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martes, 7 de enero de 2025

María Nieves y...

                                                      ...la milonga.

   Mi hermana, la Ñata, se adaptaba a todos los estilos. Porque en ese tiempo no se bailaba como ahora que es como una horma y todos bailan igual. En aquellos tiempos se milongueaba que para qué te cuento. Cada sábado y domingo eran diferentes pasos. Un buen milonguero no podía bailar siempre igual. Ellos practicaban entre hombres en clubes de barrio, en la semana, y después se largaban en los bailes. 

  Se juntaban, se inventaban pasos. Muy raro que uno se copiara de otro. Si a vos te gustaba un paso que hacía otro, lo mirabas, lo sacabas mentalmente pero no lo hacías igual: tratabas de hacerle algo distinto. Porque copiarse era horrible.




   Ir a milonguear era una ilusión que no creo que hoy los jóvenes tengan. Era… cómo te puedo decir… el tango era la falopa de la juventud. La milonga empezaba a las diez de la noche y ahí estábamos. ¡Y entrábamos como avalancha, eh!. Los sábados hasta las tres de la mañana. Y los domingos de ocho a una. No nos perdíamos una, ni con lluvia, trueno o relámpagos… 

   Es que era algo inexplicable lo que se sentía adentro. Por eso te digo que nuestra droga era el tango. Bailabas con rengos, con sucios, con piojosos… Los muchachos lo mismo. La cosa era ir a bailar. Todos los muchachos que bailaban conmigo, con mi hermana, con la barra nuestra, era raro que se tiraran un lance. Ellos tenían sus rebusques, esperaban a las últimas piezas y ahí sí sabían a quién sacar a bailar, pero no mezclaban.

   Yo no tenía una orquesta favorita. Pero como había bailarines de distintos estilos, cuando tocaban Pugliese buscaba a un bailarín que bailaba bien Pugliese. Tocaba D'Arienzo y había uno que te tiraba muchos pasos. Tanturi, Caló, Di Sarli, Troilo. ¿Quién no bailaba con esas orquestas? Vos ibas, no sabías bailar y al mes aprendías y ya bailabas porque el ritmo se te metía por los poros.

lunes, 6 de enero de 2025

Mensaje de la ACADEMIA NACIONAL DEL TANGO

    

   Mensaje de la Academia Nacional del Tango, nombrándome Académico del Tango en Madrid. Otorgado en Diciembre de 2023.

                  





      



Aquellas letras de Tango...

    "Café La Humedad, billar y reunión... sábado con trampas. ¡Qué linda función! Yo simplemente te agradezco las poesías que la escuela de las noches le enseñaron a mis días". Cacho Castaña.

    "Remotos bandoneones despliegan en la noche sus pájaros de brumas. Y un coro de fantasmas que gritan en las sombras preguntan y preguntan, preguntan por qué lloro, preguntan por qué canto, por qué no la maldigo, por qué la quise tanto... tanto...". Rodolfo M. Taboada. 

   "Me achica el corazón salir del corralón, porque me sé perdido. Me tienta la ilusión que ofrece el bodegón, en su copa de olvido. Caña en la pena...llama que me abrasa,  mal que no remedia, pena que se agranda. Siempre lo mismo... Voy para olvidarla y entre caña y caña la recuerdo más...". Carlos Bahr.

   "Volvió esa noche, nunca lo olvido, con la mirada triste y sin luz, y tuve miedo de aquel espectro que fue locura en mi juventud. Se fue en silencio, sin un reproche, busqué un espejo y me quise mirar: había en mi frente tantos inviernos que también ella tuvo piedad...". Alfredo Le Pera.

                                    



   "Muchachos, comienza la ronda que el tango invita a formar. ¿Quién, al oir el arranque de un son tan brillante, no sale a bailar? Y así enredar su emoción a esta canción que en nuestras almas se ahonda. Muchachos, comienza la ronda... Vayan pasando al salón....". Leopoldo Díaz Vélez.

   "Contame tu condena, decime tu fracaso, ¿no ves la pena que me ha herido?. Y hablemos simplemente de aquel amor ausente como un retazo del olvido...¡Ya sé que me hacés daño! ¡Ya sé que te lastimo diciendo mi sermón de vino! Pero es el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en un licor que aturda. la curda que al final termine la función ¡corriéndole un telón al corazón!". Cátulo Castillo.

  "Callejón...Callejón lejano... lejano... Íbamos perdidos de la mano bajo un cielo de verano soñando en vano...". Héctor Marcó. 

   "Vos fuiste el rey del bailongo en lo de Laura y La Vasca...¡Había que ver las churrascas cómo soñaban tras tuyo! ¡Alzaba cada murmullo tu taconear compadrón, que era como flor de yuyo que embrujaba el corazón!..." Mario Battistella.

   "¡Qué ganas de llorar en esta tarde gris! En su repiquetear la lluvia habla de tí... Remordimiento de saber que por mi culpa, nunca, vida, nunca te veré. Mis ojos al cerrar te ven igual que ayer, temblando, al implorar de nuevo mi querer... ¡Y hoy es tu voz que vuelve a mí en esta tarde gris!". José María Contursi.

  "¡Qué noche llena de hastío y de frío! El viento trae un extraño lamento. Parece un pozo de sombras la noche y yo en la sombra camino muy lento. Mientras tanto la garúa se acentúa con sus púas en mi corazón..." Enrrique Cadícamo.

   "En la tarde que en sombras se moría, buenamente nos dimos el adiós; mi tristeza profunda no veías y al marcharte sonreíamos los dos. Y la desolación, mirándote partir, quebraba de emoción mi pobre voz... El sueño más feliz, moría en el adiós y el cielo para mí se obscureció."... Virgilio San Clemente.

   "San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido, Pompeya y al llegar al terraplén, tus veinte años temblando de cariño bajo el beso que entonces te robé... Nostalgia de las cosas que han pasado, arena que la vida se llevó, pesadumbre de barrios que han cambiado y amargura del sueño que murió". Homero Manzi.

   "Si la vida es el infierno y el honrao vive entre lágrimas, ¿cuál es el bien...del que lucha en nombre tuyo, limpio, puro?... ¿para qué?... Si hoy la infamia da el sendero y el amor mata en tu nombre, ¡Dios!, lo que has besao...El seguirte es dar ventajay el amarte sucumbir al mal". Enrique Santos Discépolo.

   "Nada, nada queda en tu casa natal... Sólo telarañas que teje el yuyal. El rosal tampoco existe y es seguro que se ha muerto al irte tú... ¡Todo es una cruz! Nada, nada más que tristeza y quietud. Nadie que me diga si vives aún... ¿Donde estás para decirte que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?". Horacio Sanguinetti.

   "No sé que rumbos tomarán mis pasos, lejos de esta tierra me lleva el destino, yo tengo en el alma penas y fracasos que olvidar quisiera por algún camino. Y si entre las brumas espesas de Londres o en la algarabía infernal de Nueva York, arranque esa pena que siempre se esconde, adiós Buenos Aires, amigos adiós.". Leopoldo Torres Ríos.

                    


martes, 24 de diciembre de 2024

domingo, 22 de diciembre de 2024

sábado, 21 de diciembre de 2024

martes, 17 de diciembre de 2024

EL CAFÉ DEL RIOBA

    "El café, como espacio arquitectónico y como escenario de unas vidas literarias, parece una referencia obligada perteneciente a una sentimentalidad literaria, un ícono ineludible y un atractivo tema para estampas convencionales: el refugio de la bohemia laboriosa o zángana, el lugar del rumor habitualmente venenoso y donde se forma  la opinión pública, el de la conspiración y el de las ensoñaciones de los solitarios, el hito obligado  de los vagabundos urbanos, el escenario de las invenciones que dan fuego a las vidas sombrías...".

   Esto comenta el crítico Miguel Sánchez Ostiz, en su reseña del precioso libro del valenciano Antoni Martí Monterde, "Estética del café", finalista del XXXV Premio Anagrama de ensayo.

                           


   Son innumerables los escritores que realizaron sus mejores textos en un café: Diderot, Voltaire, Pérez Galdós, Baudelaire, Verlaine, Unamuno, Roth, Zweig, Sartre, Sábato, Kafka, Borges y una lista que continúa y se extiende casi tanto como opciones para tomar café hay. De esta referencia obligada no podría estar exento el tango, si quería -como en realidad lo fue- ser testigo de un momento histórico de una ciudad y su gente.

   El café, ese ícono ineludible, fue exportado de Europa a Latinoamérica  y -por las mismas razones aunque condicionamientos socioculturales distintos- se transformó en una verdadera institución en Buenos Aires.

   Los famosos cafés de Viena, nacieron hacia finales del siglo XIX y proliferaron en la primera mitad del XX, como consecuencia de la escasez de vivienda, que obligaba a los hombres a buscar lugares donde reunirse y hablar de arte, política y mujeres. Por la misma razón y motivos semejantes, nacieron los cafetines de Buenos Aires.

   El conventillo  no era el lugar más adecuado para hablar de ciertas cosas o ejercer cierto tipo de prácticas lúdicas -los naipes y los dados-, ya que cuando no se quejaba un vecino se quejaba otro, por las voces a deshora o el mal ejemplo que los hombres podían dar a los niños con la bebida y el juego.

   Puede llamar la atención que nombre a los inquilinos de esas humildes viviendas, entre los clientes de cafés tan elegantes como el Tortoni, Las Violetas, la Richmond o La Ideal. En verdad, no es allí donde iban porque el cafetín del que habla Discépolo es otro que esas joyas de la arquitectura y la  decoración donde se reunían políticos, escritores y artistas.

   Se trata de lo que también se conocía como "El café de la esquina" , el "boliche" o más frecuentemente "el feca". Era el escenario en que se realizaban los ritos de iniciación por los que el joven porteño hacía el pasaje de la adolescencia a la adultez y en el que luego se instalaba para siempre. Este "para siempre" lo era hasta al punto, que el café llegaba a convertirse en su segundo hogar, y en en algunos casos, el primero.

                                 


   No era raro que cuando se estuviera buscando a alguien de quien no se tenían demasiados datos, para poder orientar al que buscaba, se le preguntara: "¿Sabe usted dónde para?". Porque uno podía trabajar en la oficina, la fábrica, el puerto, la tienda o el matadero. Uno podía dormir en el conventillo, la pieza, la pensión o la casita. Pero "parar", lo que se dice detenerse a vivir, se paraba en el feca.

   Parar era, en primer lugar, encontrarse con los amigos: Marcial de la quimera, Pascual que aún cree y espera, el flaco Abel, para hablar del tiempo, del clásico River-Boca, del último discurso del presidente, de la carestía de la vida, de lo crecida y linda que se estaba poniendo la hija del almacenero, de la "fija" del sábado, del programa de orquestas que tenía el club del barrio para los próximos bailes de  carnaval y si valía o no la pena ir a verlos o mejor arrimarse hasta el centro para ver a D'Arienzo, Troilo o Pugliese.

  Parar era hablar con ellos de cosas tan trascendentes como lo efímero de la vida o lo terrible de la muerte, del sentido de la familia, la soledad, el fracaso, la vanidad o no de las ilusiones. Yo aprendí filosofía... Parar era compartir con ellos largas horas que se hacían cortas, de juego por dinero o simplemente por quién paga la ronda de café o ginebra. Dados, timba.

   Pero parar era también ir a sentarse sólo en una mesa, temprano, cuando se sabía que los muchachos aún no han llegado. Y ahí, junto a la vidriera de guillotina, esa ventana que daba a la nada, masticar despacio y en silencio una pena de amor. Allá lejos, antes, cuando el amor aún solía causar pena y por eso, también, causar tangos. Lloré en silencio el primer desengaño. 

   Parar era no sólo encontrarse con ellos, sino encontrarse con uno mismo, sostenido por esos pequeños objetos en los que se apoyaba la identidad: el pocillo de café, la cuchara, el cenicero siempre lleno. El cigarrillo, la fe en mis sueños y una esperanza de amor.. Parar significaba que el café no tenía clientes sino habitantes.

   El cafetín estaba habitado por vidas en sus momentos de detención, lo que no significa "tiempos muertos" sino, al contrario, momentos de encuentro entre goces dispares que se soñaban como iguales. Paréntesis vitales preñados de vivencias muy variadas. Como una mezcla de todas las cosas.

   Discépolo define su poema como una queja. Es una nostalgia que equipara a la de su propia madre. Si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja. Y ambientándola en el escenario del café, hace el recorrido de tres momento vitales: la ilusión de la niñez: como esas cosas que nunca se alcanzan; la esperanza de la juventud: la fe en mis sueños; cierta decepción de la madurez: y me entregué sin luchar.

¿Por qué este recorrido? Quizás haya que buscar las respuestas en la propia vida del poeta.

Juan Carlos Tazedjian