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viernes, 13 de marzo de 2020

Caserón de tejas

Aquel grupo del barrio de Boedo que presidía, sin quererlo, el patriarca del clan, José González Castillo fue un baluarte del tango durante años y sus integrantes crearon numerosas páginas que embellecieron aún más el vademécum tanguero. Sebastián Piana, Cátulo Castillo (Hijo de don José), Homero Manzi y Pedro Maffia no tuvieron intención seguramente de unirse para crear, pero así se dio la cosa y la historia es testigo de tantas páginas salidas de aquella cofradía familiar y amistosa.

Piana y Cátulo fueron los autores del tango Tinta roja y el valsecito Caserón de tejas, en 1941 y previamente, junto a González Castillo, habían realizado esa otra maravilla: Silbando, que Carlos Gardel consagró grabándolo en 1925 y adosándole por su cuenta ese silbido que quedó para siempre adosado al tango.  En este caso, Cátulo hizo la primera parte musical del tema y le dijo a Piana que hiciera la segunda, si le gustaba. Este lo aceptó y creó la segunda que tanto trabajo le daría a Don José para adosarle los correspondientes versos.

                             
Cátulo Castillo

Recién a la muerte de su padre Cátulo decidió sacar patente de poeta, convencido de que el tango es una pequeña obra de arte que requiere talento. Su obra es realmente impresionante y hoy me detengo en ese hermoso valsecito que también en 1941 compusiera con Piana. Cátulo recrea, en estado de ensoñación,  aquel barrio con estampa colonial que conoció de pibe y que comienza a ser reemplazado por una arquitectura moderna, de gran estatura estructural, que amenaza con barrer toda la escenografía de sus recuerdos infantiles.

Barrio de Belgrano...
Caserón de tejas...
¿Te acordás hermana
de las tibias tardes
sobre la vereda,
cuando un tren cercano
nos dejaba viejas,
raras añoranzas,
bajo la templanza
suave del rosal?

Todo fue tan simple,
claro como el cielo,
bueno como el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo
cuando en el pianito
de la sala  oscura
temblaba la pura
ternura de un vals...

La maraña íntima que envuelve al poeta, los lazos que atan, enmarcados en su tiempo, la sociedad de la prisa que va borrando las huellas, los retazos del antes y el después en el vivir cotidiano, llevan al trovador bohemio a rememorar aquellas acuarelas románticas que acompañaron su niñez familiar. El sonido del piano lo atrapa en su desfile nostálgico, melancólico, como si todo cambiara repentinamente y los paisajes tan queridos fueran borrados por el escenógrafo de la vida.

Revivió... Revivió                                                   
en las voces dormidas del piano
y al conjuro sutil de tus manos
el faldón del abuelo vendrá...

Llámalo...Llámalo...
Viviremos el cuento lejano
que en aquel caserón de Belgrano
-venciendo al arcano-
nos llama mamá.

Como un coleccionista de asombros, el poeta va deshilachando su corazón sin dejar ese lado de tristeza y melancolía que resaltan en su poder de vivificación. Las imágenes alborotadas se van poniendo en orden en el ensimismamiento del niño que fue. El paso del tiempo, el poso, acentúan las ensoñaciones del recuerdo. En el umbral que separa el pasado del futuro, aquel caserón de tejas vuelve una y otra vez con el encanto y la magia de antaño.

Barrio de Belgrano...
Caserón de tejas...
¿Dónde está el aljibe?
¿Dónde están tus patios?
¿Dónde están tus rejas?
Volverás al piano,
mi hermanita vieja,
y en las melodías
vivirán los días
claros del hogar...

Tu sonrisa, hermana,
cobijó mi duelo
y como en el cuento
que en las dulces siestas
nos contó el abuelo
tornará el pianito
de la sala oscura
a sangrar la pura
ternura de un vals.

Hay numerosas versiones excelentes de este valsecito. Entre otras, las de Libertad Lamarque, Mercedes Sosa, María Graña y Susana Rinaldi, realmente notables. Libertad lo grabó el 10 de marzo de 1942, acompañada por la orquesta dirigida por el pianista Mario Maurano.  La escuchamos:

                           

1 comentario:

  1. Me acuerdo que lo enseñaban en la primaria, en clase de música....

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