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miércoles, 2 de marzo de 2022

El viejo vals

    Maravilla de valsecito creado por esos dos pesos pesado del tango que fueron José González Castillo y Charlo. Uno como poeta de primerísima línea y el otro como cantor, galán y gran compositor. Esta página nacida a comienzos de la década del treinta, mereció seguramente  una mayor difusión por todo lo hermoso que contienen tanto los versos como la música.

   En aquella época que yo trabajaba con Antonio Carrizo en "Mundo diez", el programa que iba por radio El Mundo, cuando terminábamos, nos sucedía uno conducido por Cátulo Castillo con el actor Luis Medina Castro. Alguna vez conté en estas páginas que a continuación nos quedábamos almorzando y charlando largamente con Tony Carrizo en el restaurante que estaba frente a la radio.

                                        



   En un par de oportunidades, la cosa fue más lunga y el mismo Cátulo se sorprendió al finalizar su programa, cruzar y encontrarnos allí, todavía. Y se quedó a picar algo con nosotros. Yo aprovechaba para meter el tango en la conversa y recuerdo el día que le hablé de este valsecito. Cátulo coincidió conmigo en la belleza del mismo. No entendía cómo no había llegado a estar en el repertorio de diversas orquestas.

   Y destacaba el hecho de que la versión de Rotundo con Floreal y Enrique Campos era no sólo perfecta en su ejecución y el dúo de los dos cantores, sino que también se le hacía difícil a otros conjuntos y vocalistas competir con la misma. Y me contaba que había sido él mismo quien le acercó la partitura a Rotundo, a pedido de éste. 

   Yo sigo enamorado de esta página y de esa genial interpretación. El verso del padre de Cátulo, nos introduce en la magia que tiene el vals, en general. Los milongueros nos transportamos cuando suena la tanda de valsecitos y cambia todo en la pista. Es un toque sutil al corazón, a la emoción, a la algarabía social del baile. Su sentido de la belleza nos entona.

   Y el poeta arranca con la cita de uno de los mayores creadores que ha tenido el género. Nada menos que Frederic Chopin. Sus simbólicas obras trascendieron las fronteras y crearon parientes cercanos y lejanos de las mismas. Y en las pistas de baile los valses de distintas procedencias buscaron crear la espiral perfecta para el enlace de las distintas parejas. 

  

    González Castillo aguza el recuerdo del momento pasional, bailando un vals y declarándole su amor a la muchacha que giraba con él. Y es entonces cuando desarrolla una catarata de emociones enhebradas que nos van aguijoneando. Unos versos percutientes con el vals de trasfondo y un marco de precisión donde afina el sonido y el sentido de las palabras. La evocación del paisaje es magistral.

Al lánguido compás
de un vals de Chopin,
mi amor te confesé
sin ver que más,
llamaba tu interés
aquel vals...
Por eso hoy mi canción
a su mismo compás,
te llora como un bien
que ya jamás,
traerá a mi corazón
su vaivén...

   Cada compás se va engarzando con el anterior y alberga un magma estético y envolvente del que surge como una emanación sutil que convertirá la alegría en tristeza. La intensidad emotiva aspira a contener lo fugaz en una duración inmóvil y el autor va moldeando la tensión, el tiempo, en su reverberación emocional. 

Fue como un loco volar de falenas
con giros y vueltas en torno al fanal,
llenos de lumbre y nos llena
de un dulce mareo, sutil y fatal,
junto a mi pecho, tus senos
los dos corazones latiendo a la par,
fijo, impasible y sereno tu frío mirar.
 
Quién me diría que toda la gloria
de aquella gentil posesión,
era la efímera coda que al vals
le ponía mi loca ilusión,
dócil, tu mano en mi mano
mi brazo oprimiendo tu talle liviano
y en tanto mi acento
muriendo en el lento girar del valsear.

   La belleza de los versos no enturbian su contundencia, que contienen energía, magnetismo, fascinación. Y el ingenio rítmico. El halo fantasmal, perenne de la vida, flota en este valsecito maravilloso que nunca me cansaré de escuchar y bailar. Y el gran torbellino ordenado, acompañado por una musicalidad profunda e intensa, se desparrama en un final  epifánico, magistral,  envuelto en los misterios de la realidad.  

Falena de salón
mi corazón también 
(mi corazón también soñó)
sus alas de ilusión
(sus alas de ilusión)
quemó tenaz
(tenaz quemó)
girando en aquel vals
de Chopin...

Borracho de pasión
y ciego de querer
se lanza tu atracción
sin ver que más,
llamaba tu interés
aquel vals...

( Podemos escucharlo por la orquesta de Francisco Rotundo con las voces de Floreal y Campos,  y de paso ver cómo lo disfrutan bailando los maestros Miguel Ángel Zotto y Daiana Gúspero) 

                           


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