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martes, 30 de octubre de 2018

BIEN MILONGA

     ¡Mirá, Juancito!, que termine esta locura.
     Dale orden a los fueyes de largar
     con machaza variación de rompe y raja
     del tango de la orquesta, desde el final...
     ¡Mirá Juancito!, Qué semblantes, que alegría,
     con que ardor van taconeando tu compás,
     hoy ha vuelta a ser el tango como antes
     arde la pista...¡Esto es bailar!

                Avlis (Erasmo Silva Cabrera)


En el Mes Aniversario, BIEN MILONGA culmina esta noche de Martes, sus festejos por el 5º cumpleaños, en la Casa de Aragón-Madrid, a toda orquesta, con los amigos milongueros de siempre, los registros discográficos de aquella década maravillosa del tango, y sus orquestas inolvidables e invencibles.


Y la ocasión la pintan calva -como dijo el filósofo que se había quedado pelado- para dar una vuelta por otras milongas de este planeta, donde el tango ha sentado sus reales y en qué forma...

Y para eso me piro a Montreal, la zona francófona de Canadá, y así poder ver en acción, en el Teatro Paradoxe, de dicha ciudad, a Los Totis, Christian Márquez y Virginia Gómez, que se largan al ruedo con el tango Te aconsejo que me olvides, por la Orquesta de Aníbal Troilo, cantando Fiorentino. 



Sigo viaje a todo trapo, porque ahora, en el hermoso Teatro Ferstel de Viena-Austria-- están animando el cotorro Sebastián Arce y Mariana Montes, esa pareja que tantos aplausos arranca. En este caso lo logran bailando el valsecito Ilusión azul, por la orquesta de Alfredo De Angelis con Carlos Dante.

                                        

Y cierro el tour milonguero en el Festival de Lisboa, capital portuguesa, con la yunta Sebastián Achával-Roxana Suárez, otros que siguen luciendo lindo. En este caso, al son de la milonga Después de quererla tanto, que interpreta la orquesta de Francisco Canaro con Ernesto Famá.

                                        
Y nosotros, después de quererlos tanto, nos luciremos esta noche en Bien Milonga. ¿A que sí, colibrí?                                                        

lunes, 29 de octubre de 2018

Caminito amigo...

Había sido un desvío ferroviario. Desemboca en la esquina de las calles Magallanes y la antigua Del Crucero. hoy llamada   del Valle Iberlucea. Un buen día se me ocurrió convertir ese potrero en una calle alegre. Logré que fueran pintadas con colores todas las casas de material y de madera y cinc que lindaban por sus fondos con ese estrecho caminito, sitio en el que se inspiró Filiberto para componer su afortunado "Caminito", que precisamente, saliendo de la Vuelta de Rocha, ha dado triunfalmente la vuelta al mundo.

Y el viejo potrero fue una alegre y hermosa calle, con el nombre de la hermoisa canción y en ella se instaló un verdadero Museo de Arte, en el que se pueden admirar las obras de afamados arrtistas, donadas por sus autores generosamente. El color de la Boca tiene un motivo y un sentido. Las casas de madera y cinc necesitaban ser pimntadas con frecuencia. Sus antiguos ocupantes, la mayoría de ellos marineros y la demás gente que vivía en la Ribera, utilizaban los restos de pintura que les quedaba después de pintar barcos -a veces pequeñas porciones de pintura en pasta- y las utilizaban en un mismo frente, tratando de disimular con adornos el empleo de diferentes colores.

                             

De ese modo, la pared podía ser verde, las puertas amarillas y las persianas rojas. Razones respetables originaron ese color tradicional de las casas de la Boca; ellas son la modestia de recursos de sus ocupantes y su deseo de conservar y mejorar sus viviendas con la renovada pintura. Ese color habla a la emoción de quienes aman a su viejo barrio tan característico y distinto de los demás barrios porteños, convertido por eso en atracción de los turistas. Creo que podemos decir con optimismo que en La Boca hemos ganado la batalla del color.

Un encuentro histórico

Como todo vecino de La Boca tenía por fuerza que pertenecer a alguna agrupación: yo me inscribí en la Sociedad Unión de La Boca, dentro de la cual funcionaba el Conservatorio Pezzini-Sttiatessi. El salón Unión, como todos le decíamos en La Boca, era una especie de academia universal donde se enseñaba música, canto, dibujo, pintura, yeso, corte y confección y no sé cuántas cosas más.

                         
Dos grandes de la música y la pintura: Juan de Dios Filiberto y Quinquela Martín

Entre los conocimientos que adquirí en el salón Unión, está también un amigo que habría de durarme toda la vida. Asistía a tomar lecciones de violín en el Conservatorio. Era guitarrero y quería ser músico, pero apenas terminaba su lección de violín, se llegaba hasta la clase de pintura de Lazzari porque prefería la amistad de los pintores a la de los músicos.

Allí nos encontramos y allí nos presentamos uno a otro, tuteándonos desde el primer momento:
-Vos, ¿cómo te llamás?
-Yo me llamo Benito. ¿Y vos?
-Yo me llamo Juan de Dios.
Era Juan de Dios Filiberto. Pero como ese nombre completo resultaba entonces demasiado largo, todos le llamábamos Juancito, aunque él prefería que le llamásemos Filiberto.

El arte colorido de La Boca pintado por Benito Quinquela Martín

Las serenatas

Fue en un conventillo de Olavarría y Hernadarias. Allí acudimos todos, con Filiberto a la cabeza. Se trataba de dar una serenata en la calle, pero nos invitaron a pasar al patio. En lo mejor de la fiesta, alguien trajo la noticia de que en una de las piezas había una enferma grave. Filiberto dio entonces orden de suspender la música y emprender la retirada. Pero cuando nos disponíamos a marcharnos, la propia enferma nos hizo llegar su deseo de que quería oír un tango.

Las guitarras y los cantores atacaron con la melodía pedida y cuando terminó el canto, la enferma había muerto. Alguno de los presentes le echó la culpa al tango. Pero Filiberto lo atajó y se mandó una de sus frases:
-Si la enferma se tenía que morir, mejor que se haya muerto con una serenata. ¡Debe ser lindo morirse al compás de un tango!

Benito Quinquela Martín (Del libro "Vida de Quinquela Martín", de Andrés Muñoz)

viernes, 26 de octubre de 2018

Francisco Pracánico

Cuántas veces oimos nombrar a los autores de algunas páginas popular del nomenclátor tanguero, y nos suenan mucho, pero lo vamos dejando escurrir de la memoria sin prestarles la atención debida. Sobre todo a algunos de estos próceres que se labraron a pulso una nombradía y respeto debidos. ya que su obra sigue mostrando que no fue cosa de una efímera moda, como tantas en la música, sino que siguen sonando sus creaciones y despertando justa admiración.

Francisco Nicolás Pracánico, nacido en el pueblo de San Fernando (limita con Tigre y San Isidro) en 1898, en el seno de una humilde familia, tuvo que dejar los estudios para salir a lustrar zapatos con su cajoncito de madera, con el fin de ayudar a los padres, ganándose algún dinerito. Sus inicios musicales lo pintan mientras aguardaba a los clientes y como si se tratase de un llamador, dándole cuerda a la armónica que llevaba en el bolsillo y que era un regalo familiar.

Francisco Pracánico en 1935

Se le daba muy bien, sin saber música, y le fueron regalando una flauta, luego una guitarra y hasta un desvencijado piano que se encargó personalmente, dedicándole horas, a repararlo como buenamente podía, con elásticos de aquellos que llevaban las cajas de fósforos, ajustándoles las clavijas y las desvencijadas teclas. Sólo, sin maestros le fue arrancando los sonidos al piano  que encarnaba su futuro. Y como lo recordaba con Héctor Bates, estaba de lavacopas en un café que había en el cine del pueblo.

Un día en que el pianista faltó y el cine estaba a tope de gente, el público empezó a dar muestras de impaciencia; comenzaron "pateando" el piso y llegaban a amenazar con  una batahola de proporciones.
Alarmado, el chico le dice al dueño, apellidado Lamberti.
-Si usted me deja yo voy a tocar el piano...
-¡Qué vas a tocar vos! -respondió cabreado el aludido- Andá a lavar las copas que ni para éso servís...

Insistió Francisco, el público seguía exasperado. Al final llegó el permiso, con muchas dudas.
Muy decidido, Francisco se sentó al piano y tocó El caburé. Se llevó una formidable ovación al terminar de tocar el tango de Arturo De Bassi. Fue el paso adelante que daba inicio a su carrera de músico. Fue contratado para tocar todos los días, le doblaron el sueldo y enseguida se lo triplicaron. Al poco tiempo lo contrataron en el cine Teatro Variedades y allí forma su primera orquesta, con dos hermanos suyos y un violoncellista.

La orquesta de Pracánico en la película Monte criollo. Abajo están Magaldi y Noda

Aparte comenzó a estudiar piano en el  Conservatorio de Adolfo Carabelli que estaba en su misma localidad. En ese tiempo compone su luego famoso tango Pampa, y sus mentas llegan a la capital. Con otro amigo y poeta de San Fernando, Herminio Servetto, lograrán dos éxitos: Madre, en 1921 y Sombras, en 1922. En 1919 se instalará en la capital, como pianista del quinteto de Augusto Berto, en el Bar Domínguez. Razzano lo escucha tocando su tango Madre y lo invita a visitar a Gardel para pasárselo.

Carlos Gardel, que lo llamaba Praca,  le había grabado en ese año 1923, la zamba (letra y música de Pracánico)  El corazón me robaste, a la que seguirían Enfundá la mandolina,  Madre y diez obras más del pianista de San Fernando: Mentira, Perdóname señor,  Pobres flores, Si se salva el pibe, Sombras,  Tango porteño, Te odio, las zambas: Aunque me cueste la vida y Machaza mi suerte;  y la ranchera: Hasta que ardan los candiles. Ignacio Corsini grabó 10 temas de Pracánico.




















 Decide dar un paso al frente y formar orquesta propia   La integran, Pracánico al piano y dirección, Ángel Moncagatti en contrabajo y Eduardo Scagliotti en violonchelo, Gabriel Chula Clausi y Domingo Scarpino en bandoneón, y nada menos que Manlio Francia y Elvino Vardaro en los violines. Con esta típica actuó en el Jockey Club, el Tigre Hotel, el “Hotel Conte” de Mar del Plata y en el famoso “Chantecler” porteño. Acompañó a Azucena Maizani en la inauguración del teatro “Astral” y allí, con él, debutó Carlos Dante. También acompañaría con su conjunto a  Mercedes Carné, Dorita Davis, Ada Falcón y Carmen Duval.

Los discos que grabara econ su orquesta en el sello Electra están prácticamente desaparecidos, pero su nombre se vincula a numerosos temas que fuera labrando a lo largo de su vida, ya fuera en el rubro tango, como en folklore, que también se le daba muy bien. Como compositor demostró sobradamente su capacidad creadora y además supo aunar su talento al de poetas que urdieron junto a él, páginas que orlan el género popular.

Francisco Pracánico y Carmen Duval

Con Celedonio Flores compusieron: Mentira, Quién hizo el tango, Si se salva el pibe, Te odio, Bruja y Corrientes y Esmeralda. Con Discépolo: Condena. Homero Manzi escribió los versos de Monte criollo, Muchacho del cafetín, Vivir vivir, Burla, Creo, Cuchi Corral, y El vals de los recuerdos. Con Luis Rubistein compuso: Mirame a mí, No volverás a tu barrio, Si tu quisieras, Virgen de Guadalupe, Camino de Buenos Aires. Con Oscar Rubens: Los muñequitos. Con Manuel Romero: Tango porteño. Con Héctor Marcó: Sueño de mis sueños. Con Horacio Sanguinetti: Alhucema. Con Roberto Chanel y Claudio Frollo: Escúchame Manón.  Y la lista es muy larga..

Sin duda alguna, Francisco Pracánico merece un sitial de honor entre los compositores de tango porque su obra así lo demuestra. Además ha sido un músico cabal querido y admirado por sus pares. Afortunadamente, aquel chiquillo que lustraba zapatos en las polvorientas calles de su pueblo, supo llegar muy lejos con la música que tanto le atraía y que incluso despuntó en algunas películas.


martes, 23 de octubre de 2018

BIEN MILONGA







    El tango es el tango...no hay vuelta que darle
    con cuello o pañuelo, lo mismo es gotán,
    que el traje no dice la estirpre del rango
    ni el gesto guarango pinta el arrabal.
    El tango es el tango por más que le pongan
    ribetes compadres o cintas de amor,
    el tango es el tango si tiene milonga
    no importa que sea de ayer o de hoy.

                  Juan B.A. Gatti



Y nosotros seguimos de fiesta en el Mes aniversario de BIEN MILONGA, el quinto año consecutivo en la Casa de Aragón (Pza. República Argentina nº 6-Madrid). Esta noche de Martes 23 de septiembre, desde las 21 a las 0 horas, gastamos suela, le damos gusto al cuerpo al compás de esta música inigualable y brindamos con los amigos que nos acompañan siempre.

                                       
Para no perder la costumbre arranco con la passeggiata por esas pistas de questo mondo milonguero, y vemos cómo le dan a las tabas algunas parejas de esas que lucen garbo y postureo.

La primera parada es en la milonga Si al Mikasa, de Bologna. Donde Pablo Inza y Sofía Saborido, bailan al compás de la orquesta de Ángel D'Agostino, con el tango No vendrá, que canta Angelito Vargas.


 Salto a un encuentro en Reading, Inglaterra. Porque hasta allí fueron Nick Jones y Diana Cruz, la conocida pareja norteamericana (Él además es bandoneonista).  Y se mandan con este valsecito: Para tí madre, por la orquesta de Alfredo de Angelis, cantando Carlos Dante


 Ahora me planto en Bruselas, en el festival de dicha ciudad. Porque están Los Totis, Christian Márquez y Juana Sepúlveda haciéndole  honor al nombre de esta milonga: Sacachispas, por Julio De Caro, su orquesta y el cantor Luis Díaz.

                                         

Si no te agarraron las ganas de saltar a la pista, estarás con una palmera bárbara, ¿no?
                                                                                                     

domingo, 21 de octubre de 2018

Manzi eterno

"Estoy lleno de voces y de colores / que juraron acompañarme hasta la muerte / como amantes resignadas / al breve paso de mi eternidad".

Un 3 de mayo, -hace 67 años- Homero transformó sus pasos en una huella imborrable. En aquella despedida, su amigo de siempre, Cátulo Castillo, vertía su congoja en el sentido mensaje final.


-Ya lo sabíamos todos. Este instante en que había que entregarte el adiós desde un entarimado. Mucha gente. Y una noche muy larga de angustiosos saludos y de lágrimas, y el apretón de manos y el abrazo.
Y tu madre, deambulando entre flores, como un viejo quebracho, con la mirada firme –hora tras hora- hasta el momento mismo en que podríamos recogerla en los brazos, desplomada.
Ya sé que lo sabíamos, pero también lo ignorábamos todo, y a fuerza de ignorarlo lo sabíamos, y esta esperanza nuestra de que no fuera así lo decretado. Y también tus engaños, cuando te sonreías con esa misma cara que miramos durmiendo, afilada y cerúlea, con tu barbita negra que tenía hilachas blancas y el cuerpo lastimado en todas partes.
Ya sé que lo sabíamos, Homero, pero menos que tú, que lo sabías mejor, como supiste todas las cosas que no se aprenden nunca y que se saben.
Porque también sabemos que la muerte no es nada y no tiene misterio.
Misterio tiene un verso, una sonrisa.
Pero tú estás durmiendo, y entonces hay que evitar la muerte de un recuerdo, y escribirte estas cosas que nos hizo más honda la vigilia y el regresar atrás, rumbo al principio, para verte mejor, sin el cansancio oscuro del café, del alcohol, de muchas muertes, como la tuya ayer, la más sentida.
Para hacerte una historia, hermano mío, comenzaría así:
Se acercó con sus cosas que tenían la simpleza genial del propio pueblo. Un trasunto de calles orilleras, arboladas y viejas como el duende que transitó sus tangos, y que vivió en sus ojos que eran negros y tristes y profundos. Tal vez, toda la infancia que alborotó las tardes de extramuros, y el poema del hermano mayor que él admiraba.
Una fuerza indomable le llegaba de lejos; no sé si de Añatuya, su pueblito purinke con Imasti el capataz indígena o su hermano Román que amansaba el rosillo en la heredad paterna.
Acaso el algarrobo triste o el chañar que tiraba las sombras en la tierra reseca, o la lejana cruz de calicanto con que cantó algún día en los años el poema de María Chacarera.
                                         
                      
Pero era –de todos modos- ese misterio eterno que lastima el insomnio de los hombres que piensan y que sufren y crean, cuando vuela la idea, y el cerebro adquiere dimensiones de cosmos, sin medida posible.
No sé si fue Carriego –allá, hace mucho- quien lo inició en la hermética religión de los versos desvestidos de retórica inútil y falso preciosismo versallesco. Pero un día encontró que era posible decir lo que sentía sobre un metro de tango –el más humilde- y entregarle a su barrio, a su ciudad, al pueblo, el vigor de un mensaje que tenía olor a calle, y a viento, y a boliche.
El recibió el impacto de un barrio suburbano, sureño y empinado sobre las piedras hoscas que recorrió la chata de Damián, el carrero.
El recibió los suspiros más dulces de la chiquilla humilde que vivía en la casa de enfrente, entre las verjas donde había campanillas y un cedrón y una planta de malva. Llegaban desde lejos, musicales y hondos, los golpes del herrero y había silbatina de muchachones simples que se acostaban tarde, contemplando a la luna o al vigilante gaucho desde aquella vidriera.
Decorado sutil para sus ojos buenos. Barrio inefable y puro para su corazón y su tristeza.
Envolviera esas cosas pequeñas y hondas en esa cosa absurda que es un verso y así encontró su clima y se lanzó a la vida desde unos pantalones cortos y una cara rechoncha, y una ruta que subía calle arriba hasta San Juan y Loria.
Después hubo un colegio que se llamaba Luppi. Y amigos diferentes, y todo Puente Alsina, con sus alcantarillas y sus luces perdidas en la noche.

                                 

 
“San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación”. Los años se asomaron al bozo y fue un hombre que de pronto buscaba a la vida, caminando hacia el norte, sobre antiguos tranvías rechinantes y torpes.
Tal vez la facultad fuera una excusa para hurgar una ciencia que no necesitaba. Las leyes eran cosas sin aristas, ni color, ni misterio; que misterio era el suyo, el que traía encerrado en cien gestos para copar la vida y ganar la postura a salto y carta.
La ciudad ya era fácil porque estaba más cerca y titilaba en miles de letreros luminosos.
Así creció de pronto, como acortó su nombre: Homero Manzi.
¿Quién era Homero Manzi...?
Era una cosa nuestra, nada más. Unos ojos muy grandes que miraban las noches con ternura de niño, reflejando el paisaje que llegaba de adentro: el de su calle.
Su calle y sus recuerdos.
Tremolante y terrible, el vértice esperaba para iniciar la lucha. Y Homero, Homero Manzi, se armó de la palabra y de la idea.
Lo encuentro en las esquinas, orador de contiendas quijotescas, templando sus veinte años y enarbolando sueños de muchacho, y fustigando el alma en una búsqueda de sensaciones nuevas pero intuidas quién sabe desde cuándo.
Y tal vez ese fárrago de cosas que se esconden en las ramas más altas de las horas. Un borbotón de alcohol y trasnochada, el amigo encontrado sobre el filo del alba en una esquina.
 “Bandoneón. Hoy es noche de fandango y quiero confesarte la verdad. Pena a pena, copa a copa, tango a tango, embalado en la locura del alcohol y la amargura...”.
Así plasmó sus versos, en ese estrujamiento del espíritu que busca la expresión para decirla y a veces no la encuentra...
Pero también la lucha le señalaba un puerto: los autores de versos y los músicos que eran como él producto de las calles, y que hablaban en su mismo lenguaje musical y encendido.
Así llegó hasta ellos, a nosotros, para formar el nudo y para atarlo con la fuerza feliz de su palabra. SADAIC era un símbolo que apretaba en la sigla cien caminos de conquistas

gremiales que estaban ya a un paso, nada más, de la esperanza.


                                
Cátulo, Homero Manzi, Sebastián Piana y Pedro Maffia con sus sueños jóvenes

                                    
Homero ya era un hombre.
Y su barba crecida, casi excéntrica, le dio fisonomía de patriarca. Un patriarca muchacho que recordaba cerca de sus ojos, que a veces le brillaban como lágrimas...
Y en alud formidable, su pujanza: el cine, el teatro, el periodismo, todo. Fue una múltiple sed por la conquista que nunca le fue esquiva. Tal vez porque sabía que estaba la muerte agazapada, que nada es perfecto, que el hombre tiene el sino marcado de antemano.
Un día, cualquier día, lo encontramos herido. Empezaba el regreso hacia la tierra, al barrio, a los recuerdos...
Nos engañaba a todos, sin engañarse él mismo, que presintió el final con esa misma angustia con que se presienten los versos que a veces no se escriben. Y su verso final es todo esto que sin estar, está. Que lo recuerda, que lo lleva y lo trae, que lo exalta, que lo agranda y lo borra y lo redime, angustiando esta sorda impotencia de persistir llorando su temprana partida.
Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros.
Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno.
Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche –en el pescante- contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra.
Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi- y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño.
 

Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro.

viernes, 19 de octubre de 2018

De las manos como patios

Kilómetro y medio separa al Italiano del Hospital de Niños, donde sesenta años antes, siguiendo a sus hermanos Marcos y a la Chochita muerta de brazos, hijo de Aníbal Carmelo Troilo y de Felisa Bagnolo, nace Aníbal Troilo, llamado Pichuco.
   -Está bien -me decía-, nací en el Hospital de Niños. Pero también llegué al mundo y a Buenos Aires como yo me lo imagino: Cabrera 2937, entre Anchorena y Laprida.

   -La casa es pobretona. en una pieza mi madre en espera de mí. en la otra mi viejo, que es carnicero y que tiene amigos chorros: el tinto al centro, los gomías alrededor. Alta noche. De repente, se parte en silencio en dos: "¡Varón!" dice la partera. Y el viejo manda un puñetazo sobre la mesa de pino. La botella se desploma, y el vino es quien me bautiza. Nunca se olvide, Horacito, que nací así como yo lo digo. Y tampoco se me olvide que cuando muera, por único cortejo quiero a Gardel cantando un tango.

                                   
Enarcando las cejas para que la tarde entera le pase por los ojos, restregando una mano en la otra  para conjurar al amarguito con una pizca de café en ese hueco brujo de sus manos como patios, aflauta la garganta y manda el alegre:

   -Y ahora, ¿qué le parecer si nos tomamos unos matecitos? ¡Pocholita! ¡Vicky...! Como le venía contando: cuando me largo con el bandoneón, Pedro Maffia es toda mi locura. Con el fueye ¡antes de Maffia, nadie! Pero cuando Salas, el dueño de Marabú me sugiere la formación de mi orquesta, sólo pienso en Gardel. Porque no era que Gardel cantara con ritmo y con lógica: él era el ritmo y él era la lógica, ¿capta? Entonces yo estoy dispuesto a que mi orquesta cante y pronuncie el tango a  lo Gardel.

   Mientras sorbe el mate perita, flota otra definición, muy suya, impresa en el primer reportaje grande que le hace la revista Sintonía, el 19 de octubre de 1938:
   -El tango -dice ahí Pichuco- debe ser rítmico, pero por encima de todo, musical. Rico en sonoridad y en matices, expresivo, sincero. Un poco triste, y a veces con un dejo de arrabal.

                             
    -Sigo sintiendo ahora igual que en aquel principio. Además, fíjese en las tonalidades naturales del bandoneón y compárelas con las del instrumento en mis primeros discos: ¡pero si nunca  toqué ni quise tocar así de rápido! Mis grabaciones de la época de Goñi está reproducidas medio tono más arriba, porque en la Victor, al matrizar, digo yo, me las apuraban: el tango rápido era lo que se vendía. Animado y con dinámica sí; apurado ¡jamás! Ah, y el matiz...

  - Mire: todo hay que concebirlo en picos. Si compongo un tango con una primera parte contenida, confidencial, la segunda la hago encrespada y cabrera. Lo mismo el repertorio: a una milonga vivaz puede seguir un tango canción y después un orquestal bien fuerte, ¿no?  Siempre, siempre, el matiz. Desde hace algunos años quieren correrme con los ponchazos de esos racimos de notas, y yo... ¡los mato a silencios!

Así comparece en su alma la suma fórmula que acopla lo niño del hombre, dándole esas clarividencias con las que él alumbra y aumenta con señorío de clásico el idioma de Buenos Aires: ¡qué músico!
   -Fuera del tango, Pichuco, que le gusta?
   -¿A mí? -me habla como si momentáneamente se hubiera borrado del planeta, y de la galaxia, en una de esas ausencias suyas a bordo del mate y camino de quién sabe dónde:
   -Cuando adolescente me agradaban algunas cosas del jazz melódico. Pero lo que siempre, siempre, me apasionó es el flamenco. La Niña de los Peines ¡una barbaridad!: ahí tengo, todavía, todos sus discos. También me gustan los músicos clásicos, pero he sido y soy, por sobre todo, hombre de tango.

Horacio Ferrer y Aníbal Troilo con Doña Felisa, madre de Pichuco
 
   -¿Qué orquestas?
   -Di Sarli a muerte: por la clase zapadora y el olorcito a querosén. Gobbi, con una pomada milonguera y que es de mi mismo palo en la sensibilidad, como Pugliese. Y Salgán, que es el mejor "bandoneonista" de la Argentina, ¿me entiende, sí?
-Que toca el piano con fraseos de fueyero...
   -Tal cual. ¿Quiénes más? Piazzolla, que toca el bandoneón extraordinariamente bien y es un musicazo, Vardaro, Grela, Goñi, Laurenz, los dos Díaz -Kicho y David-, qué sé yo... Y en mis tiempos fui mucho, mucho al teatro. Vaccarezza me encantaba. También fui a verlo a Pirandello cuando Arata le hizo El gorro de cascabeles. He visto Shakespeare, cómo no. El teatro ha sido uno de los delirios de mi vida. ¿sabe una cosa?
   -Diga
   -Quisiera morirme arriba de un escenario.

   (Extracto de una nota que escribiera Horacio Ferrer en la que habla de Troilo e incluye este reportaje)

martes, 16 de octubre de 2018

BIEN MILONGA

   Bailar un tango con vos, firuleteado
   quebrar el aire, correr siempre abrazados,             
   doblar un ocho, al final de una mirada,
   hacerle pierna al amor, de una sentada.

   Bailar un tango con vos es embalarse, 
   poner el alma en los pies y zigzagueando,
   hacerle un "corte" al dolor de cada día
   y abrirle el pecho al amor, loquita mía.
                                        Martina Iñíguez


BIEN MILONGA festeja esta noche de Martes 16 de Octubre, su quinto cumpleaños, en la Casa de Aragón-Madrid (Pza. República Argentina nº 6). Y lo hacemos con la fiesta milonguera que merecen nuestros amigos asistentes. Bailando una selección estupenda y celebrándolo con la debida tarta, vinos, cavas, y vituallas varias. Como debe ser. Desde las 21 a las 0 horas, dándole piedra libre a los remos y a los gargueros...

                               
Para ir calentando motores, nada mejor que darnos el consabido viaje pre milonga, por distintos  lugares donde el tango se ha hecho fuerte y con vistas a una lunga permanencia en las pistas y carteleras del ancho mundo. Como si fuera un tsunami musical bailable.

Comienzo mi periplo de los martes por Moscú, la capital rusa, donde la pareja que integran Iván Naboking y Anastazia Izvekova, arrancan bailando el tango Poema, interpretado por la orquesta rusa Solo Tango.

                        
Continúo por el Festival de Tango Emotion. Están acá Sebastián Arce y Mariana Montes, la gran pareja de moda en los últimos años, que se mueven a los compases de la milonga Reliquias porteñas. La toca la orquesta de Francisco Canaro.


                                       
Y cierro la tournée milonguera en San Petersburgo-Rusia. En este caso son Los Totis, Christian Márquez y Virginia Gómez quienes bailan el valsecito: Inolvidable, por la orquesta de Juan D'Arienzo.

                                          

Ya estamos con el motor fuera borda, esperando que lleguen las 9 de la noche... ¡Qué fiestuque nos vamos a dar!