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viernes, 8 de enero de 2016

El bulín de la calle Ayacucho

He comentado algunas veces la barbaridad perpetrada por el gobierno militar de Pedro J. Ramírez, en 1943, cuando implantó la persecución radiofónica del lunfardo, dejando fuera de las audiencias, toda expresión de tango, milonga o vals, que tuviera una sola palabra del lenguaje de la calle. El 14 de octubre de 1943 se perpetró esa canallada mediante la resolución dictatorial nº 06869.

El poeta popular más perjudicado fue a todas luces Celedonio Esteban Flores, verdadero cultor y maestro de esa jerga, formada por palabras de los inmigrantes, expresiones de los habitantes del campo y también formentada por la ocurrencia de los porteños que, constantemente han incorporado vocablos y manifestaciones nuevas que siguen enriqueciendo la lengua popular, como ocurre en tantos países del mundo, al margen del vocabulario oficial.

                                             
Celedonio Esteban Flores

Uno de los temas que más sufrió esa veda fue El bulín de la calle Ayacucho, una hermosura de tango que Carlos Gardel grabaría el 17 de diciembre de 1925, acompañado por la guitarra del negro José Ricardo. El bulo era una simple piecita que una barra de guitarristas, cantores y poetas, alquilaba en la calle Ayacucho. Estaba ubicada en un viejo caserón de esa calle Ayacucho 1443 y el edificio era propiedad del editor Julio Korn. Allí se juntaban para tomar mate, guitarrear, canturrear y pasar un rato, incluso algún payador caía por ahí.

La letra del Negro Cele retratando aquel bulín se la llevó a los hermanos José y Luis Servidio, que actuaban en el Café ABC, de Rivera (hoy Córdoba) y Canning (hoy Scalabrini Ortiz). A las  48 horas tenían lista la música y el tango fue estrenado en el Teatro Soleil, por el Dúo Torelli-Mandarino, acompañados en guitarra por Humberto Canataro. La historia de aquella piecita y sus habitantes ocasionales la he relatado en otra página de este blog, pero acá me remito al momento en que apareció aquel decreto fatídico que perjudicó a tantas páginas bellísimas del tango argentino.

                               


Aníbal Troilo con la voz de Fiorentino lo grabaría el 17 de junio de 1941 y llevaría al cénit a este tango que sigue imperando en la milongas del mundo entero, por el ritmo magistral, y la impecable interpretación de Fiore. De allí en más sería grabado por otros conjuntos y cantores, sin alcanzar nunca a esa grabación de Pichuco que le dió el realce justo.

                                               
Celedonio en su época de boxeador amateur


Cuando, en pleno éxito del tango, la Dictadura de turno, sacó a quel decreto fatífico que mutiló la música nacional, dejándola gravemente herida, Celedonio ideó en reemplazo de la original, una letra nueva para el tango, que tituló Mi cuartito, y que semeja una burla a los acomplejados rigoristas de la censura. Incluso no parecen escritas por él. Dice así.

Mi cuartito feliz y coqueto
que en la calle Ayacucho alquilaba,
mi cuartito feliz que albergaba
un romance sincero de amor.
Mi cuartito feliz donde siempre
una mano cordial se tendía
y una linda carita ponía
con bondad su sonrisa mejor...

Cada cosa era un pasaje
que en el cuartito ponía
la bulliciosa alegría
de quien se sabe feliz...
En el amor de sus besos
y en el calor de sus brazos
yo fui dejando a pedazos
lo mejor de mi vivir.

Mi cuartito  coqueto lucía
su moblaje cuidado y sencillo
sin alfombras, sin lujo, sin brillo,
donde días felices pasé.
Al calor del querer de quien era
en su amor terrenal, toda mía,
y una tarde de invierno, muy fría,
en un vuelo hasta el cielo se fue...

 Parece más una tomadura de pelo a los censores, que un intento de cambiar los exitosos versos por estos simplones y cursis, indignos del talento de Cele. El pueblo, al fin, seguiría teniendo y disfrutando aquella versión de Troilo-Fiore, que continúa iluminándonos e inspirándonos en la milonga.

Esta maravilla.

07- El bulín de la calle Ayacucho- Troilo-Fiorentino
                                                 
                                                              




miércoles, 6 de enero de 2016

Fiore

Hay días en que uno está más sensible o presta más sus oídos y el alma a la música, o qué se yo... La cuestión es que anoche, yo iba en el coche rumbeando para la milonga y en el reproductor del auto, sonaba la orquesta de Troilo con Fiore. Un cedé delicioso que me obligó a meter mi cuore en lo que estaba escuchando y terminó por emocionarme todo: La orquesta, Goñi, y la interpretación de Fiorentino. Me tocó a fondo. Lo he escuchado mil, dos mil, chiquicientas veces, pero qué se yo, me tocó...

Debo confesar que en la milonga, cuando llega el turno de Troilo, sólo paso temas de esa primera orquesta porque es recontra milonguera. Le pone un ritmo y una hornalla especial que calienta los remos, el cuore y la pista. De Pichuco no desprecio nada y aprecio todo, pero para milonguear dame esa orquesta con las 71 grabaciones en que intervino el mago del piano: Orlando Goñi.

                                                       
Francisco Fiorentino


¡Qué swing más maravilloso tiene! Ya sé que no es ningún descubrimiento, pero ese piano me lleva en volandas y empuja que da calambre, a la vez que me da alas y me sube la temperatura emocional. No soy el único a quien le pasa éso, pero a mí particularmente me chifla. Y el dedo del destino quiso que en aquella primera orquesta del Gordo se juntasen los tres: el director, el pianista y el cantor.

Qué duende tenía el tango, con el estado del alma de la multitud, en aquella Buenos Baires que señalaba con su dedo mágico a directores y cantores para unirse en grabaciones únicas, milongueras, inolvidables e invencibles: D'Agostino-Vargas, Tanturi-Castillo, Di Sarli-Rufino, Pugliese-Chanel, D'Arienzo-Echagüe, Caló-Berón, Fresedo-Ray, y ésta que me conmovió anoche y siempre, la de Pichuco con Fiore. Cada dupla con su sello propio.

Lo cierto es que Fiorentino y Troilo se conocían de hacía tiempo. El cantor le llevaba nueve años al joven y debutante director cuando éste se puso al frente de su primera orquesta, y en realidad llegó Fiore de rebote al conjunto, porque la idea fija de Pichuco era tener al gallego Rodríguez Lesende, que en ese momento tenía un buen contrato en la boite Lucerna y la radio, y no aceptó el convite. Goñi fue el que más fuerza hizo para llamar a Fiorentino, ante la negativa del elegido  por el Gordo.

                                   
La orquesta de Aníbal Troilo, con Fiore en el Marabú


Alguna vez conté que estuve en Miami con Manuel Sojit Corner, hermano del famoso relator Luis Elías Sojit, y ellos se habían disperso cuando llegó la dictadura que borró a todos los peronistas del mapa. Manolo andaba sin trabajo. Yo había llegado con Oscar Bonavena allí, después de su combate por el título mundial con Joe Frazier y caímos en un hotel cuyo cueño había sido propietario del local de la famosa sastrería Braudo, situado en la estratégica esquina de Corrientes y Cerrito.

En esa época no había faxes, ni internet y Manolo me acompañaba al aeropuerto para enviar fotos al periódico en que yo trabajaba y otros favores por los cuales lo ayudaba porque no andaba bien. Y entonces le hacía revivir aquellos momentos en que se forma la legendaria orquesta. Porque fue él quien llegó al Bar Suárez, donde paraban Troilo, Goñi y otros que venían de tocar con la orquesta de Ciriaco Ortiz -después de la pizza en Las cuartetas-  y largó las palabras mágicas.

                                               
Orlando Goñi manda la música y Pichuco le va marcando lo matices a Fiore


-Muchachos, Salas, el empresario del Marabú, está buscando una orquesta para tocar dos meses allí.

Fue cuando Pichuco se tira a la pileta para formar su primer conjunto empujado por Goñi, que cree que "éste es el momento para armar tu orquesta propia". Incluso hasta pondría dinero para comprar partituras y arrimaría a algunos músicos que también estaban con Ciriaco, como Toto Rodríguez  y Pedro Sapochnik. A ellos se agregarían Reynaldo Nichele, José Stilman, Roberto Yanitelli y Tito Fassio. Al no poder contar con Rodríguez Lesende, Fiorentino pasa a ocupar el rol del cantor.

Y acá viene el gran milagro. Porque Fiore, criado en San Telmo, hermano de Vicente, que era violinista y quien le regaló el primer bandoneón, iba para músico, y así empezó. Incluso estudió con  Minotto con miras a ser un fueye de prima. Como sucedía en muchos barrios porteños de entonces, los muchachos eran futbolistas, boxeadores, cantores, guitarreros, en las zonas más modestas. A Fiore le gustaba cantar y se daría el gusto con Canaro, Maffia, Zerrillo, la Típica Victor, D'Arienzo, D'Agostino,  o Firpo, pero sólo en calidad de estribillista, como era la moda entonces. Y lo cierto es que no se  le advertían uñas para guitarrero por entonces.

                                             

Pero la historia dirá que Troilo produjo ese milagro, ese cambio magistral y de un día para el otro, apareció el cantor de fábula. Como tocado por una varita mágica, Fiore pasó a ser el cantor perfecto, ideal para esa formación. Pichuco le pedía que "el cantor debe ser un instrumento más en la orquesta". "Sonará a ritmo y cuando deba realizar un solo, lo acompañaremos". Y a sus 32 años, nació un nuevo cantor que hechizaría a los tangueros y milongueros que seguían a la orquesta y compraban a rolete sus discos.

Es maravilloso como entra, deja sus trinos y hasta consigue alargar la frase siempre musicalmente. No tuvo ni la escuela de Marino ni la carpeta de Floreal, pero fue el gran cantor de esa orquesta, aún cuando, a veces, sus murmullos en los versos, no fueran muy percepetibles pero sí muy musicales. Allí comenzó a tejerse la fábula de la orquesta de los cantores que acompañaría a Pichuco hasta el final, porque fué un verdadero maestro en ese sentido. Contaba Pichuco que a veces a Fiore no le salían bien las cosas y mordisqueaba nerviosamente un pañuelo, en los ensayos. Pero a la hora de la verdad, la varita mágica de Pichuco lo acompañaba y dejaría unas grabaciones que lo engrandecerán en el futuro.

                                           
La orquesta de Pichuco con Fiore, de traje blanco y el joven Piazzolla


Porque cuando se fue de la orquesta de Pichuco, después de casi siete años, con todos los laureles puestos, nunca volvería a ser el mismo Fiore de aquellos tiempos lujosos. Se iría apagando en las actuaciones pero no en el recuerdo de sus hinchas y de los milongueros, incluso actuales.

Por eso, yo que estuve en el velatorio de sus restos en SADAIC, quiero recordarlo en esa belle epôque del Marabú, Germinal, Radio El Mundo y las milongas. Y lo hago con dos temas: Cautivo, de Egidio Pittaluga y Luis Rubistein, llevado al disco el 9 de octubre de 1941. Y Tinta roja, de Sebastián Piana y Cátulo Castillo, grabado el 23 de octubre del mismo año.


009- Cautivo - Aníbal Troilo- Fiorentino

010- Tinta roja- Aníbal Troilo-Fiorentino

lunes, 4 de enero de 2016

El tango perdido de Borges



En octubre de 1965 Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 - Ginebra, 1986) acudió durante cuatro tardes a un lugar no identificado de Buenos Aires, no demasiado grande, para hablar sobre el tango. Ya era admirado en todo el mundo; ya había renunciado a los ojos y aprendido a componer textos de memoria. Pero todavía no se había casado y divorciado de Elsa Astete, cosas que ocurrieron en el lapso de tres años, ni las universidades (Oxford y Sorbona, entre otras) rivalizaban por hacerle doctor honoris causa. Las conferencias se habían perdido en la nebulosa del pasado. Casi nadie sabía de ellas, así que lo más probable es que nadie las echara de menos. Hasta que en 2002, el escritor Bernardo Atxaga recibió unas cintas (aquellos casetes que podrán recordar los nacidos antes de los ochenta) de un amigo que a su vez las había recibido de otro con el mensaje de que pertenecían al autor de El Aleph.

¿Es Borges? Según María Kodama, su viuda, sí. Después de escuchar varios fragmentos, Kodama cree que se trata del escritor “a menos que haya algún imitador perfecto de Borges”, bromea por teléfono. Y tampoco hay duda para Edwin Williamson, catedrático de Oxford y biógrafo del escritor, tras recibir las copias que le remitió Atxaga. “Opino que son las charlas en que, según el anuncio que descubrí en el archivo de La Nación del 30 de septiembre de 1965: Borges ‘contará sus experiencias personales en el Palermo feo donde compadritos y orilleros protagonizaron historias y anécdotas que muestran el espíritu de una época de Buenos Aires”. “Que yo sepa estas charlas son inéditas y valdría la pena darlas a conocer”, sostiene Williamson por correo electrónico.

                                       
Jorge Luis Borges, Edmundo Rivero y Ástor Piazzolla

El autor hace confidencias y tararea estrofas del popular ‘El choclo’

En las grabaciones, que Bernardo Atxaga ha legado a la Casa del Lector, de Madrid,  Borges despliega su proverbial erudición, desgrana historias, recita versos, se va por las ramas y vuelve al tronco, provoca risas y canturrea estrofas de algunos de sus tangos preferidos como El choclo… “Caracanfunca se hizo al mar con tu bandera…”, tararea antes de confesar con picardía: “Pero la versión que yo conozco es inefable, no puedo repetirla aquí sin ofender a nadie”. Y continúa: “Le pregunté a un amigo que significaba caracanfunca y me dijo que es el estado de ánimo de un hombre que se siente caracanfunca”.

“El choclo le divertía”, rememora María Kodama. “Le gustaban los tangos de la guardia vieja porque no tenían letra o, si la tenían, era con doble sentido. Sin embargo, detestaba el tango cantado por Gardel por sus letras melodramáticas y lloronas”. En la charla de 1965 se muestra más afable con otro de los mitos argentinos del siglo XX: “Gardel tomó la letra del tango y la convirtió en una breve escena dramática”.

                                                    


Con voz lenta y algo cansada —grabaciones posteriores denotan más energía—, el escritor teoriza sobre el origen del tango, que sitúa alrededor de 1880: “El pueblo no inventa el tango ni lo impone a la gente bien. Ocurre exactamente lo contrario... Sale de las casas malas situadas en todos los barrios de la ciudad... había gente que las frecuentaba para jugar a la baraja, tomar un vaso de cerveza o ver a los amigos... Un argumento que da fuerza a esto son los instrumentos iniciales, que no son populares y corresponden a medios económicos superiores a los de los compadritos \[violín, flauta y piano\]”.

A pesar de que en ocasiones el ruido del tráfico invita a pensar que o bien los camiones salen de la garganta de Borges o bien Borges dicta su conferencia desde un camión, el sonido es aceptable. Él parece cómodo, en casa. “Es obvio que se encuentra relajado y muy a gusto con su audiencia. Se le nota animado y ocurrente explicando costumbres y expresiones del bajo mundo porteño de su juventud”, observa Edwin Williamson. “Es Borges en su salsa... su cabeza, su memoria, su improvisación. Las grabaciones nos dan idea de muchas cosas de él”, destaca el director de la Casa del Lector, César Antonio Molina.

En las cinco horas de disertación se van deslizando guiños confidenciales, la nostalgia por la Argentina que fue, detalles autobiográficos y el culto al coraje que comparte con compadritos de leyendas y tangos, capaces de aceptar un desafío fatal porque va en el código del gremio. “Bioy (Casares) me contó el caso de un compadre que tenía que hacer una operación dolorosa. Cuando le ofrecieron un pañuelo, dijo: ‘Del dolor me encargo yo”, relata a su audiencia. “El guapo”, prosigue, “iba llevando a su adversario a un terreno desventajoso de suerte que cuando llegaba el momento de la pelea, ya estaba vencido. La técnica no solo era el manejo de cuchillo y poncho, también era psicológica”. Borges detalla anécdotas de compadritos como su amigo Nicolás Paredes, guardaespaldas de un caudillo conservador, o Juan Muraña, “de tan escasa inteligencia que cuando lo provocaban no se daba cuenta”.

                                             
María Kodama, viuda de Borges

María Kodama ha confirmado que se trata del autor de ‘El libro de arena’
En ocasiones Borges inquiría a su amigo Macedonio Fernández.
—Decime Macedonio, ¿eran tan bravas las elecciones en Balvanera?
—Sí, todos los vecinos de Balvanera hemos muerto en las elecciones.

“Oyendo un tango viejo”, sostiene el escritor, “sabemos que hubo hombres valientes. El tango nos da a todos un pasado imaginario. Estudiar el tango no es inútil, es estudiar las diversas vicisitudes del alma argentina”. Él lo hizo en 1929, gracias a un premio de 3.000 pesos que recibió su poemario Cuaderno San Martín, mediante lecturas y entrevistas personales. Es el año en el que arrincona la poesía y se vuelve en exclusiva a la prosa. Poco después, en 1934, en un viaje por Uruguay presencia un asesinato en una pulpería y conoce la última frontera gaucha. Al año siguiente se publica su primer libro de cuentos, Historia universal de la infamia, donde figura la versión original y definitiva de Hombre de la esquina rosada —“el cuento más injustamente famoso”, desliza Borges en la conferencia—, que es un tango en sí mismo. “La idea de juntar el tango y la muerte fue el germen, pero lo escribí porque también había muerto hacía poco Nicolás Paredes y pensé que todos los cuentos que me habían contado él y un tío mío podían perderse”.
 

                                                    


En la narración, el escritor recupera la entonación, la fonética y el argot del orillero criollo. “Yo escribía una frase”, confiesa a su audiencia. “La leía con la voz de mi amigo Paredes. Si la frase no le iba bien a su voz me daba cuenta de que me había portado como un literato en el peor sentido y lo borraba”. Borges bromea sobre sí, sobre el proceso creativo (“Quizás la única manera de hacer una obra de arte perdurable sea no tomándola demasiado en serio, distrayéndola”) y sobre el alma argentina, que abrazó el tango el día que triunfó en París. “Hasta 1910 nosotros habíamos percibido pero no habíamos sido percibidos por el mundo. Ocurren entonces hechos que nos alegran y llega la noticia que nos conmovió a todos: ¡el tango se bailaba en París! Y posteriormente en Londres, Berlín, Viena, hasta en San Petersburgo”. Pero hubo reticencias: el Papa, el káiser, ¡la justicia de Ohio! Allí, dice Borges, un profesor fue acusado de enseñar un baile inmoral. Aunque después de desplegar su arte ante el jurado, el tango fue declarado inocente.

                                                                                      Tereixa Constenla

  Y yo acompaño esta nota con uno de aquellos pre tangos que le gustaban a Borges: Dame la lata, de Juan Pérez, hecho en 1988 y grabado en 1952 por el Cuarteto del Centenario.