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miércoles, 22 de septiembre de 2021

Cualquier cosa

    Hace unos días publiqué unas palabras de Homero Manzi, en las cuales significaba que  todos sus temas provenían de experiencias, vivencias personales, porque no tenía la capacidad de inventar... Y eso, más que seguro, le sucedió en muchos casos a  algunos poetas que también hilvanaron en sus versos historias reales, perfiles humanos, desencuentros, caminos de regreso, madrugadas filosas, desventuras, traiciones.

   El tango al que acudo hoy, y que fue muy difundido por cantores y orquestas, también trae ese estado insomne del que ve amputado su enamorado corazón por una traición. Está sumido en la angustia por ese rostro que se va apagando de su lado y vuelca su desazón, su frustración en imprecaciones al ver que se desmorona su universo amoroso. La mujer innominada, pasa a ser de repente "cualquier cosa"...

                                   


   El autor de los versos, Juan Miguel Velich, nacido en Santa Fe y avecindado tempranamente en Buenos Aires, fue actor, formó compañías de teatro, hombre de radio, periodista, trabajó en cine, en compañías discográficas, hizo giras, fue bailarín de tango, poeta en distintas especialidades musicales, pero afincado también en el tango fue donde enhebró obras de mucha pegada. En la imagen se lo ve con la guitarra en sus manos.

   Su amigo Carlos Gardel le grabó cuatro temas suyos: Amigazo, Por qué soy reo, Queja indiana y el que hoy destaco y que llevara al disco el gran cantor, con sus guitarristas Aguilar, Ricardo y Barbieri, durante su estancia en París, el 20 de octubre de 1928. Cabe consignar que Ignacio Corsini, acompañado por sus guitarristas, grabó Cualquier cosa un año más tarde y logró un éxito muy destacado con el mismo. 

   Podrían citarse algunas letras de tango suyo que le dieron renombre, como Mandria, Qué viejo estoy, Mala junta, Rodríguez peña, el vals Uruguaya, Sangre maleva y otras. Cualquier cosa fue retornando al candelero con los años en las versiones de Morán con Pugliese, Jorge Vidal con guitarras, Ángel Vargas con la orquesta dirigida por Armando Lacava, Domingo Federico con Enzo Valentino (en un estilo Corsini), y otros.

                               


    Lo que llama la atención es la dedicatoria que realiza Velich en la partitura original de Cualquier cosa y que destapa toda la angustia que encierra el tema que musicalizaría su hija, la cancionista, compositora, actriz, locutora: Herminia Velich. En la misma dice:

-A mi buen amigo Alberto Rada. Sé cuánto me apreciás y sabés de qué manera te estimo. Y porque conocés muy bien la causa que atormenta mi corazón, me es grato dedicarte esta obra mía, escrita en ese momento en que los hombres de mayor templanza se sienten dominados por una fuerza secreta... (vos me entendés, hermano. J.M.V.)".

                                  


   Estas palabras salidas del corazón explican totalmente la tremenda aflicción que envuelve a su autor, cuando escribió estos versos que se harían tango en voces populares, famosas, dándole el pase a la posteridad. Acá desgrano su canto lastimero, duro, acusador...

Cualquier cosa resultaste
para que un hombre derecho,
tu maldad tomara a pecho
entregándose al “splin”
Con tu acción me comprobaste
lo que de ti suponía,
que tu amor me sonreía
para lograr otro fin.
 
¡Loca mía!
Alma cruel y atravesada,
Por tu artera puñalada
Toda mi dicha perdí...
¡Quién diría!
Que tu pensamiento terco,
Te volviera flor de cerco
Y no encanto para mí.

Tus divinos ojos verdes
Mezcla de mar y de cielo,
Han dejado un desconsuelo
Que amargó mi corazón...
Quiera Dios que no te acuerdes
De volver ya que te fuiste,
Porque el daño que me hiciste
No merece mi perdón...

  Se lo vi cantar en vivo al Flaco Morán con la orquesta de Pugliese y también acompañado por Armando Cupo. El 28 de enero de 1952 lo grabó Pugliese con Morán. ¿Lo escuchamos?

                              

martes, 21 de septiembre de 2021

Bien milonga

                                                  Buena como nadie, linda como nadie
                                                  reinaba por su pinta en el salón.
                                                  Bailando un tango nació nuestro romance
                                                  mientras la orquesta tocaba estos compases...              
                                                 
                                                  Cuatro compases que alegraron
                                                  mi triste corazón
                                                  con un divino amor.

   Ya sabés que los martes de BIEN MILONGA están en la agenda de muchos milongueros de ambos sexos en Madrid y otros puntos de España cuando visitan la capital. Y hoy 21 de septiembre los esperamos con una música seleccionada para bailar sin descanso.

                                       

   Como de costumbre, para ir calentando motores, visitamos distintas pistas donde el tango ha sentado sus reales y podemos ver a parejas bailando y disfrutando de esta música genial y sensual.

   Por ejemplo, y como algo digno de reseñar, observamos milongueando a Beba Pugliese, esa gran intérprete, pianista y directora, hija de Don Osvaldo y con pedigrí de pista -bailé con ella en Madrid-. En este caso, junto a Jorge Firpo, bailan el tango La rayuela, por la orquesta de Don Osvaldo.

                             

    Y como muestra de cómo se ha ido extendiendo este género por el mundo, nos vamos a Malmöe -Suecia, y son Cecilia Piccinni y Daniel Carlsson los que se desplazan por la pista al compás del valsecito
Dichas que viví, por la orquesta de Rodolfo Biagi, cantando Andrés Falgás.

                                            

    Un saltito hasta Bellaria (Rímini-Italia), para ver en acción a dos troesmas grosos del tango bailado, incluyendo, claro, al valsecito y la milonga. Como en este caso en que Miguel Ángel Zotto y Daiana Gúspero se mandan con La Milonga de Buenos Aires, por Canaro-Famá.

                                          


   Y a preparar las pilchas, los tarros y la música para la milonga de esta noche...

                                 

sábado, 18 de septiembre de 2021

Raquel Makow

  Nació en San Francisco, California, en la primavera del año 1991.  Fue criada por un padre porteño y una madre neoyorquina.  Desde chica estuvo expuesta al arte. Comenzó a bailar Jazz, Ballet y Ballroom a la edad de los 10 años. A lo largo del tiempo se enfocó más en el Ballroom (ritmos latinos) que incluye Cha Cha, Samba, Rumba, Paso Doble y Jive.  

   A los 15 años empezó a participar en competencias, lo que la llevó a recorrer Estados Unidos y más adelante Europa.  El mismo año viajó a Buenos Aires para visitar su familia.  En ese viaje tomó sus primeras clases de Tango y asistió a su primera milonga en La Viruta.  Fue en ese momento de sentir su primer abrazo que se metió en otro mundo, un mundo de placer, olvidándose de todo el resto y enamorándose del tango.  Después volvió a su vida en San Francisco, a su mundo de Ballroom, un ambiente exigente de competencias, brillos y luces.  Pero se llevó el recuerdo y la sensación de aquella noche en la milonga, algo que quedó grabado para siempre en su corazón.

                                    

Raquel Makow

   A los 19 años se mudó a Portugal para bailar con un renombrado bailarín de Ballroom.  Juntos consiguieron el título de Campeones Nacionales de Portugal 2011.  Raquel después continuó su carrera en la República Checa y Canadá ganando otros premios internacionales.  Pero a pesar del éxito en su carrera, algo faltaba en su vida, y sin ello, su alma no se llenaba al final del día. Nunca se olvidó de esa sensación que le dio el Tango.  

   Y más y más cada día añoraba el tango y ese abrazo tan dulce de la milonga.  Sus días se disolvían entre canciones de Carlos Gardel y Juan D’Arienzo, y sintió una necesidad tan fuerte de bailar Tango que no podía resistir más.  Así que en 2013 decidió abandonar el Ballroom para mudarse a Buenos Aires y dedicarse al Tango. Se fue a Buenos Aires sin trabajo, sin saber que vida iba a llevar, todo para buscar esa sensación que le dio el Tango.

   En Buenos Aires, se dedicó a aprender, ensayar, salir a las milongas, y entregarse cien por ciento al Tango.  Fue y sigue siendo un camino gratificante y frustrante al mismo tiempo.  Descubrió que el Tango es un arte muy profundo que no se puede tapar con brillos y trucos.  En el Tango uno tiene que abrirse al otro y conectar desde un lugar mucho más íntimo que en otras danzas.  

                              

Maxi y Raquel

    Raquel fue aprendiendo más sobre ella misma mientras estudiaba y bailaba Tango.  En Buenos Aires también trabajaba como jueza de Ballroom y entrenadora de las mejores parejas de Ballroom en Argentina y Uruguay.

   Y entonces en una noche tranquila de la semana en Mayo de 2015, Raquel Makow y Maxi Copello se conocieron en la famosa milonga de Salón Canning. Pasaron toda la noche bailando con otras personas hasta el final de la noche cuando la gente se iba yendo uno por uno, y la pista se vaciaba lentamente.  Permanecieron solo los trasnochadores milongueros y ellos dos.

   Raquel se quedó quieta en su silla por primera vez en la noche. Maxi tuvo por fin una oportunidad. Se miraron a los ojos, Maxi la cabeceó y juntos entraron en la pista. Maxi la abrazó a Raquel, y ella cerró los ojos sintiendo y escuchando cada cosa que Maxi le decía con su cuerpo.  En ese instante se conocieron más profundamente de lo que hubiesen podido con palabras.  

   Pasó algo mágico que le hizo sentir a Raquel igual que como se sintió su primera vez bailando en la milonga.  De repente entró en otro mundo perdiendo la noción de tiempo y espacio.  Al seguir su intuición, Raquel sabía en ese momento que encontró a su alma gemela en el baile.  Desde entonces Maxi y Raquel bailan juntos profesionalmente, recorren mundo dando exhibiciones y comparten el mismo sueño de bailar, crear arte, y transmitir su amor por el tango a los otros

  (Podemos verlos en el Marabú, bailando el Tango Patético, de Jorge Caldara, por la orquesta de Osvaldo Pugliese)

                                            


jueves, 16 de septiembre de 2021

Barrio de tango

    Esto decía Homero Manzi allá por el año 1942, explicando su fórmula para escribir esos tangos y milongas que nunca se apagarán, por todo lo que encierran en ellos. Y apunta sobre el primer tango que firmó con Aníbal Troilo, como preámbulo del luego maravilloso Sur

   Los temas de mis canciones son siempre recuerdos personales. Me resulta difícil escribir fantasiosamente. No tengo ese don. Había un recuerdo, un aspecto de mi vida, un paisaje, que hasta hoy no había podido abordar. Lo termino de hacer en Barrio de tango. Y quiero adelantar una explicación:

 

Desde los trece a los dieciseis años viví -como alumno pupilo- en el Colegio Luppi, ubicado en el corazón de Nueva Pompeya: Esquiú y Centenera. La elegante casa del Colegio -que sin duda recordarán los habitantes del barrio, pues no hace mucho que ha desaparecido- se alzaba, materialmente, entre pantanos, baldíos, bajos, terraplenes y montañas de basura o desperdicio industrial.

Ese paisaje de montones de hojalata, cercos de cina cina, casuchas de madera, lagunas oscuras, veredones desparejos, terraplenes cercanos, trenes cruzando las tardes, faroles rojos y señales verdes, tenía su poesía. Tal vez entonces no la comprendí aunque la sintiéramos quienes robábamos pantalones largos a los mayores para poder recorrer el misterio de las noches y los almacenes con exagerado y falso gesto de segura hombría. Pero hoy, a través de la evocación, puedo reconstruir sentimentalmente aquel barrio que se dormía al costado del terraplén para cantarlo con voz de tango y pulso de nostalgia.

                                       


Al Colegio Luppi, clavado entre zanjones y rodeado de sapos; a sus muchachos que nunca he vuelto a ver; a la calle Esquiú... a Centenera... a la gente que habitaba en sus casas pequeñas; al terraplén que detenía las inundaciones; a la cancha de fútbol que se nos llenaba de agua vuelta a vuelta; al tren que silbaba melancólicamente; y a ella... que murió de tan pálida... dedico este recuerdo... Barrio de tango.

    "Nunca más tendrá el viejo barrio de Pompeya un narrador más sincero ni más profundo", diría Julián Centeya. Y sus palabras reflejan la admiración que merecen páginas como como la citada por Manzi y Sur, ese monumento al tango, ambos musicalizados magistralmente por Aníbal Troilo y llevados al disco con Fiorentino y Edmundo Rivero respectivamente.

    Pichuco ya había grabado temas de Manzi como: Malena, Papá Baltasar, y Fueye, cuando el poeta le acerca los versos de Barrio de tango. Ese ramalazo de nostalgias, la pintura llena de sentimiento por aquellos paisajes, el Colegio que ocupaba toda una especie de manzana triangular en semejantes  andurriales, los convoyes de carga que circulaban por los rieles vecinos, la inundación..., todo eso lo emocionó a Troilo, que le pondría música en una velada  iluminada con su fueye.

                                   

   Se nota en los versos entrañables de Homero, que muchas ilusiones juveniles, el descubrimiento de la temática del tango envuelta en aquellas calles, son la esencia misma  del género, porque la noche, el decorado, los boliches, permanecerían para siempre en sus retinas y en su espíritu poético. Son la válvula emotiva, sentimental que abre camino en el poema. La misma pobreza y el espíritu de sus gentes, todo reverbera en su mente cuando escribe estos versos. 

Un pedazo de barrio allá en Pompeya
durmiéndose al costado del terraplén;
un farol balanceando en la barrera
y el misterio de adiós que siembra el tren.
Un ladrido de perros a la luna,
el amor escondido en un portón
y los sapos redoblando en la laguna
y a lo lejos la voz del bandoneón.

Barrio de tango, luna y misterio;
calles lejanas, ¿cómo estarán?
Viejos amigos que hoy ni recuerdo
¿qué se habrán hecho?, ¿dónde andarán?
Barrio de tango, ¿qué fue de aquella,
Juana, la rubia, que tanto amé?..
Sabrá que sufro pensando en ella
desde la tarde que la dejé.
Barrio de tango, luna y misterio,
desde el recuerdo te vuelvo a ver...

Un coro de silbidos allá en la esquina.
el codillo mllenando el almacén
y el dramón de la pálida vecina
que ya nunca salió a mirar el tren.
Así evoco tus noches, barrio tango,
con las chatas entrado al corralón
y la luna chapaleando sobre el fango
y a los lejos la voz del bandoneón.

   Pichuco lo grabó con su orquesta y Fiorentino cantando esos versos, el 14 de diciembre de 1942, adelantando lo que haría la dupla creadora más adelante con Romance de barrio, el impagable, inmortal Sur, Ché bandoneón, Discepolín. Troilo volvería grabar Barrio de tango, cantando Nelly Vázquez el 3 de febrero de 1964 y acompañaría al Polaco Goyeneche interpretando estos versos el 6 de mayo de 1971. 
 
Podemos escuchar la versión del Polaco Goyeneche acompañado por la orquesta de Troilo.
  
                                   



martes, 14 de septiembre de 2021

Bien milonga

                                                               TANGO EL 14                                                        

                                                      Qué dicha tan singular
                                                       y qué emoción 
                                                       se siente bailando un tango
                                                       cuando el que baila es un pierrna
                                                       y con calor
                                                       se balancea al compás.
                                                       El tango es cosa divina
                                                       si se baila con pasión.
                                                       Llena nuestra alma de gozo
                                                       y nos inunda de amor
                                                                            Ángel Villoldo

   Sí, Villoldo era un adelantado y sabía lo que se siente al bailar un tango. Como nos sucede a todos nosotros en BIEN MILONGA, que nos recibe otra vez como todos los martes del año, en la coqueta pista de la madrileña Casa de Aragón (Pza. República Argentina nº 6). Desde las 21 horas hasta las 24 disfrutamos al mango de la noche milonguera. Como debe ser.

                                   
  

 
   Vamos dando una vuelta por milongas de distintos lares para ver en acción a las parejas que se exhiben por esas pistas. Por ejemplo, en el Festival de Insbruck (Suiza), Fernando Galera y Corina Herrera se mandan con el tango La bruja, por la orquesta de Juan D'Arienzo.

                                             

   Un salto hasta Croacia y en el Festival Mediterráneo de verano en Pôrec, están Noelia Hurtado y Carlitos Espinoza que se lucen con un valsecito clásico: El aeroplano, por la típica de Juan D'Arienzo.

                               

 

    Y para cerrar... otra vez Buenos Aires...! Y podemos disfrutar con esta milonga improvisada entre los jóvenes Javier Rodríguez, Geraldine Rojas con Carlos Gavito, que también ejerce de presentador, en el Congreso Internacional de Tango celebrado en la capital porteña en 2002. Bailan la milonga La trampera, por la orquesta de Aníbal Troilo.

                                       

     Y vamos calentando motores para esta nochecita...

sábado, 11 de septiembre de 2021

Valsecito amigo

   En la guarida milonguera, el valsecito es el paréntesis a la sacralidad del tango y la voluptuosidad de la milonga. Es la alegría, la agitación de sentimientos lúdicos, festivos, íntimos, contagiantes. Se nota de inmediato en los giros de la pareja y los iluminados rostros  que acompañan esos movimientos llenos de gracia. Cuando los valses porteños llevan versos, generalmente se adaptan al estilo pícaro, romántico, del género nacido en la lejana Viena y adaptado al estilo del tango, incluso en sus pasos de danza.

   Considero que su ingreso en el vademécum tanguero fue todo un acierto, desde aquellas primeras páginas como Lágrimas y sonrisas, Pabellón de las rosas o El aeroplano, que fueron marcando el rumbo de los valsecitos en el devenir del género. Compositores y poetas fueron los creadores. Orquestas, cantores, cancionistas,  los fueron incorporando a su repertorio y tanto los tangueros como los milongueros le dieron el plácet definitivo. 
                                    

                                
   Entre tantas hermosas composiciones de este tipo, me detengo en el que compusieron José María Contursi y Aníbal Troilo. Porque, aunque el ritmo, el fondo musical, tenga toda esa sensación rítmica y alegre del valsecito gracias al toque de Pichuco, los versos del Catunga Contursi hurgan en la llaga que deja el desencuentro amoroso que tanto prometía. Atrapado en esa retícula o tela de araña, sabe sin embargo calibrar todos los parámetros de la música y nos define a su modo el mensaje del vals.

Vals sentimental de nuestras viejas horas,
¡nunca te escuché tan triste como ahora!
Llegas hasta mí para aumentar mi queja,
tiene tu rondín sabor a cosa vieja...
Vals sentimental, ingenuo y ondulante,
vuelvo a recordar aquellos tiempos de antes.
Una voz lejana me acusa en tu canción,
¡valsecito... y envuelve mi emoción! 

   Cuando Pichuco debuta grabando en la RCA Victor, aquel 4 de marzo de 1941, el tercer tema llevado al disco ese día, es el tango de José María Contursi y el propio Troilo: Toda mi vida, que canta Fiorentino y es un notable suceso. Allí se fortalece la amistad entre ambos. Luego Mariano Mores le alcanzará los tangos que compone con el Catunga y que constituyen una pegada total y definitiva. Con este valsecito también la dupla Pichuco-Contursi sube otro peldaño en la consideración general y el tema se mantendrá incólume, en las pistas de todo el mundo.

                            
Troilo, Zita, José María Contursi y su esposa Alina Zárate.


   En la segunda parte, el poeta abre su corazón de par en par una vez más. Se deja llevar por la tristeza en que se encuentra sumido por la lejanía de su Gricel tan deseada. Pero no se sale de las coordenadas del valsecito, llora con él, con su música alegre, encontrándole una sensualidad casi milonguera. Sus lágrimas poéticas se van enredando entre las notas musicales y el intimismo de la maraña afectiva. La melancolía de los desencantos, con dramatización de verdadero calado vital, queda difuminada entre el cotillón y la verbena de la música.

Vuelca tu nostalgia febril, 
tu musiquita sensual,
sé que no es posible seguir
oyéndote sin llorar.
Valsecito amigo, no ves
que esta incertidumbre tenaz
que no hace más
que remover y conmover
mi soledad...
Unos ojos verdes de mar
más grandes que su ilusión,
unas ansias grandes de amar...
después... llorando una voz...
Valsecito amigo, no ves
que tu musiquita sensual
no sabe más que atormentar y atormentar
mi corazón...

Cuando llegue el fin de mi oración postrera,
quiero imaginarla, así como ella era...
Juntaré mi voz a aquellos labios suyos
mientras tu canción nos servirá de arrullo.
Vals sentimental de nuestras viejas horas,
ya no me verán tan triste como ahora.
Lentamente tus notas amigas cantaré,
valsecito... ¡y entonces moriré!

   La versión de Troilo con Fiore, grabada el 25 de marzo de 1943, es impagable. Por eso nunca nos cansaremos de escucharlo y bailarlo. Por su capacidad de emoción y transmisión. Aunque el Catunga, envuelto en el remolino de la pista llorara su pena de amor, la magia homeopática del valsecito nos convocará una y otra vez. ¿O no?

                               



    

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El hombre tango

 Corazón grandote, garganta de pájaro

   Así como  lo vio "GENTE" en su intimidad, charlando de su vida, de sus miedos, de su familia. Es Edmundo Rivero, un ídolo. Queremos que usted lo descubra: Un hombre cabal, Son años de trabajo y una sensibilidad maravillosa para interpretar a Buenos Aires cómo sólo él sabe. vio 

   Venían desde todas partes, igual que se habían ido, a caballo o sobre mulas, con familias enteras en las carretas tomando mate y comiendo charqui; a veces, un pedazo de queso. Un tío abuelo de Edmundo, Lionel Walton, murió en una pelea contra los indios ("Tardaban dos meses desde, el Azul hasta la capital"). La figura de ese tío abuelo se enhiesta en los ojos marrones claros del cantor echándose a correr después, en el recuerdo, aventando el fino polvo de la pampa, que parece quedar suspendido, quieto, en el inmóvil aire de unas pupilas que piensan la agonía de su sangre. Como homenaje a ese ascendiente quisieron ponerle Lionel, pero ("Fue un error del escriba del Registro") salió Leonel. De modo que en realidad se llama Leonel Edmundo Rivero, y aunque para el público es Edmundo, para la ternura de su mujer (Julieta Pastore, 19 años de casados, dos hijas), él es siempre Leonel. Entre los dos cuentan cosas sorprendentes. Sobre las premoniciones del cantor, su viaje al Japón, sus sueños de volador, su firme creencia en la inmortalidad. La sangre paterna remonta el tiempo y el Río de la Plata hasta el barquichuelo en que vino junto a la de Solís. Pero es de sus antepasados ingleses que hereda el tinte rojizo de su cabello lacio, los ojos marrón claro y, quizá, la tendencia coqueta de ese bigotito de lord que sombrea un relato de la batalla de Balaklava.

                                   


   No, no es concertista de guitarra, pese a lo que se dice por ahí, pero la estudió a fondo, y uno de sus pasatiempos es tocar a Tárrega, Albéniz o Bach en esa madera vieja que le late entre las grandes manos, fuera del pecho. Ahora, en medio de ese ocio atento salpicado de whisky, el periodista siente que es una entrevista difícil porque ese hombre, se le ocurre, es un pájaro, no sólo porque tiene corazón y garganta de pájaro sino porque todo su aspecto es el de un gran pájaro posado indolentemente sobre una piedra de montaña: su gran nariz de ave carnicera, los ojos chicos y juntos apenas asomados, adustamente, sobre el pico y las plumas rojizas de su copete acomodado en la cúspide del cráneo. "Los grandes pájaros no hablan", piensa, y espera que pase algo mientras come bolitas de queso fino. También papas fritas y dátiles que la atenta y encantadora esposa del cantor ha puesto sobre una "ratona" para acompañar el whisky. "Sí -el periodista oye una voz como un trueno masticado por enormes dientes-, ya sé que es difícil hacerme hablar. Cuando yo hablo parece que estuviese en cana. Me tienen que presionar." El Gran Pájaro ha sonreído ahora y la ternura de su sonrisa de hombre fundamentalmente bueno puede animar a cualquiera. Entonces, lentamente, con la ayuda de Julieta, se desgrana un relato que a veces se suspende no tanto por la modestia y ni siquiera por la timidez sino por esa incapacidad, o disgusto o temor de decir cosas inconvenientes, o inmodestas o inadecuadas.

   El Japón, además de ser el país que nos provee de títulos mundiales de boxeo, es un país tanguero, como ya saben casi todos los argentinos. Lo que no saben los argentinos es todo lo tangueros han sido ("Desde 1920 escuchan tango en Japón, y tienen diccionarios sobre el tango y los tangueros que han sido es de no crees. Si hay un violinista, pongamos, en Bahía Blanca, ellos saben en qué orquesta toca, cuántos hijos tiene, dónde nació y hasta la vida de toda su familia"), son y pueden llegar a ser los japoneses. Los tangos son traducidos del lunfardo a su equivalente en japonés y, por ejemplo, si publican "El entrerriano" acompañan un mapa con la provincia de Entre Ríos. Además, conocen folklore más que nosotros ("El triunfo de Atahualpa en París fue festejado como un triunfo japonés. Hicieron una gran fiesta"). Los recítales tangueros son anunciados en los grandes teatros como "Conciertos de tango". Rivero fue el primer solista de tango que se presentó en Japón ("Cuando llegué yo, diez días después -dice Julieta-, fui recibida por lo que para mi era una muchedumbre, con flores y banderas argentinas y todas esas exquisiteces que tiene esa gente admirable. Es un país para quedarse a vivir y morir allí"). 

   Hay sociedades de tango, claro, que se reúnen los miércoles y se llaman "Amigos de. Buenos Aires". "Los maniáticos del tango", "El tango loco", y cien más. Ellas son las que se encargan de explicar los lunfardísimos ("Turro", por ejemplo, o "Milonguita"). Rivero ganó el ranking de la popularidad en 1967, y ya antes lo habían ganado otros dos argentinos: Francisco Canaro, en 1961 ("Canaro allá es un Buda -explica ahora Rivero-; dirigió, ya viejo, sus dos últimos conciertos sentado y los japoneses lo adoraban"), y Osvaldo Pugliese, en 1965. La gente, cuando cantaba Edmundo, iba a los teatros con la banderita argentina y tienen una peculiarísima manera de aplaudir. Jamás interrumpen en los finales y esperan hasta que se ha extinguido la última vibración ("Yo canté una vez «Mi noche triste» y a la salida vino un japonés y me dijo: «Por qué ha destacado tanto el «la» con la guitarra? Mire que son 440 vibraciones. . .» Cualquier diletante japonés del tango sabe tanto como un músico o un comentarista de aquí"). En fin, ante esa acogida ("Lo que yo he visto que hacían con Leonel... -dice Julieta-; en Hakodate había un japonés, pálido, como queriendo llorar... Alguien le dijo a Leonel que parecía que quería darle la mano. Entonces Leonel fue y lo abrazó. ¿Sabés qué dijo el japonesito? "Gracias, gran hombre") ya está en viaje un empresario japonés para contratar una nueva gira del cantor. 

                                  


   Los japoneses de las islas del norte, en fin, viajaban 400 kilómetros para escucharlo cantar. Ellos también hacen tangos y letras, y el espíritu porteño de Edmundo no pudo dejar de hacerles el chiste que, total, ya hablaban al "vesre" porque tienen una ciudad que se llama Tokio, pero le dicen Kioto. Además, a la calle Ginza Go ("Debe de ser la única en Japón que tiene nombre") la llaman "la Corrientes y Esmeralda" del tango. Y para cerrar el capítulo japonés, Rivero dice que un capitán de barco tenía el camarote decorado con discos de tangos, y que cuando él le preguntó qué significaba el tango le contestó: "El tango es como un corazón que late, y como el paso de dos enamorados en la noche".

   Sí, por supuesto, estuvo en España (1959). Fue por un mes y tuvo que quedarse siete ("Los japoneses saben mucho más de lunfardo que los españoles"), cantó en el Lincoln Center ("Tiene un escenario como de una cuadra que lo hace sentir a uno como una hormiga") donde un público de 2.600 personas lo aplaudió de pie durante tres minutos, pero también cantó en las universidades de Harvard y Georgestown para un público de estudiantes que aprende español. Esa gira comprendió Los Ángeles, San Francisco, Washington, Nueva York y terminó en Colombia.

   Ahora, el periodista quiere saber qué tal es la comunicación que el cantor tiene con su inconsciente: "Muy grande -dice Edmundo-;.tanto, que le doy órdenes para que me despierte a la hora que quiero; se trate de ocho horas o de 15 minutos."

-¿Qué tal los sueños? -dice el periodista-. "Si, sueño bastante. Tengo uno que es repetitivo: sueño que vuelo (¿No te dije, flaco, que era un pájaro?", se dice el periodista). No agito las manos ni nada. Simplemente tomo impulso, doy un salto y vuelo. Desde arriba veo paisajes de tierra y árboles. También de otros planetas. Según parece es un vuelo cósmico". ¿Son sueños placenteros? -quiere saber el bajateclas-. "Si, mucho", contesta el cantor, y la esposa mete su voz por una rendija de la conversación para decir que, además, los sigue cuando quiere. Dice que algunas veces él le dice: "Pará, que me duermo de nuevo y lo termino", después de explicarle que era un sueño que le gustaba mucho.

   Pero la comunicación intensa que con su inconsciente tiene el cantor no se refleja solamente en sus sueños o en las órdenes que se da a sí mismo para despertarse sino también, y quizás más todavía, en sus sorprendentes premoniciones, tanto sea despierto como soñando. Por ejemplo, el día que el periodista estuvo en casa de Edmundo para esta entrevista, fue ese del accidente del colectivo en el Puente de la Noria. Julieta había tenido que ir a Avellaneda. Antes de que se produjese el accidente, Edmundo soñó con la caída a las aguas del Riachuelo de aquel trágico tranvía que llevó a la muerte a más de 80 personas. Un claro sueño premonitorio. "Me pasa que tengo premoniciones casi todos los días -dice ahora el cantor-: por ejemplo, pienso, un día cualquiera, hoy me va a llamar fulano, y el fulano ése es un tipo que no veo desde hace dos o tres meses. Bueno..., al rato suena el teléfono, y es él".

   Ahora Julieta recuerda una cosa realmente sensacional: "Tenia un contrato de palabra, porque él jamás firma nada con una radio. Entonces Invitamos a todos los amigos a la radio el día antes. Pero, por la mañana, nos dicen que la cosa quedó en la nada, es decir que la audición no iba. Cuando estábamos pensando en qué hacíamos con los invitados, si hablarlos para decirles que viniesen a casa o qué sé yo, Leonel me dice: "No hablés a nadie; que vayan a la radio". Leonel, sabes, era muy amigo de Bavio Esquiú, ese encantador muchacho que firmaba "Juan Mondiola". Bueno, Miguel Ángel ya había muerto, y Leonel escuchó clarito su voz que le decía: "Que vayan a la radio". Fuimos todos y, efectivamente pidieron disculpas y la audición fue.

-¿Esas cosas le hacen creer en Dios? -quiere saber el periodista, y la respuesta es-: "En un Dios, una potencia que dirige el cosmos, pero que no se ocupa de la gente. No niego al Dios de los católicos, pero mi Dios aúna todos los dioses". -¿Eso le hace creer que es inmortal? -pregunta el periodista-. "Estoy muy tranquilo sobre eso. No me muero. Para mí la gente no puede morir definitivamente". -¿Y la política?-. "No he incursionado jamás en política. No me interesa, pero si me interesa la libertad". Julieta sirve otro whisky y comenta: "¿Sabés cómo le gustó "Z"?".

   Rivero tuvo un primer matrimonio que puso en el mundo tres hijos: Edmundo, 22 años; Jorge Alberto, 26, y Lijia, 23. Edmundo y Lijia también cantan. De su matrimonio con Julieta las dos hijas: Julieta, 18 años, y María Susana, apenas 7. Cuando la nena canta, el poeta Horacio Ferrer se pone a llorar de emoción. Rivero dice: "Sí, no es una nenita que canta. Es una cosa seria", y la madre, embobada: "Cuando va cayendo la noche Susanita me dice: "Es la hora en que el sol juega a las escondidas con nosotros". ¿Querés qué te cuente algo? Cuando me fui a Japón estaban por reventar los jazmines de la planta que tenemos. Bueno, no reventaron. Cuando volvimos, Susanita me dijo: "¿Pensabas en los jazmines?". Yo le dije. que sí, que seguramente ella los había olido porque por algo tenia ese aliento tan fresco y perfumado. Entonces ella, para que yo también pudiese oler el jazminero sin jazmines le echó un frasco de Arpege encima. Leonel la retó, y ella, llorando, me dijo: "¡Qué raro, él... que es tan bueno!" ¿Vos sabés cómo Leonel se arrodilló y le besaba los pies pidiéndole perdón?". El periodista lo mira al cantor, y él, escondiendo más sus ojos detrás de la narizota, se queja: "¡Mirá las cosas que venís a contar!"

   Esa fragilidad tierna, de hombre bueno y encantador que le flota en la sonrisa, no destruye para nada su imagen de gran pájaro sólido y solitario posado sobre un basamento de roca. Me contó un amigo suyo que una noche un grosero quedó acostado en el asfalto de Maipú y Lavalle previo vuelo por un directo a la mandíbula que le aplicó ese hombre que llora pidiéndole perdón a la hija. Contradictorio como un tango de Discépolo ("Cuánto dolor, me hace reír"), lleno de ternura y suavidades, el Gran Pájaro quieto puede dar un aletazo aterrador. En Japón le han dicho que ponga allá un "doble" de El Viejo Almacén, el boliche que asentó en San Telmo. La idea es que él vaya unos meses por año y contrate la renovación de los elencos. -"Ahora vamos a hablar de eso con el empresario que viene para el nuevo contrato".

Hay que trabajar. El Viejo Almacén espera una voz que el mundo aprecia. En la ciudad que regurgita luces y ruidos hay un hueco artificialmente entenebrecido que ahondará silencio para que ese hombre, ese pájaro, lo llene dramáticamente con su voz.

LEO SALA (Revista "GENTE y la actualidad") 4 de junio de 1970