viernes, 21 de febrero de 2020

Roberto Rufino

"Soy el último romántico del tango"

A 37 años de su debut profesional, el veterano cantante y autor mantiene incólumes su fama y pasión tangueras. En vísperas de presentar su último longplay, evoca sus comienzos y define su personal, inconfundible estilo.

Cuando aparezca el próximo long-play de Roberto Rufino (52, tres hijos) se habrá consumado una hazaña casi sin precedentes en la música popular argentina: un cantor de tangos que desde hace 37 años se mantiene en los primeros puestos del ranking de su especialidad. Claro que en la dilatada carrera de RR se produjeron altibajos, frustraciones y períodos oscuros; pero una y otra vez logró superar esas caídas, reconquistando con creces su sitial en el panorama tanguístico nacional. Tal vez el secreto de Rufino sea su decisión de desdeñar la adopción de un estilo definido y rígido, para darle a cada interpretación un sabor propio. 



                                
Esa circunstancia, unida el hecho de que en su repertorio intercaló siempre los éxitos tradicionales del compás porteño con las más modernas creaciones de la especialidad, le permitió adaptarse al gusto popular con el correr de los años. De esa manera, el próximo disco permitirá a los fanáticos del 2x4 comparar las primeras grabaciones de RR en 1935 con las actuales, pudiendo establecer diferencias concretas entre el tango de antaño y el de 1973, que al decir del veterano cantor, "no ha muerto ni mucho menos".

Esa superposición de estilos —siempre en tono romántico— de que hace gala Rufino parece también haber ganado su vida cotidiana. Así, el lujoso chalet en el que vive, en la coqueta localidad bonaerense de Acassuso exhibe un curioso cartel: Disneylandia, reza. Sucede que allí funciona un centro de recreación infantil, guardería, natatorio y colonia de vacaciones, que Rufino regentea junto con su mujer. Debido a esa razón, la entrevista que el veterano cantante mantuvo la semana pasada con Siete Días tuvo un desarrollo muy peculiar: debía ser interrumpida frecuentemente ante la irrupción de bulliciosos grupos de niños. 
De esa manera, no extrañó que las primeras palabras de Rufino fueran referidas, precisamente, a su niñez.
—Desde muy chico me gustó el tango. En realidad toda mi vida estuve mezclado con la música de Buenos Aires. Por eso, a mi familia no le pareció raro que yo debutara como cantor profesional a los 14 años. ¡Usaba pantalones cortos!

—¿Cómo fue su debut profesional?
—Empecé cantando en el café Nacional y en Radio Mitre, con el maestro Francisco de Rosel. El Nacional era un café típico del Buenos Aires de la década del 30. Estaba en la calle Corrientes casi esquina Carlos Pellegrini. Era angosto y largo como la calle. Mi primer tango como profesional fue Milonguero viejo, que en aquella época se cantaba y hoy ya no. La letra decía: "linda pebeta de mi sueño en tango llorón..." y no me acuerdo más. ¡Cuánto hace que no lo canto!
—En una carrera tan larga debe haber conocido a todos los grandes maestros del tango...
—¡Uff! Actué con todos, absolutamente todos. Hasta con el tío de Ringo Bonavena, don Antonio Bonavena, en el famoso Petit Salón, que estaba en Montevideo y Corrientes. Actué con Pichuco Troilo, Francini y Pontier, Carlos Di Sarli, qué sé yo, canté con todo el país...

—¿Lo conoció a Gardel?
—No, no tuve esa suerte aunque nací en la zona del mercado de Abasto en Agüero y Zelaya, cerca de la casa de él. Después fui amigo de Armando Delfino, su apoderado. Un día, estaba actuando en un teatro, se me acerca y me dice: "Roberto, te quiere conocer la madre de Gardel". Entonces lo acompañé y la conocí.
—¿Cuál fue su mejor época?
—Sin duda, los cinco años que pasé con el maestro Di Sarli. Calcule que él me contrató cuando yo recién empezaba y todavía usaba pantalones cortos. A veces, cuando me daba vergüenza, le robaba un traje a mi hermano, de pantalones largos, gris a rayitas. Así anduve un tiempo, hasta que el maestro Di Sarli me compró mi primer traje en Los 49 Auténticos.
—¿Y no había problemas en que actuara un chico de pantalones cortos en confiterías?
—Cuando actuaba de noche, sí. Yo, para disimular, trataba de cantar medio escondido detrás del piano. Pero una vez, en la boîte Moulin Rouge, tocaron los dos timbrazos que indicaban que había llegado la taquería. Entonces, Di Sarli me tiró un sobretodo largo, que me llegaba hasta los pies y me hizo salir por una puerta de atrás. Después de eso, no actué de noche hasta que me compraron el traje con los pantalones largos.

—Usted habla de actuaciones nocturnas. ¿Las orquestas de tango ofrecían funciones durante las horas del día en aquella época?
—¡Claro! Antes el tango era cosa seria. Empezaba en el café Nacional a las 9 de la mañana y terminaba recién a la madrugada.
—De todas las cosas que se fueron perdiendo con el correr del tiempo en la vida de la ciudad, ¿cuál es la que usted más siente?
—Sin duda, la gran cantidad de clubes y bares que han cerrado sus puertas, especialmente los de la calle Corrientes. Aquellos locales, además de un reducto del buen tango, constituían una fuente segura de trabajo para muchos compañeros.
—¿Y el público varió de una época a otra?
—Yo me acuerdo de algunas actuaciones mías, por ejemplo en la audición radial Ronda de Ases, o los bailes de Marabú, que tenían un público numeroso y entusiasmado. En aquel momento actuaban casi simultáneamente duplas sensacionales, como la de Pichuco con Fiorentino, D'Agostino con Angelito Vargas, D'Arienzo con Alberto Echagüe y Di Sarli conmigo. Ahora hay menos público y un poco distinto. Algo menos de fervor. Aunque, en mis últimas actuaciones en un boliche, Cheyenne, de Martínez, el público me hizo acordar un poco al de antes. Creo que hay una especie de resurgir del tango.


Carlos Di Sarli con sus cantores Alberto Podestá y Roberto Rufino

—Usted nombró unos cuantos valores del pasado, ¿no surgen nuevos, de recambio?
—Sí, en la última hornada están Néstor Fabián, Alberto Marino y Marina Dorell, por ejemplo.
—¿Le gustaba más el tango de antes que el de ahora?
—Mire, a mí me gusta llegar al público. A veces, el público quiere el tango de antes, pero hay muchos temas nuevos que también llegan a la gente. Yo también voy a cantar esos nuevos temas. Tampoco hago distingos entre mi profesión de cantor y la de autor de temas. En los dos aspectos y a lo largo de mi carrera, lo que siempre me interesó fue estar en contacto con el público. Y fíjese que eso lo logré antes de ser profesional y cuando era un adolescente. En 37 años de actividad creo que logré bastantes cosas.
—¿Cómo fue su carrera de autor?
—Empecé a escribir temas después de unos 10 años de actuación como cantor, y esa actividad terminó siendo una de mis labores más trascendentes. Tuve muchos grandes éxitos y no me acuerdo ni del número de ellos ni de la mayoría de sus nombres. Le podría citar, por ejemplo, El clavelito, Déjame vivir mi vida, Manos adoradas, Soñemos, Calla, En el lago azul, Cómo nos cambia la vida, Romance del pueblo, El bazar de los juguetes, qué sé yo, un montón. Hasta hice varios boleros. Uno de ellos, La Luna y el Sol, de 1950, tuvo 199 grabaciones en todo el mundo. Fue un gran éxito internacional. En realidad, tengo que agradecer a todas las orquestas y a todos los cantores que constantemente me piden temas para interpretar.

—¿Está conforme con su trayectoria?
—Yo no estoy nunca conforme con lo que hago. Siempre trato de mejorarlo. De no haber sido por esa actitud de permanente crítica, posiblemente mi carrera no habría durado ni la décima parte de lo que duró.
—¿Cuáles fueron sus mejores éxitos a lo largo de su carrera?
—Curiosamente, los tangos que a mí más me gustaron y que más fueron pedidos por el público, por una serie de imponderables nunca los grabé. Ellos son Cambalache, Alma de bandoneón y Buenos Aires. También me gustó mucho A la luz de un candil, pero ése lo grabé varias veces.
—¿Cuál es su verdadero estilo?
—iMás bien romántico. Creo que debo ser el último romántico del tango.
—¿Y en la vida privada también así romántico?
—¡Mucho más!
                                                         
(Revista Siete Días Ilustrados. 15 de octubre de 1973)



martes, 18 de febrero de 2020

BIEN MILONGA

       Fugaz
       historia de los dos.
       El tango nos lleva
       por la vida bailando.
       Tú y yo
       y un loco frenesí
       que nos fue acompañando.
              Dan Durán


Es el frenesí milonguero del que podemos hablar los que llevamos años milongueando, acá, allá y acullá. Es como una luz que nos ilumina, nos concita, nos une, nos imanta, nos acompaña por la pista y nos deja ese  gusto en el cuerpo que tarda en abandonarnos.

Esta noche en BIEN MILONGA repetimos ese rito colectivo con la misma  persuasión interminable, tantas cadencias y el nudo de los cuerpos irradiado por la música que brota del altavoz. Esa música que uno ha mamado desde niño y que acompañó mis primeras milongas en la adolescencia.


Ahora me doy una vueltita por milongas varias para ir templando gaitas de cara a  la milonga de esta nochecita milonguera. Arranco por el Tango Navidad Marathon  para ver en acción a Germán Ballejo y Magdalena Gutiérrez, que se despachan con este tango: Bien pulenta, por la orquesta de Juan D'Arienzo cantando Alberto Echagüe.


Sigo viaje y me planto en el Bruselas Tango Festival. En la capital belga son Juana Sepúlveda y Carlitos Espinoza, los que bailan el valsecito Temo, por la Orquesta Típica Victor, cantando Mario Corrales. 
                                                                                                             
Salto a Alemania, al Munich Internacional Tango Festival. Donde se lucen Aoniken Quiroga y Alejandra Mantiñán  con la milonga Maldonado. Interpreta Pedro Laurenz con su orquesta, cantando Alberto Podestá.

Claro que así nos enchufamos fenómeno para esta noche de BIEN MILONGA....                                     

domingo, 16 de febrero de 2020

La guitarra de Don Andrés

EDMUNDO RIVERO

Iba a ser en España donde, precisamente, habría de unirme con otra de mis guitarras predilectas, la que perteneciera hasta entonces al maestro Andrés Segovia.

    Había ido a la famosa Casa Ramírez a ver instrumentos, con la idea de comprar uno. Sin embargo, ninguno de los muy buenos que veía terminaba de satisfacerme porque, desde siempre, en la Argentina hemos sabido de guitarras y hemos tenidos muchas espléndidas, inclusive de la propia casa Ramírez. Localicé por fin una, fuera del sector donde se agrupaban, bien ordenaditas, la mayoría de las exhibidas.. Me llamó la atención su lujo, su acabado perfecto y el detalle de que tuviese agudos Hauser y graves "de la casa". Me explicaron que esa guitarra no estaba en venta, que era nada menos que del maestro Segovia.

    No me resigné. Supe también que hacía ya tiempo que el maestro tenía allí su guitarra y que no mostraba urgencia por ella. Insinué la posibilidad de que quisiese venderla y, sobre todo, declaré con verdad ser admirador y hasta conocido del gran concertista.

                                      

    Lo primero era indemostrable, pero yo no mentía al afirmar mi condición de admirador porque, a cada venida a Buenos Aires del gran guitarrista, había respondido yo con mi concurrencia a sus conciertos. Amaba tanto a mi oficio, del cual era el número uno, que nunca hubiese dejado de ir a oírlo. Lo hice desde platea y desde gallinero, y una vez que no me quedó otro remedio, desde un pasillo de cazuela, desde atrás de una cortina y por gracia de un acomodador gauchazo.

    Además, con Segovia nos había envuelto una vez un equívoco de equipajes. En el vapor de la carrera a Montevideo habían puesto la guitarra de Segovia, en su estuche, junto con las de mi conjunto y la mía, pensando que eran todas del mismo grupo. Al llegar a puerto se aclaró el error y tuve el gusto, por primera vez, de estrechar la mano de Don Andrés. Pero estaba escrito que alguna vez quedaría conmigo alguna de sus guitarras.

    Segovia debe haberse asombrado, al principio, por tanta insistencia mía pero, sea porque me recordaba, porque me conocía o, simplemente porque dio valor a mi entusiasmo por esa guitarra, que me la concedió. Supe que había sido el propio gran maestro quien había diseñado y dibujado los planos del instrumento.

    Todavía hoy, la buena gente de la Casa Ramírez no debe comprender como pudo haber tenido ese desenlace mi empecinamiento. Lo cierto es que, gracias a él, se integró el par de mis guitarras más queridas: una la del maestro español que considero el mayor guitarrista que haya oído jamás; la otra, esa bellísima guitarra de Francisco Canaro, que fue capaz de revolucionar el tango, pero que nunca había podido rasguear siquiera unos acordes en esa viola que era sólo  "para las fotos". 

(De su libro "Una luz de almacén")

sábado, 15 de febrero de 2020

La cantina

Fueron los inmigrantes italianos los que fundaron estos boliches en Buenos Aires. En el barrio de la Boca especialmente, pero también en el Abasto, en Chacarita. Con esos travesaños  de pared a pared de los cuales colgaban jamones, salames, longanizas.. Las calderas bullendo con pastas que luego soltarían su aroma en las mesas, untadas con el pesto genovés y el tuco.

Otros platos de aquellos inmigrantes que se quedaron instalados para siempre en nuestro paladar y nuestras retinas fueron el chupín de pescado, la pizza, la faina, la focaccia, sopas que en invierno sabían a gloria como el minestrone o la buseca. Y si ibas a aquellas cantinas italianas de la Boca con los amigos de la barra, tenías la ración de mandulinatta, te acoplabas, bailabas junto a la mesa, cantabas y pasabas una noche como si estuvieras en una cantina de Nápoles o en Génova.

                                     
Cátulo Castillo y Aníbal Troilo, que conocieron ese ambiente y vivieron esas madrugadas, se unieron en el lirismo íntimo,  una vez más para crear este tango que Pichuco grabaría con su orquesta y su cantor Jorge Casal, en 1954. Un paisaje cotidiano, el arrabal embellecido, el riachuelo cercano, la presencia gringa y todo eso que los porteños tenemos de tanos, aunque provengamos de otras sangres extranjeras...

Ha plateado la luna el Riachuelo
y hay un barco que vuelve del mar
con un dulce pedazo de cielo,
con un viejo puñado de sal.
Golondrina perdida en el viento,
¿por qué calle remota andarás,
con un vaso de alcohol y de miedo
tras el vidrio empañado de un bar?

El crujido de la incertidumbre hurga en la esquina del olvido. El inmigrante ha dejado atrás una vida distinta, el cordón umbilical en busca de la quimera soñada. El trastero de los recuerdos nublan  algo este presente en la cantina que noche a noche convoca a buena parte de la entrañable cosmópolis porteña.  En la trama de la vida se proyecta una capacidad de transmisión emotiva que Cátulo recrea con su pluma de arriero de  aquella bohemia y la puntual rutina nocturnera. En el corazón del inmigrante venido a más en su sueño argentino, flota cada tanto una imagen lontana...  grisácea...

La cantina                                                             
llora siempre que te evoca
cuando toca
piano, pìano,
su acordeón el italiano...
La cantina,
que es un poco de la vida
donde estabas escondida
tras el hueco de mi mano;
de mi mano
que te llama, silenciosa,
mariposa que al volar
nos dejó sobre la boca,
sí,
nos dejó sobre la boca
su salado gusto a mar.

En esas orillas de la noche se vive una atmósfera popular. el pudor de la memoria, la sencillez de la esquina de arrabal. Las voces estiran la nostalgia, bulle el viejo vino carlon o el chianti en en esas mesas donde se recrean las anécdotas y su mágico inventario. Retornan las ilusiones en madrugadas abismales, las alegorías. Ese calor de la amistad en el gris difuso de la noche que le dan a la cantina un baño de realismo, de vida. Y también de alguna ausencia...

Se ha dormido entre jarcias la luna
llora un tango su verso tristón
y entre un poco de viento y de espuma
llora el eco fatal de tu voz.
Tarantela del barco italiano...
La cantina se ha puesto feliz,
pero siento que llora, lejano,
tu recuerdo vestido de gris.

Podemos verlo a Pichuco, junto a Roberto Grela, cantándolo en una reunión de amigos, en Montevideo. Algo íntimo, sugerente que nos muestra esa imagen de maestro de cantores que siempre flotó en el ambiente. Ocurrió en 1954.

                             
Y, de remate, la notable versión de Aníbal Troilo, cantándolo Jorge Casal. Extraído de la película "Vida nocturna" que dirigió Leo Fleider y se estrenó el 18 de marzo de 1955.

                                         

martes, 11 de febrero de 2020

BIEN MILONGA

          A tango limpio, nada más
          muy suavemente la abrazás,
          un paso aquí y otro allá
          media vuelta y ya está.

         A tango limpio sentirás
         su respirar, su palpitar,
         y lo demás es emoción,
         ya lo sabrás si sos varón.
                 Jorge Bocacci


Sí, a tango limpio, más las milongas y los valsecitos de rigor, pasás una velada de esas que te reconfortan con la vida diaria. La de los martes madrileños: BIEN MILONGA cumple sobradamente esa misión que llevamos tantos años practicando y que se ha hecho costra de costumbre. Y tan felices, claro, pudiendo darle a los remos de esa manera todos los martes de 21 a 0 horas en la CASA de ARAGÓN (Pza. República Argentina nº 6)

      
 Siempre conviene darse una vueltita por otras pistas para ir templando el ánimo con vistas a lo que nos espera esta noche. Como recuerdo a un conocido milonguero recientemente fallecido, arranco por la milonga Los cachirulos y así podemos ver a Chiche Ruberto, bailando con Mónica Paz, la milonga  Calandria pampa por Juan D'Arienzo, su orquesta y Alberto Echagüe.

                                                        
De allí salto al Gante Tango Festival, en Bélgica. En este caso son Mónica Sacchi y Cristian Palomo quienes se lanzan al ruedo para bailar este tango: Loca, por la orquesta Solo Tango.

                                          
Y cierro el paseo en el Embrace tango Berlín, Alemania. Les toca lucirse a Clarisa Aragón y Jonathan Saavedra, al compás de este Valsecito de antes, por la orquesta de Juan D'Arienzo.


Claro que nos dieron un empujoncito con vistas a esta noche en BIEN MILONGA. ¡Siiií!                                       
                                       

lunes, 10 de febrero de 2020

La discografía de Aníbal Troilo

Pichuco grabó toda su producción discográfica entre el 7 de marzo de 1938 y el 24 de Junio de 1971. Arrancó en el sello Odeón (1938). Luego en la RCA Victor (1941 a 1950). TK (Entre el 50 y el 56); Odeón (1957/1959) y RCA Victor (1961/1971). En total fueron alrededor de 488 grabaciones, aunque hay algunas pequeñas divergencias en cuanto al total de temas que llevó al disco, algunos de ellos repetidos.

Sabido es que la mayoría de los grandes cantores que tuvo el tango pasaron por su orquesta y también dejaron un rastro inconfundible, maravilloso. En gran cantidad de dichos discos quedaron para siempre registradas esas voces impagables que uno vuelve a disfrutar permanentemente. En la evolución indudable de la orquesta también fueron los cantores quienes aportaron admirablemente lo suyo. Por eso fueron grandes.

                                         

Fiorentino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Raúl Berón, Roberto Goyeneche, Roberto Rufino, en la plasmación sonora, dentro de un encaje dotado de profundidad, asombraron porque supieron trasladar el embrujo de la poesía a la magia de la música. Esa conexión entre el alma, corazón y la voz aupadas a través de lo que exhalaba toda la música de Troilo.

También estuvieron los Jorge Casal, Ángel Cárdenas, Tito Reyes, Aldo Calderón y otras voces que supieron amalgamarse a temáticas y estilos. Son notas y palabras que siguen emergiendo a través del reproductor, en la milonga, escuchándolas mientras tomamos un mate o un café. Ese lenguaje que florea al pentagrama. La poesía y la música que nos envuelven en  remolinos emocionales...

Hoy quiero recordar a todas aquellas voces que transitaron junto a los músicos de distintas épocas en las sucesivas orquestas de Aníbal Troilo. En total, fueron 17 los cantores/cantantes femeninas que dejaron su huella en el disco, con la formación de Pichuco. Y recurro a este resumen que publicó la revista LA MAGA en el año 1995. En el mismo se detalla la actuación de cada cantante desde su debut hasta el alejamiento de la orquesta y el total de grabaciones que registraron cada uno de ellos. Fiorentino fue el que más temas llevó al disco, con Aníbal Troilo, como puede verse.

                                         

viernes, 7 de febrero de 2020

Fiorentino y Troilo

La magia del tango obró estos milagros. Aníbal Troilo buscaba un cantor para su flamante y primera orquesta y no se le dio el que pretendía: Antonio Rodríguez Lesende. Un español, nacido en Vigo, llegado tempranamente a la Argentina y que cantaba los estribillos con diferentes orquestas. Pichuco creyó que era el ideal para arrancar y éste prefirió seguir con sus contratos que le proporcionaban buenos dividendos.

Fiore había comenzado como bandoneonista en un cuarteto con su hermano Vicente, en 1925. Se llamaba: Típica Fiorentino. Vicente dirigía y tocaba el violín, el Negro Plácido Simone Alfaro estaba al piano, Joaquín Mora (otro negro genial) y Francisco Fiorentino eran los bandoneonistas. Este último había tomado clases con Minotto. Incluso cantó con ellos en el café Germinal, Oscar Alonso.

                                       
Así se iría entreverando Fiore en diversos conjuntos como los de Francisco Canaro, Juan D'Arienzo, Juan Carlos Cobián, Julio Pollero, Pedro Maffia, Roberto Zerrillo. Alternaría como bandoneonista y cantor, pero si uno escucha algunos registros suyos de aquella época anterior a Troilo, jamás entendería la explosión que tuvo en la orquesta de Pichuco. En esos años los cantores eran estribillistas, o sea, sólo cantaban una parte del tema y primaba la parte instrumental. La mano del Gordo con los cantores comenzaba a vislumbrarse en su debut como director.

Fiorentino estaba trabajando en el Tabaris con Canaro, se conocían y tenía amistad con Troilo, y como el contrato que le ofrecieron a éste en el Marabú era por un par de meses, el flamante director pensó en él como solución de emergencia. La fecha del debut se le venía encima y llegaron a un acuerdo, sin imaginar que la cosa terminaría en un éxito de campanillas. Fiore tenía 32 años , entonces, y el Gordo 23.  Su primer trabajo fue con el tango de Piana y González Castillo "Sobre el pucho" y la conexión comenzó a rendir frutos.

Ciertamente, Fiorentino tenía problemas en la pronunciación,  al gordo no le terminaba de conformar por ese motivo. Ensayaban repetidas veces, Fiore se tragaba algunas letras pero sostenía la melodía de la orquesta y disimulaba muy bien las fallas con su estilo y sentido del ritmo. A esto último le ayudaba mucho su dominio del fueye.  A veces en la reiteración de algún tema, mordisqueaba el pañuelo que llevaba en el ojal, con visible nerviosismo, y volvían a ensayar el mismo tema una y otra vez, hasta que cuadraba.
                                 
La primera orquesta de An´ñibal Troilo
                               
Su dicción confusa provocaba algunos roces, tenía voz de escaso caudal pero muy emotiva, surgía del sentimiento, y la musicalidad de la misma se prestaba maravillosamente para el ritmo tan entrador de aquella orquesta. Con Orlando Goñi al piano, marcando el ritmo, el contrabajo guía de Kicho Díaz y el fueye de Pichuco iluminando todo, Fiore parecía un instrumento más, pegado a ellos en su ritmo vibrante y volando en ese tono milonguero que nos sigue iluminando en la pista, gracias a los 71 registros que quedaron con la presencia de aquel pianista genial.

Fiorentino le agregó una perla más a su notable función dentro de la primera formación de Pichuco. Había sido aprendiz de sastre y fue el artífice de la vestimenta de los integrantes de la orquesta. El propio Troilo lo reconocería sin ambages, públicamente: "Fiorentino nos enseñó a vestirnos bien jaileifes para presentarnos ante el público y eso se lo reconoceré siempre". Además cabría agregar que fue una especie de arquetipo del cantor de orquesta.

Estaría seis años con Troilo, ya había ingresado Alberto Marino, con quien formaría una dupla muy recordada. Pichuco entendió que Fiore había cumplido su ciclo y con mucho pesar le comunicó su baja. Dejó 60 registros inolvidables con Troilo que hoy son energía gravitante, el climax perfecto para los bailarines. Cualquiera de ellos: Te aconsejo que me olvides, Yo soy el tango, Garúa,  Malena, En esta tarde gris, Corazón no le hagas caso, Pa'que bailen los muchachos... nos llevan de la mano por la pista, con un pinchazo emocional que nos estimula.

Pichuco feliz con sus dos cantores: Fiorentino y Alberto Marino
                                         
Fiore no volvió a ser el de Troilo. Ni antes ni después cuando tuvo su propia orquesta acompañante, dirigidas por Piazzolla y luego por Spitalnik. Pasó por distintas formaciones pero aquella magia de la dupla Troilo-Fiore sólo pervive en los discos, certificando que Pichuco tenía un talento único-especial para seleccionar y guiar a sus cantores. La historia lo iría demostrando año a año, en un trabajado concepto estético, con la propia evolución orquestal. Las grandes voces del tango desfilarían por su conjunto y dejarían un tendal de grabaciones que son un legado invalorable. Luego escribirían su propia historia como solistas.

Pero ¡ojo!, como milonguero siempre me quedaré con el Troilo de Orlando Goñi. el Troilo de Fiore. Aquel resplandor rítmico-bailable que nos estimula e ilumina en la pista. Y conste que fui hincha de Pichuco hasta el último día de su orquesta. Pero esta magia rítmica-vocal no tiene precio, es maravillosa.

Escuchá a  Fiore con Troilo en esta grabación del 4 de marzo  de 1941: Toda mi vida, tango de José María Contursi y Pichuco.