orador de contiendas quijotescas, templando sus veinte años y enarbolando sueños de muchacho, y fustigando el alma en una búsqueda de sensaciones nuevas pero intuidas quién sabe desde cuándo.
Y tal vez ese fárrago de cosas que se esconden en las ramas más altas de las horas. Un borbotón de alcohol y trasnochada, el amigo encontrado sobre el filo del alba en una esquina.
 “Bandoneón. Hoy es noche de fandango y quiero confesarte la verdad. Pena a pena, copa a copa, tango a tango, embalado en la locura del alcohol y la amargura...”.
Así plasmó sus versos, en ese estrujamiento del espíritu que busca la expresión para decirla y a veces no la encuentra...
Pero también la lucha le señalaba un puerto: los autores de versos y los músicos que eran como él producto de las calles, y que hablaban en su mismo lenguaje musical y encendido.
Así llegó hasta ellos, a nosotros, para formar el nudo y para atarlo con la fuerza feliz de su palabra. SADAIC era un símbolo que apretaba en la sigla cien caminos de conquistas

gremiales que estaban ya a un paso, nada más, de la esperanza.


                                
Cátulo, Homero Manzi, Sebastián Piana y Pedro Maffia con sus sueños jóvenes

                                    
Homero ya era un hombre.
Y su barba crecida, casi excéntrica, le dio fisonomía de patriarca. Un patriarca muchacho que recordaba cerca de sus ojos, que a veces le brillaban como lágrimas...
Y en alud formidable, su pujanza: el cine, el teatro, el periodismo, todo. Fue una múltiple sed por la conquista que nunca le fue esquiva. Tal vez porque sabía que estaba la muerte agazapada, que nada es perfecto, que el hombre tiene el sino marcado de antemano.
Un día, cualquier día, lo encontramos herido. Empezaba el regreso hacia la tierra, al barrio, a los recuerdos...
Nos engañaba a todos, sin engañarse él mismo, que presintió el final con esa misma angustia con que se presienten los versos que a veces no se escriben. Y su verso final es todo esto que sin estar, está. Que lo recuerda, que lo lleva y lo trae, que lo exalta, que lo agranda y lo borra y lo redime, angustiando esta sorda impotencia de persistir llorando su temprana partida.
Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros.
Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno.
Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche –en el pescante- contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra.
Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi- y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño.
 

Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro.

viernes, 19 de octubre de 2018

De las manos como patios

Kilómetro y medio separa al Italiano del Hospital de Niños, donde sesenta años antes, siguiendo a sus hermanos Marcos y a la Chochita muerta de brazos, hijo de Aníbal Carmelo Troilo y de Felisa Bagnolo, nace Aníbal Troilo, llamado Pichuco.
   -Está bien -me decía-, nací en el Hospital de Niños. Pero también llegué al mundo y a Buenos Aires como yo me lo imagino: Cabrera 2937, entre Anchorena y Laprida.

   -La casa es pobretona. en una pieza mi madre en espera de mí. en la otra mi viejo, que es carnicero y que tiene amigos chorros: el tinto al centro, los gomías alrededor. Alta noche. De repente, se parte en silencio en dos: "¡Varón!" dice la partera. Y el viejo manda un puñetazo sobre la mesa de pino. La botella se desploma, y el vino es quien me bautiza. Nunca se olvide, Horacito, que nací así como yo lo digo. Y tampoco se me olvide que cuando muera, por único cortejo quiero a Gardel cantando un tango.

                                   
Enarcando las cejas para que la tarde entera le pase por los ojos, restregando una mano en la otra  para conjurar al amarguito con una pizca de café en ese hueco brujo de sus manos como patios, aflauta la garganta y manda el alegre:

   -Y ahora, ¿qué le parecer si nos tomamos unos matecitos? ¡Pocholita! ¡Vicky...! Como le venía contando: cuando me largo con el bandoneón, Pedro Maffia es toda mi locura. Con el fueye ¡antes de Maffia, nadie! Pero cuando Salas, el dueño de Marabú me sugiere la formación de mi orquesta, sólo pienso en Gardel. Porque no era que Gardel cantara con ritmo y con lógica: él era el ritmo y él era la lógica, ¿capta? Entonces yo estoy dispuesto a que mi orquesta cante y pronuncie el tango a  lo Gardel.

   Mientras sorbe el mate perita, flota otra definición, muy suya, impresa en el primer reportaje grande que le hace la revista Sintonía, el 19 de octubre de 1938:
   -El tango -dice ahí Pichuco- debe ser rítmico, pero por encima de todo, musical. Rico en sonoridad y en matices, expresivo, sincero. Un poco triste, y a veces con un dejo de arrabal.

                             
    -Sigo sintiendo ahora igual que en aquel principio. Además, fíjese en las tonalidades naturales del bandoneón y compárelas con las del instrumento en mis primeros discos: ¡pero si nunca  toqué ni quise tocar así de rápido! Mis grabaciones de la época de Goñi está reproducidas medio tono más arriba, porque en la Victor, al matrizar, digo yo, me las apuraban: el tango rápido era lo que se vendía. Animado y con dinámica sí; apurado ¡jamás! Ah, y el matiz...

  - Mire: todo hay que concebirlo en picos. Si compongo un tango con una primera parte contenida, confidencial, la segunda la hago encrespada y cabrera. Lo mismo el repertorio: a una milonga vivaz puede seguir un tango canción y después un orquestal bien fuerte, ¿no?  Siempre, siempre, el matiz. Desde hace algunos años quieren correrme con los ponchazos de esos racimos de notas, y yo... ¡los mato a silencios!

Así comparece en su alma la suma fórmula que acopla lo niño del hombre, dándole esas clarividencias con las que él alumbra y aumenta con señorío de clásico el idioma de Buenos Aires: ¡qué músico!
   -Fuera del tango, Pichuco, que le gusta?
   -¿A mí? -me habla como si momentáneamente se hubiera borrado del planeta, y de la galaxia, en una de esas ausencias suyas a bordo del mate y camino de quién sabe dónde:
   -Cuando adolescente me agradaban algunas cosas del jazz melódico. Pero lo que siempre, siempre, me apasionó es el flamenco. La Niña de los Peines ¡una barbaridad!: ahí tengo, todavía, todos sus discos. También me gustan los músicos clásicos, pero he sido y soy, por sobre todo, hombre de tango.

Horacio Ferrer y Aníbal Troilo con Doña Felisa, madre de Pichuco
 
   -¿Qué orquestas?
   -Di Sarli a muerte: por la clase zapadora y el olorcito a querosén. Gobbi, con una pomada milonguera y que es de mi mismo palo en la sensibilidad, como Pugliese. Y Salgán, que es el mejor "bandoneonista" de la Argentina, ¿me entiende, sí?
-Que toca el piano con fraseos de fueyero...
   -Tal cual. ¿Quiénes más? Piazzolla, que toca el bandoneón extraordinariamente bien y es un musicazo, Vardaro, Grela, Goñi, Laurenz, los dos Díaz -Kicho y David-, qué sé yo... Y en mis tiempos fui mucho, mucho al teatro. Vaccarezza me encantaba. También fui a verlo a Pirandello cuando Arata le hizo El gorro de cascabeles. He visto Shakespeare, cómo no. El teatro ha sido uno de los delirios de mi vida. ¿sabe una cosa?
   -Diga
   -Quisiera morirme arriba de un escenario.

   (Extracto de una nota que escribiera Horacio Ferrer en la que habla de Troilo e incluye este reportaje)

martes, 16 de octubre de 2018

BIEN MILONGA

   Bailar un tango con vos, firuleteado
   quebrar el aire, correr siempre abrazados,             
   doblar un ocho, al final de una mirada,
   hacerle pierna al amor, de una sentada.

   Bailar un tango con vos es embalarse, 
   poner el alma en los pies y zigzagueando,
   hacerle un "corte" al dolor de cada día
   y abrirle el pecho al amor, loquita mía.
                                        Martina Iñíguez


BIEN MILONGA festeja esta noche de Martes 16 de Octubre, su quinto cumpleaños, en la Casa de Aragón-Madrid (Pza. República Argentina nº 6). Y lo hacemos con la fiesta milonguera que merecen nuestros amigos asistentes. Bailando una selección estupenda y celebrándolo con la debida tarta, vinos, cavas, y vituallas varias. Como debe ser. Desde las 21 a las 0 horas, dándole piedra libre a los remos y a los gargueros...

                               
Para ir calentando motores, nada mejor que darnos el consabido viaje pre milonga, por distintos  lugares donde el tango se ha hecho fuerte y con vistas a una lunga permanencia en las pistas y carteleras del ancho mundo. Como si fuera un tsunami musical bailable.

Comienzo mi periplo de los martes por Moscú, la capital rusa, donde la pareja que integran Iván Naboking y Anastazia Izvekova, arrancan bailando el tango Poema, interpretado por la orquesta rusa Solo Tango.

                        
Continúo por el Festival de Tango Emotion. Están acá Sebastián Arce y Mariana Montes, la gran pareja de moda en los últimos años, que se mueven a los compases de la milonga Reliquias porteñas. La toca la orquesta de Francisco Canaro.


                                       
Y cierro la tournée milonguera en San Petersburgo-Rusia. En este caso son Los Totis, Christian Márquez y Virginia Gómez quienes bailan el valsecito: Inolvidable, por la orquesta de Juan D'Arienzo.

                                          

Ya estamos con el motor fuera borda, esperando que lleguen las 9 de la noche... ¡Qué fiestuque nos vamos a dar!

domingo, 14 de octubre de 2018

Charlo, un artista genial

Lo tuvo todo: la pinta, el talento musical, la voz, los modos y un pasaporte plagado de sellos de aduanas. Porque recorrió casi toda Sudamérica, Estados Unidos, España, Portugal, Francia. En todas partes fue aplaudido como el gran artista que fue. Su estilo gardeliano, lo fue dejando a un lado, para forjar su propio estilo. Maestro de la dicción, la entonación, su manera de frasear, angulosa y propensa al virtuosismo vocal, caracterizaron su pesonalidad de intérprete.

Los grandes cantores del cuarenta surgían de las orquestas típicas, pero Charlo se manejó siempre en forma independiente y si bien es cierto que grabó con las orquestas de Firpo (nunca salieron a la venta esos registros), Carabelli, Canaro o Lomuto, por ejemplo, nunca estuvo vinculado a esos conjuntos y sólo ponía su voz a la hora de grabar, pero no actuaba en dichas orquestas.

1937. Charlo  En Rio de Janeiro, con el empresario brasileño, Cadícamo y Razzano

Estudiaba Derecho en La Plata, aunque sus condiciones artísticas lo llevaron a dejar su futuro de abogado, y ancló en el tango, donde encontró un futuro de éxitos artísticos, económicos, de numerosos sucesos como compositor, actor de cine, y de romances sonados. Debutaría cinematográficamente en 1935 en el filme El alma del bandoneón, bajo la dirección de Mario Soffici. Con Amadori se luciría en Puerto Nuevo,  Manuel Romero lo incluyó en Carnaval de antaño y continuó filmando varias películas más.

De chico mostró afición por la música y por eso su padre lo anotó en el conservatorio Santa Cecilia, de La Plata, donde estudió piano y solfeo. Posteriormente, radicado con su familia en el barrio porteño de Belgrano daría un salto musical en el conservatorio de Rafael Ortega, perfeccionándose en teclado, armonía, contrapunto y composición. De allí saltó al de Oreste Castronuovo y ya tocaba guitarra, piano y acordeón a piano.

Ello explicaría sus grandes éxitos como compositor, años más tarde, cuando ya era una figura consagrada y, por ejemplo, iba a la casa de Anselmo Aieta a pasarle al pentagrama los temas geniales que éste inventaba en el bandoneón, pero al no concer la escritura musical, necesitaba de la ayuda de músicos como Charlo. Y el gran fueyero lo reconoció públicamente muchas veces.

Luis Sandrini, Charlo, su esposa Sabina Olmos, Hugo del Carill y Aída Alberti

La lista de obras de este gran intérprete que fue Carlos José Pérez,  es muy extensa, pero bastaría seguramente con citar temas como: Ave de paso (escrita en Brasil), La barranca, Colombina, Buenos Aires querido,  Lindo tipo de varón, De a traición, No hay tierra como la mía, Rondando tu esquina, Zorro plateao, Mal de ausencia, Viejas alegrías, Mal de ausencia, con Enrique Cadícamo. Con Manzi enhebraron; Oro y plata, Tu pálida voz, Llámame, Fueye, Horizontes. Con González Castillo: El viejo vals, Sin ella. Con José María Contursi: Sin lágrimas. Con Amadori:  Cobardía, Rencor y otros. La lista es muy larga, incluso muchos de los temas son sólo de su autoría.

Ya he escito otras páginas sobre Charlo en estas páginas, pero creo que siempre es poco todo lo que se puede contar sobre este gran artista que tuvo el tango. Su impecable figura, con trajes a la moda, moños, sombreros llamativos, guantes y una larga boquilla, se hicieron habituales en el centro porteño. Desde su debut en revistas teatrales, en 1927, su actividad como galán cantor, fue frenética.

Charlo canta.  Alberto Gómez, Rafael Canaro, De Caro, Razzano, Cadícamo, Jorge Lanza

Graba con Canaro, Adolfo Carabelli o Lomuto y como solista; actuaba en tres sesiones de radio por semana (lo vi en radio Belgrano con su impecable smoking); practicaba varias horas con su maestro de canto: Enrico Castronuovo y los fines de semana se presentaba en cines de Capital y Gran Buenos aires. También estrenaba con la orquesta de Canaro los temas del concurso de Max Glücxmann, que se aprendía en el día. Además cuidaba su físico haciendo gimnasia, natación,  esgrima, equitación, boxeo y atajando en los equipos de las orquestas cuando hacían partidos de fútbol. Se aficionó a la esgrima  y todo ello, más los trajes que estrenaba, realzaban su figura  exótica en el ambiente.

Pero, al margen de estos detalles, qué pedazo de cantor y compositor que fué Charlo. Vale la pena escucharlo una vez más, cantando, por ejemplo, su tango: Sin lágrimas. Lo acompaña su propia orquesta.

Sin lágrimas- Charlo






viernes, 12 de octubre de 2018

Los inicios del tango

Tradición racial

Un recorte del diario Crítica, sin fecha pero con presumible ubicación a comienzos de la década de 1930, recoge una síntesis de la exposición  realizada por Enrique Gozález Tuñón en el salón de actos de la Facultad de Ciencias Económicas. Uno de los párrafos de esa charla propone una definición que más de medio siglo después continúa siendo inquietante:

-Los escritores de la nueva generación -dijo González Tuñón- hemos adjudicado al tango su exacta jerarquía en nuestra sensibilidad.  Hemos proclamado orgullosamente cuando se nos negaba toda importancia y trascendencia, que el  tango es nuestra única tradición racial, y vengo a repetirlo ahora, cuando los jóvenes  gravitan sensiblemente en la vida artística, cultural y universitaria del país.

                             


Nada negro ni blanco

-Ya no es habanera ni nada negro ni blanco, ya es el tango argentino. Rechaza todo lo que no sea él; como el cante jondo, no admite muchas cosas que parecen estar en su camino y no lo están, desde la malagueña a la coplilla modosa sin el personal desgarro de lo hondo. Ese tango cantado que nace en alpargatas, es recusado en los salones que después han de recogerlo como el más sabroso engendro autóctono.

El tango comienza a cantarse en los boliches, esos almacenes de bebidas y de todo, que son verdaderos paradores o ventas de los caminos intrazados. No se le encuentra lo que tiene de italiano porque no lo tiene, porque es la superación del italiano, que al llegar a la Argentina abandona la melodía y entra en lo barroco de tipo español -de pelo negro- y por ende en lo criollo, y pega en él porque el italiano quizás desde hace siglos tenía el deseo de lo desparejo, de lo prosaico versificado, del romper la lindura" (Ramón Gómez de la Serna)

                               
   

Negritud del tango

La ingerencia del negro en el nacimiento del tango es más que evidente. En el carácter de la música creada por los negros luego del trasplante se advierte también un impulso de sobrecompensación. Pareciera que el individuo, para asegurar su supervivencia anímica, llegara a expresar alegría, que es precisamente el estado anímico complementario del que realmente experimenta. La música del ragtime es invariablemente alegre, y sólo por momentos, sin perder la precisión rítmica, adquiere una sensualidad, una insinuante coquetería que no es más que la instancia previa al salto del felino, al rodeo que antecede a la la explosión eufórica, bulliciosa.

No existe un solo rag, ni ninguna de las clásicas tres partes que integran los ragtimes, escritos en tono menor, que es de típica sugerencia melancólica. Todo el género fue compuesto en  modo mayor.Lo mismo sucede con los primitivos tangos de autor anónimo, como Andate a la Recoleta, recopilado por tradición oral por el musicólogo Carlos Vega, quien lo ubicó alrededor de1880 como el tango más antiguo, y Señora casera.

Mientras el tango fue "cosa de negros" no perdió la alegría ni la picardía. Cuando lo adoptó el blanco, el criollo y el hijo del inmigrante que vio frustradas sus ilusiones de "hacer la América", el tango empezó a introducir, primero el modo menor con un eventual trío en modo mayor, como sucede con El choclo, de Villoldo para luego sumergirse en letras que hablan de decepciones, traiciones, ultrajes, miserias, alcohol, cárcel, soledad y del dolor existencial  de la ciudad.

En el sainete rioplatense y en los espectáculos revisteriles de la década del '20, algunos tangos pretendieron acercarse, por conducto de la comicidad de sus letras, a esa primitiva letra jocosa. Únicamente lograron una mueca, una sonrisa amarga. El futuro del tango estaba en el dramatismo, en la tragedia de la urbe".
(Tango y Ragtime, por Pompeyo Camps Ed. Servicio Cultural de los EE.UU. Buenos Aires, 1978 - Primer Diccionario Gardeliano)

martes, 9 de octubre de 2018

BIEN MILONGA

                  
                 Somos al fin
                 ramo de pétalos con alma de cristal.
                 Una inquietud,
                 dulce presagio de una música sensual.
                 Somos así:
                 la mina rea, intelectual o angelical,
                 la superada, la enredada,
                 loca, tímida o fatal...   somos así: 

                 ¡Somos nosotras y el tango! 

                                           Marta Pizzo
                         
BIEN MILONGA está en su mes aniversario. El quinto año consecutivo en la CASA de ARAGÓN de MADRID (Pza. República Argentina nº 6).  Y lo estamos festejando a cuenta. Porque este Martes 9 de octubre, será apenas un aperitivo, de la que nos mostrará, el día 16 del corriente mes en plena FIESTA MILONGUERA ANIVERSARIO con los amigos y visitantes que nos acompañan desde siempre.

Esta noche, como es habitual,  desde las 21 a las 0 horas, milongueamos con esa música que te maneja las piernas y te empuja en la creación y la interpretación de los temas que salen de la vitrola. Me encargo de que la motivación esté al mango.

                                     


Como de costumbre, nos paseamos por la ronda de las milongas para ir templando gaitas y masajeándonos el cuore con vistas a la velada del Martes en Madrid.
Nada mejor que arrancar viendo en acción a esa gran pareja que integran Sebastián Arce y Mariana Montes, en el Festival de Maspalomas (Canarias). Allí bailan el tango Pata ancha, por la orquesta de Osvaldo Pugliese.

                          
La siguiente parada es en Lisboa, capital portugesa, donde el tango ha echado baza fuerte. Son ahora Sebastián Achával y Roxana Suárez son lo que se lucen al compás de este Valsecito criollo, interpretado por Juan D'Arienzo y su conjunto.


Y como final de este tentempié, aparecen en el Festival de Bruselas (Bélgica),  Los Totis: Juana Sepúlveda y Christian Márquez.  Para arrancar grandes aplausos con su interpretación danzante de la milonga Sacachispas por Julio De Caro y su orquesta, cantando Luis Díaz..



La pista es una fiesta y nosotros le sacamos chispas esta noche en Bien Milonga... Y del Martes 16 ni te cuento... por ahora...                                                                          

lunes, 8 de octubre de 2018

Eduardo Escaris Méndez

Poeta de buena pluma, de corte lunfardesco, dejó pocas páginas, pero de largo alcance, mereciendo con toda justicia el recuerdo por su obra tan personal. Tenía cultura, evidentemente, era un hombre leído y aunque se destacó por sus pinceladas porteñas y el desenfado porteño en el tango, también incursionó en el periodismo, en viñetas de tipo humorístico y en letras de canciones criollas y estilos, muy bien diseñados estilísticamente.

Se decía discípulo de Andrés Cepeda, aquel poeta culto que estuvo encarcelado y murió en una pelea a cuchilladas, debido a sus malas compañías. Y estaba emparentado estilísticamente con Felipe Fernández Yacaré y Bartolomé Aprile, en el atrevimiento, el temple y ese arte de cincelar ciertas imágenes de la ciudad portuaria..  Escaris también llevó una vida irregular, José Gobello dijo que explotó mucho tiempo locales de juego y que al final de su vida vendía libros en las famosas boquineries del Cabildo, luego trasladadas a la Plaza Lavalle.

Eduardo Escaris Méndez
                                   

Sus tangos más logrados, y por ende, los más famosos, fueron En la vía, que estrenaría Rosita Quiroga en 1926 y Barajando, ambos con música del pianista Nicolás Vaccaro, que entre otras, tocó en las orquestas de Osvaldo Fresedo y Juan D'Arienzo. Incluso entre ambos también firmaron los tangos El tacuarazo, Taquerita chispeadora y Funyi claro. Vaccaro contaba que en un cine del barrio de Boedo, fue donde Gardel estrenó este último tango y lo hizo llorar de la emoción. Al terminar la actuación fue al camarín a saludarlo y el propio Gardel le diría:
-Así no... si te ponés así no lo canto más. Sabés que es un tangazo. saldrá como un cañón cuando te lo grabe.." Cosa que no sucedió. En cambio lo registró D'Arienzo con Carlos Dante en 1928.

Carlos Gardel llevaría al disco cuatro temas de Escaris Méndez. El citado Barajando, Media noche (música de Alberto Tavarozzi), Así canto yo (con Graciano de Leone) y el hermoso valsecito La pena del payador con los hermanos José y Luis Servidio. Aparte, con Eduardo Bonessi compusieron: La rodada, Lamento gaucho, Mi azucena, La Boca está de fiesta, Allí nací, Soltando mis penas. Con Rosita Quiroga: Campaneando la vejez. Con Rafael Giovinazzi: Alta clase.  Y, entre otros, con Graciano de Leone: Cinta azul, Así canto yo y La cornetita, que es todo un poema lunfardo.

Su gran éxito: Barajando, lo estrenó en el cine Metropol, en 1928, la orquesta que dirigía Roque Biafore, en la cual actuó en forma circunstancial el propio Nicolás Vaccaro. Y fue un golazo en la versión de Juan D'Arienzo con la interpretación vocal de Alberto Echagüe. Allí alcanzó su máxima popularidad.

Con las cartas de la vida, por mitad bien marquilladas
como guillan los malandros, carpeteros de cartel
mi experiencia timbalera y las treinta bien fajadas
me largué por esos barrios a encarnar el espinel.

Ayudado por mi cara de galaico almacenero
trabajándome a las servas de una familia de bien,
y mi anillo de hojalata con espejo vichadero
me he fritado a muchos vivos, como ranas al sartén.

Pero en cambio una minola, que me tuvo rechiflado
y por quien hasta de espaldas, con el lomo caminé,
me enredó con su jueguito, tan al lustre preparado
que hasta el pelo de las manos de cabrero me arranqué.

Mientras yo tiraba siempre, con la mula bien cinchada,
ella en juego con un coso, mayorengo y gran bacán,
se tomaba el conterroso propiamente acomodada
y en la lona de los giles, me tendió en cuarto round (...)

Se nota que Escaris era experto en las cosas del juego de naipes, por el anillo de hojalata con espejo vichadero que servía para espiar las cartas cuando se reparten. Las cartas marquilladas, o sea, marcadas. Guillan los malandros: Hacen fullerías.

                                   
Eduardo Escaris Méndez nació en 1888 y murió en su ciudad porteña en 1957.Como Pascual Contursi y Dante A. Linyera, Escaris terminaría sus días en -un manicomio- el Hospicio de las Mercedes, con sus facultades mentales alteradas. Creo que vale le pena rendirle este pequeño homenaje de recuerdo porque algunos de sus temas, como los dos más interpretados por orquestas y cantores, también dejaron huellas en mis años juveniles.

Y em encanta volver a escucharlos. En la vía, por José Basso cantando Jorge Durán, grabado el 27 de julio de 1951. Y Barajando por D'Arienzo-Echagüe llevado al disco el 15 de junio de 1948.

En la vía- José Basso-Jorge Durán

Barajando - Juan D'Arienzo- Alberto Echagüe

jueves, 4 de octubre de 2018

De la ribera al centro

   En la esquina de Suárez y Necochea las cantinas meridionales habían vuelto por sus fueros de apetitosos "maccheroni" con armoniosa "mandulinata" y por las puertas de los cafés-concierto habían iniciado su éxodo los instrumentos del tango, junto con aquellas pizpiretas camareras que acompañaban sus acordes golpeando con los nudillos las bandejas...

   El trío del café Royal se disgrega. Samuel Castriota se va por su lado, con sus dedos pianistas y guitarreros. Toma rumbo particular Vicente Loduca y su fuelle cadencioso. Pirincho Canaro se asocia a un cofrade de la pasión musical y vecino suyo en la calle Sarandí al sur: el bandoneonista Vicente Greco. El mismo Canaro ha relatado la circunstancia especial por la cual el bandoneón ganó este extraordinario ejecutante, precocidad musical que a los catorce años se lucía en flauta, guitarra y piano.

                                

   Unos muchachos que andaban dando serenatas, llegaron al conventillo de la calle Sarandí donde vivía Greco. Otro inquilino, un sargento de policía al que le perturbaron el sueño, se levantó indignado dando pitadas de auxilio. Los filarmónicos huyeron, y el del bandoneón le dejó el instrumento a Greco para que se lo guardara. Como tardó un tiempo en pasar a recogerlo, Vicente se aficionó en tocarlo y con su fino oído y milagrosa intuición, comenzó desde allí a ser uno de los más destacados virtuosos del fuelle.

   Como dije arriba, Canaro se une a Greco y acompañados por el pianista Aragón y el flautista Pecci, se presentan en el café El Estribo, de la calle Entre Ríos 763 al 67. En nutridas audiencias el público llena el local y desborda a la vereda y la calzada. Esto obliga a que la comisaría seccional envíe todas las noches algunos vigilantes para guardar el orden y encauzar a la abigarrada concurrencia.

El salón La Argentina

   Atraídos por el suceso del cuarteto de Greco, fueron al café dos bailarines, "el pardo" Santillán y "el vasco" Aín, a buscar a los músicos para que actuaran en las reuniones danzantes que ellos organizaban en el salón La Argentina, de la calle Rodríguez Peña 361. El salón La Argentina competía entonces, con ventaja, en cuanto a la afición tanguista, con otros de asociaciones mutualistas constituídas por honestos súbditos de Victor Manuel II y Alfonso XIII: Patria e Lavoro, de la calle Chile; Colonia Italiana, de la calle Paraná; Unione e Benevolenza, de la calle Cangallo; Orfeón Español, de la calle Piedras; Centro de Almaceneros, de la calle Lorca (Hoy Presidente Luis Sáenz Peña), etcétera.

                         
Baile en el Salón La Argentina la noche de su centenario


   Estos se arrendaban a la heterogénea "clase media" del tango, en noche de entre semana o domingos a la tarde, porque los sábados estaban dedicados a las propias fiestas de sus colectividades. La antes aludida ventaja de La Argentina estaba en que abría especialmente sus puertas a "la milonga" en esas noches de sábado, con el obvio lleno completo. Reinaba allí el tango sin cortapisas. El lugar era algo así como un término divisorio entre el remoto peringundín de La Tucumana, alumbrado a querosene y con el arroyo Maldonado atrás, y la coqueta casa de "madame" Jeanne en la calle Maipú al norte, con moblaje Luis XV y cortinados de seda.

   El sexo fuerte de La Argentina lucía melena cuadrada, era metido de hombros y no muy bien encarado. El débil (¿débil? "hasta por ahí nomás"...) metía los contornos garbosos en ajustadas batas y polleras de chillones colores... y se perfumaba con Agua Florida. En el "buffet" se despachaba a pasto la ginebra y el anís. En el salón, cuando la puja de "ochos" y "medias lunas" había excedido todas las posibilidades, el bailarín más canchero se adueñaba del lauro escribiendo su nombre en el piso, con trazo intangible.

                                                        Francisco García Jiménez

martes, 2 de octubre de 2018

BIEN MILONGA

  Cuando llegué al fondo del salón
  sentí tus ojos tímidos
  cruzados con los míos.
  Y el corazón, en un loco aletear,
  borró de mí la angustia,  
  la tristeza y el hastío.
 Me imaginé enlazado a tu cintura 
  pegados nuestros cuerpos
  descansando en tu ternura.
                     Luis González



Martes, siempre los martes. Hoy 2 de octubre, BIEN MILONGA te recibe en el coqueto salón de la Casa de Aragón, que rima un montón. Estamos en la Pza. República Argentina nº 6, de Madrid, y milongueando con tutti i fiocchi, desde las 21 a las 0 horas.

La selección musical, como siempre, corre por mi cuenta y es sencillamente bailable, no hay inventos raros, sabemos calentar el ambiente para que la milonga esté en su punto alto tutta la notte. La pista de madera sirve para eso, para que se luzcan los bailarines mientras nosotros les damos cuerda.

                                 
Como, por ejemplo, ahora mandándonos la vuelta de rigor por otras pistas y viendo cómo las gastan esas parejas que adornan los Festivales con su arte de bailarines.

Comienzo por Riga, la capital de Letonia. allí están Eleonora Kalganova y Michael Nadtochi, que se empinan bailando el tango: Bolada de aficionado, por la orquesta típica de Juan D'Arienzo.


La siguiente parada me llleva al Festival de Lucca, Italia. En este caso son Miguel Ángel Zotto y  Daiana Gúpero, los que se lucen danzando, con este valsecito: Pobre flor, por la orquesta de Alfredo De Angelis cantando Carlos Dante y Julio Martel.



Y ahora me planto en Prayssac-Francia, donde están Gisela Natoli  y Gustavo Rosas complaciendo a los asistentes al Festival con su carpeta dancística tanguera. Y, en este caso los vemos bailando la Milonga brava, por Francisco Canaro, su orquesta y  el cantor Roberto Maida.



Esto nos sirve de precalentamiento, ¿viste? Y esta noche nos toca gastar suela a nosotros...