sábado, 17 de agosto de 2019

Sobre Carlos Gardel

Llorar a un cantor es una manera de romanticismo popular.Y esto no lo podemos desviar con preconceptos. que en el fondo son el producto de una civilización literaturizada alejada del calor y de la vitalidad popular.
                                                                          Homero Manzi


   Entre un montón de escombros, en Medellín, una lejana ciudad de Colombia, se quemó para siempre el terciopelo con que Carlos Gardel envainaba el metal limpio de su voz. Y ésa, la muerte de su voz querida, fue su verdadera muerte. Así, trágicamente, desapareció el cantor, no de Buenos Aires, sino de la República del Tango. De esa república dibujada sobre el mapa de la emoción, con el carbón de los puchos apagados que cuelgan en la oreja de todos los compadritos muertos, y pintado de rojo en el carmín de las muchachas tristes que dieron el mal paso.

   Esa República del Tango cuyas montañas son las barrancas que se derrumban en las esquinas; y cuyos ríos, las aguas sucias que circulan al margen de sus calles; y cuyos paisajes turbios, como si se vieran a través del alcohol, son las callecitas empolvadas de estrellas y adornadas por los faroles legendarios y las higueras que se asoman como sombras por encima de las tapias despintadas. Es que Carlos Gardel era un hijo de los arrabales. De todos los arrabales. De cualquier arrabal. Y si en su risa llevaba el sello de la picardía limpia que brilla en el rostro de los purretes de la calle, en el fondo amargo de su canto encerraba toda la angustia del arrabal que sufre, que lucha y que canta.

                           
  Por eso el arrabal lo tenía de símbolo y de venganza. Era el símbolo, porque en su canto suave se amontonaba la compleja sentimentalidad suburbana, y era una venganza, porque con su risa derecha, con su andar hamacado, con ese dejo compadre y dulce de su voz, y con el brillo de su melena negra, se había impuesto a la soberbia de todos los públicos y había hecho entrar en todos los oídos, con la ganzúa de su arte, el canto de las barriadas: EL TANGO.

   Por eso, a Carlos Gardel, en esta Patria que tiene un pueblo sentimental como una novia, derecho como una daga y amigo como un poncho, a Gardel se le consideraba un compañero más. Un apretón de su mano valía para sellar una amistad eterna. Una sonrisa de su cara franca era una luz de inevitable simpatía. Un chiste de su labio confianzudo acortaba la distancia más larga. Y un simple eco de su voz confidencial y tierna levantaba la polvareda franca de los aplausos.

   Por eso su muerte repercutió en los hombres y en las cosas. Por eso, cuando se fue, estuvieron más silenciosos los patios colorados de los conventillos. Por eso, los bandoneones gimieron como nunca en los borboones sentidos de los bajos. Por eso los naipes se fueron a baraja más misteriosamente; y por eso, en el contraluz de los atardeceres de las barriadas, ese día desfilaron las sombras de todos los machos desaparecidos en la ley del  cuchillo, de todas las muchachas que gastaron su pulmón en la tragedia de la Singer, y de todas las milonguitas que cayeron por la pendiente de la fatalidad al empujón de la miseria.

                               


   En una de las últimas películas que filmó Carlitos Gardel, en Tango Bar, aparece en un determinado momento vestido con el traje característico de los muchachos porteños de hace muchos años: pantalón a cuadritos y en bombilla, saquito con trencilla, el botín enterizo con un taquito en punta, lengue al pescuezo y funyi a lo Massera. Y allí, muchacho lindo, nos hizo el regalo de un tango canyengue bailado por él. Y Gardel era un gran bailarín de tango. En ese aspecto no lo conocía el público, pero en el ambiente de sus colegas y amigos se lo sabía capaz de traducir al tango, también, el enredo de los pasos y la elegancia de los movimientos.

                                                                                              Homero Manzi.

lunes, 12 de agosto de 2019

Todo enredado en el tango

Los enredos son difíciles de explicar. Mi vida probablemente comenzó con un tango, soando en la radio cerca de mi madre y mis primeros gritos para respirar.

La radio era muy importante en la vida de las personas, y el tango significaba mucho para mi padre. Lo cantó en la ducha, lo silbó camino al trabajo e hizo que la casa se detuviera en la noche cuando se sentaba al piano y presentaba una actuación digna de un lugar en el escenario del Teatro Colón. Las notas minimizarían nuestras bromas infantiles y traviesas porque era casi imposible concentrarse en otra cosa; la música era tan poderosa, tan emotiva, tan llena de significado que quizás éramos demasiado pequeños para comprender.

Mi mamá tarareaba las palabras suavemente para mis hermanos y para mí. Más tarde, cuando le preguntamos acerca de ellos, ella recitaba las letras de las canciones de memoria, realzando las imágenes poéticas ocultas que nunca las cantaba.


Cuando nos quejamos de que no entendíamos esta música, papá nos tocó "La Calesita", una canción que llevó a nuestra imaginación a deambular por los tiovivos giratorios de Buenos Aires, las calles empedradas del barrio y las plazas sombreadas y la experiencia emocionante. de ganar un viaje gratis por casualidad con "la sortija". Nos contó historias sobre sus días en la gran ciudad, su colorido abuelo italiano, Radio El Mundo y uno de sus innovadores de tango favoritos Julio De Caro, historias que resultaron ser más interesante que Cenicienta o Bambi. 

Encontró entre nuestros juguetes favoritos un teclado de bandoneón y explicó sobre los días de su orquesta en mi ciudad natal de Esperanza, Santa Fe, en Argentina, donde tocaba desde que tenía 17 años, y sobre la voz oculta en los profundos fuelles del instrumento. Estuvimos hipnotizados durante días, acariciando las llaves de nácar y soñando con su voz. Supongo que imaginamos que era una especie de lámpara de Aladino, y la voz del tango se elevaría en cualquier momento.

La adolescencia trajo diferentes emociones y luego la letra de los tangos adquirió más significado. La complejidad del mundo de los adultos y las sutilezas de las relaciones humanas finalmente tenían sentido para mí. Luego vino el amor, el matrimonio, tres hermosos hijos, los esfuerzos de adaptarse a una nueva cultura, un nuevo lugar en el planeta.

Pasaron los años y mi esposo fue el que me trajo el tango en un nivel completamente diferente. Me llevó de la mano a un mundo diferente: el baile, un nuevo amor que abrió la caja de Pandora de mis recuerdos musicales de la infancia. Él tiene un verdadero corazón Milonguero y me dio el coraje de intentar bailar tango. Nunca imaginé que después de treinta años de vivir juntos, descubriríamos un nuevo idioma, una nueva forma de comunicarse. No empezamos a bailar a los treinta o cuarenta, empezamos a vivir y respirar tango a la edad en que a la mayoría de la gente le gusta la música de los elevadores o usa medicamentos contra la artritis.

Era tímido y tímido, siempre tenía miedo de cometer errores o de reírme, pero su entusiasmo me atrajo y me arrastró a las primeras lecciones. Fue un descubrimiento sorprendente, la emoción de comprender el significado de una ligera presión en la espalda, un abrazo más fuerte, un balanceo de las caderas, un toque de paso. Aprendí movimientos de baile que parecían contener una verdadera filosofía de vida: respeta a tu pareja, espera a su guía, adorna los silencios con hermosos gestos y trata de no pisarlos.

                                     
Encontramos música de tango en vivo a miles de millas de Argentina en un casino de Las Vegas. Se sintió como Ali Baba descubriendo la cueva llena de tesoros: el sonido apasionante del bandoneón hizo que nuestros corazones perdieran algunos latidos con un susto. Comenzamos una búsqueda febril de oportunidades para aprender y mejorar nuestras habilidades y lugares para bailar, incluso zapatos especiales para usar. Encontramos talleres, lugares para practicar, maestros fantásticos y Milongas desde California hasta Nueva York y Miami.

El tango comenzó a detenerse detrás de cada uno de nuestros proyectos y cada viaje. La parte más importante de cualquier vacación o viaje fue buscar una Milonga cercana, un término que pensamos que era exclusivo del léxico argentino, que se había vuelto universalmente popular, por lo que detalles específicos sobre dónde y cuándo bailar flotaban en el ciberespacio esperando nuestras búsquedas.

Compartir la música que despierta tantos recuerdos en mí no fue fácil. A veces miraba a la gente bailar y me preguntaba si el tango los agarraba como yo, si una carga emocional les ponía un nudo en la garganta o una lágrima en los ojos. No quería que la música se distorsionara, estereotipara o malinterpretara como un montón de pasos mecánicos y llamativos, la rosa apretada entre los dientes, la herida en la falda corta. Quería bailar tango de una manera que hiciera que todos entendieran cómo nació y se crió en las calles de Buenos Aires; La verdadera voz de la gente: sin distinciones de estatus social, color de piel, profesión, trabajo, edad o nivel de ingresos: auténtico, genuino, tierno, humano, arrogante, agridulce y apasionado. 

Después de bailar tango durante unos seis años, principalmente en los Estados Unidos, después de tantas hermosas experiencias, después de conocer a tanta gente maravillosa y hacer el más querido de los amigos, he llegado a la conclusión de que el tango no necesita explicaciones, traducciones, comentarios o citas históricas. He sido testigo de la música de mi amado país que envolvió y cautivó a personas de diferentes edades, tamaños, formas y colores en este país también. Ahora sé que el tango continuará su viaje mágico a través de los corazones y los cuerpos de las personas, solo porque, en este mundo material, tecnológicamente inteligente e individualista, todos pueden ser hechizados por el calor de un ambiente simple, natural, poderoso, cálido, sentí un abrazo profundo.

Entonces, aquí estamos, esperando la próxima Milonga de la misma manera que un adolescente espera la noche de graduación, y agradeciendo a mi querida Argentina por este perpetuo, emocionante y apasionado enredo con el baile y la música del tango.

Alba Barberia 

(Alba es una terapeuta infantil capacitada, que vive en Santa María, California, con su esposo y compañero de baile, Juan Mario.  El padre de Alba, Alejandro N. Balboni (1914-2006), era pianista en varias pequeñas orquestas en Esperanza, Argentina. Sus grabaciones no han sobrevivido.)

jueves, 8 de agosto de 2019

Orquesta Osvaldo Pugliese

Del Decarismo al Pugliesismo

   En este año de 1992 se cumplieron cincuenta y tres del debut de la Orquesta definitiva del maestro Osvaldo Pugliese.

   Fue el 11 de agosto de 1939 en el café Nacional de la calle Corrientes. Desde aquel día ha continuado funcionando este equipo musical.

                       
   La expresión de la orquesta fue cambiando con los años. Hoy quiero referirme al primero de sus cambios fudamentales: el paso de un decarismo casi puro a un nuevo enfoque estilístico, motivado por su contacto con el público y el desarrollo de la creatividad del director y sus músicos.

   Su filiación estética, netamente decareana, le acercó el favor del público, primero en los cafés, cabarets, radios, para luego, en pleno auge de los clubes de barrio, enfervorizar a las legiones de bailarines que se sintieron identificados con su marcación rítmica.

   Son testigos del estilo de su primera época las grabaciones de 1943, 1944, y la primera mitad de 1945.

   Así, Mala junta, tango de Julio De Caro y Pedro Laurenz, segunda obra instrumental grabada por la orquesta -27 de agosto de 1943- puede ser comparada con la grabación del sexteto de Julio De Caro -13 de septiembre de 1927- y constatarse, disimulando las diferencias de planta orquestal y técnicas de grabación, la similitud estilística y de recursos expresivos.

                         

   Parecidas consideraciones pueden hacerse si se cotejan los tangos Recuerdo, del propio Pugliese; Tierra querida y El arranque, de Julio de Caro; Amurado de Maffia y Laurenz; Mala estampa-Mala pinta de Julio y Francisco D e Caro; Raza criolla-El Taita de Salvador Grupillo; Derecho viejo de Eduardo Arolas, y El monito, de Julio De Caro (ocho temas que la orquesta Osvaldo Pugliese llevó al disco entre sus doce siguientes grabaciones puramente instrumentales, desde el 31 de marzo de 1944 hasta el 12 de junio de 1945) con los registros que de las mismas obras hizo el sexteto de Julio De Caro entre 1925 y 1928, excepto El arranque, que fue grabado con orquesta en 1934.

   Y fueron precisamente los bailarines quienes hicieron sentir a la orquesta de Osvaldo Pugliese la necesidad de ir trocando el original estilo decareano por una expresión distinta, milonguera, sincopada, polirrítmica y canyengue, en la que, según expresa Raúl Garello, "...no resulta fácil encontrar la melodía; ésta vive oculta a través de un tejido rímico y armónico"

   Este modelo rítmico, que aparece en Flor de Tango, de Julio Carrasco, grabado el 28 de agosto de 1945 (a su vez primera grabación de un tema puramente instrumental compuesto por un músico de la orrquesta), alumbra un año después, el 21 de agosto de 1946, con la grabación de La yumba de Osvaldo Pugliese; para continuar con N.N. (primer instrumental de Osvaldo Ruggiero y segundo de un integrante de la orquesta), el 28 de abril de 1947; terciando Jorge Caldara con Patético, el 6 de abril de 1948; el propio Osvaldo Pugliese con Negracha el 24 de junio del mismo año, y el 31 de mayo de  1949 con Malandraca; completando esa etapa fundadora Emilio Balcarce con Bien compadre, el 27 de septiembre de 1949; reiterándose Carrasco y Caldara con De floreo -29-3-1950- y Pastoral -3-5-1950-, respectivamente; y debutando Esteban Gilardi con Don Aniceto, grabado el 25 de julio de 1950.

   Todas estas obras instrumentales fueron pensadas, compuestas y ejecutadas en función de una nueva expresión de la orquesta, a tal punto que a pesar de su éxxito no encontraron fácilmente otros intérpretes.

   En los primeros diez años de trabajo (sin alterar esencialmente sus pilares solistas: Osvaldo Pugliese en piano, Aniceto Rossi en contrabajo, Enrique Camerano en violín, y Osvaldo Ruggiero en bandoneón (reemplazando ya en el primer año de grabaciones a Enrique Alessio), la orquesta había encontrado su estilo particular, adaptándose a una nueva etapa de vida ciudadana, consecuencia inmediata de  los cambios económico-sociales producidos en Argentina, derivados de la guerra de 1939-1945, que en lo que al tango respecta se evidenciaron en un explosivo aumento de las fuentes de trabajo para los intérpretes, principalmente por la generalización de los bailes masivos y populares.

Pugliese con sus bandoneones: Lavallén, Demarco, Ruggiero y Spitalnik
                             

   Después vendrá la presencia como compositor de Oscar Herrero, violinista desde 1943, y la influencia de otros músicos para su conformación definitiva: Ismael Spitalnik, Mario Demarco, Julián Plaza, Arturo Penón, Rodolfo Mederos, Juan José Mosalini, Daniel Binelli, para citar solamente a algunos bandoneonistas, ya que no es ningún secreto el lugar preponderante que a dichos instrumentistas asigna Pugliese en la orquesta.

   Aún con las omisiones propias de una síntesis recordatoria, he querido rendir homenaje a esta orquesta que lleva más de medio siglo de existencia, destacando un aspecto que siempre la distinguió: su evolución constante, basada en la tarea de conjunto, abierta a la creatividad y al talento de sus integrantes.

Natalio Pedro Etchegaray