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viernes, 24 de septiembre de 2021

A José González Castillo

Papá entre nosotros

   Nuestra infancia, pobre, se nutrió con el panorama de una vía de tren, que se alejaba debajo de nuestra casa, allá en Pasaje Viale. Era una casa quinta, para nuestros ojos maravillados de chiquillos, donde una higuera, una parra y una fuente ponían una sensación de floresta umbría. Acaso, no fuera más que un pequeño jardincito, que a través del lente mágico de nuestra pequeñez y nuestra ilusión, cobrara toda la magnífica profundidad de un bosque inexplorado.

      Una puertita de madera, creo que pintada de verde, daba al paisaje, que –en su corta dimensión-estaba atalayado por un alambre tejido que nos defendía de aquel precipicio, por donde corría la máquina infernal que “echaba humo”. Con Hugo y Gema salíamos por las mañanas, bien tempranito, a asomarnos al paisaje melancólico del tren que llega, pasa y se va. Y esa sensación extraña, mezcla de tristeza y de misterio, creo que nos quedó para toda nuestra vida.

      La primera sensación que me llega al recuerdo, acerca de papá, era la de un gigante todopoderoso, valiente e invencible. para mi celebración niña, todo el trabajo suyo era "pelear". Papá salía de casa temprano a luchar, a combatir con los demás hombres y noche tras noche, volvía victorioso. Y se me figuraba que lo miraría con admiración y temor. Con un temor misterioso y divino. Se me ocurría que era rubio. Recuerdo sus bigotes poblados y su cabellera rizada que se peinaba para atrás, mucho antes de que su cabeza se fuera despoblando y envejeciendo.

                                  


   Papá era cariñoso con sus hijos. Cuando estaba en casa, y eso fue durante toda nuestra niñez, nos llevaba junto a él, noche tras noche, y nos narraba cuentos que urdía en él, llenándonos los ojos de montañas mágicas y ríos de oro, de enanos vagabundos y de gigantes despiadados, que tenían la virtud de hacernos vivir en un mundo delicioso, de maravilla.

   Nos acostábamos soñando con sus historias y nos levantábamos con el ardiente deseo de seguir oyéndolo. Todas las mañanas corríamos los tres a su cama, y allí acurrucados entre mamá y él, aprendíamos sin querer, cual era la medida de la ternura del hogar, de estar todos, en un solo nudo...Después...un viaje imprevisto. Un coche, en una noche de lluvia. Maletas que se hacen apresuradamente, un tren que nos lleva. Campos y montañas. Un país nuevo.

   Valparaíso nos tendió su mano amiga y nos llenó el espíritu de cerros coloridos y alegres. Vivíamos en la calle Cumming 209, y tendríamos 5,4 y 3 años, respectivamente. Los tres hermanos. Sobre nuestras cabezas estaba el cementerio, y allá, en la punta del cerro, entre sarcófagos y cruces, jugábamos a las ánimas, con una despreocupación digna de héroes. Las tumbas derruidas (acababa de ocurrir un gran terremoto), los cadáveres a medio enterrar, todas las funerarias propias del lugar, para nosotros eran cosa de risa. Un motivo de juego. Un pretexto para hacer travesuras.

   Papá llegó con nosotros a Chile, sin medios de vida y con la responsabilidad de tener que darnos de comer. ¿Pero qué no podía hacer él...? ¿Acaso no fue siempre nuestro héroe invencible? Y a la semana ya estaba ubicado. Era corredor de vinos en una casa comercial, y, claro está, antes que el “pan”, tuvimos el rico “vino” chileno, a nuestro alcance. Después fundó una revista que se llamaba “Bric-a-Brac”. Era nuestro único tesoro, y nuestro mayor galardón, aquella colección de números encuadernados, que representaban toda una evolución de su vida, en un país extraño. 

   Llegar sin un cobre, y al poco tiempo ser dueño de una publicación, era obra de un espíritu como el de él, de esos que no se dejan avasallar por los contratiempos, y capaces de abrirse camino en cualquier parte. Como tuvo necesidad de aprender inglés, ya que trabajaba en una casa londinense, comenzó a tomar lecciones con un profesor negro, grandote, que venía todas las noches, y a quién rodeábamos y mirábamos con asombro. Era el primer negro que veíamos en nuestra vida. 

   Aprendió a hablarlo discretamente, en tres meses. Nuestra casita, era un rancho de madera, con un vestibulito lleno de cuadros, que daba a la calle y que llamaba la atención de los caminantes. La gente se detenía con curiosidad, a pispear nuestro humilde pero alegre alojamiento. Estuvimos tres años en Valparaíso. Acaso los más felices de toda nuestra vida.

   Nos quedó para siempre la ilusión y el color de sus cerros, con sus casitas de madera pintadas y el eterno verde de su vegetación. Un día, debimos volver a la Argentina. Los recuerdos se diluyen. Y ya estamos instalados en la calle San Juan y Quintino Bocayuva, en una casa de departamentos, frente a una feria franca. Es allí donde nos nace la sensación de la importancia de papá. Es allí, donde nos enteramos que trabajaba para el teatro y que lograba éxitos en una profesión que nos resultaba la más extraña del mundo.

   Cuando estrenaba, nos levantábamos temprano, y corríamos a su cama, preguntándole muy interesados: "¿Papá...tuviste exito anoche...?"  Decíamos exito, sin acento, así, como palabra grave. Y él, sonriendo, nos repetía de igual modo. "¡Sí! Tuve un gran exito". Cuando murió mamá, la compañera de todas las horas, del infortunio, de la pobreza y de la prosperidad, la madre de sus hijos, en una palabra, se tornó triste y quedó ensombrecido.

                             


   La calle Boedo, para la que guardaba el cariño y la tolerancia de un padre para con su vástago pequeño, fue el refugio espiritual de sus últimos años. "¡Hay que ayudar al barrio...!"-decía. Y deambulando por sus veredas, perdido entre la gente obrera, acariciaba a los traviesos chiquillos que lo saludaban al paso. No había bodegón que no conociera, ni café, en cuyas mesas no se hubiera sentado alguna vez. 

   Fue un gran amigo de los humildes, a quienes trataba de igual a igual, y su mayor satisfacción era estrechar la callosa mano de un artesano, a quien sentaba a su lado, y hacía partícipe de sus ideales y confidente de sus problemas sociales o filosóficos. Y así, encerrado en un mundo proletario, entre su casa y la “Peña Pacha Camas”, le llegó ese estado de serenidad que la vida otorga, ante la vecina presencia de la muerte.

   Y fue una mañana, tomando mate en la casa que había construido a fuerza de sacrificios y esperanzas. En la vieja casa de la calle Boedo, campo de nuestras travesuras infantiles. Allí mismo, donde aprendimos a valorarlo, con las distintas mentalidades del niño, del joven y del adulto, por las cuales atravesamos a su lado y frente a su ejemplo.

   Su muerte produjo en nuestros espíritus la sensación de la catástrofe. De aquello terrible y devastador, que no por humano y por lógico, deja de ser una especie de caos que ciega y desconcierta. Sin embargo, a través de los años, papá continúa estando con nosotros, porque la seguridad de su presencia en el más allá, se manifiesta en esa corriente inexpresable que nos ata a su recuerdo, a su espíritu, a su yo... 

   Desde aquí, desde este montón de cosas abigarradas y estériles que forman la vida de los hombres, te saludamos, amigo nuestro, hasta el encuentro en la región donde no existe ni la distancia, ni el tiempo, ni las ingratitudes de todo lo que llega, pasa y se va.

                                                                                                                     Cátulo Castillo

(Publicado en Breogán , revista  del Centro Gallego de Buenos Aires, Año XL. nº 332. Avellaneda. Enero de 1944) 

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