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viernes, 7 de mayo de 2021

Los muchachos de la orquesta

                         

                                
                                         Eran todos poetas

                                         Sentados en sus sillas con sus instrumentos
                                         las testas inclinadas y los cuerpos tensos
                                         moldeaban con sus manos la música del pueblo.

                                         Eran todos maestros

                                         Callados y en las sombras
                                         unánimes y tercos
                                         ritmaron con sus cuerpos los tangos y milongas

                                         Eran todos talentos

                                         Sus caras de realistas y románticos
                                         capaces de todos los ensueños
                                         y todas las diabluras
                                         se dormían en los solos profundos y nostálgicos

                                         Eran todos artistas

                                         Visionarios e insomnes
                                         atildados y líricos
                                         forjaron con sus pianos y violines
                                         bandoneones y chelos
                                         el canto del porteño

                                                                   Alberto Vanasco



                                        

jueves, 6 de mayo de 2021

Las Marcas del Tango

                                                            ¡Qué saben los Pichucos, Lomutos y Sassones...!

   Son los apellidos que dejaron su sello en el Tango y siguen vendiéndose sus productos discográficos, continúan sonando, destacando sus constantes Mancione y uno les da la Canaro enseguida, les Stamponi el nombre del gotán y la orquesta. Porque son todos distintos, el que sabe, escucha un conjunto y lo Caló enseguida por su estilo único. Yo también lo Firpo al instante y ésa es quizás la grandeza del Tango.Y no lo digo de Grupillo, soy muy Franco en estas cosas.

   Es necesario que Salgán a relucir estas cosas para desentrañar y profundizar en las entrañas del género con todo De Caro, porque es como vamos a conocer y valorar de modo Rotundo la realidad. Así hay que desenrrollar la Piazzolla para llegar a la Pontier del ovillo y los entretelones, en un Biagi emocional. Y conste que no hablo al Bardi, apenas ensayo un  Rossi en el historial, porque hay Maderna de sobra cuando estamos inmersos en esta música que me ganó Di Cicco. No hay que ser muy Aguilar para desentrañar su historia.

   Es sabido que hay tangueros y milongueros. Unos son Fanelli de orquestas y cantores. Los otros de ambas cosas o sólo dibujan en la pista. Yo te soy De Franco, desde pibe me ganaron las dos y me quedó la Marcucci para siempre. Realmente me da Penón que un milonga no Scalise los temas, autores, orquestas, Cantore y demás. No saben lo que se pierden:. 

                                 


                                                                                                          De angelis y santos   

   Los tangueros consagraron a San Pugliese como el Protector de los músicos. Por las calles Corrientes, Lavallén, Paraná, desfilan los fantasmas de aquellos intérpretes milagrosos que reaparecen en discos interminables. Esos que yo escuchaba en la radio cuando todavía todavía andaba en Scarpino por casa. Aieta está el secreto del éxito. No hubo ningún Ponzio Pizarro en el tango que le echara agua al fuego. Todos fueron al frente y aportaron su grano de arena.  Y nos llenaron la Plaza. Yo lo Demarco, porque lo viví.

   Echando la Visca atrás, algunos le encuentran orígenes Demare lejanos: tano, hispano, Greco, africano, hay Libertella para inventar al respecto, aunque hay mucho Gilardi.  O Nieso. Porque el tango nació en Buenos Aires y ¡Polito pa'la vieja! Ahora que estamos Baralis por la pandemia y hay tanta gente en los Spitalnik, el escuchar esas grabaciones, me vuela el Mattio y noto que los Laurenz conseguidos han sido tan grosos, que en el mundo entero se escuchan y los bailan como locos.  

   Aunque a aquella Caldara que era la milonga parece que le hubieran pasado la Sciarreta. Si no milongueamos lo escuchamos y ensayamos en casa, aunque estemos bastante aGobbiados por la cuarentena y porque  de golpe hicimos¡Kaplún!... No, no hay fiesta ni Rizzuti, ni café con los amigos. Todo está Guisado y las vacunas parecen ser el remedio Do Reyes. Pero al tango no lo para Nieso. Aunque los Díaz pasan, acabo de meter el Votti en la urna y lo único que me falta es pincharme, pa' bajar la Pansera, tomarme el Piro y Piana piana ir a milonguear y volar como una Garza, con una Grela que te siga a muerte.....
 
                                       

                                                                 Lo que Tanturi non da, Salamanca non presta.
 
    Todos bebieron y bebemos De la Fuente. El que quiere inventar un tango Nóbile, se da un Castagnaro, termina tocando al Pepe, y medio Tarantino... Ya sabés que, en casa del Herrero cuchillo de Pane. Yo Junnissi  a algunos que se apuntaron a ese "Tango Novarro" y así les fue, no pudieron sacarle Nichele. Como temas milongueros, con ese ritmo tenías que tomarte varios Aniceto y terminabas bailando un Domínguez con el Buzón de la esquina. ¿Habrán aprendido la Alessio?
  
    Los milongueros de los años cincuenta/sesenta tuvimos la suerte de bailar con aquellos músicos en directo y verlos en vivo en actuaciones. Con el agregado de que por unas chiArolas pasabas una noche mágica con una Mise en scene que pa'que te cuento. Darré lo que sea por vivir algo lejanamente Paracino. De momento solo me espera la milonga, las Dames y  milongueras, el pincha que no se Rovira "descubriendo orquestas". Al quía ese que cree "inventar" le Stampone como batía Mario Fortuna: "Garralda lo'libro que no muerden...".

   Y sí, el Cupo de la cuarentena, creo que está recontra cubierto. Lo digo de Vardaro, sé que hay que tener paciencia pero hablo entre sueños. Me veo saliendo Del Bagno, sacando la ropa del D'Amario, me arreglo bien y pico algo antes de salir. Me gusta un poco de Piazzolla con Fugazot y algo de Muzzi, un Basso de Binelli y con las Marconi del gotán.. ¡A bailar .... a bailar...!

                                                                                                               El Tango te espera.  

6 de Maglio de 2021

   

sábado, 1 de mayo de 2021

Milongueando con los cantores

    Aprendí jovencito, con los muchachos grandes de la barra a milonguear. Al lado de mi Casal había un club donde nos juntábamos a ensayar. Yo escuchaba todos los días tango en la radio, Durante mucho tiempo gracias a mi hermano. Él tenía un gran Amor por el género, todos los Díaz sintonizaba programas tangueros y tempranamente Videla de la historia del tango su grandeza. Devin así engancharme y un muchacho de la barra, Omar, también mayor que yo, con quien compartíamos partidos de fútbol, fue quien me invitó un Díaz a practicar en el club del Barrios, el baile del gotán.

   Recuerdo que la primera práctica fue un día de Reyes, y fue el mejor regalo que me pudieron hacer. Había que Galarce el sitio y haciendo primero de mujer, con Adrián, milonguero consumado, especialmente. Yo tranqui, Mancini, en seguida le fui agarrando la mano y al poco tiempo me sentía como Valentino en la pista y Luque sucedió fue que debuté en la milonga a mis 16 pirulos. Los muchachos me dieron la Medina justa y el Polaco Zenkis me acompañó en esa primera vez tirándome muchas Flores y sabios consejos que yo Cané enseguida. Esa noche inolvidable estrené mi primer traje con pantalones largos, color azul Marino,  que mi vieja me compró en Casas Iriarte de Belgrano y Avenida Del Río. Y los zapatos bien lustrados con Pomar y  franela. Todo un Galán. El Campos se me hacía orégano.

                               



    En aquellas Arenas movedizas del arranque, la ilusión de ser un milonguero debute me llevó a copiar pasos, ensayarlos y a Soler practicarlos durante la semana. Era como una fiebre. A veces se nos ocurría un paso nuevo y lo practicábamos en la calle, junto al Bozán de la esquina.Tuve un Ortiz bárbaro con un Moreno que en Huracán, me llevó a un costado y me marcó dos errores que cometía. Sobre todo por el temor a apretar los Bustos de las chicas que bailaban conmigo. Lo digo de Berón, me sirvieron de mucho sus palabras y con el tiempo me lo cruzaría en varias milongas. Era un tipo fornido, de Cuello ancho que bailaba con elegancia. Me guiñaba el ojo y me dijo que Ledesma al tranco largo, Lamarque mejor a la mina y Viván el compás de la orquesta.. Le di las García por sus consejos y me palmeó el hombro.
    
   Al principio bailaba con las hermanas de los muchachos del barrio, para ir ganando confianza. Sabía que no se le pueden pedir peras al Olmedo. Pero eso para escalar, lo Charlo seriamente, me sirvió de mucho. Una de ellas, muy Sosa, y fea, sin embargo bailando Pugliese era una maravilla y yo la buscaba en seguida cuando sonaba esa orquesta. Te juro que en ese trance la sentía como mi Margarita y yo Armando Duval. Y no es por tirarme Flores, es que gracias a ella, al Dante cuenta, aprendí a sentir y dosificar al mango los movimiento yumbeados de Don Osvaldo, para siempre. Ella estaba calentita como una Fugazot, conmigo... Muchos años más tarde la encontré por Plaza Lesica. Estaba avejentada, se apoyaba en un bastón y llevaba una bolsa de la compra en la mano. Me vio, abrió grande los ojos y mientras yo la estaba Miranda con ganas de saludar, ella, me dio la espalda y se fue despacito.
    
   Todavía me sentía medio aprendiz y Luque sucedió una noche me dejó un recuerdo imborrable. En el Corsini de la milonga hay de todo, barras de diferentes barrios, las chicas de un lado, los varones enfrente, la mirada, el cabezazo, el asentimiento por parte de ellas. Y en esos Ramos de gente, a veces salíamos dos o tres a la vez al “sí” de la chica, y la poníamos en un apuro. En ese caso concreto, fuimos dos, la chica me señaló a mí, para explicar que el “sí” era para mí, y el otro, un morocho fornido de pelos Cárdenas, me puso la mano en el pecho y me invitó a tomármelas. Muy Ruiz el tipo, la pista era un Calderón y la chica le Echagüe a la posible pelea que se avecinaba tomándome de un brazo y arrastrándome a la pista. El movimiento Belussi como un rayo de esa muchacha me salvó, porque el tipo – luego me enteré- era de la Isla Maciel, un Gavioli que tenía Famá de quilombero y camorrero.
  
   Aquellas noches de Luna llena, de cielos estrellados, me vieron progresar y como el del tango, cacé el Biondini y me largué por esos barrios a encarnar el espinel. Aunque yo sólo quería milonguear. Así Galé un cierto prestigio de bailarín, porque lo Godoy todo. Aprendí que el que sólo Acuña pasos, Ramos de firuletes y se Florio con ellos, no es buen bailarín. En esta Vidal milonguera es fundamental que uno Serpa compaginar elegancia, musicalidad y caminata. No salir del Carril constantemente. Hay un Linares de bailarines que todos respetan. Lo mismo que esas milongueras expertas. Las que vos, por ignorancia, pretendés llevar en el ritmo de un Ferrrari y ellas te bajan al Falcon con suavidad, para colocarte con la música. Podestá muy nervioso que ellas te calan siempre. Y el que se va a Floreal, seguro que Palma.

                                     


    No es necesario que usen Perfumes Chanel, que vistan de gala, llevan un ramo De Rosas en el cuore milonguero. A una de ellas Laborde, recuerdo que era un Martel primaveral, en el Club Almagro. Yo acababa de bailar con una  que era Larroca de Durán, o así me pareció. Pero la otra,  milonguera de prima me habrá visto algo porque noté que me campaneaba de reojo. En la milonga no era normal Soler bailar las experimentadas con los que no tenían galones, como yo, por ejemplo. La había visto en un club de Flores y era divina en la pista, una reina en el Castillo milonguero y bailaba sólo con los grosos.

    Pero esa vez se me dio y te juro, no lo podía creer. Me miró fijo, me entró como un soponcio, yo era algo tímido pero pensé: "El que no Arrieta no gana". Entonces la cabeceé flojito, apenas,  y ella asintió con la cabeza. Salí con unos nervios bárbaros y el Ortega fruncido. Al abrazarla me sonrió, me pasó suavemente el brazo por la espalda, salimos a bailar y me sentí como los Reyes del mazo. Justo sonaba Di Sarli y puedo afirmar que hay pocas cosas que Vargas más la pena que vivir un momento de esos, para un milonga de poco recorrido. 

   Fue la noche que me recibí de Milonguero. Ella me guió, me susurró: “Bailás muy bien” y se me hinchó el pecho. En esa masa Coral yo estaba bailando con la mejor. Cuando terminamos, sonrió y me dijo: “Mañana voy al Morán...” . Me estaba poniendo chapa de milonguero. Como si me cayeran encima varios Valdez de tónico.

   Te juro que esa noche no pude dormir y estuve despierto hasta el Lucero del alba. Creo que ninguna Gómez de borrar me quitaría de la memoria aquella velada con Lamas linda y más grosa milonguera. No dejaba de pensar en esa tanda del Tuerto, en la milonga donde la volvería a encontrar mañana y en el salto que había pegado. Me acababa de diplomar, no era un Ray, pero ya las milongueras veteranas me sonreían.

    Esa noche me sentí GARDEL.


miércoles, 28 de abril de 2021

No me extraña

    Tango que Pedro Laurenz supo recomponer y darle una segunda oportunidad. Porque en 1926, Julio De Caro lo llevó al disco en forma instrumental con su Sexteto y el título original: Populacha. Sus autores fueron el bandoneonista Alfonso Antonio Romano y el violinista-bandoneonista-contrabajista Alberto Celenza. Dos años más tarde Alejo Ferradás le adosó unos versos simplones, basados en la típica muchacha que da el fatal salto al cabaret. Lo grabaría la orquesta Mordrez-Brodman, con un dúo de cantores en París, en el sello Pathé. Y rápidamente se marchitó y quedó en el olvido.

                               


    Pedro Laurenz había pasado a ser el primer bandoneón de la orquesta de Julio De Caro en ese año de 1926, a raíz del alejamiento de Pedro Maffia para formar su propia orquesta. Y tuvo especial lucimiento en la interpretación de Populacha que fue de los primeros temas en grabar con De Caro. Por ello, le quedó en el recuerdo y por la felicitación que le hizo llegar su colega Romano, uno de los autores del mismo.

   Con el paso del tiempo, un Laurenz consagrado como bandoneonista de lujo, también pegó el salto como director y armaría su orquesta en 1937. En uno de los varios cambios de integrantes de la misma, ingresa Alberto Celenza como bandoneonista. El mismo que fuera contrabajista de Lomuto y años más tarde, de Fulvio Salamanca. 

                                       


    En una charla que sostienen Laurenz y Celenza, después de un ensayo, el director le recuerda a  su compañero, aquel tango que había grabado con De Caro. Conversan sobre el tema, Laurenz le pregunta por la letra y  Celenza le dice que no tuvo éxito, que no fue cantada prácticamente, sólo en París.. En la conversación sale la posibilidad de ponerle nuevos versos a lo que el autor asiente rápidamente.

   A los pocos días, se encuentra Laurenz con Carlos Bahr, en el Café El Águila, que está junto a SADAIC. Ya le había grabado con su orquesta su Milonga compadre, que, con música de José Mastropiero,  ganó el primer premio de milongas en un concurso de SADAIC. Y en la charla surge la posibilidad de de que Bahr le ponga versos a Populacha. Laurenz llevó al disco en total ocho temas que llevan letra de Bahr. Y éste asiente, a la espera de escuchar el tema y que el estro aparezca en forma de poema.

                           

Alberto Celenza en la orquesta de Laurenz es el primero por derecha

    Una vez con el disco de De Caro en su mano, bien repasado una y otra vez y obtenida la métrica correcta, Bahr utilizaría uno de sus recursos: Contar historias propias o ajenas. Y recordó una frase de un conocido: No me extraña. En la misma hurgó y fue diseñando su tango y acoplándolo a la música, tarea nada fácil, pero que con esfuerzo la fue alcanzando.

Es inútil que me expliques
lo que yo ya he comprendido 
sobran todas las palabras
cuando hiere el desamor.
No me extraña tu inconsciencia
ni me extraña tu desvío,
yo sé bien que no se puede
gobernar al corazón.
Si mi orgullo te condena
te perdona mi conciencia,
es muy justo que te alejes
si no sientes más amor. 

No me extraña tu abandono
pero extraño tu presencia,
porque cuesta acostumbrarse
a la ausencia y al dolor.
Me quisiste, me dejaste,
qué te puedo reprochar,
hoy estamos como antes
volveremos a empezar.

   Lo estrena Laurenz con su orquesta y el cantor Juan Carlos Casas en radio y gustó mucho. Lo graba el 25 de enero de 1940 y lo seguimos bailando, porque está muy bien logrado. Juan D'Arienzo con la voz de Jorge Valdez le da nueva proyección al llevarlo al disco el 11 de septiembre de 1958.
 
   Podemos escuchar la versión instrumental de Populacha por De Caro registrada el 20 de mayo de 1926.
                    
                        

   Y también la de Laurenz-Casas, convertido en No me extraña, registrada el 25 de enero de 1940.
 
                                     




domingo, 25 de abril de 2021

Héctor Stamponi

Lanzamiento de "Impresiones", un long play cuadrafónico con temas de tango

Un novedoso lujo auditivo hace resaltar instrumentos nada tradicionales en la música ciudadana, en una codiciada grabación del celebrado compositor argentino. El suceso sirvió de pretexto para que el autor hablara del pasado y presente de su música predilecta.

Desde hace unos días las disquerías porteñas albergan una curiosa novedad: una placa de larga duración —Impresiones, es su nombre de tapa— donde se alojan doce composiciones instrumentales de Héctor Stamponi, uno de los más prolíficos y memorables integrantes de la generación tanguera del'40

Esto en sí, no sería demasiado novedoso. Pero a poco de echar a rodar ese mundillo sonoro, el oyente advierte algunas rarezas auditivas. Por de pronto, aún los oídos poco entrenados detectan la presencia de instrumentos que no suelen habitar las clásicas partituras del tango: bajo eléctrico, batería, trompeta, oboe, órgano, corno, timbal, vibrafón, clarinete. Semejante masa sonora, puesta al servicio de creaciones célebres como Qué me van a hablar de amor, Quedémonos aquí, El último café, Azabache, Junto a tu corazón, Pedacito de cielo, entre otras, reserva una novedad adicional: la cuadrafonía, una destreza técnica que enriquece —exactamente duplica— la clásica bifurcación sonora del estéreo y coloca al oyente, por así decirlo, en el centro de la masa orquestal. Un lujo auditivo que no permite la estereofonía, donde los planos sonoros se ubican sólo frente al escucha.

                                  


Claro que esta curiosidad técnica fue la mera excusa que permitió a Siete Días hurgar en la biografía de Héctor Stamponi, un maestro normal en el que la vocación sarmientina perdió la batalla frente a la musa canyengue. "Como buena familia de italianos —bromeó la semana pasada en su despacho de SADAIC, la Sociedad de Autores y Compositores donde HS ejerce la vicepresidencia— siempre tenía a mano un tío que tocaba algún instrumento". Esos escarceos familiares lo llevaron a iniciar, en 1923, a la edad de 7 años, sus estudios formales de piano. A los 18, casi simultáneamente con el magisterio, HS obtiene su profesorado musical y emigra de Campana —ciudad donde nació en la Nochebuena de 1916— junto con otros jóvenes de la zona que el tiempo haría famosos: Enrique Mario Franciní y Armando Pontier. La meta, es, desde luego, Buenos Aires, donde realiza su debut profesional como pianista de la orquesta de Juan Elhert en un ciclo que tuvo su fama: "Las matinées de Juan Manuel".

Ya entonces el joven Stamponi tenía avidez por perfeccionar sus conocimientos musicales: una vocación que lo convertiría en inspirado orquestador y arreglador y que lo haría integrar, junto a Horacio Salgán y Lucio Demare, una célebre trilogía de pianistas de tango. Tales conocimientos se forjaron con arduos estudios de composición y armonía vigilados por Alberto Ginastera y Julián Bautista, un músico español discípulo de Manuel de Falla. Paralelamente a su actuación como integrante de afamadas orquestas típicas (Miguel Caló, Francisco Scorticati, Antonio Rodio) Stamponi se desempeña como arreglador musical de Les Editions, de Francia. En los años de la Segunda Guerra secunda el boom cinematográfico mexicano: radicado en ese país acompañando a la actriz y cancionista Amanda Ledesma, compone la banda musical de numerosas películas. De retorno a Buenos Aires, vigente aún el tanguero esplendor de la década del 40, forma su propia orquesta que, hacia el año 1959, acompañaba a Edmundo Rivero. Fue también arreglador de los acompañamientos de los cantores Hugo del Carril, Alberto Marino, Roberto Rufino y Charlo, musicalizador de comedias (Cielo de barrilete, de Cátulo Castillo) y por sobre todas las cosas, inspirado compositor. Muchas de esas creaciones integran el novedoso long play cuadrafónico de reciente aparición y son también desgranadas, noche a noche, en Caño 14, un porteño reducto de la calle Uruguay —en pleno Barrio Norte— donde el maestro Stamponi lidera una pequeña agrupación orquestal.

El tango fue, desde luego, el principal invitado en la charla que Siete Días mantuvo con el compositor, cuyos tramos principales, con quebradas y cortes (de la cinta magnetofónica), se vuelcan a continuación.

—¿Esa orquesta tan poco convencional en materia tanguera no implica una cierta audacia?

—No; es una forma de ejecutar el tango como lo tocamos siempre aunque con otros timbres, otros colores, otra sonoridad, en fin. Yo pienso que debemos evolucionar en cuanto a formación orquestal. Crear algo más que las cuerdas y los bandoneones: eso puede resultar ya monótono al oído por cuanto la gente está habituada a otro tipo de orquesta, con otros instrumentos. No hay ninguna razón para que el tango no se enriquezca absorbiendo esos aportes. Esta orquestación supone también facilitar la difusión del tango en el extranjero, donde el bandoneón es prácticamente desconocido, hecho que entorpece su ejecución.

                                 



—Actualmente parece predominar en los arreglos vanguardistas no ya el estilo Piazzolla, sino una suerte de barroquismo tanguero, con reminiscencias vivaldianas. Como lo hace, por citar un nombre, Atilio Stampone. . .

—Sí. Y no sólo hay influencias de Vivaldi. A veces es Chopin. O Bela Bartok. Lo que hace Atilio es tomar formas de músicos cultos injertándoles tango. Yo creo que eso es bueno: la música culta debe estar al servicio de la popular y no al revés. Si usted toma, pongamos por caso, Los ejes de mi carreta y la instrumenta a la manera de Ravel entonces perdería todo sabor.

—¿Eso no sería lo que hace Piazzolla?

—No, eso es distinto.

—¿Piazzolla está más alejado del tango?

—No crea. El en sus arreglos y composiciones usa elementos tanguísticos pero sumamente elaborados. Aunque si se analiza su obra se ven muchos elementos melódicos. Adiós Nonino es un buen ejemplo. Pero una cosa es Piazzolla compositor y otra Piazzolla intérprete. Como compositor, a veces le sale un tano canzonetista tremendo, como Chiquilín de Bachín.

—¿Usted actúa ahora con un pequeño conjunto, no es verdad?

—Sí. La gran orquesta como la que se escucha en el cuadrafónico resultaría antieconómica para presentaciones diarias. Y como hay que vivir, actuamos con ese cuarteto.

—Justamente escuché una grabación con ese conjunto de un tango de novedosa letra: Para dormir a un porteño, de Dolina.

—Así es. Es un nuevo tipo de tango. Yo creo que hay que crear para las nuevas generaciones, aunque las buenas obras perduren siempre. No hay música antigua ni moderna: hay buena y mala música. Si desecháramos todo lo antiguo no se tocaría La traviata ni se representaría el Hamlet, ni se leería La divina comedia ni El Quijote.

                                

Stamponi en sus comienzos cuando tocaba en la orquesta de Juan Ehlert

—Pero en general, en materia de letras, el tango dejó de ser testimonio de su tiempo: es decir, se insiste en el percal y la tuberculosis en la época del wash and wear y las vacunas. . . Probablemente haya falta de poetas al estilo de Manzi y Discépolo. . .

—Yo no creo que falten poetas. Tal vez no han encontrado el camino. Falta el clima, la unión de autor, músico y público. En la década del 40, los tangos fueron escritos por verdaderos cronistas de su tiempo. Manzi, Castillo, Discépolo, Homero Expósito reflejaron el momento. En la actualidad, hay poetas, pero no es fácil que expresen esta realidad contemporánea, porque siempre se está atado a la cosa tradicional. Pero hoy hay gente como Horacio Ferrer, Héctor Negro o Eladia Blázquez que son buenos letristas. También falta el apoyo de los intérpretes, algo reacios a novedades que no saben si contarán con el apoyo popular.

—Claro. En ese aspecto recuerdo que una vez me dijo Troilo que las orquestas de tango no contribuían a esta difusión de nuevos valores ya que los estrenos eran del director del conjunto o de sus amigos...

—Sí. Pero a todo eso se une la desaparición de orquestas tradicionales. Y predominan los cantores solistas, quienes son los que en definitiva eligen el repertorio.

—¿Las razones de esas desapariciones son de tipo económico?

—Sí, predominantemente. Y la difusión que se dio a otro tipo de música. Aunque también son razones comerciales. Pero el tango está arraigado. Cada argentino lleva el tango adentro.

—¿El tango estaría en decadencia?—No. Al contrario. Hay una juventud —en especial la que concluyó el secundario— que manifiesta un enorme interés por el tango, que recién lo está descubriendo. Yo lo he palpado en algunos recitales que he hecho en ambientes universitarios. Hace poco hicimos uno en Córdoba, con Francini —de piano y violín— en el que nos acompañó Cátulo Castillo y los jóvenes nos acosaron a preguntas, en especial a Cátulo, sobre Discépolo, Manzi.. .

—Sí. Pero parece sólo una curiosidad de tipo histórico. . .

—Puede ser. Pero lo cierto es que hay una juventud, la que creció entre los años 50 y 60, que no conoció el tango, barrido por una invasión de música extranjera.

—¿Qué aceptación cree que se le dispensará a su novedad cuadrafónica?

—Espero que buena. Por lo menos internacionalmente se va a reproducir en Japón, Colombia, México, Uruguay y España.

—Por último: ¿por qué tituló a este LP Impresiones? ¿Se hizo usted impresionista?

—No... (se ríe). Justamente lo explico en la contratapa: en ese álbum está parte de mi obra que es parte de mi vida. La mayoría de los temas han sido motivados por impresiones fugaces y perecederas, pero hay otros de los cuales no podría justificar mi paternidad absoluta: fueron gotas químicamente mías pero gestadas por esa gran renovación tanguera que se llamó Generación del 40.

José María Jaunarena

(revista Siete Días Ilustrados)

18/11/1974

martes, 20 de abril de 2021

Concurso de Tango- Año 1929


 Podemos escuchar la grabación de este tango que ganó el Concurso del Pabellón: Cuando llora el corazón. Lo grabó la orquesta de Juan Maglio, cantando Carlos Viván, el 9 de marzo de 1929. Los versos son de José Fernández y la música de Juan Maglio Pacho.

                                    


     

lunes, 19 de abril de 2021

Ya nadie le va a quitar lo bailado

Murió Juan Carlos Copes. Era conmovedor verlo avanzar entre las sombras de un salón cualquiera. Los milongueros dejaban de bailar para aplaudirlo.

por Mariano del Mazo 

   “El tango es una hermosa angustia”, me dijo en el bar Caracol hace unos 25 años. Nos juntamos cada jueves durante diez meses en esa esquina de Bolívar y Humberto I, en el centro de San Telmo, para charlar y ver juntos fotos y apuntes de una libreta que había sacado de un baúl, a ver si en una de esas daba para un libro. Y dio. Se tituló Quién me quita lo bailado. Su memoria era prodigiosa. A veces daba rodeos, como un águila que gira en torno de su presa. Pero siempre caía justo en el lugar y la escena que quería recuperar. Juan Carlos Copes fue un aleph del tango. Todo lo atravesaba: desde la milonga más profunda y genuina del Club Atlanta hasta las coreografías espejadas en los musicales de Hollywood buscando ser el Gene Kelly criollo, desde su volcánica relación con María Nieves –como si recortada de un verso del mejor o del peor tango- hasta los romances furtivos de macho prototípico del siglo XX.

   Alguna vez lo nombraron, con pompa y circunstancia, El bailarín del siglo. Tuvo otro tipo de reconocimiento, más modesto y esencial, cada vez que entraba a una milonga. Un premio intangible de un valor simbólico definitivo. Resultaba conmovedor verlo avanzar entre las sombras de un salón cualquiera –el Club Almagro, La Viruta, Cánning- y comprobar cómo los milongueros veteranos mezclados con chicas y muchachos dejaban de bailar para aplaudir su ingreso. La ovación se integraba a la música de Pugliese o de Di Sarli que disparaba el DJ. Entraba: menudo, elegante, ya grande, la peinada con gomina. Copes entonces invitaba a una mujer al azar a bailar un tango lento, arrastrado, al piso, como corresponde a una pista porteña, y los planetas se alineaban y el mundo parecía un lugar feliz.

   Surgió en los suburbios empobrecidos por la crisis del 30 y murió el sábado pasado por corona virus en una clínica de Florida, a los 89. Le quedaron varios asuntos pendientes: vivir en la playa, en Costa del Este –donde se radicó su hija Johana-, festejar a lo grande los 90 años, hacer un documental sobre su vida. Nació el 31 de mayo de 1931 y los primeros años los pasó entre Villa Pueyrredón y Mataderos, con olor a bosta de caballo y chirridos de tranvías. Eran barrios obreros donde aparecía difuso el límite entre campo y ciudad. Los reseros se mezclaban con los matarifes, los punteros políticos con los trabajadores de la fábrica Grafa, y todos hablaban del coraje en el ring de Justo Suarez, el “Torito” de Mataderos.  

   Se formó a los tumbos en un ambiente hostil. Esas evocaciones de la desdicha eran transformadas por la nostalgia. Vivía entre mudanzas y tíos y las peleas de sus padres, que discutían a los gritos noche a noche. Su padre era un colectivero radical que se jactaba de haber sido asador oficial de Hipólito Yrigoyen. A partir de 1945 se volvió peronista rabioso. “Su carácter cambió, dejó de ver a viejos amigos, empezó a tener conductas extrañas. Ciertas noches salía por el barrio con un matagatos escondido en el gabán y volvía a cualquier hora”, contaba en Caracol.

                             


    Ya con Perón en el poder la Argentina entró en otra etapa, de crecimiento. La industria nacional se fortaleció, la desocupación bajó y Buenos Aires vio cómo las olas de provincianos que venían a trabajar cambiaban el paisaje. La cultura popular estallaba en múltiples direcciones, vectores conectados entre sí: la radio, el futbol, el cine, los libros de ediciones económicas, la historieta, el folletín y el tango. “Empecé a ir al Centro, con amigos. Eran viajes largos, deslumbrantes. No era facil conocer una chica en ese tiempo. El baile era una forma. Un día nos metimos en un lugar cerca de Plaza Italia, que se llamaba Parque Norte. Era otra galaxia. Había como un círculo enorme, la pista en el centro, alrededor mesas con botellas y gente, mucha gente, la mayoría de clase media baja. No había agresividad, pero sí una violencia latente. Los tipos caminaban por pasillos repletos, bichando a las chicas. Arriba, en una especie de palco, estaban las orquestas: la Típica y la Jazz. Yo no sabía qué hacer. No sabía bailar, nada. La barra andaba por ahí, desperdigada. Me apoyé sobre una columna, prendí un cigarrillo y me puse a mirar”.

   Esa mirada fue el punto de partida. Se propuso aprender a bailar y aprendió; se propuso armar cuadros coreográficos y los armó. Y se propuso básicamente realizar un deslizamiento espacial: lo que veía y hacía cada noche en las milongas, al ras del suelo, lo ubicó sobre un escenario. Esa fue su revolución: Juan Carlos Copes le dio criterio artístico al baile del pueblo. Jamás perdió la esencia, la filosofía que supone el baile de tango (el abrazo, la entrega, el caminar con los ojos cerrados). Recorrió decenas de barrios escudriñando formas: el estilo orillero, el de salón, el picado a lo Cachafaz. 

   Copes se construyó a sí mismo en el momento en el que el tango era un fervor que se atomizaba en orquestas bailables y en estilos diferenciados. Se podía optar entre el ritmo anfetamínico de Juan D’Arienzo, el candor de Alfredo De Angelis, el yumbá de Osvaldo Pugliese, la sobriedad de Carlos Di Sarli, el vuelo de Aníbal Troilo, la elegancia de Osvaldo Fresedo. Los cantores se liberaban del embrujo de Carlos Gardel y delineaban fraseos que no serían igualados: Charlo, Ángel Vargas, Floreal Ruiz, Alberto Castillo, Fiorentino, Raúl Berón. Los poetas y compositores terminaban de definir la década de oro del tango, de Homero Manzi, Enrique Cadícamo, Cátulo Castillo, José María Contursi y Discepolín a Troilo, Mariano Mores, Juan Carlos Cobián, Héctor Stamponi, Lucio Demare. En el centro, cafés como El Nacional, el Ruca, el Marzotto, el Germinal recibían a las orquestas y sus hinchadas. Los más adinerados podían escuchar tango en cabarets: el Chantecler, Tibidabo, Picadilly, Marabú. En los clubes de fútbol los carnavales eran acontecimientos extraordinarios.

Ese clima de época formateó a Copes.

   Pero la epifanía tuvo que ver con una mujer: María Nieves Rego. En ella, en su naturaleza y en su sensibilidad, Copes encontró el complemento de su revolución. Fue una relación tremenda, de amor y odio. Pero la milonga no se manchaba: cuando había que bailar, se bailaba. “¿Sabés lo que es detestarse y tratar que no se note?”. Primero conoció a la hermana mayor de Nieves, una chica de carácter a la que llamaban La Ñata y que, como se estilaba, funcionaba como cancerbera de la conducta y la “moral” de la menor. Como milonguero, Copes se había hecho fuerte en los bailes del Club Atlanta. Cuando vio a la hermana de la Ñata quedó rendido ante su belleza y ante sus dotes dancísticas. María Nieves era barrio, sofisticación, sensualidad, todo condensado en una chica de principios nobles, templados en un casa pobre de Saavedra. Se enamoraron como en una película. “Me fui acercando de a poco. Empezamos a bailar juntos. Yo le explicaba, la frenaba, le contaba la razón de mis pasos largos y fraseados. Hablábamos el mismo idioma, pero con tiempos distintos: ella era más D’Arienzo; yo más Pugliese. Sentí que había encontrado a mi pareja. Mi Stradivarius”.

   Lo que siguió fue vértigo: concursos ganados, los primeros dineros, el estudio de danza contemporánea y una obsesión, la de ir ganando territorios. “Iba a cada estreno de las películas de Gene Kelly y Fred Astaire: Cantando bajo la lluvia, Let’s Dance, Melodías de Broadway. Yo soñaba con eso, inventaba pasos, coreografías. Además, empecé a conocer al ambiente: a Pichuco, al Polaco Goyeneche, al empresario Carlos A. Petit. Cuando formé mi ballet, Petit craneó un espectáculo que habla de la época. Le puso Tango versus Rock. La vio Petit, vio la punta. Y ahí fuimos, cada grupo hacía su baile, su coreo… Los que bailaban rock and roll tendrían prácticamente nuestra edad, pero parecían más pibes”.

    Juan Carlos Copes ya era uno de los profesionales más reconocidos del género, y los músicos lo querían a su lado. Era más que un adorno: era verdad, era pasión. Trabajó con casi todos, rescató al ascendente Astor Piazzolla de una mala racha e hizo migas con Santiago Ayala. A partir de 1958 empezó a girar por todo el mundo. Estuvo en La Habana en el medio de la escalada de “los barbudos” que acechaban desde la selva, anduvo por Nueva York, Puerto Rico. “Ahí trabajamos con Astor, en el Flamboyán. Estaba muy cerca  de él cuando recibió el telegrama de la muerte de Vicente Piazzolla, ‘Nonino’. Me abrazó, se tomó un avión a Nueva York, se encerró en una pieza de la calle 92 y en menos de una hora, llorando, escribió Adiós Nonino”.

   Le fue bien en los Estados Unidos, incluso fue invitado pocos meses antes que Los Beatles al más popular programa de TV, The Ed Sullivan Show, un paso imprescindible para la conquista de América. La espectacularidad de ciertos cuadros coreográficos –como el baile de la mesa- sumado a la traza de “latin lover” colaboraba para que fuera furor entre hombres y mujeres del ambiente de Broadway. Las críticas acompañaban, pero la relación afectiva con María Nievas naufragaba y complicaba lo laboral. Tenían diferentes planes, Nieves estaba harta de andar dando vueltas por el mundo, extrañaba a su madre, a Saavedra, no era ambiciosa, quería formar una familia.

                                
   Con giras, Copes logró gambetear una depresión que lo ahogó en alcohol un lapso no muy largo y también la decadencia del tango en la década del 60. Acumuló prestigio y buscó reinventarse, permanentemente. Donde había trabajo, lo convocaban: podía ser ese templo de la resistencia que fue Caño 14 o la compañía Tango argentino de Héctor Orezolli y Claudio Segovia, donde compartió  cartel con Virulazo, Roberto Goyeneche, Raúl Lavié y María Graña. Fue la consolidación de un tango genuino, en las antípodas del for export. El público lo quería ver con Nieves, así que ambos hacían de tripas corazón y trataban de representar esa gran situación pasional y amorosa que es el baile de tango sin que se notara la tensión que se generaba entre ellos, una electricidad que en un momento se les volvió inmanejable.

    En los ’80 hubo un resurgir del género, con las esquirlas que llegaban del suceso internacional de Tango argentino, más el inesperado glamour ya en demoracia de las películas tangueras de Pino Solanas (El exilio de Gardel y Sur). Copes se fue acomodando, tal vez a su pesar, en la posición de clásico. Inventó algunas movidas, como La Pesada del Tango, terminó como pudo la relación con Nieves y empezó a bailar con su hija Johana. No fue lo mismo.

                                    


    Se refugió en un chalet de Ramos Mejía, con su mujer Miriam, y trabajaba donde lo llamaran. Al final ya estaba cansado. Conversar con él era recuperar una porteñidad perdida, una ternura camuflada entre enojos, inseguridades. “El tango es un corcho. Lo quieren hundir, pero no pueden”, me decía. “Hay unos pibes que bailan bárbaro. Esto sigue. Yo estoy viejo, a lo sumo quiero enseñar. Hay que darle bola a la música argentina”.

   Los miles de cigarrillos que fumó los pagó fuerte. Le costaba respirar. El covid hizo el resto. Todo fue muy rápido, muy triste. ¿Cuál es el recuerdo que dejan los bailarines? No hay discos. Son añoranzas, anécdotas de sobremesa, imágenes, alguna película, testimonios. Como el de María Nieves, su enemiga íntima, que dijo con la mirada brillosa: “Si algo tengo que decir de Juan es que conmigo fue un hijo de puta. Pero no habrá bailarín como él”.

   Alguna vez estos tiempos van a ser recordados como los “años de la peste”. Mientras el siglo XX  apaga sus últimas luces, algunos tangos seguirán sonando como ecos de lo perdido. Me resulta grato pensar que cuando se restituya eso que llaman “normalidad” y vuelvan las milongas habrá un minuto de silencio en honor a Juan Carlos Copes. Y que después de ese silencio se escuchará Danzarín, de Julián Plaza, por la orquesta de Aníbal Troilo, y que todas las parejas se largarán a bailar pensando un instante en él, como un conjuro de lo irrecuperable.

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