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sábado, 19 de diciembre de 2020
Viento que lleva y trae
jueves, 17 de diciembre de 2020
Letra para Juan Tango
miércoles, 16 de diciembre de 2020
GARDEL
Para mí lo inventamos.
Seguramente fue una tarde de domingo,
con mate, con recuerdos, con tristeza,
con bailables bajitos, en la radio,
después de los partidos.
Entonces, qué se yo,
nos pasó algo rarísimo.
Nos vino como un ángel desde adentro,
nos pusimos proféticos.
Nos despertamos bíblicos.
Miramos hacia las telarañas del techo,
nos dijimos: «Hagamos, pues, un Dios a semejanza
de lo que quisimos ser y no pudimos.
Démosle lo mejor,
lo más sueño y más pájaro
de nosotros mismos.
nventémosle un nombre, una sonrisa
una voz que perdure por siglos,
un plantarse en el mundo, lindo, fácil
como pasándole ases al destino.»
Y claro, lo deseamos y vino.
Y nos salió glorioso, engominado,
eterno como un Dios o como un disco.
Se entreabrieron los cielos de costado
y su voz nos cantaba:
«Mi Buenos Aires querido…»
Eran como las seis,
esa hora en que empiezan los bailables
y ya acabaron los partidos.
Humberto Constantini
martes, 15 de diciembre de 2020
domingo, 13 de diciembre de 2020
Cicatrices
Qué tango tan llegador. Y viene interpretándose desde el año 1925, cuando Carlos Gardel lo grabó acompañado por sus guitarristas José Ricardo y Guillermo Barbieri. Sus autores son Enrique Pedro Maroni y Adolfo Rafael Avilés. Una dupla que compuso 14 temas nada menos, entre ambos, de los cuales el gran cantor les llevó al disco seis de ellos.
Maroni fue muy popular como locutor, su oficio. Estuvo en varias radios con ese mettier, especialmente en Splendid. Seguramente elló deslució en parte su trabajo como guionista teatral y autor de poesías. Publicó dos libros con esos poemas suyos La humilde cosecha y Arriando sueños. Como autor de tangos. la fama le llegó por ser coautor de los versos de Si Supieras (La cumparsita), que realizaron con Pascual Contursi y sin que Matos Rodríguez, autor del famosísimo tango, tuviera noticias de ello. Pero antes ya había escrito temas de gran pegada.
El 6 de junio de 1924, la compañía de Leopoldo Simari estrenó en el teatro Apolo una obra de Pascual Contursi y Enrique Maroni titulada Un programa de cabaret. Para esos años no había obras teatrales de cuño popular que no incluyeran el estreno de uno o dos tangos para asegurarse el éxito con el público. En el cuadro segundo de esa obra, el actor Juan Ferrari cantó por primera vez los versos compuestos por ambos autores sobre la música de La cumparsita: “Si supieras / que aún dentro de mi alma...”.
De Adolfo R. Avilés ya he descripto sus rasgos artísticos en un par de notas. Hombre muy capacitado, tanto para desempeñarse como historiador de tango, como para lucirse en espacios radiales, corresponsal en Hollywood, director de orquestas de jazz y típicas, integrante del trío América, con Antonio Sureda y Antonio Arcieri. Se dedicaría definitivamente a la crítica cinematográfica en prensa escrita y radial.
En este caso, al estar refiriéndome al tango Cicatrices, creo que vale la pena recordar como nació el mismo, y nada mejor que recurrir a León Benarós, ese prestigioso poeta, periodista, ensayista, folklorista. Un personaje nacido en San Luis, diplomado como abogado y que ha sido un gran historiador del tango, además de escribir varias canciones y entre ellos el tango Oro y gris con Mariano Mores. Con respecto a Cicatrices, Benarós apuntaba lo que le contaba Avilés.
-Compuse la música de este tango sobre una letra que me entregó Maroni. Estábamos almorzando en un restaurante de Paraná y Sarmiento y de pronto me dijo: “Mirá esta letra, anoche la escribí y ¡me salió de un solo tirón!”. La leí con atención y le dije que me gustaba, dejámela, voy a ponerle la música, al tango lo vamos a titular “Cicatrices”. No hubo objeción de su parte, me tenía fe, las veces que colaboramos tuvimos éxito.
martes, 8 de diciembre de 2020
Olvídame
Los milongueros ardemos de impaciencia por las ganas que tenemos de volver a las pistas de baile y caminar al compás de esa música que nos desborda el alma. Los diez meses que llevamos amurados en nuestras casas escuchando a ratos esos temas que nos golpean, nos invitan a milonguear, se nos hacen largúisimos, más aún de los que suman.
Y estaba pensando casualmente en lo genial que debe haber sido para algunos autores de cuore milonguero bailar sus propios temas. No creo que habrán habido muchos que describieran o musicalizaran temas y que además los interpretaran con su pareja en la pista. Y curiosamente sí hubo un poeta-compositor que destacó por sus proezas de bailarín y los innumerables temas que compuso y que serían interpretados por diversas orquestas y cantantes con reconocido éxito.
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| Bucino y Carmen Samaniego bailan en 1934 |
Me refiero a Miguel Bucino, ese amigo al que tuve toda una mañana en mi programa de radio Argentina y con el cual me reencontré muchas veces en el Hipódromo de Palermo o San Isidro. Un tipo cordial, jovial, entrañable, que no le daba mayor importancia a su increíble currículo artístico. Bandoneonista frustrado que arrancó tocando con Pirincho Canaro, luego secretario privado de éste, su hombre de confianza y bailarín de postín que recorrió países de Sudamérica y Europa con orquestas y su compañera. El mismo que de niño vendía diarios en la esquina de Reconquista y Bartolomé Mitre.
Bucino arrancó en aquellas exitosas temporadas teatrales de Canaro-Pelay, en 1935 con la obra Rascacielos. En 1936 actuó La Patria del Tango, en la cual bailaba un tango y una milonga con la actriz María Esther Gamas. En 1939 la revista que se llamaba El muchacho de la orquesta, Bucino bailaba con su compañera Tersita Padrón. En 1942, durante la comedia musical Sentimiento gaucho le tocó bailar con Beba Bidart la milonga El chino Pantaléon y en el cierre del espectáculo en gran acto musical una "suite" de tangos y milongas.
Viajaría por varios países con orquestas y compañías teatrales. Su simpatía le permitía también establecer relaciones con personajes importantes del mundo. A muchos de ellos les enseñó a bailar el tango. Pero siempre conservó ese talante familiar, campechano, amistoso. Y cuando se le dió por escribir y componer tangos y milongas descubrió que esa sería la suma y final de todos sus afluentes tangueros y artísticos. En aquel tendas de rimas y apretadas melodías encandenó una gran cantidad de sonados éxitos.
En tren de mencionar algunos de ellos podría citar Que me quiten lo bailao, Lo pasao pasó, Una carta, Tedio, Bailarín compadrito, Encuentro, Y siempre la misma historia, El corazón me engañó, Olvídame, Amarroto, Decile que vuelva. Las milongas que pegaron fuerte como: El viento me cuenta cosas, Milonga del corazón, Mucho... mucho, La mañana; el valsecito Cuatro palabras y podría seguir nombrando...
En una nota anterior sobre Bucino, recordaba que como había quedado en venir al programa, yo siempre portaba algún LP con temas de los invitados. Y un poco al voleo porque salía apurado de casa, llevé el que contenía el tango Tedio, por Troilo-Marino. Y cuando en un momento de la charla, puse su tango, se quedó pensativo y me contó como había escrito ese hermoso tema, una tarde lluviosa, mirando por la ventana desde su escritorio y recordando un momento especial de su vida con el final de una relación sentgimental.
En otra charla que tuvimos tiempo después, cuando le pregunté qué tema suyo le gustaba bailar, me sorprendió por la rapidez con que me respondió. Me dijo que disfrutaba mucho bailando Olvídame, en la versión de D'Arienzo-Echagüe. "El ritmo, la fuerza de la orquesta y el cantor se fusionan y me enganchan. Además, al incorporarlo a su repertorio, D'Arienzo lo aligeró, le cortó algunos párrafos al verso, como se usaba entonces y le quedó redondo. Canaro con Roberto Maida también le cortó un par de párrafos, pero es más milonguera la versión de D'Arienzo".
En dicha versión, D'Arienzo, se salta los dos primeros párrafos del tema y Echagüe canta con su polenta habitual el tema que también musicalizó Miguel Bucino. Lo grabaron el 30 de mayo de 1939.
jueves, 3 de diciembre de 2020
MARABÚ: DE BACANES, PAPUSAS Y LOCOS BERRETINES
Uno de los más famosos cabarets de la década del '40 -—en el que
actuaron Carlos Di Sarli, Fiorentino y Aníbal Troilo. entre otras
figuras mayores de la música de Buenos Aires— acaba de reabrir sus
puertas. Siete Días reunió allí a viejos habitués, quienes
rememoraron los esplendores de antaño, una época inflamada por la
picardía de los noctámbulos
Desde hace poco más de tres
semanas, muchos nostálgicos porteños han vuelto a frecuentar el
suntuoso sótano de la calle Maipú al 300, donde —como hace tres
décadas— funciona uno de los más prestigiosos templos de la noche
de Buenos Aires: el cabaret Marabú. Juntamente con los desaparecidos
Pigalle, Montmartre, Tibidabo, Chantecler y Empire, el Marabú fue
símbolo de una época, no sólo para los porteños sino también
para provincianos y extranjeros que recalaron con ánimo trasnochador
en la capital argentina.
Aunque casi nadie recuerda la fecha
exacta de su fundación —fue en el año 1935—, el Marabú conoció
sus mayores esplendores a lo largo de la década de los años 40 y
comienzos de la siguiente. Allí actuaron, alternativamente, las
orquestas de Donato Racciatti, Rodolfo Biagi, Aníbal Troilo,
Florindo Sassone, Juan D'Arienzo y Carlos Di Sarli, en tanto que casi
ninguno de los mayores cantantes de entonces dejó de subir a su
escenario, desde Francisco Fiorentino hasta Julio Sosa. Sitio
frecuentado por políticos, deportistas, jaiIaifes (Cátulo Castillo
dixit) y por los más famosos representantes de toda una generación,
su cierre —circa 1963, y luego de una lenta agonía iniciada una
década antes— significó el principio del fin de una época
pletórica de sonrisas picaras y burbujas canyengues, que se prolongó
hasta fines de la década del 60, cuando el Tabarís cayó
rendido.
Desde entonces, mientras la noche de Buenos Aires se
zambulló en modernos y sofisticados night clubs, el tango pareció
refugiarse en la memoria de la gente. Quizá por eso, no pocos
porteños que hoy peinan canas se excitaron, un mes y medio atrás,
cuando se hizo público que el Marabú reabría sus puertas en el
mismo local de siempre, remozado pero conservando detalles de la
vieja época, como aquella clásica araña de espejitos, giratoria
—muy años locos—, presidiendo la pista de baile.
Aunque a
la fiesta de la inauguración concurrieron numerosas figuras del
ambiente artístico —quienes se codearon con el millar de
asistentes, flotando sobre suntuosas moquettes, entre luces de
colores, disfrutando del moderno sonido estereofónico, los dos bares
y las amplias pistas de baile—, Siete Días decidió convertirse en
habitué, en un intento de descubrir espontáneamente a algunos de
los parroquianos más representativos, por supuesto que inspirados
por la nostalgia.
ALTERNADORAS DE LUJO Y BACANES EN PIJAMA
Una velada en el Marabú permite —previo pago de 150 pesos nuevos en concepto de entrada con derecho a consumición, y 50 pesos por cada copa subsiguiente— apreciar un show en el que actúan la orquesta de Armando Pontier (con sus cantores Osvaldo Ferrari y Alberto Podestá); el guitarrista Cacho Tirao; el cantante beat Rubén Mattos y el Macumba Samba Show, un grupo musical traído de Porto Alegre (Brasil). Aunque ya no existen las llamadas coperas —una institución en los viejos tiempos—, no pocos entrevistados dejaron de recordarlas. Entre tango y tango —mientras un nutrido grupo de parejas dibujaba cortes y quebradas en la pista central—, Armando Pontier contó a Siete Días que "antes había muchas coperas, vestidas de soirée, capaces de tomarse hasta doscientas copas por noche, aunque sólo era agua con anilina".
No obstante, aquellas muchachas gozaban del afecto de casi todos los concurrentes. "Es que eran minas de clase —puntualizó el músico—; aparte de bonitas y muy bien vestidas, usaban zapatos brillantes y sabían conversar. Hubo muchos casamientos entre esas chicas y figuras conocidas, fíjese. ¿Y sabe por qué? Porque acá había un cabaretier de primera: el gallego Juan Salas, antiguo propietario de esta casa, un verdadero experto. Las calaba de un solo vistazo".
Por supuesto, Pontier no obvió memorar que las alternadoras "no andaban como ahora con pantalones y tricota, sino que vestían ropa fina y cara". Además, era muy importante la disciplina y la organización. "Todo eso les daba jerarquía a las chicas y al local; no por nada ellas se retiraban de aquí del brazo de los bacanes". Precisamente, entre las anécdotas que mejor recuerda AP, se cuenta la de un famoso personaje de los años 40, cuyo nombre prefiere mantener en el anonimato: "Era un hombre ya maduro —relató el bandoneonista— que venía todas las noches en pantuflas y pijama, se mandaba dos copas, bailaba dos tangos y se iba. Todos estábamos intrigados, al principio, hasta que descubrimos que era un vecino que le decía a la mujer: Che vieja, voy a la esquina a comprar el diario y puchos; y como salía vestido así, la mujer jamás podía sospechar que el vejete se venía de juerga. Ese sí que era un bacán".
CANITAS AL AIRE E HISTORIAS ROMANTICAS
Mientras disfrutaba el show, cómodamente instalado en un sillón, el compositor Héctor Stamponi paseaba su mirada por las columnas y los techos del salón. En voz baja, sonriendo, apoyó un dedo en el pecho de uno de los redactores de Siete Días y le dijo: "Esto era una catedral, mi amigo. La gente de la noche no podía concebir a Buenos Aires sin Marabú. Ahora que miro la pista, recuerdo cosas de la vieja época: antes, mientras esperaban la clientela, las chicas se ponían a bailar tangos entre ellas. Era un espectáculo hermoso..."
Los recuerdos se suceden con facilidad y la calle Corrientes es siempre su protagonista. "Porque a las cuatro de la mañana había tanta vida como al mediodía. Nosotros íbamos, después de las actuaciones, a comer puchero a El Tropezón. Y había otros, más rascas, que compraban facturas en las panaderías y las comían rumbo al bulín, a patacón. Pero todo el mundo se entreveraba por Corrientes. Nos conocíamos todos. Nos saludábamos. Y por ahí, como al final de la noche, uno se caía al Marabú a tomar una copita o simplemente a despistar al sueño". De los asistentes, Stamponi prefiere no hablar, pero se le escapan los nombres de algunos conspicuos habitués: "Aquí venían de todos los ambientes; jugadores de fútbol como Pedernera, Labruna, y muchos más que pretendían tirarse una canita al aire. También Pepe Peña, en fin, los muchachos de la madrugada, porque el Marabú no era una costumbre, yo diría que era casi una necesidad".
Una aseveración que fue ratificada por uno de los más ilustres conocedores del antiguo Buenos Aires, viejo caminador de cabarets y centros tangueros: el bailarín Alfredo Alaria, impecablemente trajeado, quien lucía, haciendo juego con la decoración del Marabú, una radiante sonrisa. "Pucha —dijo—, qué de recuerdos se me juntan. Yo venía aquí de muy chico, de contrabando. Porque en ese entonces cualquier muchacho soñaba con venirse a pasar una noche en el cabaret, ese irresistible atractivo del añejo Buenos Aires".
A él, precisamente, le tocó vivir una de las historias más emocionantes sucedidas en ese baluarte tanguero: un Alaria mucho más joven, casi adolescente, extasiado, ingresó al Marabú alguna vez para debutar en la noche porteña. Instalado en la barra, la semana pasada, recordó que una de las alternadoras le preguntó la edad: "Yo me puse serio, fingiendo cara de grande, y le mentí solemnemente. Ella sonrió y me invitó a bailar un tango. Yo sentía el roce de sus ropas, su perfume, y no podía creer lo que vivía, eso de estar abrazando a una hermosa mujer. De pronto nos miramos fijamente y ella me dio un beso. Y con ese tango, en este mismo lugar, se fueron mis sueños de adolescente. Yo estaba con unos amigos, vea, que me miraban con envidia. Bueno, los dejé, y al amanecer me encontré sentado en un banco de Retiro, totalmente embobado. Dígame ahora si puedo querer o no a este boliche".
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| Cátulo Castillo con Gloria Ugarte y María Esther Gamas |
TE ACORDÁS, HERMANO,
QUE TIEMPOS AQUELLOS
Entre las
primeras figuras que Siete Días detectó durante las primeras noches
de funcionamiento del coqueto subsuelo, .no faltaron algunas mujeres, testigos de las
grandes noches del Marabú. María Esther Gamas —la otrora famosa
vedet te— no dejó pasar oportunidad para reiterar que "es
bueno que haya lugares así, para bailar y divertirse, porque
entonces una no engorda y conserva la silueta. Y me fascina que se
reabra nada menos que el Marabú, el cabaret preferido de Pichuco
Troilo. Fíjate que cuan do entré tuve la sensación de que lo iba a
encontrar".
Tampoco podía faltar Rita Montero, quien
durante muchos años fuera una de las principales vedettes del viejo
santuario.
"Esto está muy cambiado —afirmó—, pero
igual se llena de recuerdos. Cómo olvidar la noche que debutó Tito
Alberti. Yo era su cantante y actuábamos en un show que te hacía
hervir la sangre". Espléndida y radiante, dotada de una memoria
prodigiosa, Rita continuó hilvanando anécdotas: "Los políticos
venían con anteojos oscuros y se instalaban en los palcos para que
no se los reconociera, aunque siempre había quien hiciera correr la
bola de que estaba el ministro Fulano o el diputado Mengano... Pero
era un ambiente de gran respeto y mucho humor: me acuerdo de una
noche en que actuaba Alberto Castillo, y a mí se me ocurrió hacerle
el planteo de que las vedettes no actuaríamos con él si no nos
regalaba un perfume francés muy caro, el Ma Griffe. Entonces
Alberto, que se tomó la broma en serio, se apareció con un montón
de frasquitos. Te imaginás: todas trabajamos locas de
gusto".
Mientras la Montero trataba de evocar más
anécdotas, otro veterano de la noche —el cómico Gogó Andreu—
ingería una copa observando la presentación del ventrílocuo Mister
Chassman con su muñeco Chirolita. Concluida esta parte del show,
Andreu también recordó los tiempos en que el Marabú era "uno
de los cabarets más lindos de Buenos Aires". Su
caracterización, de tipo casi sociológico, permitió descubrir un
tono veladamente crítico: "Nunca debimos perder un lugar como
éste, porque la noche porteña nos caracterizó en todo el mundo. Y
la culpa la tenemos todos: los profesionales, los actores, los
discos. Aquí venía la gente de guita, los bohemios capitalistas,
los políticos".
En las viejas épocas, Andreu solía
recalar en la barra del cabaret con su amigo Marcos Zucker. "Y
como siempre andábamos sin un mango —sonrió—, con Marquitos nos
veníamos para acá porque como él cantaba, no nos cobraban. Así,
tomábamos unas copitas y bailábamos con algunas minas. Más de una
vez se armaron grescas y nosotros siempre prendidos. Y bueno...
éramos jóvenes y arrogantes. Pero lo cierto es que cuando terminaba
la noche, y las pibas se iban con tipos grandes y de guita, nos
agarraba tal bronca que terminábamos morfando medialunas en las
panaderías de Corrientes".
LOS DUENDES DE LA
NOCHE
Mientras el barman del restaurado Marabú —Manolete, un
español sesentón que llegó a la Argentina en 1949— batía sus
famosos cocteles Berlín 45 —gin inglés, coñac francés, vodka
ruso y whisky estadounidense— y Medias de Seda —a base de pisco
peruano, crema de cacao, azúcar y crema de leche—, un simpático y
regordete poeta porteño se solazaba escuchando a la orquesta de
Pontier. Era Cátulo Castillo. Afable y emotivo, aceptó revisar su
block de recuerdos.
"Este local —subrayó— fue el más
famoso de su época, y ocupó el lugar del viejo Armenonville, de la
década del 20, y el del Royale, donde actuaban Francisco Canaro y la
negrita Azucena Maizani, cuando la llamaban Azabache por la melenita
negra que usaba. El esplendor del Marabú se vivió entre el 40 y el
48, y las dos más famosas orquestas que pasaron por aquí fueron las
de Troilo y de Carlos Di Sarli. Yo venía con la barra de Pichuco,
porque donde estaba el Gordo estábamos nosotros".
La
evocación parece encender la mirada del viejo vate. "La barra
la formábamos Pepe Razzano, César Bedani (el autor de "Adiós
muchachos"). Enrique Cadícamo, Discepolín y yo. Pichuco era un
número caro, pero chupábamos tanto que a fin de mes siempre
teníamos deudas. Y eso que la copa costaba tres pesos. Pero todo el
mundo firme, porque si tocaba Pichuco esto era una fiesta".
El
Marabú fue, hay que destacarlo, el sitio en el cual Troilo más
actuó, justamente con el desaparecido Tibidabo, sobre la calle
Corrientes. "Y aquí fue donde el Gordo conoció a Zita, quien
sería su mujer y compañera. Le ocurrió lo que a muchos solteritos
de entonces, porque el Marabú era una especie de club casamentero.
Florentino también conoció aquí a la mujer de su vida, una
muchacha a la que conocíamos como La Gitana. No sé, mire, era otra
época". Ciertamente, el pasado es una memoria tierna y
agridulce. "¿Y sabe la que se mandó una vez Discepolín?
—pregunta Cátulo Castillo—. Era flaquito como un escarbadientes.
Una noche Pichuco le insistió tanto para que visitara a un médico y
se hiciera inyectar vitaminas, que el día siguiente Discepolín se
acercó a saludarlo al escenario, sonriente, y cuando el Gordo le
preguntó cuándo y dónde se pondría las inyecciones, Enrique le
respondió: Ahora, Gordo, pero la macana es que el médico me
encontró tan esquelético que me van a pinchar en la solapa del
saco".
Finalmente, cuando al cabo de varias jornadas de
recorrer las mesas del remozado cabaret porteño —y de concretar un
reportaje a Julio De Caro (ver recuadro)—, llegó el momento de la
despedida, don Cátulo, con los ojos entornados, redondeó: "Esta
reapertura es como quitarle la desolación a Buenos Aires. ¿Usted se
imagina a París sin el Moulin Rouge? Es bueno que se reabran estos
cabarets. Porque si la piqueta se los sigue llevando, los duendes de
nuestra noche se morirán sin remedio".
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| Pichuco con Manolete y José Manuel Moreno |
UN MONTÓN DE COSAS POR TRES MANGOS
Enfermo desde hace varios meses, mantiene sin embargo una lucidez envidiable. A los 76 años Julio de Caro es una figura tan sinónima del tango que no podía omitírsela en una nota evocativa del Marabú. A la invitación formulada por el cronista para un encuentro en el redivivo cabaret, el veterano maestro no pudo más que agradecerla cordialmente explicando que, por prescripción me dice, debe guardar reposo. "Compréndame, amigo, ya no estoy para esos trotes", se excusó, convocando al cronista a charlar a su domicilio.
"Yo inauguré el Chantecler, ahí en Corrientes y Paraná, así que vea si le puedo hablar de la noche porteña —se ufanó, repantigándose en un mullido sillón—. Pero entre los principales templos nocturnos se contaba, sin duda, el Marabú. Había una especie de puja tanguera entre los más grandes de la época, y ahí asistían hasta los más caracterizados jóvenes de la alta sociedad porteña. Y le doy un dato: sus precios eran, con todo, sumamente accesibles, de manera que podía ir todo el mundo y no sólo los que tenían la guita de Onassis".
También habitué de aquellas veladas —treinta años atrás—, aunque nunca actuó allí, De Caro se jacta de haber concurrido "como un simple ciudadano". Y agregó, durante la charla: "Iba mucha gente, y como también actuaban orquestas de jazz, se armaban unas disputas sensacionales entre las hinchadas de uno u otro ritmo. Recuerdo que una vez fue un erudito amante del jazz y pretendió interrumpir la actuación de Di Sarli, que ese día se había extendido por el entusiasmo del público y ya iba como por el décimo bis. Los jazzeros empezaron a abuchearlo y, bueno, se imagina la que se armó. Hasta los mozos estaban del lado tanguera. Se tuvieron que ir y esa noche hubo tango hasta el amanecer".
Otro aspecto que De Caro rescata de entre sus recuerdos, es la existencia de alternadoras. "Cómo olvidarlas —se emocionó, cerrando los ojos—; mire, se venían de a dos, como amigas y muy bien vestidas, y uno no las distinguía de cualquier dama de la sociedad. Con sombreros y todo, sólo los habitués sabíamos quiénes eran. Y eran fenómenas para hacer gastar guita a la gente.
Y eso que la copa costaba tres mangos, y con ese dinero uno podía desayunar, almorzar, merendar, cenar, comprar el diario, puchos y todavía le quedaban unos centavos para dar propinas. Pero uno no se fijaba en eso. Recuerdo una vez, que estábamos en barra junto a Francisco Lomuto, allá por el 41 más o menos. Tocaba D'Arienzo y en nuestra mesa estaban Discépolo y Razzano. Entonces entraron dos hermosas coperas, muy a la moda, y Pancho Lomuto se embaló y las invitó a la mesa. Se ensartó. Discepolín, que se las conocía todas, meta hacer señas a Pancho, pero éste estaba tan metejoneado que no veía nada. Bueno, el chiste le salió como quinientos pesos. Nunca dejamos de cargarlo por ese asunto"
Entre los asistentes a aquellas jornadas —no faltaban, según De Caro, las rivalidades entre los hinchas de Troilo y los de Di Sarli— se contaban personajes de todos los ambientes: "Iris Marga, Mercedes Simone, Homero Manzi, Tita Merello, José María Contursi, La Negra Bozán, qué sé yo, todos. Pero no sé, pareciera que la vida lo fue terminando al Marabú. Yo estuve por última vez en 1950 y ya se comentaba que la cosa estaba fea. Después supe que el cabaret tuvo una agonia triste, por asuntos impositivos, decían. Pero yo ya no quería mirar lo que pasaba. Me entristecía mucho, tanto como ahora me alegra este reencuentro. Es una lástima que yo no pueda ir, ¿no le parece?".
Gabriel Coca
Oscar Giardinelli (Revista Siete días ilustrados- Máginas ruinas. 29 de agosto de 1975)










