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lunes, 6 de abril de 2020

Enrique Dizeo

No solo fue uno de los más prolíficos, seguramente, de los poetas que descargaron su talento y sus versos en el tango, sino que, además, muchas de sus obras siguen vigentes en el gusto de los tangueros y los continuamos bailando en las pistas de muchos rincones del mundo. Porque, además de su estro fértil,  tuvo de compañeros en esas composiciones a ilustres músicos como Aníbal Troilo, Juan Carlos Cobián, Osvaldo Pugliese, Anselmo Aieta, Ricardo Tanturi, Juan Canaro, Sebastián Piana, Carlos Marcucci, Edgardo Donato, Astor Piazzolla, José Canet, Julio De Caro, Juan Polito, Geroni Flores, Florindo Sassone, Juan Maglio, Miguel Caló... y una lista muy larga.

Dizeo nació en el porteño barrio de San Cristóbal, terminó el colegio primario y la calle fue su segunda escuela. Allí aprendería el habla de los barrios, el lunfardo común y tempranamente se internaría en los recovecos noctámbulos, con el tango como emblema. Los aprendices de poetas estaban siendo "tocados" por la música porteña y en su floración estarían inflamados por el acento pasional del género y su mensaje popular.

Enrique Dizeo
No sólo mantendría una gran amistad permanente con Celedonio Flores sino que también se mostró familiarizado con ese tipo de composiciones que consagraron al gran vate autor de Mano a mano. Nacido en julio de 1893, criado en lugares como Boedo y Parque Patricios, asumió muy pronto su filiación porteña y el tango se fue metiendo en sus entrañas, de tal modo, que asomaría rápidamente con su esteticismo palabrero en las páginas del género. Su primera composición, en 1920, Romántico bulincito, que lleva música de Augusto Gentile, le abrió las puertas de la música ciudadana.

En su bohemia nochera conoció a Gardel. Solían parar en el Café de los angelitos, se hizo amigo suyo y el gran cantor le grabaría nada menos que once composiciones: Copen la banca, Primero campaneala, Tan grande y tan sonso, A medianoche, Jirón de pampa, Que se vayan, Qué fenómeno, Echaste buena,  Viejecita mía, Maniquí y Pan comido, compuestos con diversos músicos. Además hay una anécdota muy buena ocurrida entre ambos.        
                                                                                                    Precisamente, en dicho Café, Gardel se vió con su amigo, una noche de 1926, para conocer y grabar el tango que Dizeo había compuesto, con música de Juan Maglio Pacho, A medianoche y que  firmaba con su apellido al revés: Ozedi.  Gardel lo estuvo repasando un ratito, entonando la melodía. En un pasaje del tema dice:
Como un gemido doliente
llena de harapos, cabizbaja y mustia
siempre se le ve silente
con todo el peso de su negra angustia...
Gardel se queda pensativo, lo lleva aparte al poeta y le espeta:
-Ché, decime, ¿Qué carajo quiere decir silente?

Dizeo supo reflejar el ambiente de su época, las tensiones, los desencuentros amorosos, de los que podía dar dimensión cabal, porque nunca llegó a casarse. Tuvo algunos romances, uno que duró bastante, pero siempre terminaba volviendo a su bohemia, castigándose en el recuerdo,  con fragmentos breves, ágiles y en algunos casos metafóricos. Si su primer letra tiene atisbos contursianos, rápidamente iría escalando en su peculiar estilo, con sello propio.

Y así fueron incorporándose al repertorio de orquestas y cantantes: Que se vayan (con Francisco Canosa), Cada vez te quiero más (F. Leone), Tiburón y Ché Cipriano (D'Abraccio y Pollero), Tiene razón amigazo (Calabró), Cabecitas blancas (Alberto Pugliese), Andate con la otra (Geroni Flores), No es más que yo (Mannarino), El encopao (Osvaldo Pugliese), Mi morocha (Querejeta), Cobrate y dame el vuelto (Miguel Caló), Más solo que nunca (F. Leone), Después de quererla tanto y  Ficha de oro (Di Nápoli), Un cielo para los dos (A. Amato), Echaste buena (Bonessi), Con toda la voz que tengo (Troilo), Cuando se ha querido mucho (Leone), Volvé a mi lado (Cobián), Copen la banca (Maglio),  Dale tango (Troilo, Terragno)...Y un largo etcétera.

Muchos de estos temas fueron éxitos y nos son familiares a la oreja y al cuore, cuando los bailamos. Cuántas veces lo habremos hecho en la pista con El encopao o Con toda la voz que tengo por Troilo-Fiore, Mi morocha (Tanturi-Castillo), Más solo que nunca (D'Agostino-Vargas, Morán), Tiene razón amigazo (De Angelis-J. Martel- D'Arienzo-Echagüe). Y podría seguir porque además los escuchaba de pibe en la radio y se me quedaban fijos en la memoria.

Enrique Dizeo tenía 60 años cuando le llegó el éxito internacional más importante de su carrera. Se trataba de una canción, en ritmo de valsecito peruano que había compuesto con el guitarrista-cantor Ángel Cabral, titulado: Que nadie sepa mi sufrir. Corría el año 1953 y fue un suceso impresionante. Una canción muy pegadiza que se oía a cada rato y que repetíamos mentalmente. Justo anda Edith Piaff de gira en Buenos Aires y dicen que lo escuchó por Alberto Castillo (que también logró una pegada), quedando impresionada por el tema.


Cuando vuelve a París, lleva el disco y la partitura y lo llama al autor-compositor Michel Rivgauche, con el fin de que le haga una adaptación para ella. El tema en francés se llamará La foule (La multitud) y se convierte en un éxito internacional a gran escala. Orquestas y cantantes famosos de diversos países lo incorporan a su repertorio y desde ese 1957 en adelante le proporciona a Dizeo, no sólo un respaldo a toda su obra, sino el premio económico merecido, aunque no fuera a través de un tango. 

Fue el colofón a la obra de un poeta que merece recordarse permanentemente por el grosor estilítico de su legado. Creador de versos envueltos en la música, la atmósfera y la sentimentalidad del tango, sin postizos ni artificios vacuos, Dizeo dejó su marca y sigue conectando con la emotividad del que escucha algunos de los temas que pergeñara.

 Podemos escuchar este vals peruano de marras. Así lo cantaba Alberto Castillo, acompañado por la orquesta dirigida por Jorge Dragone. Lo grabó el 28 de octubre de 1953.
                                     
                             

sábado, 4 de abril de 2020

La orquesta Demare-Vardaro

Es de lamentar que estas formaciones referenciales del tango, de músicos con una formación y un nivel muy altos, no nos hayan dejado una muestra de su creatividad infinita. Tanto Elvino Vardaro -para mí el número uno con su instrumento- como Lucio Demare (pianista de alto nivel, director de un conjunto que da gusto escuchar o bailar sus grabaciones, compositor exquisito) fueron dos grandes que en 1938 se aliaron para conformar una orquesta que debió tener mayor fortuna.

Por la capacidad de sus directores y la sabia elección de los músicos que la componían. Actuaron por Radio Belgrano con el apoyo de críticos y público. Además aportaban algo que no era habitual en las orquestas típicas: tocaban dos pianistas en la misma: Demare como co-director y músico y Carlos María Parodi. Lo que viene a demostrar la polenta que le echaron para que el conjunto fuese un referente estético y conectase con la emotividad del que escucha... y el que baila.

Vardaro y Demare cuando co-dirigían su orquesta típica.
                             
Ambos tenían ese temperamento creador. Demare era el que le daba la forma musical, su riqueza melódica siempre lo destacó, por ese fraseo tan característico y la modalidad intimista. La riqueza expresiva de Vardaro, el sonido tan exquisito, su vibrato tan original y su exhuberante creatividad, le dieron la fama y el reconocimiento de críticos y colegas sin distinción, además del público, por supuesto.

La sentimentalidad del tango no podía tener mejores mensajeros y todo indicaba que esta formación dejaría huella profunda en el género. Sin embargo, duró poco tiempo, hicieron giras por el interior de la provincia, presentándose en teatros, radios y clubes de localidades como Arrecifes, Chivilcoy, Dolores y otras.  Y uno puede imaginarse el tono musical de semejante formación.

Porque la orquesta la conformaban los siguientes músicos: En bandoneones estaban Alfredo Calabró, Máximo "Bocha Mori", Nicolás Pepe y Oscar Capurro.  Los violines eran: Elvino Vardaro, Juan Andrés Ghirlanda, Renato Lencione, Antonio Allegro y José Fernández.  Contrabajo: Oscar Roma. Pianos: Lucio Demare y Carlos María Parodi. El cantor: Juan Carlos Miranda. En la foto, Parodi está junto a Demare. A la izquierda de éste, Vardaro y Miranda.

                                 
Y como sucediera en otras formaciones de Elvino Vardaro, en su asociación con Osvaldo Pugliese, su Sexteto típico, pese a la categoría musical de estas formaciones, tampoco quedaron registros discográficos que nos permitiera disfrutar de sus creaciones. El destino pareció condenarlo a un segundo plano como director, aunque nadie duda en reconocerle su genialidad máxima como instrumentista del violín y gran creador.

Demare, al fin pudo consolidarse como director al frente de su orquesta. Con un estilo muy personal  y dentro de esa escuela romántica en la que descollaron figuras como Juan Carlos Cobián o Enrique Delfino.  La prueba está en los milongueros bailando sus grabaciones tan especiales y con cantores de la talla de Raúl Berón, el citado Miranda y Horacio Quintana. Como Compositor fue también exquisito y ahí están  sus: Malena, Mañana zarpa un barco, Telón, Tal vez será su voz, Mañanitas de Montmartre, Luna, Sorbos amargos, Negra María, Solamente ella, Dandy, La calle sin sueño...

Pero el recuerdo me lleva hoy en un pequeño ritual  hacia esa orquesta que sólo podemos intuir, ya que no hay rastros, huellas de su calidad y creatividad interpretativa. La que sí intentamos otear, adivinar,  conociendo las capacidades de sus directores y los componentes de la misma.



martes, 31 de marzo de 2020

El gesto inolvidable de Alberto Echagüe

BEBA PUGLIESE

   En una de mis visitas a la cárcel de Devoto, donde estaba encerrado mi padre, me había dicho papá:
   -Be... andá a COMAR (Corporación Musical Argentina) a ver si hay algunos mangos para cobrar...
   -Si, papá.
   -Andá lo antes posible.

   Y fui al día siguiente. Hacía mucho frío. Tenía puesto un tapado negro abotonado, con cuello palomita, mangas dolman, con bolsillos a los costados inclinados, y terminaba con vuelo. Entro. Voy a la ventanilla y hay que formar fila. Estoy parada detrás de un señor sumamente elegante vestido con ropa de color marrón, todo haciendo juego, del sombrero a los pies. de una elegancia y gusto pocas veces vistos. Tenía sus guantes en el bolsillo derecho del sobretodo.  Noté que estaba cobrando. Esperé poco tiempo más y el hombre se retira hacia un lado. Me acerco a la ventanilla y le digo al empleado.

Osvaldo Pugliese y su hija Beba
                                
   -Señor, buenas tardes, vengo a cobrar las liquidaciones del maestro Osvaldo Pugliese.
   Me mira con atención y me dice:
   -Enseguida me fijo...
   Tardaba y yo me palpitaba ya la respuesta. Se acerca y con auténtica tristeza responde:
   -No hay nada, señorita.
   -Bueno -le dije- muchas gracias, señor.
   
   Aquel hombre que había estado delante de mí escuchaba la conversación sin yo darme cuenta. Me voy hacia la salida y él me alcanza y pregunta:
   -¿Vos sos Beba, la hija de Osvaldo?
   - Sí
...pero yo no lo conocía. Aparte de ello, tanto papá como mamá me instruían permanentemente: 
   -No te pares con nadie, cuidate, hay mucha represión"... etcétera...
  
   Lo miro y expresa:
   -No quiero que te ofendas, ni te sientas molesta por lo voy a preguntarte -y realmente lo expresaba con delicadeza-. Sé de la situación angustiosa que están padeciendo en tu casa, el dolor que sienten, lo ingrato que es todo esto. Quisiera saber, en forma confidencial, qué necesitan Osvaldo, vos, tu mamá...

   Respondo sumamente agradecida:
   -Nada... nada...
   Y muy tímidamente concluyo:
   -...muchas gracias, señor. -aunque nos faltaban muchas cosas. Pero él no me creyó.
   -Escuchame, yo sé que la situación es muy difícil para ustedes. Te dejo mi número de teléfono y mi dirección. Lo que precisen, lo que les haga falta, me lo dicen. Prometémelo...
   -Sí señor...
le respondí reiterando
   -Muchas gracias señor....

   Nos estrechamos las manos y nos saludamos para despedirnos. Mientras iba caminando lentamente, sin sentir el frío que hacía, y bajo el peso oprimente de tantas angustias contenidas, yo no podía parar de llorar. Al rato, calmada, respiré muy profundamente y me dije:
   -¡Por fin alguien del ambiente que se acerca para enterarse qué nos pasa!

   
   Mi agradecimiento más allá del tiempo transcurrido para el señor Alberto Echagüe. Cada vez que pienso en aquella mañana, el recuerdo me emociona. Y así será hasta el final de mi vida.

(De su libro: OSVALDO PUGLIESE - Testimonios de una vida)


viernes, 27 de marzo de 2020

Tu pálida voz

Esos dos genios que tuvo el tango en sus filas y que fueron Homero Manzi como poeta magistral, y Charlo, gran cantor y excelente compositor, se unieron en algunas composiciones que siguen guardando ese aura tan especial que distingue a algunas piezas. Los tangos Llámame, Fueye, Horizontes, la milonga-candombe Oro y plata o este valsecito que crearon en 1942.

En el mismo, Manzi recrea una vez más su aventura sentimental, esa voz que lo atrapaba, los vaivenes que no le permitieron vivir a pleno el romance que tanto acomodo tuvo en su nostalgia romántica, con un lenguaje que florea el pentagrama. Y Charlo siempre supo ponerle el acompañamiento  musical a tanto poema que cayó en sus manos, fuera de Cadícamo, de Amadori, de González Castillo, del Catunga Contursi, de Battistella o de Manzi.

                           

Vale la pena revivir el momento que retrata el poeta con un detallismo topográfico que impresiona, como si lo estuviéramos viendo. el sonido familiar, el énfasis que aflora en la neblina del recuerdo, y en los contratiempos de la existencia las imágenes evanescentes permiten primar la tensión y el patetismo de esa despedida. El paisaje mediático.

Te oí decir... adiós....adiós...
Cerré los ojos y oculté el dolor,
sentí tus pasos cruzando la tarde
y no te atajaron mis manos cobardes.
Mi corazón lloró de amor
y en el silencio resonó tu voz,
tu voz querida, lejana y perdida
tu voz que era mía, tu pálida voz.

La descripción no puede ser más dura. En una encrucijada de remembranzas, aquel momento se dibuja en su memoria con fuerza inusitada. En el murmullo de la música, la voz de la ausente se hace presente, flota en el aire con el adiós interminable. La energía que brota de esa historia permite reverberar ecos, la fragancia de aquellos días, primando, empero, la tensión y el patetismo.



En las noches desoladas que sacude el viento           
brillan las estrellas frías del remordimiento,
y me engaño que habrá de volver otra vez
desandando el olvido y el tiempo.
Siento que tus pasos vuelven por la senda amiga,
oigo que me nombras llena de mortal fatiga,
para qué, si ya sé que es inútil mi afán
nunca...nunca... vendrás...

Te vi partir... dijiste adiós...
temblé de angustia y oculté el dolor,
después pensando que no volverías
traté de alcanzarte y ya no eras mía.
Mi corazón... sangró de amor
y en el recuerdo resonó tu voz,
tu voz querida, lejana y perdida
tu voz aterida... tu pálida voz...

Esta hermosura de valsecito, melancólico, que muestra al protagonista atrapado en las brumas del pasado, viviendo el desasosiego de los días, pintan también la tonalidad del tiempo vivido y las notas que supo adosarle Charlo le dan la perfecta dimensión cognitiva-musical. Así lo revivimos una y otra vez.

Podemos escucharlo y revivirlo en la interpretación de Francisco Canaro con la voz de Carlos Roldán. Grabado el 10 de noviembre de 1943.

                           
                               

viernes, 20 de marzo de 2020

Los primeros bandoneonistas en Buenos Aires

   -A Domingo Santa Cruz, lo conocí tocando con su hermano Juan, en una casa de bailes en San Martín (Provincia Bs. Aires). A Santa Cruz la afición al bandoneón le venía de herencia, pues su padre fue gran ejecutante de bandoneón allá por el año 1865, según refiere Héctor Bates en su libro "La Historia del Tango", en el que también menciona en el año 1870 a Pedro Ávila y Tomás Moore (El Inglés), al ciego Ruperto y a otros que también llegué a conocer, pero ya mucho más adelante.

   A principios del 900, conocí y oí tocar a Sebastián Ramos Mejía, que era motorman de tranvía y que tenía muchos alumnos; a Zambrano, Repetto, Mazzuchelli, Solari, el Negro Romero, un moreno grandote; a Antonio Chiappe, que era dueño de una carnicería y fuimos bastante amigos. Estos nombres pertenecen a los primeros ejecutantes de bandoneón en Buenos Aires, y es curiosa la afición criolla por este instrumento, siendo que el bandoneón, en realidad, es de origen alemán.

   También conocí a Antonio Gutman (El Ruso Antonio), que era carrero de chata de caballos, y, de puro compadre que era , tenía la originalidad de hablar todo al revés. Un día que se encontró con Vicente Greco ("Garrote"), le dijo: "Ché Terroga, porque no se nevie un día por mi linbu, me sapa un gotán y yo le sopa un selva"... Que quería decir: "Ché Garrote, porque no se viene un día por mi bulín, usted me pasa un tango y yo le paso un valse". Domingo Santa Cruz fue el maestro del célebre Juan Maglio (Pacho). Y en cuanto a Vicente Greco, se dedicó al bandoneón por una circunstancia muy especial.

                                   

   Resulta que una noche que andaban dando serenatas, cayeron a un conventillo donde vivía un sargento de policía, quien se levantó indignado porque le había perturbado el sueño, y empezó a dar pitadas de auxilio, lo que motivó que los muchachos disparasen en todas direcciones para evitar la "cana", y el bandoneonista dejó el instrumento a Vicente Greco, que vivía en la misma casa, para que lo guardara. Pasó un largo tiempo sin que el dueño apareciese a buscarlo, y entonces Greco empezó a teclearlo y a examinarlo, y tanto le fue entusiasmado que poco a poco aprendió a tocarlo.

                               
   Debo advertir que Vicente Greco era un muchacho con cierta cultura, medio romántico y afecto a la literatura, tanto que escribió una obra teatral titulada "Almas que sufren", que no llegó a estrenarse nunca. Como músico, era de una gran inspiración, y estoy convencido que de no haber desaparecido tan joven, hubiera producido grandes obras. Su primer tango fue "El Pibe"; luego compuso "El Morochito", "Rodríguez Peña", La viruta", "Ojos negros", "El Flete" y muchos otros.



   Vivíamos a principio de siglo, casa por medio; él vivía en el conventillo de la calle Sarandí nº 1356 y yo en el Nº 1358. Los Greco eran una familia de músicos y estudiosos. además de lo que fue Vicente, su hermano Domingo fue guitarrista y pianista. Ángel fue guitarrista y cantor, y compuso un tango de éxito: "Naipe marcado".  Elena tocaba el tango de intuición, pero maravillosamente. Fernando, el mayor de ellos, era carnicero, y había otro hermano, Emilio.

   Todos fallecieron, menos una de las hermanas, María, que aún vive y era maestra de escuela y la primera contadora pública que se recibió en Buenos Aires. Vicente, el más popular de todos, nació en el año 1886 y murió el 12 de octubre de 1924, cuando aún tanto se esperaba de su talento y de su vocación.

(Francisco Canaro en su libro "Mis Memorias")

viernes, 13 de marzo de 2020

Caserón de tejas

Aquel grupo del barrio de Boedo que presidía, sin quererlo, el patriarca del clan, José González Castillo fue un baluarte del tango durante años y sus integrantes crearon numerosas páginas que embellecieron aún más el vademécum tanguero. Sebastián Piana, Cátulo Castillo (Hijo de don José), Homero Manzi y Pedro Maffia no tuvieron intención seguramente de unirse para crear, pero así se dio la cosa y la historia es testigo de tantas páginas salidas de aquella cofradía familiar y amistosa.

Piana y Cátulo fueron los autores del tango Tinta roja y el valsecito Caserón de tejas, en 1941 y previamente, junto a González Castillo, habían realizado esa otra maravilla: Silbando, que Carlos Gardel consagró grabándolo en 1925 y adosándole por su cuenta ese silbido que quedó para siempre adosado al tango.  En este caso, Cátulo hizo la primera parte musical del tema y le dijo a Piana que hiciera la segunda, si le gustaba. Este lo aceptó y creó la segunda que tanto trabajo le daría a Don José para adosarle los correspondientes versos.

                             
Cátulo Castillo

Recién a la muerte de su padre Cátulo decidió sacar patente de poeta, convencido de que el tango es una pequeña obra de arte que requiere talento. Su obra es realmente impresionante y hoy me detengo en ese hermoso valsecito que también en 1941 compusiera con Piana. Cátulo recrea, en estado de ensoñación,  aquel barrio con estampa colonial que conoció de pibe y que comienza a ser reemplazado por una arquitectura moderna, de gran estatura estructural, que amenaza con barrer toda la escenografía de sus recuerdos infantiles.

Barrio de Belgrano...
Caserón de tejas...
¿Te acordás hermana
de las tibias tardes
sobre la vereda,
cuando un tren cercano
nos dejaba viejas,
raras añoranzas,
bajo la templanza
suave del rosal?

Todo fue tan simple,
claro como el cielo,
bueno como el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo
cuando en el pianito
de la sala  oscura
temblaba la pura
ternura de un vals...

La maraña íntima que envuelve al poeta, los lazos que atan, enmarcados en su tiempo, la sociedad de la prisa que va borrando las huellas, los retazos del antes y el después en el vivir cotidiano, llevan al trovador bohemio a rememorar aquellas acuarelas románticas que acompañaron su niñez familiar. El sonido del piano lo atrapa en su desfile nostálgico, melancólico, como si todo cambiara repentinamente y los paisajes tan queridos fueran borrados por el escenógrafo de la vida.

Revivió... Revivió                                                   
en las voces dormidas del piano
y al conjuro sutil de tus manos
el faldón del abuelo vendrá...

Llámalo...Llámalo...
Viviremos el cuento lejano
que en aquel caserón de Belgrano
-venciendo al arcano-
nos llama mamá.

Como un coleccionista de asombros, el poeta va deshilachando su corazón sin dejar ese lado de tristeza y melancolía que resaltan en su poder de vivificación. Las imágenes alborotadas se van poniendo en orden en el ensimismamiento del niño que fue. El paso del tiempo, el poso, acentúan las ensoñaciones del recuerdo. En el umbral que separa el pasado del futuro, aquel caserón de tejas vuelve una y otra vez con el encanto y la magia de antaño.

Barrio de Belgrano...
Caserón de tejas...
¿Dónde está el aljibe?
¿Dónde están tus patios?
¿Dónde están tus rejas?
Volverás al piano,
mi hermanita vieja,
y en las melodías
vivirán los días
claros del hogar...

Tu sonrisa, hermana,
cobijó mi duelo
y como en el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo
tornará el pianito
de la sala oscura
a sangrar la pura
ternura de un vals.

Hay numerosas versiones excelentes de este valsecito. Entre otras, las de Libertad Lamarque, Mercedes Sosa, María Graña y Susana Rinaldi, realmente notables. Libertad lo grabó el 10 de marzo de 1942, acompañada por la orquesta dirigida por el pianista Mario Maurano.  La escuchamos:

                           

viernes, 6 de marzo de 2020

Osvaldo Pugliese y su orquesta

El 11 de agosto de 1939 se produce el debut de Osvaldo Pugliese con su primera orquesta en el Café El Nacional, de la calle Corrientes 980. El escenario por el cual desfilaron orquestas y cantores de fábula, en una Buenos Aires nochera, con una cartografía emocional de gran calado. Y con elevada capacidad de creación por parte de los compositores que dejarían páginas inmortales para la historia.

Una orquesta referencial del género que evolucionaría constantemente y en su metamorfosis alcanzaría peldaños por su exhuberante creatividad, la entrega, el estudio y el papel que jugaron sus músicos en los arreglos, en la composición y la trama colectiva. Tuvo una barra de seguidores impresionante que entraba en las milongas y salía de las mismas al grito de:
-¡Ese, ese, ese.... la barra de Pugliese!
               
                              
Natalio Etchegaray, el escribano, que fue gran admirador y amigo de Pugliese (éste le dedicó su tango Protocoleando), respondía así a una pregunta sobre ¿por qué creía que Pugliese era uno de los más grandes?

-Bueno, porque fue uno de esos creadores en serio. Uno ve ahora la paloma de Picasso y supone que cualquiera la puede hacer, pero no es así. Él fue un músico muy original. Vivió y mamó el tango desde su origen y tuvo que decir algo distinto. Y lo dijo en 1924 con Recuerdo. Y luego al crear su orquesta, la que se vislumbra en 1937 y debuta en 1939. Y también en 1945 al hacer conocer sus obras extraordinarias: La yumba, Negracha y Malandraca, tres pivotes sobre los que se desarrollará el futuro del tango.
A partir de un decarismo inicial, que es lógico porque todo el mundo se basa en algo, él avanza con mucha simplicidad hacia una forma más compleja, donde los instrumentos de la orquesta tocan de distinta manera, marcando cada grupo de instrumentos de modo diferente. Parece mentira, pero los bajos y el piano están haciendo una cosa, y los bandoneones y los violines otra. Y eso se nota porque los músicos no lo podían hacer si él no se los explicaba. Fue un creador que se adelantó a su tiempo, que innovó siempre. Y luego un hombre de muchos principios en su profesión y su vida, de una integridad total.


Orquesta de Pugliese en 1944. En semicírculo: Ceballos (cantor), Gílardi, Ruggiero, Alessio (bandoneones). Herrero (violín). Caldara (bandoneón). Rossi (contrabajo). Carrasco, Camerano, Tursky (violines). Chanel (cantor): en el centro Osvaldo Pugliese (pianista y director).

La orquesta de Osvaldo Pugliese comenzó a grabar en 1943, en el sello Odeón y fueron apenas tres discos de 78rpm conteniendo seis temas: El rodeo, Farol, Mala junta, Muchachos comienza la ronda, Milonga de mi tierra y Qué bien te queda.

Al año siguiente, el que pertenece a la imagen, son 16 versiones que lo empinan en el gusto popular: Recuerdo, Silbar de boyero, El remate, Tortazos, El día de tu ausencia, Tierra querida, La abandoné y no sabía, Tu casa ya no está, El arranque, El tango es una historia, Adiós Bardi, Corrientes y Esmeralda, Amurado, Nada más que un corazón, Mala pinta y Puentecito de río

El cantor Roberto Chanel es pilar de la orquesta con su estilo tan personal, dejando verdaderas creaciones y ya se viene asomando el gran ídolo, sobre todo de la hinchada femenina: Alberto Morán, que comenzará a grabar en enero del 45.