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jueves, 13 de julio de 2023

Grandes del tango



Los grosos del tango en una imagen muy particular y realmente llamativa de  Arnaldo Colombaroli.  Vemos a Atilio Stampone, Ubaldo De Lío, Walter Ríos, Osvaldo Requena, Néstor Marconi, Leopoldo Federico, Horacio Salgán, Mariano Mores, Rodolfo Mederos, Daniel Binelli, Carlos García y Raúl Garello reunidos en el Teatro Colón para el Festival de Tango de 1998.



martes, 11 de julio de 2023

    

Yo sé que aunque tu boca me enloquece                                                                                            besarla está prohibida sin perdón. 

   Soy una víctima quizás de las cosas demoradas, no vividas en plenitud. Quizás por eso te resulte un tanto nefelibata. Y te conmueva mi presunta exotiquez, porque me enamoro de tus ojos negros, maliciosos y sabios. O me encandile tu rubescente vestido enflorecido.

   La pintura ahonda en las geometrías del dibujo y también en las de alma. Entre el alboroto de formas, somos morosos observadores de las cosas pequeñas. Tus cejas gatescas invitan al gaudeamus tanguero, por eso se busca mi sombra en tu sombra. Como persigue mi parte hombre a tu parte mujer y tu parte hombre a mi parte mujer. Y aunque tengamos destinos divergentes no quiero cauterizar el deseo. Al fin, en una especie de vaudeville, integramos el escuálido lote de hombres y mujeres que contemplan la vida más allá de la estrecha celda de su calamidad. Los tecnosexuales teatralizamos el sentimiento. La negación emocional de la sexualidad impide el cosquilleo inquietante que nos atrapa en este juego virtual-real de la conquista.

De otro brazo andarás por la vida,                                                                                                        pero tu alma estará donde estoy...



   La larga vigilia hurga reiteradamente en las oscuridades de nuestra naturaleza. Persigue los paraísos perdidos intentando trasmutar sentimientos. El transformismo va mucho más allá de interrogaciones teóricas. Al abrazarte en el baile vuelvo a sentir las pulsaciones de la esencia de la vida. Como Parménides, me siento una eleata que entiende que el mundo visible es solo una apariencia. Yo vengo de Tecnochtilán y si los vencidos le entregaron a Malinche al conquistador, me niego a ser rehén de ningún hombre y estos momentos contigo obran a modo de lenitivo a mi largo cautiverio. Me identifico con la frase barojiana: “Todo menos convertirse en un animal doméstico”. El tango destapa el pudor de mi melancolía y no me siento en absoluto atornillada por las constricciones formales. Sin la frontera física se impone la imaginación.

El deseo nos junta                                                                                                                                         y el honor nos separa...

   ¿Recuerdas cuando un misántropo Beethoven estaba a punto de suicidarse por su sordera y su soledad? Una joven vecina ciega le gritó: “¡Daría cualquier cosa por ver la luz de la luna!”. Ese hecho cambió radicalmente su vida y le llevó entre otras cosas a componer el famoso Claro de luna. Yo también sueño con ese prometido cielo platónico que pregonaba Netzahualcójolt, nuestro rey de Texcoco, que impulsó la ciencia, las artes y cultivó la poesía. Pero las operaciones que dilaceran a mansalva mi cuerpo, son menos cruentas que las cicatrices del amor. Porque éstas se instalan en el alma, quitan el hambre y dilatan las pupilas. Y mientras floto en la nada, imagino que me transformo en un eunuco y la melodía y tus labios me despiertan el deseo insatisfecho.

Ni es culpa si este amor que está prohibido                                                                                              a ha entrado en nuestras almas sin llamar.


   Debes saber que el baile desnuda el espíritu, tanto como el cuerpo. Se baila de acuerdo a la índole personal. A la manera de Rilke puedo decirte con el pensamiento mientras danzamos: “Que florezca al llanto que no aparece a simple vista”. Estas pulsiones indescifrables responden a adherencias y olvidos. A destinos convertidos en fulgentes pavesas de ilusiones. La oscuridad, refugio natural de la tristeza, está muy bien reflejada en las letanías oracionales de ciertas letras de tango, sin el escolio agregado; y en el rezongo amargo del bandoneón, que no han desperfilado el tiempo. Esos poemas envueltos en melodías clavan una flecha en el centro de nuestra realidad.

tu destino es quererme                                                                                                                                  mi destino es quererte.


 De jóvenes amamos el misterio, las conspiraciones, los mensajes codificados, el enigma que sólo nosotros podemos resolver. Nos sentimos como Zeuxis, el pintor griego de la eternidad. Luego viene la larga vigilia, las efímeras felicidades y la vida entre sofocones te descubre instalada en un orden inalterable, como el de las estrellas. Destajos de rutinas, pesadillas, el amor a toda costa, promiscuos innómines yuxtaponen pasado y presente. Imposturas de la belleza y el olvido, periplos de superviviente.

La vida es un tango.                                                                                                                                    El destino es más fuerte                                                                                                                              que el prejuicio, el deber y el honor...   


(De mi libro ArTango, con pinturas de Isabel Carafi)  


       

domingo, 9 de julio de 2023

Toda esa increíble fiesta

    Parecía que ninguna fuerza del mundo fuera capaz de parar la música de la calle Corrientes de aquellos años. Era la fiesta de las fiestas: la noche tenía toda una corte de arlequines y polichinelas, de colombinas y marquesas, de príncipes engañosos y de payasos sinceros. Eran los últimos años del cabaret al viejo estilo, de la milonga. Buenos Aires los despedía con todos los honores.

   Mi debut con Troilo fue en el Tibidabo, en plena avenida; unos de los tres mayores cabarotes de la época. Los otros dos fueron el Chantecler y el Marabú, que estaban pegados a Corrientes pero en transversales: el primero en Paraná y el otro en Maipú, como marcando fronteras al norte y al sur.

                 
                                             El Antiguo Café Marzotto de la calle Corrientes 1124.

   En todos lados el rey era el tango. Aun cuando compartiera los escenarios ocasionalmente con orquestas de otros géneros, ni por asomo le podían restar público ni aplausos. Había tango hasta de día, casi en cada puerta de Corrientes. Además del viejo Nacional, florecían Tango Bar, Marzotto, La Armonía, boliches exclusivamente tangueros. Cada uno tenía su propio público, cada orquesta sus propios y seguidores hinchas y lo mismo sucedía a veces con los cantores o con algunos instrumentistas.

   Entre tanto prócer que vieron aquellos años, figuras muchas que llegan hasta hoy brillando, había también casos pintorescos, personajes que buscaban la atención del enorme público tanguero, pero por medios extraños. Entre ellos recuerdo tres cantores: el de la voz de acero, el cantor sin piernas y el cantor gorila.

                            Marzotto-20-September-1944

     El de la voz siderúrgica era, según él, quien tenía el récord de permanencia en el canto. Decía poder atormentar a la gente un día seguido, pero creo que nunca encontró interesados. Una vez le siguieron el tren en el Tango Bar y le dijeron que pidiera el tipo de acompañamiento. Se despachó con poco: cuarenta guitarristas, eso sí, veinte vestidos de smoking negro y veinte de blanco. Se lo prometieron y le aseguraron que la prueba se iba a transmitir por onda larga , corta y "cortita".

   Allí mismo, en el Tango Bar, en una noche medio de "entrecasa", lo dejaron subir al palco y cantar. Durante toda la pieza tenía la mano derecha escondida detrás de la espalda y, al terminar, hacía aparecer un globo. Inmediatamente, para sorpresa de todos, lo pinchaba. Según él, era una manera de hacer saber que había concluido, una especie de "Fin", pero audiovisual. El cantor de la voz de acero era un precursor.

   Lo malo fue que esa vez, no hubo modo de hacerle entender la broma y quería cobrar. Le habían hecho un contrato de grupo y pretendió hacerlo valer en la comisaría. Después, le explicaba a Troilo: "Yo sé que usted me anda buscando, pero no quiero sacarle el pan a ese muchacho Rivero, tiene tres hijos...".

                             


     El cantor sin piernas era más sencillito, auténtico. Lo único malo es que le gustaba entrar a escena haciendo bandera. El gran efecto lo daba al aparecer a toda velocidad en uno de esos carritos hechos con madera y rulemanes, una especie de patineta que hacía avanzar como remando con dos tacos. Tomaba envión entre cajas, giraba, y en cierto momento parecía que se iba a caer del escenario, pero no. Había un tope de goma que el público no veía, en el que el carrito topaba siempre. Mejor dicho, casi siempre, porque una noche le hicieron el mal chiste de retirarle el taco de goma. Mejor no contar más...

   Otro famoso fue El gorila, también un semi inválido por parálisis de piernas, que había descubierto su yeite. Entraba vestido con un casi perfecto disfraz de gran mono, descolgándose desde lo alto de La Armonía por medio de una soga que habían disfrazado también, pero de liana. Muchos lo deben recordar; incluso no cantaba mal el "Gorila", pero lo lamentable era aquella aparición que, no hace falta decirlo, no tenía un pito que ver con lo que el hombre venía a decir después: la historia de Esthercita o de Ladrillo.

   Qué importaba. Créanme que de veras, por esos años, la calle Corrientes daba para todo.

EDMUNDO RIVERO

miércoles, 5 de julio de 2023

El Tango en el País de las sonrisas

    Con 31 grados de calor al mediodía, las calles de Tokio -más que largarse a revolver los magazines de GINZA o a enchufarse en el tan mencionado tren bala que no baja de los 200 km/h, para echar un vistazo a la antigua y tradicional ciudad de Kioto (Kioto al revés es Tokio; como vemos el lunfardo también corre en Japón)-, nos invita a refugiarnos en el hotel donde el aire acondicionado realizar el milagro de hacer descender los infernales 31º, a 22º.

   El monzón cargado de penetrante perfumes de las especies arrastradas a su paso desde las selvas asiáticas o de los oasis de África, trae además un soplo de fragua que de alguna manera nos ordena buscar la temperatura artificial del hotel. 

                                             

Enrique Cadícamo

   Agregado a esto, demás está decir que con una sombrilla, deambular por la city para balconear vidrieras consteladas de hermosas y tentadoras chucherías, se corre el mismo peligro que salir a la calle sin sombrilla y ligarse una fastidiosa insolación, por los precios tan altos que hacer tambalear los travel-check's de cualquier generoso que se aventure a comprar algún presente para los amigos que esperan en Buenos Aires.

   Aquí, no existe latan temida inflación porque el standard de vida es alto y los japoneses hacen caso omiso si un café cuesta 200 yens (tres dólares). Japón es el país más caro del mundo. El turismo brilla por su ausencia. Pero esto, para un autor y compositor de tangos que ya lleva 50 días en Tokio no tiene ninguna importancia, por cuanto lo único que le interesa es cómo marcha el tango en el país de las sonrisas entre sus admiradores amables, honrados y generosos.

   El tango desde hace rato es amigo de los japoneses. Noches pasadas, día sábado (los sábados y domingos el show de tangos del hotel no actúa) al entrar al LOBBY de la boite, el jefe de sala que se hallaba hablando con un matrimonio de jóvenes japoneses de semblantes desolados, ambos con un programa del espectáculo en sus manos, me informó que el mismo, el día anterior había arribado de Osaka expresamente para ver el show de tangos y no pudieron presenciarlo por cuanto era sábado y los sábados, como dijimos anteriormente, no actúa el conjunto de tangos del "Concert".

   Esto explica el afecto que la gente de Japón siente por el tango. recorrer 500 Km., pernoctar en un hotel de gran lujo como lo es el del Keio Plaza, regresar al día siguiente con el agregado además del gasto que insumió el viaje, todo para escuchar tangos, y no poder lograrlo por el hecho de ser una noche de sábado, era lo suficiente para justificar el gesto desolado de sus semblantes.

   Al observarles a cada uno de ellos el programa que jugaba en sus manos, el jefe de sala, después de cambiar unas palabras en japonés con los mismos me presentó explicándoles quién era yo, al par que me pedía que le firmara los dos programas a manera de autógrafos, lo que hice cortésmente retribuyendo su simpatía por el tango.

                                   

                                 Nelly, sacerdote Motaba, Cadícamo e Hiroko Motaba ante el Templo budista
 

  Al margen, Yoyi es un amigo japonés no solamente mío, sino  de muchos tangueros argentinos, con el cual nos vemos diariamente en el hotel. Me contó una anécdota que vale la pena repetirla:                        

-Yo tenía 17 años cuando aquí en Tokio llovían las bombas de los aviones norteamericanos. La gente buscaba refugio en las afueras de la ciudad. Yo vivía con mi familia distante unos 50 km de este hotel, vale decir, de Shimjuku.

   -Una noche, en el patio de nuestra casa, ajeno al peligro de las bombas, me entretenía escuchando los discos de Rosita Quiroga, Alberto Gómez, Canaro, Gardel, etc. Los vecinos asustados comenzaron a gritarme: 

"Yoyi...basta de tangos... los aviones detectan los sonidos y nos arrojan bombas..."                   Yoyi, entonces, conjuraba el peligro metiéndose debajo de una manta con victrola y discos para apagar las voces y seguir escuchando tango... Increíble...

   Y hablando precisamente de tangos, el cuarteto del maestro Omar Valente, todas las noches en el "Concert" del Keio Plaza Hotel da su recital de tangos recogiendo los más cálidos aplausos de un auditorio afectuoso y conocedor del género, y Mónica Cadícamo, noche a noche da todo lo que su joven corazón siente por el tango y los aplausos rubrican su labor sobre todo cuando entona las estrofas de "Caminito" cantadas en japonés.

                                                                                                 Tokio, 26 de agosto de 1987                                                                                                                   ENRIQUE CADÍCAMO

                                                                                                          

sábado, 1 de julio de 2023

Cátulo Castillo boxeador

 

   Esta foto es un documento de gran valor sentimental, por los personajes que aparecen. Se trata del combate a 5 asaltos, de dos minutos cada uno, por por la categoría Gallo, en el Club Policial porteño.

   Los protagonistas del mismo: Cátulo Castillo y el español Luis Rayo. El jurado que está en el centro, es nada menos que Leopoldo Bard, que fuera primer presidente del club River Plate. Ocurrió en 1922, ambos era amateurs y pesaban 53 kilos en ese momento. Ovidio Cátulo González Castillo desarrollaba así una de las tantas etapas novelescas de su vida, ya que como boxeador llegó a protagonizar 78 combates. Se consagró campeón de Peso pluma y fue preseleccionado para las Olimpíadas de Ámsterdam en 1926.


   Curiosamente, muchos tangueros destacados se lucieron en los rings, como Celedonio Flores, Alcides Gandolfi Herreero (peleó con Cátulo), Pedro Quartucci, Juan Carlos La Madrid, Alfredo Carlino, Domingo Sciaraffia, o Ernesto De la Cruz. Cátulo era un buen esgrimista entre las cuerdas, como lo recordaban quienes lo vieron combatir, compaginando el boxeo, desde los 14  años, con sus estudios de piano y violín.
 
   A tal punto que un año más tarde, con sus 17 cumplidos, pone música a unos versos de su padre: José González Castillo, creando entre ambos un clásico del tango: Organito de la tarde. Como boxeador era el crédito del Club Policial, precisamente ubicado en la calle Rincón 32, donde a veces iba Gardel a entrenar allí, al lado del Café de los Angelitos, el famoso reducto donde recalaban tantos payadores y artistas.

   El que terminaría siendo uno de los poetas más importantes que ha dado nuestra música popular, vivió con su padre, exiliado político, en Valparaíso -Chile-, desde los dos hasta los 7 años, en que una amnistía le permitió el regreso al hombre vital de Boedo. En Valparaíso, el pequeño Cátulo se crió en un conventillo, impregnándose de la realidad de la pobreza, el sentido pesado de las cosas y la metaforización de las verdades.
                                                  


   Con 20 años y los derechos ganados por la música de tangos como Silbando -con Piana y letra de su padre-, Caminito del taller (letra suya) o Acuarelital de arrabal (Letra de su padre), acompaña al progenitor en un viaje a Europa para promocionar el tango y el teatro en el cual González Castillo fue un fructífero creador.
 
   Dos años más tarde Cátulo forma una orquesta y viaja a Madrid y Sevilla. La integra con Miguel Caló, Alberto Cima, los hermanos Alfredo, Ricardo y Carlos Malerba, Armando Flores y el cantor Roberto Maida. Y, por esas vueltas que tiene la vida, se reencuentra allí con Luis Rayo, que no sólo se ha convertido en un profesional de gran éxito, sino que ostenta en esos momentos la corona europea de los livianos. 

   El celebrado púgil español que dejó una gran estela en Buenos Aires, era un entusiasta hincha del tango y se abrazaron fraternalmente los dos viejos rivales de seis años atrás. Y, en la charla resolvieron planear un combate-exhibición porque en esos momentos algunos cronistas hispanos ironizaban denominando al tango como "el lamento del cornudo", por las letras que hablaban de los hombres traicionados por su pareja.  


                                         
   Y realizaron una pelea-exhibición que fue muy comentada en la prensa, sorprendidos por el hecho de que un músico tanguero pudiera subir a un ring a enfrentar a un campeón de Europa como Luis Rayo. Por supuesto, como Cátulo estaba totalmente fuera de entrenamiento, la cosa funcionó más por la parte técnica que por un toma y daca de los de verdad.

   Luis Rayo fue un boxeador de mucho arrastre en Argentina, no sólo entre la colonia hispana, sino incluso entre los buenos aficionados argentinos, dada su calidad y entrega. Incluso en Mendoza -de donde salieron tantos buenos púgiles- se creó un club de boxeo llamado Luis Rayo, en su homenaje y se lo recordaba pues combatió con los mejores púgiles argentinos de la época. 
     


                         

Pichuco decía...

 

                     


                   "Tranquilo pibe, no te preocupes, el tango te espera, el tango no se va,
                     el tango gira... Y cuando lo encuentres no te vas a separar más de él"