sábado, 25 de mayo de 2019

Roberto Goyeneche


"El arrabal ha muerto"  

Cuando empieza a cantar, alza la mano derecha a la altura de la mejilla y mantiene el micrófono en la izquierda, frente a los labios; fraseando cuidadosamente, modulando con empecinamiento cada silaba; inmóvil, agazapado en el centro del escenario. Pero la quietud no dura. A medida que desgrana la primera canción de la noche, entra en calor y camina de un extremo al otro del escenario, gesticulando; elude por momentos la luz de los reflectores, acerca el micrófono al bandoneón sobre el que Ernesto Baffa se adormece, tenso, con "El motivo" y dice la frase final, desatando un estallido de aplausos. Después, ya no elige el repertorio. Para seguir manteniendo el nervioso entusiasmo del público se dedica a complacer los pedidos más numerosos o estentóreos que, invariablemente, brotan de la oscuridad. Finalmente, secándose el sudor con un pañuelo, entrega el micrófono a uno de los integrantes del quinteto. Sin embargo, debe permanecer en el escenario: no son necesarias demasiadas protestas para que desgrane un último tema y pueble el silencio casi religioso de Caño 14, uno de los más antiguos reductos tangueros de Buenos Aires. 


Allí, Roberto Polaco Goyeneche (44, dos hijos) desempolva este espontáneo rito, dos veces cada noche, colmando las apetencias de un público que lo identifica, cada vez más, con el arquetipo del cantor de tangos. Es que este porteño, nacido en el barrio de Saavedra, que desde los once años participó de cuanto concurso de cantores tuvo a mano, hizo sus primeras armas como profesional en el conjunto de Raúl Kaplún, para recalar finalmente en la orquesta de Aníbal Troilo, se ha convertido en el candidato obligado para ocupar el lugar que, en la imaginería popular, dejara vacante, a su muerte, el uruguayo Julio Sosa. Una condición de ídolo que Goyeneche niega sin demasiado entusiasmo pero que SIETE DIAS pudo palpar, la semana pasada, cuando, entre las once y media de la noche y las siete de la mañana, deambuló con él por la ciudad, aquilatando la expectativa que lo rodeaba y el fervor que acompañó sus dos presentaciones en el sótano de la calle Talcahuano.

NI GUAPOS NI FAROLES
Dogmático, apasionado a veces, aunque extremadamente cauto en sus opiniones sobre la gente del ambiente tanguístico, exhibe, sobre todo, una empecinada vocación ("Si yo no hubiese cantado tangos —calcula—, el sueño de mi vida hubiera sido hacerlos") y un perfeccionismo a toda prueba. "Nunca me dejan satisfecho mis grabaciones —confiesa—. Pienso que el que se siente realizado se estanca, se mecaniza, no brinda todo. Y en este asunto de cantar, como en cualquier orden de la vida, eso es importantísimo". 

Lo cierto es que tal vez haya sido esa insistencia, esa búsqueda constante del matiz ideal para cada canción, para cada frase, lo que ha contribuido a imponerlo con un repertorio que cualquier entendido rotularía "difícil". Porque desde 1962, cuando abandonó la tutela de Pichuco para presentarse como solista, Goyeneche se empeñó en acentuar su preferencia por una línea melódica que, hasta entonces, había obtenido escasa repercusión popular. "Mi orgullo es un repertorio que no habla de faroles ni de guapos —descarta—. Es que el 99 por ciento de los chicos de ahora ignora el significado de gerla, manroca, postalina. Estamos en otra época y, de alguna manera, el arrabal ha muerto. No quiero decir que el tango haya cambiado (siempre hubo temas de mucha calidad), sino que yo constantemente busqué tangos que tuvieran poesía" - filosofía-.

Por eso no extraña que a la hora de nombrar poetas se agolpen los nombres de Alfredo Le Pera, Homero Manzi, Cátulo Castillo, Homero Expósito o Enrique Cadícamo, ni que sus tangos predilectos sean El motivo, Mimí Pinzón, Fuimos. En cuanto a músicos tampoco duda. "La línea más importante se llama Aníbal Troilo —dogmatiza—. Fijate: María, La última curda, Garúa, Romance de barrio. ¿Qué te parece?"

Faltan pocos minutos para la una de la mañana y Atilio Stampone, pianista del quinteto que lo acompaña, da la señal para iniciar la primera entrada. En veinte minutos interpreta seis temas y llega al bar esquivando las manos que se alargan en la oscuridad para retenerlo, cuando todavía no se han apagado los aplausos que coronaron Balada para un loco. "Este Piazzolla es un tipo fabuloso —se exalta—. Un hombre llamado a sacar orejas del burro. Un desasnador sensacional que está tocando en el año 3000, no en el 2000. Por eso me da risa la gente que dice: Cuando Piazzolla toca un tango nadie puede reconocerlo. ¿Cómo que no pueden reconocerlo? Lo que pasa es que nuestra cultura musical está bastante baja. Todavía nos falta mucho". Y se consuela: "Bueno, no hay que olvidar que somos un país muy joven".
                            
Goyenehe y Piazzolla

 Hijo de un músico —Roberto Goyeneche, autor de tangos que todavía mantienen su vigencia: Pompas de jabón, El metejón, Yo te perdono, De mi barrio—, el Polaco no olvida que la búsqueda formal encarada por su padre (determinó que, en su tiempo, se lo conociera como "el de los acordes japoneses"; por eso, en parte, R.G. siente la obligación de solidarizarse con los innovadores. "Claro que me gustan Los Beatles —sorprende—. Me gustan porque tienen calidad. Es cierto que por ahí andan en la tapa de un, long play caminando descalzos por la calle y yo a esa metáfora no la entiendo; pero musicalmente son genios. Lo que pasa es que detrás de ellos hay una pila de imitadores que no son otra cosa que anormales con matrícula, y, parte de la juventud los apoya. Pero lo que no se sabe es que a mí también me vienen a ver chicos que tienen nueve o diez años. Y ésa es gente que dentro de unos años va a estar en lo mío."

LA TUEROUITA DE GARDEL
"Contale lo del Martín Fierro", lo insta José Tiscornia, un hombre que frecuenta el ambiente tanguero desde hace 35 años; tiempo más que suficiente como para andar "chivo con el Sol y ser amigo de la Luna", según repite a cada rato. "Cierto, en 1968 me dieron el Martín Fierro al mejor cantante del año —lo complace Goyeneche—. La primera y única vez que ese premio lo gana un cantor de tangos." Es que aparte de sus presentaciones diarias en Caño 14, dos programas de televisión lo cuentan entre sus atracciones; trajín que, agregado a sus escapadas al interior, actuaciones teatrales y regalías discográficas, le permiten redondear unos 3.400.000 pesos viejos mensuales, cifra de la que debe descontar la comisión del representante y el honorario de sus músicos. "Claro que gano guita —confirma—, pero no la que la gente cree que gano. La gente se cree que yo gano 30, 40 millones de mangos y eso no lo gana nadie. Pero así también se va." Nada más exacto. Generoso y despreocupado, no es mucho lo que ese respetable ingreso le permitió acumular: apenas un par de propiedades y un Chevrolet Impala que lo enorgullece: "Me costó cinco palos y medio".

No fue siempre así, por supuesto.
"Tuerca de alma" —así se define—, trabajó como chofer de colectivos, camiones y taxis, aparte de militar en las huestes de un taller mecánico. "Cuando cantaba con Horacio Salgán, era taxista —memora—. No te olvidés que en ese tiempo con la música no se ganaba un mango y había que parar la olla. Fue a mediados de la década del 50 —cuando se incorporó a la orquesta de Troilo— que las cosas mejoraron, no sólo desde el punto de vista económico, sino fundamentalmente profesional. 

El Polaco y Pichuco

"Es que yo nunca estudié canto —se despreocupa—. Para mí, la música son pajaritos parados en un alambrado y, en ese sentido, el gordo Pichuco me enseñó mucho. Me enseñó a cantar las comas, los puntos, a no acentuar equivocado. Vos decís, por ejemplo, ... sueño con el pasado que añoro y es sueño con el pasado que añoro. Cosas que uno aprende escuchando hablar a Aníbal Troilo, quien, además, canta muy bien. El te dice: Pibe, escuchá esto y vos lo aprendés. Aprendés el idioma, el chamuyo." Una pasión por su maestro que no le impide considerar la existencia de nuevos compositores y letristas de calidad. "Y cantores también —se impacienta—. Sin ir más lejos, acá, en el Caño, hay un pibe —Rubén Juárez— que es un fenómeno. ¿Y quién lo conoce? Pero de aquí a un año lo van a conocer todos y de aquí a dos años les va a romper la cabeza a todos."

—¿Empezando por Gardel? . ..
—Gardel, no, dejalo. Gardel no era un cantor de tangos. Era un mecano, un robot que tenía tuerquitas, resortes. No se puede cantar como cantaba ese tipo. Fue el cantor más grande del mundo. Mirá: decían que pronunciaba mal, que decía targo, por ejemplo. Pero también decía tango. Lo que pasa es que reemplazaba la ene por la ere para aprovechar el aire. Una cosa que se descubrió hace poco y que él la sabía de antes. Hay una grabación, no sé si de Beniamino Gigli o de Enrico Caruso, que dice "Ura furtiva lágrima", en lugar de "Una furtiva lágrima" y ahí nadie tiró la bronca, no había defecto de dicción. Gardel fue un superdotado al que Dios le dijo: "Vaya y cante".

LOS CABALLOS Y LOS BOMBONES
A las tres y media de la mañana termina su segunda y última presentación. Deambula un rato por el local. Le cuenta un chiste a Nelly Vázquez y busca, después, el frío de la calle Talcahuano, donde tropieza con una joven que viste maxifalda. "Pero mirá cómo le queda —lloriquea, viéndola irse—. ¡Es horrorosa! Yo prefiero una minifalda chueca que una maxi con piernas hermosas. Por lo menos veo lo que pasa. Además, el que inventó esa moda debe ser un puritano, un chupacirio, un hombre que aborrece a la mujer. En serio, no le pueden gustar las mujeres. Los amigos lo deben llamar "Juanita" o "Martita."

Un grupo de trasnochadores lo rodea festejando sus palabras. Firma un par de autógrafos y gana la protección de un bar de la calle Charcas. "Esto me hace acordar cuando cantaba con Salgán —revive encaramado sobre un taburete—. Estábamos en uno de esos pueblitos perdidos cuando viene alguien y me dice: Mire Goyeneche, yo soy hincha suyo a muerte. Tengo todos los discos que grabó. Todos, todos. Me falta uno solo: Alma de loca. Yo recién empezaba y era el único que tenía grabado."


De alguna manera, la hora afloja las inhibiciones y el cantor acepta, por primera vez en la noche, intentar definirse con un poco de melancolía. "Todo lo que sé me lo enseñó la vida, la calle... —filosofa—. Me quedé sin padres cuando era muy chico: son situaciones espirituales que golpean. Pero no me puedo quejar. La gente me conoce, no sólo como cantor de tangos, sino como hombre de bien. Un tipo al que no le gusta la grosería ni es fanfarrón."

Enciende un cigarrillo y muestra, como disculpándose, sus dedos manchados de nicotina. "Por eso, si estoy en una reunión donde hablan de física nuclear —retoma—, un tema del que yo no sé nada, me callo la boca y escucho para aprender algo. ¿Sabés que hay gente que cree que el hombre no llegó a la Luna? Es que los caballos no comen bombones. Son los mismos que dicen que este país es una porquería. ¡Pero si es el mejor país del mundo! Y ni hablar de esta ciudad: si no existiera y hubiera que construir una, teniendo en cuenta el gusto de cada individuo, te juro que la íbamos a hacer más o menos aproximada a la actual." Se levanta, paga la cuenta y camina hacia la puerta. "Cómo será de bueno este ispa que de día lo rompemos y a la noche, mientras dormimos, se compone solo —exagera—. Vamos a tomar un café por ahí. Me encanta ver cómo se arregla."


Revista Siete Días Ilustrados
28.09.1970
  
NOTA: Vale la pena aclarar que Roberto "Polaco" Goyeneche no era hijo ni tenía vinculación alguna con el pianista y compositor Roberto Goyeneche, como cita, erróneamente el periodista en la nota.

jueves, 23 de mayo de 2019

Un millón de visitas...


Son las que acaban de completar en mi Blog: Tangos al Bardo. Una página que comencé a escribir el 25 de febrero de 2012, un poco a la bartola, hasta que vi que la posibilidad de contribuir no sólo a la difusión del tango en su conjunto (Música, verso, baile), sino también como una experiencia prsonal
que entreví,  importante sobre el género. Porque en mi vida he conocido a grandes personajes del Tango, he bailado en vivo con las orquestas de lujo que embellecieron y eternizaron esta música en registros discográficos que siguen alimentando la pasión milonguera, ahora en los puntos más increíbles de este Planeta tierr,a y después de tantos años sigo militando en sus filas.

¡Y lo que les costó! Porque los baches que ha tenido en su historia el tango, obligaron a desintegrarse a aquellos maravillosos conjuntos, cada uno con su sello personal, su estilo, su marca registrada. En mi época de chiquilín lo mamé a través de la radio, que era la gran compañera de las familias, cuando no existía aún la televisión. Había numerosos programas radiofónicos en los cuales se hablaba de tango y se escuchaban los temas. Mi hermano era fanático de D’Arienzo y del cuarteto de Roberto Firpo que sintonizaba por las mañanas en radio del Pueblo, en un programa que conducían Roberto Palazón y Alcira Muso.

Y recuerdo otras emisoras donde estaban Julio Jorge Nelson (“El éxito de cada orquesta”) en radio Mitre, Antonio Cantó, Roberto Pozzi (buen amigo) en radio Libertad, Roberto Casinelli, Juan Zucchelli, Roberto Giménez, Leonel Godoy y tantos otros que desfilaban por los micrófonos y nos deleitaban con historias, anécdotas y la música. En los barrios había cantores aficionados, fueyes y guitarreros orejeros, que siempre se prendían en fiestas que se celebraban en los patios de aquellas casas con emparrado a la entrada y muchas macetas con plantas florecidas. Algunas veces los muchachos grandes de la barra llevaban aquella vitrola portátil, a la cual había que darle manija, a la plaza del barrio, y ponían tangos, milongas y valsecitos sentados en la hierba. Mi hermano aportaba un par de álbumes y así podían estar dos o tres horas, con los comentarios de rigor. Porque eran hinchas de orquestas y cantores, como si se tratara de equipos de fútbol y siempre terminaban discutiendo.
Yo me crié en ese clima. Un muchacho más grande que yo, a quien encontré en el colectivo y con quien jugaba en el equipo del barrio, de regreso a casa, me dijo un día:
-Hoy ensayamos en el Charleston entre los muchachos, para la milonga, ¿Por qué te no te apuntás?
El Chárleston quedaba en 50 metros de casa, al lado de Transportes Rabbione, de la calle Uspallata. Y esa noche debuté en el baile de tango. Tuve que hacer la parte de mujer, que me explicaron pacientemente hasta que, con el paso de las prácticas, la aprendí tan bien, que varios querían usarme de pareja para practicar pasos. Cuando ya dominaba los movimientos acompañantes, pasé a “llevar”, a manejar la técnica y tantos secretos… Así era como se aprendía a bailar en los años cincuenta, con los mayores. De ahí viene esa errada afirmación de que los hombres bailaban entre ellos. Quien vivió aquella época, sabe que abrazarse entre hombres, besarse como se estila hoy día, era imposible en aquella época. Máxime cuando más atrás aún, los hombres usaban sombrero para salir a la calle, para ir a fiestas, a salones y para bailar.  ¿Cómo iban a bailar dos hombres, con sombrero y abrazados? Es no conocer lo que era el porteño de entonces, tan reservado.

                                                                                                                                                        
Incluso, se ignora que fue Aníbal Troilo quien fue implantando, sin quererlo, esa costumbre del beso en la mejilla a la gente de la noche que se le acercaba. Pichuco era sumamente respetuoso -lo he comprobado varias veces personalmente-, pero su manera de saludar a los amigos era con un abrazo y un beso en la mejilla. Y todo el mundo de la noche lo aceptaba por tratarse de Troilo. Pasaron años hasta que esa costumbre se fue transmitiendo entre la gente de la noche, tangueros casi todos y con el paso del tiempo llegó a la calle, a los barrios, a los campos de fútbol donde los jugadores se daban un beso al saludar o al festejar un gol. La televisión hizo el resto y hoy día se ha extendido a distintos campos del mundo, como algo natural.

Los locutores radiales tenían una costumbre que para mí fue vital. Cuando anunciaban un tango, o después de finalizado, no sólo daban el nombre del mismo, la orquesta, el cantor, si lo hubiera, sino también el o los autores del mismo. Y de tanto escucharlos se me fue pegando. Y como mi hermano compraba revistas de tango que había entonces: El Cantaclaro, La canción moderna, Cantando, Sintonía, El alma que canta, etc., también me quedaban las letras, anécdotas, historias y demás. Y un día utilizaría todo ese material memorizado.

Alrededor de mi casa había varios clubes de barrio, que eran el refugio de la juventud. El Alianza, Chárleston, Uspallata, Parque Patricios. En estas pistas comencé a foguearme de pibe. Los sábados solían exponer una obra teatral, por un grupo de aficionados y al finalizar, “Gran Baile Social”, donde se fraguaban noviazgos, romances y demás. Fue como mi plataforma de lanzamiento. Incluso, cuando llegó el momento de mostrar nuevos avances milongueros, tenía la plataforma ideal: El Club Atlético Huracán, en la Avenida Caseros, frente al Parque Patricios, que tenía una sede Social espectacular. Para mí fue una de las mejores milongas de los años cincuenta, y ojo, que recorrí muchas, las más conocidas. Por su escenario desfilaron todas las grandes orquestas de tango: Pugliese (el que más veces actuó), D’Arienzo, Troilo, Di Sarli, Gobbi y otras. Las siete grandes noches de carnaval-siete, fueron espectaculares con unas mil personas bailando en las varias pistas del club, a las típica y jazz. Allí aprendí que había que “obtener diploma” para bailar con las mejores. Y empecé de abajo, como se debe, hasta llegar a milonguear con las “diosas” del club. En el salón grande bailaban los mejores y en el salón chico (eran enormes) los menos hábiles. Era algo natural, nadie lo programaba.

Me llama la atención que siempre se hable de tango, señalando a los clubes de Saavedra y Villa Urquiza y se deje de lado a un Club como Huracán, donde iban los jóvenes Gloria y Eduardo, Juan Carlos Copes, Teté, Tim, y tantísimos milongueros y milongueras de todos los barrios. Con la barra no faltábamos a la milonga con grabaciones de los domingos a la noche. Y cuando se anunciaba la presencia de una gran orquesta en día sábado nos preparábamos con mucho mimo para estar bien empilchados y pasar una velada de ésas que se recuerdan. Una de las costumbres era copiar algunos pasos que habíamos descubierto en otros milongueros y después, salir de la milonga y quedarnos practicando con los muchachos en la esquina del barrio, bajo el farol de la esquina, de madrugada, hasta que los sacábamos y los incorporábamos a nuestro repertorio. Así llegué a tener un arsenal impresionante de figuras, que con el tiempo fue borrando de mi memoria quedándome con las justas para bailar con pasión y estilo.

Los muchachos más grandes se iban poniendo de novios, desertaban de la barra milonguera, de los partidos de fútbol y como dice el tango “me largué por esos barrios a encarnar el espinel”. Comencé a recorrer clubes y a bailar en todas partes, yendo sólo, con una fiebre tremenda. La lista es muy larga. Puedo nombrar: Social Rivadavia, Premier, Oeste, Terremoto de Barracas, Villa Malcom, Fulgor de Villa Crespo, Estrella de Oriente, Sportivo Pereyra, Palacio Rivadavia, Pista de Lima, Barracas Central y un largo etcétera. También en el Palacio de las Flores, Centro Asturiano, Unione e Benevolenza, Centro Lucense de Olivos… Después debuté en las Confiterías del Centro. Montecarlo fue mi preferida. Con el flaco Morán y la orquesta de Armando Cupo. Con Tito Martín y Mario Cardy y su trompeta. Anduve por la Nóbel, la Dominó, Sans Souci, Mi club, Novelty y otras. Hasta que las milongas fueron desapareciendo lenta pero firmemente…

Fue cuando llegó la invasión del rock, después también el bolero, el mambo y diferentes ritmos y el tango fue bajando su listón. Pero yo lo llevaba como abrojito prendido. Un día escribí una carta a los organizadores de “Odol Pregunta”, ofreciéndome a concursar sobre la historia del tango. Me llamó el que llevaba el tema, un anticuario, le caí bien y me mandó a ver a Julio Jorge Nelson en radio Mitre para que me tomara una prueba. Entre tango y tango, cuando se pasaban los avisos comerciales salía fuera del estudio y me acribillaba a preguntas. Pasé la prueba, me felicitó y me dijo: “Por mí, vas seguro al programa”. Y así fue. En esa época dirigía el programa televisivo de enorme audiencia, Augusto Bonardo. Cacho Fontana era el locutor comercial.  En la primera tanda debí responder 5 preguntas. En la segunda: 4. Empezaron a venir los coleccionistas, gente de muchas partes y me invitaban a sus casas, sorprendidos de que un muchachito joven supiera de tango. Me traspasaron conocimientos, datos, me regalaron un par de libros. Y yo seguía progresando… Un día vino a mi casa el anticuario que me había tomado y me dijo que se retiraba porque habían designado a otro director, en la Agencia y me deseó toda la suerte del mundo.

El nuevo director me llamó a la agencia y me dijo que venía de Estados Unidos, me contó una historia y me dijo que me convenía tomar el dinero que había ganado y retirarme porque desde el próximo programa él iba a crear un concurso sobre Gardel y no podían haber dos temas de tango. Decidí seguir… total. Allí conocí a Francisco García Jiménez que era el jurado de las preguntas sobre Gardel y pude conversar un rato largo con él. Resultado, me hicieron una pregunta capciosa que no podía tener una respuesta firme, no daba lugar y me eliminaron aunque me quedé con la mitad de lo que llevaba ganado. Fue una trampa vergonzosa. Me hicieron reportajes en revistas y en programas radiales como el de Zucchelli. Muchos años más tarde un amigo me recomendó en Madrid a una persona que venía a vender la fibra óptica y que por favor lo atendiera. Anduve tres días con él, se le veía mal por la ropa que llevaba y un día le dije: ¿Vos no te acordás de mí?  Me miró una y otra vez y puso cara de no conocerme realmente. Cuando le dije que yo era el que él había eliminado de “Odol pregunta” se quiso morir. No lo podía creer y me pidió mil disculpas. Y dio la casualidad que yo ya era periodista y Jefe de deportes en canal 9, entre otras cosas cuando Odol decidió patrocinar
 una serie semanal. “Boca Juniors contra un equipo del interior”. Y Podolsky, el dueño de Odol firmó para que yo fuera el presentador, relator, comentarista… Cosas de la vida…

                                                                                                                                                 
Con Chupita Stamponi en Madrid
Al tango lo seguí como oyente. Iba mucho a Caño 14 y tuve buena relación con Aníbal Troilo, con Rubén Juárez, con mucha gente del tango, como Rodolfo Lesica, Raúl Lavié, Julio Camilloni, Manolo Sucher, Enrique Francini, Carlitos Almada, Chupita Stamponi, Biagi,  Miguel Bucino, Alfredo Bigeschi (compañero en “La Razón”), Ángel D’Agostino, Alberto Castillo, Libertad Lamarque (La traje a Madrid para un homenaje), Enrique Campos, Alberto Morán, Ángel Cárdenas, Horacio Ferrer y tantos otros. Y sobre todo Alfredito Gobbi que me cobijó bajo sus alas y me regaló su generosa amistad. O Roberto Mancini, casi un hermano para mí. Recorrí mundo como periodista y me encontré con gente del tango: Attadía, Raúl Iriarte, Antonio Rodio, Armando Moreno, Fontán Luna, Jorge Vidal. Estuve con Pugliese en Madrid y en Buenos Aires. Con Beba, su hija, entrañable amiga. Incluso bailé con ella en la capital de España. Con Edmundo Rivero estuve en la radio y en Mónaco. Comí un par de veces con Cátulo Castillo y Tony Carrizo, cuando trabajé en Radio el Mundo con este último. Por mi programa de radio desfilaron varios de ellos así como Julio De Caro (Me regaló su libro biográfico dedicado), Piazzolla  y más.

Con Ariel Ardit
Mi alianza con el tango  viene de muy atrás y cuando volvió con todo, en los años noventa del siglo pasado, me desboqué y bailé durante horas y horas en Buenos Aires. Viajaba seguido y me recorría las principales milongas. Sobre todo Almagro y Niño bien. Era amigo de Osvaldo Zotto, a quien presenté en un espectáculo y con Miguel Ángel nos fue uniendo también una gran amistad. Incluso prologó mi libro: “La llamada del Tango -Una danza mágica”. Lo cierto es que la lista de grandes amigos que me dejó el tango, es interminable. Y paro de nombrar porque siempre me dejaré alguno en el tintero. Cuando tenía 18 años yo era el que pasaba la música cuando organizábamos en el club un festival para comprar equipos de fútbol.  Y lo sigo haciendo ahora en Bien Milonga desde hace seis años y en otras que he tenido en Madrid. Para mí es muy sencillo porque lo llevo en el cuore y en la memoria y me es fácil seleccionar lo más bailable, o los temas que son ideales para escuchar. Y quiero dejar bien claro que jamás existieron el Tango milonguero, Tango de salón y todos los apelativos que se le han adosado ahora. Era simplemente Tango. No era lo mismo bailar en un salón grande, de club, que en el reducido de confitería, por la estrechez de éste. Pero no cambiaba de nombre, jamás. Se bailaba distinto, con poquitos pasos, en los boliches del centro, porque no había espacio, hasta la madrugada. Al que llamábamos tango “liso” sin figuras era el que se bailaba en los estratos sociales altos, porque no dominaban los adornos y para no desentonar en su ambiente y convertirse en “milongueros”, que durante años fue sinónimo de vagos, atorrantes y demás caricaturas. Los que le ponen apellido al tango, actualmente lo hacen con fines publicitarios, simplemente o por desconocimiento y repetición. Eso sí, lo que se llamaba antes “tango fantasía”, en exhibiciones, hoy se denomina “tango escenario”, y es otra cosa. Y, ¡ojo! los discjockeys de aquellos años gloriosos eran seres invisibles. Jamás los veíamos ni sabíamos quienes eran. Pero no fallaban. Conocían los secretos de las milongas y los yeites de cada orquesta.

Y así, a vuela pluma, cuento mi historia tanguera, paralela a otras de mi vida, para explicarle a todos los que frecuentan este Blog, que hoy llega al millón de visitas, nada menos, con 1657 notas publicadas, porqué puedo hablar de tango, que es una parte importante de mi existencia y porque intento transmitir mis vivencias y la información que poseo, de muchos estudiosos, a todos aquellos que buscan conectarse con las raíces y con la realidad del tango. Porque lo he vivido, lo he escuchado, lo he bailado entre aquellas multitudes del cincuenta, donde se circulaba con mucho orden y respeto. Todos aquellos códigos los mamamos a rajatabla. Y quizás como consecuencia de una experiencia real y madurada, hoy tengo un millón de visitas en TANGOS AL BARDO: