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viernes, 18 de septiembre de 2020

El aguacero

En mi última página hablaba de Cátulo Castillo y de ese patriarca del barrio de Boedo que fue su progenitor: Don José González Castillo. Periodista, hombre de teatro, poeta, dramaturgo, que cumplió una función vital del tango, por la evolución de la poesía, elevándola a un rango superior. El hecho de vivir en un barrio popular también le sirvió para pintar esas imágenes entrañables que habitan sus versos. Nacido en Rosario, criado en Salta, llegó a la Capital y se dedicó al periodismo. 

                                                    

Posteriormente, su carrera se engrosaría con otras actividades y destacaría como autor de sainetes criollos, actividad que lo instalaría en el teatro como figura consular juntos a otros colegas de su época. Y ya con un prestigio justicieramente ganado, también descollaría como adaptador y guionista de las primeras películas producidas en suelo argentino. El deseo de destilar certeza con su fecunda elocuencia lo llevó a ser modelo de los renovadores, en la poesía del tango

Es sabido que su hijo Cátulo se dedicó al boxeo y al estudio musical, especializándose en la ejecución del violín y también del piano. Con su padre colaboró musicalizando los primeros tangos realizados juntos: Organito de la tarde, Caminito del taller, Aquella cantina de la ribera, Invocación al tango, Papel picado, El circo se va, Silbando (con Piana) y entre otros, esta canción-tango que hoy traigo aquí.  Que me parece realmente digno de recrear permanentemente porque, ante la estúpida velocidad que a veces desarrolla el mundo, el autor, con su impronta recrea situaciones nostálgicas, iluminará a los poetas  que irán llegando, como Homero Manzi y el mismo Cátulo.  Y El aguacero es una especie de meditación sobre el tiempo y sus contenidos.

                                    


Esa palabra: aguacero, es una lluvia repentina, abundante, impetuosa y de poca duración. González Castillo nació en 1886 y con la imaginación en estado de gracia refleja en sus versos esos pequeños aconteceres cargados de paisaje campero, con una maestría que elude veladuras de fantasía o de engaño. Atento a aquella realidad que vivió de niño, en los campos prósperos, planos e interminables. La intensidad de la escritura nos lleva a las imágenes imborrables que perduran encapsuladas en la memoria.

Como si fuera renegando del destino
de trenzar leguas y leguas sobre la triste extensión
va la carreta, rechinando en el camino
que parece abrirse al paso de su blanco cascarón

"Cuando chilla la osamenta
señal que viene tormenta".
Un soplo fresco va rizando los potreros
y hacen bulla los horneros anunciando el chaparrón.

Estamos situados en la escena concisa y memorable. Una postal que viene a ser como una meditación sobre el tiempo y sus contenidos. El impulso de fijarlo en su mirada límpida para que el lenguaje se encuentre con lo visual, conectando con las tribulaciones del personaje, la atmósfera, los animales, pájaros, que pueblan el campo... Gomo una vaga conexión estética y estuviera pintando un cuadro. Entonces el aguacero repentino, inesperado, se convierte en dueño de la escenografía. El paisaje agiganta sus colores con el viento y le dan vida al entorno, al boyero y sus bueyes en deleitoso despliegue de la imaginación.

Y la pampa es un verde pañuelo
colgado del cielo
tendido en el sol,
como a veces se muestra la vida
sin sombras ni heridas
sin pena ni amor...
El viento de la cañada
trae gusto a tierra mojada
y en el canto del viejo boyero
parece el pampero
soplar su dolor

Se ha desatado de repente la tormenta
y es la lluvia una cortina tendida en la inmensidad
mientras los bueyes en la senda polvorienta
dan soplidos de contentos, como con ganas de andar.
¡Bien haiga el canto del tero
que saluda al aguacero..!
Ya no es tan triste la tristeza del camino
y en el pértigo el boyero, siente ganas de cantar...

                         


Estos versos nacieron como canción de la cultura vernácula. Los escribió Don José González Castillo durante la travesía del barco que los conducía, a él y a Cátulo de nuevo a Buenos Aires desde Europa, en 1930 . Ahí dejó vagar a su lúcida imaginación, los recuerdos tempranos, el andamiaje formal y con ese derroche de sabiduría estilística que lo caracterizaba desgrana el paisaje material, ese aroma distintivo en que se imbrica poéticamente. Cátulo con su inventiva temprana, mostró sus atributos de compositor y le fue dando también forma de forma de tango porque lo sentía así a la canción pampeana de su padre.

Langalay, viejo buey, lomo overo,
callado aparcero
de un mismo penar,
igual yugo nos ata al camino...
¡Pesado destino
de andar y de andar!
¿Adónde irás buey overo
que no te siga el boyero?
Y la Pampa es un verde pañuelo,
colgado del cielo
que quiere llorar...

Ya en Buenos Aires, retornados a sus tareas, al poco tiempo lo estrenó el actor-cantor Abelardo Farías (hermano de  Dringue Farías) en la revista teatral "De la tapera al rascacielos", que se daba en el Teatro Cómico. Después lo grabarían numerosas orquestas y cantores: Mercedes Simone, Canaro-Charlo,  Lomuto-Fernando Díaz, Nelly Omar, Libertad Lamarque con su hija Mirtha,  Rubén Juárez, Susana Rinaldi, Demare-Quintana, Alberto Vila, D'Arienzo-Laborde-Ramos y varios más.

Lo escuchamos en tiempo de tango por Rubén Juárez acompañado por la orquesta de Armando Pontier. Grabado el 4 de diciembre de 1972.

                                  
                                                                              

domingo, 13 de septiembre de 2020

Cátulo Castillo y sus memorias

   Mi casa fue también reducto de payadores, desfilaron todos, y recuerdo a Betinotti, delgado, medio rubión, con una calvicie incipiente, me daba la sensación, quizás por mi edad, que era pretencioso, se conducía ostensiblemente. A mi casa venía con sus escritos para que mi padre les diera el visto bueno o sugiriera alguna corrección. Otro fue Luis Acosta García que me propuso acompañarlo con piano o violín, que ya dominaba bastante, en sus giras por glorietas y teatros. Ocurrió sólo algunas veces, yo en el piano, Jerónimo Sureda en bandoneón y un muchacho Furloni.

   En Boedo mi padre fundó la Universidad popular, en ella enseñaba inglés, que sabía muy poco, pero igual lo hacía. También fue fundador y animador por años de la peña Pacha Camac, que comenzó funcionando en los altos de una confitería, Biarritz. De allí salieron actores importantes, gente de teatro, escultores como Riganelli, venía gente del diario Crítica donde había trabajado. 
        
                                         

                                         
   Él estuvo en el comienzo del grupo de Boedo, contrapuesto al de Florida, bastante parecidos en su composición, pero con otras ideas menos radicalizadas. El grupo nació en la librería Munner, en Boedo 833. Munner era un alemán muy inquieto que reunía a los muchachos en la trastienda de su negocio. Así, la calle que  aún no era barrio comenzó a tener una vida cultural propia que se irradiaba a los barrios vecinos. Su apogeo fue en las décadas del veinte y el treinta.

   En 1928 yo ya tenía mi nombre como músico, mis conjuntitos y había compuesto la música de un tango con letra de mi padre, que él había titulado Organito de la tarde
-Te vas a inscribir en un concurso que hay en la Casa Max Glücksmann -me dijo.
Allí participaban los grandes de la época. El tema de mi tango era muy "carriegano". Así me lancé a la vida profesional con la protesta de aquellos ya consagrados.

   La voz cantante fue la de Juan de Dios Filiberto que se presentó ante mi padre bastante exaltado:
-Usted lo está echando a perder al mocoso ese, porque va a entrar en la competencia final conmigo. Y si me gana, sepa señor Castillo, que yo me he criado matando vigilantes.
Mi padre se paró y agrandándose le respondió:
-Sepa que yo me crié matando sargentos Les daba dos puñaladas de ventaja y los cagaba a patadas...
   Así conocí a Filiberto y así fue como en el Concurso me prendí con un tercer premio.

                                               
Cátulo estudiando con su padre: José González Castillo


  Al año siguiente mi padre era director de compañía en el Teatro San Martín. En el elenco estaba Azucena Maizani que cantó nuestro tango y tuvo gran éxito y difusión.
   Pero yo no estaba, ya que en el 28 había viajado a Europa y en Francia me encontré con Gardel a quien conocía de habernos cruzado en esa casa Glücksmann. Él admiraba mucho a Tita Ruffo y a otros cantantes italianos. Se metió en la claque del Teatro Coliseo sólo para escuchar a los grandes artistas, como impostaban las voces y otras cosas, que luego ensayaba en su casa. Con el paso del tiempo me grabó ocho títulos: Organito de la tarde, Acuarelita de arrabal, Aquella cantina de la ribera, Caminito del taller, Corazón de papel, Juguete de placer, La violeta y Silbando.

   A mi vuelta de Europa, en la década del treinta, ingresé como profesor del Conservatorio Municipal de Música, pese al desprecio de otros profesores y del propio director Enrique Fantoni.
-¡Cómo un tanguero va a dictar clases de solfeo!-decía.
   En 1933 intervienen la escuela, ponen en el cargo a Luis V. Ochoa, quien me da los cargos de Profesor en pedagogía, Historia de la música y Acústica musical.  Más adelante me presenté a concurso y me nombraron secretario, luego vicedirector y después, en la década del 50 director. Con ese cargo me jubilé. El lapso que va de los 30 a los 40, estudié mucho, desde los cantos gregorianos a los románticos alemanes.

   Ahora quiero hablar de una amistad que nació casi en la adolescencia y se prolongó hasta su muerte. Fue la que tuve con Homero Manzi. Lo conocí cuando aún andaba con pantalones cortos. Yo vivía en Loria 1449 y él a la vuelta, en Garay 3259. Pasaba silbando por la puerta de casa. Yo tenía 17 años y él uno menos. Cuando supo que yo era el autor de Organito de la tarde, se acercó y me dijo:
-Mirá Cátulo, yo tengo una letrita ¿sabés?. Se llama "El ciego del violín", no te gustaría ponerle música?
   Le dije que sí, que me trajera la letra. Era muy buena. Dedicamos el tango al viejo Carriego y, finalmente se tituló "Viejo ciego". Con este tema Manzi se iniciaba como autor.

                                 
Cuatro amigos: Cátulo, Manzi, Piana y Maffia (casado con la hermana de Piana)


   Más tarde le presenté a un pelado que venía a mi casa.
-Éste es un muchacho que compone muy bien -le dije- juntos pueden hacer grandes cosas.
   El muchacho era Sebastián Piana. Era hijo de un peluquero que tocaba muy bien la guitarra. la peluquería quedaba en Castro Barros, a media cuadra de Rivadavia, donde hoy está la Federación  de Box. Cuando se iba el último cliente, se bajaba la persiana y meta música en la trastienda. 

   Con Piana y Manzi salíamos juntos los tres. Homero decía:
-No se olviden que estamos viviendo la época de oro del tango...
   Como si hubiera presentido que algún día no sería igual...

(Extraído de una entrevista a Cátulo Castillo publicada en el diario La Opinión Cultural, el 13 de abril de 1975.)
   

   

sábado, 12 de septiembre de 2020

Tiempo de tango

 Ernesto Sábato, el gran escritor escribe sobre el ser argentino y su relación con el tango

   En este país de opositores, cada vez que alguien hace algo (un presupuesto, una sinfonía, un plan de viviendas mínimo), inmediatamente brotan miles de críticos que lo demuelen con sádica minuciosidad.

   Una de las manifestaciones de este sentimiento de inferioridad del argentino (que se complace en destruir lo que no se siente capaz de hacer) es la doctrina que desvaloriza la literatura de acento metafísico: dicen que es ajena a nuestra realidad, que es importada y apócrifa y que, en fin, es característica de la decadencia europea. 

                               


     Según esta singular doctrina, el "mal metafísico" sólo puede acometer a un habitante de París o de Roma.  Y, si e tiene presente que ese mal metafísico es consecuencia de la finitud del hombre, hay que concluir que para estos teóricos la gente se muere en Europa.

   A estos críticos,que no sólo se niegan a considerar su miopía como una desventaja sino que, por el contrario, la usan como instrumentos de sus investigaciones, hay que explicarles que si el mal metafísico atormenta a un europeo, a un argentino lo debe atormentar por partida doble, puesto que si el hombre es transitorio en Roma, aquí lo es muchísimo más, ya que tenemos la sensación de vivir esta transitoria existencia en un campamento y en medio de un cataclismo universal, sin ese respaldo de la eternidad que allá es tradición milenaria.

   Como será verdad todo esto que hasta los autores de tango hacen metafísica sin saberlo. 

   Es que para los críticos mencionados la metafísica sólo se encuentra en vastos y oscuros tratados de profesores alemanes; cuando como decía Nietzsche, está en medio de la calle, en las tribulaciones del pequeño hombre de carne y hueso.

   No es éste el lugar para que examinemos de qué manera la preocupación metafísica constituye la materia de nuestra mejor literatura. aquí queremos señalarlo, simplemente, en este humilde suburbio de la literatura argentina que es el tango.

   El crecimiento violento y tumultuoso de Buenos Aires, la llegada de millones de seres humanos esperanzados y su casi invariable frustración, la nostalgia de la patria lejana, el resentimiento de los nativos contra la invasión, la sensación de inseguridad y de fragilidad en un mundo que se transformaba vertiginosamente, el no encontrar sentido seguro a la existencia, la falta de jerarquías absolutas, todo eso se manifiesta en la metafísica tanguística. Melancólicamente dice:

   "Borró el asfaltado de una manotada / la vieja barriada que me vio nacer"

   El progreso que a marchamartillo impusieron los conductores de la nueva Argentina no deja piedra sobre piedra. qué digo: no deja ladrillo sobre ladrillo; material éste técnicamente más deleznable y, como consecuencia, filosóficamente más angustioso. nada permanece en la ciudad fantasma. Y el poeta popular canta su nostalgia del viejo "Café de los Angelitos":

   "Yo te evoco perdido en la vida,/ y enredado en los hilos del humo".

   Y, modesto Manrique suburbano, se pregunta:

   "¿Tras de qué sueños volaron?.../ ¿En qué estrellas andarás?/ Las voces que ayer llegaron/ y pasaron y callaron,/¿dónde están?,/ ¿por qué calles volverán?"

                                  

Sábato y Troilo
                                                                 Sábato y Troilo

   El porteño, como nadie en Europa, siente que el Tiempo pasa y que la frustración de todos los sueños y la muerte final son inevitables epílogos. Y acodado sobre el mármol de la mesita, entre copas de semillón y cigarrillos negros, meditativo y amistoso, pregunta:

   "¿Te acordás hermano, qué tiempos aquellos?"

   O con cínica amargura dictamina:

   "Se va la vida, se va y no vuelve./ Lo mejor es gozarla y largar las penas a rodar"

   Discepolín, horaciano, ve vieja, fané y descangallada a la mujer que en otro tiempo amó. En la letra existencialista de sus tangos máximos dice:

   "¡Cuando manyés que a tu lado/ se prueban la ropa/ que vas a dejar...,/te acordarás de este otario/ que un día cansado,/ se puso a ladrar!"

Ernesto Sábato ( de "Tango, discusión y clave"". Editorial Losada)

   

viernes, 4 de septiembre de 2020

Osvaldo Miranda y Discépolo

   Tengo muy buenos recuerdos de este gran comediante que protagonizó con su arte, películas, series de televisión y teatro. Estuvo toda una mañana en el programa radial "Dialogando con swing" que conducíamos con Osvaldo Papaleo por radio Argentina los domingos de 8 a 12.30 de la mañana. Y la realidad es que lo pasamos bomba porque también estuvo aquel día Fidel Pintos y Osvaldo le daba máquina y aparte nos contaba anécdotas de este cómico natural.
 
   En la la charla que fuimos desglosando a lo largo del programa, Miranda también recordó aquella filmación de "Los vengadores" en Estados Unidos, con Fernando Lamas, Roberto Airaldi, él y Augusto Codecá. Las historias con Lamas eran realmente geniales y años más tarde se las hice repetir cuando nos reencontramos en una céntrica casa de cambio a la cual acudían varios futbolistas de Racing. Yo ya estaba radicado en Madrid, venía de visita y como había ido a cambiar dinero, aproveché que había unos cuantos del equipo albiceleste y le hice repetir las historias de Fernando Lamas. Los muchachos se quedaron encantados y pedían más.

                               


   Osvaldo Miranda tenía esa facilidad natural para recrear anécdotas de todo tipo y  aquella mañana en la radio contó una de las muchas que vivió junto a su gran amigo: Enrique Santos Discépolo. Ambos vivían en el centro. El actor en la calle Corrientes, junto a la Confitería La Giralda, y Discépolo, entonces, en Callao y Córdoba. Hay que tener en cuenta que el gran poeta y actor murió en su casa y precisamente en brazos de Miranda. 

   -Fuimos a visitar a Discepolín con Amelia, mi esposa, La tarde fue cayendo, llegaba la noche y nos pensábamos despedir ya, pero Enrique nos detuvo con una señal de de su mano, pidiéndonos que nos quedásemos a cenar. Sinceramente yo no quería quedarme porque sabía cómo eran las cenas en su casa. Por lo general, solía poner platos grandes y escaso material comestible. Pero él insistía: 
-No se vayan, quédense, por favor...

   La cuestión es que nos quedamos a "cenar", por decir algo y cuando prácticamente estábamos terminando la liviana cena, entró Homero Manzi. Me llamó mucho la atención y entré a pensar en la insistencia de Enrique para que nos quedásemos y la aparición inesperada -para nosotros- del gran poeta y hombre del cine. 

                        
Homero Manzi, Discépolo y Aníbal Troilo cenando en la madrugada 


   Estuvimos charlando un rato, tocan el timbre, Enrique abre la puerta y aparece Aníbal Troilo con Zita, su esposa. Me pareció muy lindo, pero yo estaba confundido. ¿Para qué nos hizo quedar y ahora aparecen Manzi, Pichuco y Zita? Estuvimos charlando de todo un poco  y de pronto Manzi se para y dice:
-Bueno, empiezo...

   Sorpresa total. Y mucho más cuando Pichuco con esa vocecita tan particular entró a tararear una música.  Y Homero al compás de la misma recitaba:

Sobre el mármol helado, migas de medialuna / y una mujer absurda que come en un rincón.../ Tu musa está sangrando y ella se desayuna... / El alba no perdona ni tiene corazón.

   Recitó todo el verso completo y nosotros estábamos en vilo, absortos, entregados al poema que recitaba Manzi. Cuando llega a esa parte que dice: "Con su talento enorme y su nariz...", lo miré de reojo a Discépolo y vi que tenía los ojos llorosos.  Fue un momento maravilloso. Era el tango que le dedicaban Manzi y Troilo. Enrique lo sabía, se lo habían adelantado y entonces entendí porqué nos pidió tanto que nos quedásemos. 

   Él sabía compartir los momentos gratos de su vida con los amigos. Y la escena me quedó grabada para siempre. Máxime cuando, antes de grabarlo Pichuco con Raúl Berón, se produce la muerte de Homero Manzi y siete meses más tarde la de Discépolo.

(Y yo lo recuerdo en esa grabación que citaba Osvaldo Miranda)

                          

martes, 1 de septiembre de 2020

Julián Centeya

Su figura se agiganta con el paso del tiempo, por su obra, por su trabajo como poeta, periodista, presentador de orquestas, chamuyador inigualable y dueño de una cultura basada en los libros leídos y su aprendizaje de la vida. Una existencia complicada desde que tuvo que salir con sus padres y familia en un barco desde Italia, rumbo a la Argentina para huir de los problemas que acechaban a su progenitor...

                                           

Julián Centeya y Homero Manzi

Había nacido en Borgotaro, sierra de Parma, zona de buenos vinos y debieron trasladarse a Génova, debido a la persecución sobre Carlo, el padre, por su militancia política de izquierda. y la defensa de los compañeros trabajadores. La cosa se complicó de tal modo, que el militante sindical tomó la determinación de trasladarse a la Argentina con su esposa y tres hijos -dos niñas y el varón que se llamaba Amleto Enrico Vergiatti y contaba 12  años de edad.  El Conte Rosso  los transportaría en su tercera clase... porque no había cuarta... También viajó con ellos un perrito llamado Cri cri. 

Llegados al fin del mundo, el destino inicial fue San Francisco -Córdoba-  donde habitaba un conocido de Carlo, pero debido al desconocimiento del idioma, el padre no pudo seguir con su profesión de periodista y se dedicó a la carpintería. Al poco tiempo se irían a Buenos Aires y recalarían en el barrio de  Parque Patricios. El niño se haría hincha de Huracán , como Manzi y Barbieri, conocería la Quema,  la pobreza de los inmigrantes que se arracimaban en conventillos y estudiaría en un Colegio de Caseros y Labardén. 

                                           

El pequeño Julián en el barco con Cri cri

Todo ello le fue haciendo identificarse para siempre con los desposeídos, los desfavorecidos por la suerte y nunca dejaría de volcarse con ellos más adelante en sus versos, y escritos periodísticos publicados en los diversos medios importantes que trabajó. Ello le impregnaría una tristeza natural, aunque era muy divertido en sus oportunas salidas, apodos que ponía, y el gracejo natural que animaba las rondas noctámbulas y aquellas mesas de la Cortada Carabelas, siempre colmada de parroquianos conocidos.

Dejó los estudios tempranamente, lo expulsaron del colegio secundario pero no dejaría nunca de leer. Los libros que le aportaba su padre influirían en su formación. La temprana muerte del progenitor, obligó a mudanzas hacia zonas más parias, desclasadas. Pompeya o el confín de Villa Soldati (Roca y Lafuente) con aquellos potreros pampas donde se armaban partidos de fútbol bravíos y él despuntaba su vocación de insái izquierdo. 

                              

Julián con su hija Norman Kely, su esposa, madre y hermana en la puerta de casa

Los sufrimientos de la madre para mantenerlos, arreglarles la ropa, poder pagar la comida que compraba al fiado, eran tremendos y Julián lo recordaría en uno de sus tantos versos, años más tarde. Entre sus precarios trabajos iniciales para ayudar a "parar la olla", y sus andanzas descubriría el tango. Y según me contó  una vez, también conoció el baile del tango en un formativo de la calle Famatina, donde la organizadora lo dejaba entrar sin pagar. 

Conocí a Julián en el Café de Santa Fe y Ayacucho. Yo tendría unos 25 años y él estaba sentado en una de las mesas sobre la avenida. Estaba buscando un sitio, nos cruzamos las miradas y me invitó: "Vení, pibe, sentate...". Fue una sorpresa en toda regla. En esa época él vivía en Coghlan, estaba en pareja con Gori Omar que cantaba en Radio del Pueblo y él la esperaba. Como yo era de Parque Patricios y  estaba metido en el tango, le caí fenómeno.

                         
Tania, Choly Mur, Hilda Basso, Discépolo y Julián en su casa de Boedo


Las vueltas de la vida... Ya era periodista y Antonio Carrizo me llamó para trabajar en su programa Mundo diez, por radio el Mundo. Y allí me reencontré con Julián que también colaboraba. Siempre bien vestido, humilde en el trato, en su exposición, era un poeta en toda regla, con numerosos tangos suyos en el candelero. En 1944, se consagró poniéndole versos a la música de Enrique Francini, con el tango La vi llegar. Ganaron un concurso en radio Belgrano dejando en segundo lugar a La abandoné y no sabía y en tercer lugar a Tabaco. Casi nada...

Previamente había mostrado su talento en Claudinette, al que le puso música Enrique Delfino. Su obra es extensa. Temas como Lluvia de abril, Lison, Más allá de mi rencor, Estás en mi ciudad,  Las cosas del adiós, La sombra de tu sombra, Mi perro chango, Felicitas, Me llamo Julián Centeya, son algunos de los temas que firmó con músicos destacados. Además escribió libros de versos (que guardo con mucho cariño) y también Ensayos y una novela.  Después del programa, algunas veces nos íbamos a comer algo y le dábamos al tango, a los recuerdos... De su vida privada, jamás una palabra...

                             

Fue presentador de orquestas y cantores, glosaba con sus propias creaciones, intimó con personajes como Homero Manzi o Aníbal Troilo que lo bautizó como "El hombre gris de Buenos Aires". Bohemio al mango, cerró boliches de madrugada envuelto en volutas de humo y copas vacías de alcohol trasegado. Y aunque tuvo programas de radio, escribía en revistas y su fama crecía como su leyenda, nunca dejó de lado su visión proletaria y su defensa de los humildes.


Cuanto dirigí un programa radial que iba los domingos de  8 a 12.30 de la mañana por radio Argentina, conseguí encontrarlo y lo tuve en el programa para que nos deleitara con sus atinados comentarios y evocaciones. Y una vez más pude disfrutar de su modestia innata,  sus vivencias y su capacidad de transmisión. En su vida sufrió mucho. Se separó de su primera esposa que lo alejó de la hija, terminó mal con Gori Omar y siguió defendiendo los mismos principios de toda la vida. Por eso vivió pobre y murió pobre, aunque muy querido.


Y quiero recordarlo así, con un poema donde deschava  una vez más su interior y su sentido de la vida. Se titula:


 ESTE CUORE

Cuando me dieron este cuore, creo 
que Dios debía andarla de apoliyo,
porque me tocó un cuore poligriyo
y es por su culpa que me verdugueo.

No me sirve siquiera como pucho
donde hay un llanto juega de pañuelo,
se regala de gil para el consuelo
¡Una cheno me enloco y lo serrucho!

Tener un cuore así de qué me vale,
se me sale del pecho se me sale
si me lo mangan pa un luburo'e cuarta.

¡Qué bagayo ligué en la repartija!
Con este cuore así, era una fija
la llaga con el jopio que me ensarta. 

Podemos recordarlo con su tango La vi llegar, grabado por la orquesta de Miguel Caló, cantando Raúl Iriarte, el 19 de abril de 1944.

                                             



jueves, 27 de agosto de 2020

La última esquina

 No me puedo resistir a traer estos hermosos y nostálgicos versos que se transformarían luego en valsecito. Ese entrañable poeta que fue Juanca Tavera (Juan Carlos Moscón), que llevaba sangre italiana en sus venas y que manejó instrumentos musicales desde su adolescencia, como el acordeón, entró tarde en el tango porque antes escribió distintas canciones. Tenía 37 años cuando se lanzó con su primer tango: Sueño de hollín. Éste le dio impulso para escribir a continuación otros tres: Pastillas de dormir, Mordiendo el puño y Dos ilusos.

                                                    

De su amistad con Néstor Fabián, que cantó algunos de sus tangos, nace una relación que será vital en su futuro tanguero. Éste le presenta a Osvaldo Tarantino el gran pianista, compositor, arreglador, director,  a quien  conocí y traté cuando estaba en la orquesta de Alfredo Gobbi. Con esta sociedad nace una etapa importante donde el poeta mostrará toda su gran capacidad para  detallar situaciones, escenas, paisajes, con un estilo distinto, donde afloran sus propios recuerdos, la sencillez de una noche de barrio, los aromas familiares, la pena macerada, la noche del café...

Así construyeron entre ambos temas como  el valsecito del título,  y los tangos: Vamos todavía, Quinto año,  Qué me querés vender y La edad difícil. Vale la pena señalar que  el primero de ellos -Vamos todavía. fue señalado y consagrado por el diario Clarín, como el mejor tango del año 1978. Es cierto que Tavera construyó temas de otros géneros con diversos músicos, que tuvieron gran éxito en países como Chile o México, por ejemplo. 

                                        


Pero hoy me detengo en este valsecito que me llega hondo por la maestría con que nos detalla esa cadencia de suburbio, fraguada con sencillez ejemplar, cincelando las imágenes de manera tal que nos parece estar viéndolo. Quizás haya remedos manzianos, de Éxpósito, pero la forma como describe esos detalles muestran a un vate con mucha fibra íntima que nos toca a fondo en su descripción.

Vereda desigual, tu casa y el tapial,
después el almacén, olor a querosén.
Retazo de un paisaje con enredadera,
las calles del barrio, un barrio cualquiera.
Mi pose de esperar y el taco en la pared,
volvías de estudiar en el atardecer
y yo con un rosario de cosas pensadas
gasté mil palabras y no dije nada.

Realmente lo sentimos como si también hubiéramos vivido esas situaciones, detallándolas con maestría, en la comprensión íntima de un tema cantable. El almacén descascarado por el tiempo, la chica aquella que nos provocaba el insomnio juvenil, las baldosas gastadas, el paisaje, nos atrapan por el lirismo que contienen los versos. Y  los seguimos con fruición por esa pintura que nos resulta tan familiar.

                                     


Trajeron de la mano mi espera y tus pasos de ayer,
los recuerdos trepando la tarde,
y el verso que apretó tu cuaderno de clase
aquel que callaron mis labios cobardes.
Total, otra vereda de un barrio cualquiera.
Total, otra espera que no pudo ser.
Poblaron los recuerdos, la última esquina
de tus quince años y mis dieciséis.

Los dedos con azul de tiza de billar,
el raro caminar del gallego del bar,
los codos en la mesa que da a la vidriera
quedó el primer pucho, mi pena primera.
Domingo de ilusión, el baile del Social,
y el ansia de estrenar aquel traje marrón.
Doblar de madrugada, fraseando un silbido,
la última esquina del barrio dormido.

Hermosa poesía que Tarantino musicalizaría con la maestría que le caracterizaba. Lo grabó Edmundo Rivero, como así también lo hicieron Néstor Fabián y Guillermo Galvé acompañados todos ellos por la orquesta del propio Osvaldo Tarantino.

Podemos escucharlo en la versión de Guillermo Galvé.

                                               



domingo, 23 de agosto de 2020

Esquinas porteñas

La tarde se ha vuelto romántica, envueltos los recuerdos en música. Y los valsecitos surten efecto cuando vienen cargados de sensibilidad, esa mezcla de gravedad y ligereza, la alegría de la música y esa poesía que te llena el espíritu de fecundas sensaciones. En este caso también me lleva de paseo por aquellas esquinas donde nos encontrábamos con los muchachos de la barra, junto al infaltable buzón. Y que también era la puntada inicial en la cita con la pebeta aquella  que nos ilusionaba tanto.

                                                

Manzi, en su tono metafísico, memografiando el paso irreversible del tiempo, nos deja sus recuerdos y explicaba en un reportaje: "Sólo puedo escribir sobre cosas que me han pasado: no tengo la virtud de inventar sucesos". Y ello se advierte en cualquiera de sus temas, por el calado y esas acuarelas que, como en este tema,  nos traen aquellos barrios de la infancia con sus veredas descosidas, los árboles luchando para sobrevivir a tantos pelotazos, los duros inviernos... el empedrado, los conventillos y aquellos paredes pintarrajeadas.

Esquina de barrio porteño,
te pintan los muros, la luna y el sol,
te lloran las lluvias de invierno,
en las acuarelas de mi evocación.
Treinta lunas conocen mi herida
y cien callecitas nos vieron pasar,
Se cruzaron tu vida y mi vida,
tomaste la senda que no vuelve más.

En el dibujo de esas baldosas, el poeta introduce y desliza el halo fantasmal y perenne de la vida. Los retazos de un romance que se desmorona y se dispersa entre aquellas callecitas que las dentelladas de la memoria fotografían, retornando melancólicamente del pasado. La quimera fallida en la cosmogonía del tiempo.  Aquella juventud hedonista, romántica, que está rascando en su memoria. La conexión entre el alma, el corazón , incrementan la fascinación juvenil y empapado de emotividad, con un tesoro de palabras, horada la neblina del recuerdo y nos deja estos versos. Retazos del antes y el después.

                                                 


Calles, donde la vida mansa
perdió las esperanzas
la pasión y la fe.
Calles, si sé que ya está muerta
golpeando en cada puerta
por qué la buscaré.
Callecitas, sombreadas de poesía
nos vieron ir un día
felices, los dos;
compañera, del sol y las estrellas
se fue la tarde aquella
camino de Dios.

 Los vientos murmuran mi pena
las sombras me dicen que ya se marchó,
y escrito en las noches serenas
encuentro su nombre como una obsesión.
Esquinita de barrio porteño
con muros pintados de luna y de sol,
que al llorar con tus lluvias de invierno
manchás el paisaje de mi evocación.

Otra vez Sebastián Piana fue compañero de fórmula y le puso hermosos compases musicales a  este valsecito que estrenó Ignacio Corsini en 1933, grabándolo al año siguiente, como Mercedes Simone. La voz de Ángel Vargas tiene ese tono barrial que radiografía los versos de Manzi, cantando con la orquesta de Ángel D'Agostino.. También Roberto Goyeneche dejó una linda versión, acompañado por el Sexteto Tango. ¿Lo escuchamos?