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miércoles, 1 de marzo de 2023

La bruja

    Este tango, grabado por la orquesta de Juan D'Arienzo, es carne de milonga desde que el Rey del compás lo llevase al disco con la voz de Alberto Echagüe en 1938. Sí, han pasado ochenta y cinco años y sigue incólume en la selección de los disc jockeys que dominan los protocolos y gustos milongueros y es un llamado de corneta a la pista, cuando suena por los altavoces, y las parejas salen pitando a bailarlo..

   Efectivamente, los versos de Francisco Gorrindo junto a la música de Juan Polito (que se lo dedicó al futbolista Carlos Peucelle), tienen un gancho tremendo para el baile, con el ritmo picante de la orquesta y la interpretación de Echagüe. Y el hecho de no  haber sido incluido en las grabaciones de otras orquestas -porque perderían, claro, ante la polenta de la versión D'Ariencista-, no limita el éxito del tema. Sólo se le agregó el  registro de Juan Polito con su orquesta y el cantor Raúl Figueroa en 1953.

                                     


 

   Es cierto que no lo podemos exhibir como modelo literario ni mucho menos. Pero el tango tiene infinidad de páginas exitosas que no lo son por la sandunga del verso, o por la composición musical. Aunque siempre se alzará contra erudiciones a la violeta y, con temas como éste, el tango reivindica su naturaleza bastarda y de aluvión. Y, por sobre todo, en el encuentro profundo de las parejas en la pista.

   En la letra del tango, el personaje acude al encuentro con la mujer que lo tenía totalmente entregado y dominado con sus caprichos, para decirle que la deja. Que la realidad ha roto con las expectativas amorosas y desgrana los restos del romance. Una coraza protectora, cuajada de intensidad, despojada de adornos, le sirve de descarga contra la turbiedad de la relación mantenida hasta ese momento.

Ahogando ese grito que sale del pecho
y llega a los labios cargao de rencor,
yo vuelvo a tu lado, atadas las manos, 
pero pa'decirte que todo acabó,
que ya no me importa tu risa o tu llanto,
que a fuera'e coraje vencí al corazón,
y hoy como nunca, mirándote cerca,
te veo realmente así como sos. 

La Bruja...
Que ayer fuera reina de todo mi ser,
hoy, roto el encanto, no es más que mujer...
La Bruja
Montón de caprichos que me esclavizó,
Hoy es un paisaje, cubierto de horror...

   Ya le cantó las cuarenta. Lo que presuntamente era amor se transformó en horror. Y  la separación la concreta con una determinación plácida, pensando en la redención del sufrimiento. Los momentos sombríos que reverberan en su memoria se convierten en agujero del pasado. La desposesión le permite escapar de un escenario ominoso y soñar con una plenitud emocional y espiritual en pareja.   

Me vuelvo a la vida sencilla y honrada,
me vuelvo a un cariño que es noble y leal,
y puede que un día, curada mi alma,
a fuerza de hombría levante un hogar...
Entonces, acaso, me habré redimido,
y vos, para entonces, quién sabe si sos
un cacho de invierno cargado de males
un resto de vida, un poco de tos...

   Evidentemente  no se trata de unos versos que destaquen literariamente, pero la fuerza que tiene este tango no se puede discutir. Por algo ha superado el paso de los años y vuelve en cada milonga con bríos renovados. La música de Juan Polito le sigue dando alas en la pista milonguera. 

   Y podemos escuchar una vez más la versión de Juan D'Arienzo con Alberto Echagüe, llevada al disco el 26 de agosto de 1938.

                                 

                              
                                                                                                                        
                                                                                                                                                                                                                                                                    

sábado, 25 de febrero de 2023

¿Quién será?

    Después de una noche de milonga, siempre te quedan cosas en el cuore y en el bocho. Algunos temas musicales, cosas que pasaron durante la velada, conversas con amigos, bromas, y sobre todo esos temas que bailaste con alguien que enlazó, junto contigo, la dupla soñada. Nos pasó y nos pasa a todos, porque en la milonga se vive una temperatura emocional muy especial y se disfruta al mango. 

    Los milongueros nos sumergimos en el baile del tango con profundidad y sobre todo sentimiento. Cada orquesta, cada tema, nos envía determinadas señales particulares. La milonga nos da rienda suelta y es otra cosa. Y el valsecito es el disfrute feliz, los giros elegantes, la sonrisa plena. Aún perteneciendo al mismo género tanguero, es como el recreo en el Colegio, cuando éramos niños.

  

                                    

    La vehemencia del instinto, la entrega total. Esa dialéctica acción-reacción en la atmósfera emotiva.  Siempre en busca de la espiral perfecta y la traducción de música y poesía en combinados pasos de baile, como interpretación lúdica, festiva y también emotiva, embriagante. Una forma abierta a la vida  con energía e intensidad. Pero con mucho sentimiento.

   Por eso creo que hoy debo traer a esta página uno de los tantos valsecitos que hicieron historia y siguen iluminando las veladas milongueras. No hay más que ver los movimientos nerviosos de ellos y ellas buscándose para salir a bailar la tanda de estos valses, cuando suenan en el recinto. Es difícil contener los pies y el espíritu en ese momento, y los movimientos muestran las ansias mediáticas...

   Hay infinidad de piezas de este tipo en los álbumes tangueros y escojo uno de los que bailamos anoche. Lo creó Luis Rubistein -letra y música-  en 1940 y ue grabado por Roberto Firpo, cantando Alberto Diale. También lo llevó al disco Ignacio Corsini con guitarras,  y Amanda Ledesma lo canta en la película "De México llegó el amor". Edgardo Donato con su orquesta y el cantor Horacio Lagos le dio vuelo un año más tarde. 

                                    

Luis Rubistein

   Luis Rubistein pinta en los versos el encuentro de una noche en el baile con una muchacha que llevaba mascarilla porque estaban en carnaval, evidentemente. ¿Y a quién no le sucedió algo parecido alguna vez en la milonga.?

La noche que en el baile
tus ojos brujos se me clavaron,
algo sentí en el alma
y amores nuevos me acariciaron.
Con tu antifaz cubrías
tus ojos que reían,
luego quedé muy triste
cuando te fuiste
sin un adiós.

   Y la historia continúa mostrando la tristeza que choca con la alegría de la música. Porque el personaje no logra descubrir la identidad de la dueña de esos ojos que le dejaron un recuerdo intenso y duradero. Lo que más lo tortura es la ilusión que le produjo ese encuentro fugaz, la mirada que lo cautivó  y la desaparición de quien despertó sus ansias amorosas. Y sueña con el reencuentro...

Quién será, quién será,
me pregunto sin cesar,
ilusión que te perdiste
y que un día volverá.
Quién será, quién será
donde estás, mi corazón,
que te busco entre las sombras
y te llevo en mi canción.
 
No sé por qué los vientos
me traen siempre nostalgia y pena,
voces como lamentos,
murmullos tristes
como la quena.
Por tu recuerdo vivo
con tu recuerdo muero,
y en medio de esta angustia
¡mi amor te espera, porque vendrás!

   Escuchamos la versión de Edgardo Donato con su cantor Horacio Lagos, que lo llevaron al disco el 13 de octubre de 1941.

                                




lunes, 20 de febrero de 2023

¿Tanguero o milonguero?

    Esta pregunta, formulada en Europa, seguramente tendrá fácil decantación de uno u otro lado. El tango tiene muchos años de permanencia en el viejo mundo y por acá han pasado los grandes cantores, desde Carlos Gardel hacia adelante, como también numerosas orquestas típicas. Incluso han habido algunas  radicadas en este continente, y arrancando desde París para actuar en otros países.

   Pero el rubro tanguero-milonguero no engloba a todos los seguidores del género. Y no sólo acá sino incluso en Argentina-Uruguay, la cuna de esta música. En mi caso personal lo he vivido con mi hermano, que me llevaba dos años de ventaja y era tanguero a muerte. Compraba discos y escuchaba tango por la radio todos los días. Le gustaba mucho D'Arienzo pero también el cuarteto de Roberto Firpo que volvía hacia el pasado después de haber tenido una excelente orquesta.

                                   


   Y sin embargo mi hermano nunca bailó tango. No era milonguero como yo, que también amaba, sentía el tango en mis venas y se me quedaba todo en la cabeza y el cuore. A tal punto que con 25 años participé en "Odol pregunta" sobre la historia del tango. Y había entonces sólo un canal de televisión y tenía infinidad de seguidores.

   He conocido a grandes coleccionistas de tango, a gente que sabía muchísimo pero que no le interesaba el baile, era ajenos al entusiasmo que despertaba la milonga en todos los barrios porteños. Esa impresión de plenitud con las grandes orquestas actuando en los clubes de barrio y arrastrando multitudes. El rotundo motor que nos empujaba a la pista a los milongueros.

   Viviendo en España, claro, se profundiza la diferencia y muchas veces lo lamento al acudir a algún Festival o una milonga donde el encargado de musicalizarla no domina la nerviosa intensidad de cada orquesta que selecciona para los bailarines. Ese aura mítico e icónico que está encerrado en un disco y que sirve para lanzarnos a la pista o quedarnos quietos por falta de motivación en este juego metateatral.

   La algarabía social del baile, encuentra en el tango algo distinto. La brujería electrónica actual, no encaja en todo lo que encierra el antiguo tango. Porque seguimos bailando los temas grabados entre los años treinta y casi sesenta. Han pasado tantas décadas y la potencia estética de esta cultura tanguera y su relevancia en varias generaciones, sigue retransmitiéndose y esparciéndose por el mundo, a través del baile y sus efervescentes noches.

                                    


   Y vuelvo a la reflexión del título de la nota: ¿Tanguero o milonguero? En lo que mí respecta, confieso que si tengo que elegir un tango cantado, sabiendo que es muy difícil escoger entre 40 o 50 mil registros discográficos, sin dudas me inclino por Sur, de Manzi y Troilo, grabado por Pichuco , cantando Edmundo Rivero. 

   Y si se trata de escuchar orquestas, Pugliese instrumental me fascina. D'Arienzo me levanta  el ánimo. Hay algunos temas que me traen evocaciones de muchos años atrás por distintas orquestas. Me gusta Lucio Demare. Raúl Berón tiene algo  especial. Los mitos tratan con emociones e intangibles y aún perduran en la memoria  sentimental de muchos porteños. Y podría seguir un rato largo...

   Pero hay que saber diferenciar entre escuchar orquestas y cantores y bailar con las mismas. Y ahí es donde se produce el desbarranco de muchos pinchas, sobre todo en Europa. No dominan el territorio milonguero y se confunden con el material del almacén tanguero. Más allá de los gustos personales que todos tenemos, hay que saber diferenciar. 

   Siempre fui hincha de Troilo. He ido a verlo cada vez que pude, en distintos escenarios. En  Mar del Plata, en Caño 14 incluso tuve charlas con él y fue allí donde me regaló su hermosa foto autografiada que relampaguea arriba de mi escritorio. Ahora bien, para bailar Troilo, sólo escojo entre los primeros 71 temas que llevó al disco, con Orlando Goñi al piano y Fiorentino con su gola musical. El resto no me interesa para milonguear y la diferencia es muy notable.

                                      


   Y así podría seguir con otras orquestas bailables, como la de Carlos Di Sarli, un lujo para los milongueros. No se pueden mezclar en una tanda sus grabaciones más ligeras de los años cuarenta con la segunda parte de los cincuenta. La superación sonora fue creciendo con el tiempo y se notan los temas más trabajados aunque siempre, melódicamente, es un placer tanto para escuchar como para bailar.  

   D'Arienzo es el arma decisiva de los/as milongueros/as. Veo bailar a algunas parejas como si estuviera sonando Pugliese, cuando suena un tema del Rey del compás, y me entristece. Y lo malo es que pasa seguido en España. Es fundamental enseñar el ritmo orquestal, que los bailarines distingan  y conjuguen sonoridad y sentido musical de las orquestas cuya frecuentación nos acompaña en la milonga.

   Y así como me encanta escuchar Pugliese y esos arreglos maravillosos de sus músicos en los años cincuenta, por ejemplo, también son ideales para disfrutarlo en la pista con la pareja que sienta, que escuche, que distinga, el ritmo, los entresijos de la orquesta. Y ahí es donde noto el déficit, en España. Cuesta mucho, muchísimo encontrar la pareja que domine los tempos de la orquesta, que fue con la que más veces he bailado en vivo. Con D'Arienzo volás,con Pugliese soñás. Con los dos disfrutás.

   Claro que también están otras Típicas que no faltan en la milonga: Caló, Tanturi, Biagi, Donato, Fresedo, Laurenz, Enrique  Rodríguez... todas son distintas y tienen ese algo que te empuja a la pista, y en algunos casos, a quedarte piola... Ahí ya entran a jugar  los gustos personales. Incluso entran a tallar el tanguero y el milonguero. Yo juego con las dos  camisetas. 

   

domingo, 19 de febrero de 2023

Ángel Vargas

 

La voz confidencial de un cantor perfumado de glicinas


  Nació en 1904, en el barrio de Barracas, se crió y en Parque Patricios y logró convertir la sutileza y detalle en estilo. Su dupla con Angel D’Agostino hizo historia.

    No apeló al lucimiento vocal. Ajustó su estilo a las modestas posibilidades de su garganta, convirtiendo en ventaja lo que era un handicap. Su recurso consistió en expresar delicada, entrañablemente, las historias que contaban los tangos, adornando algunos sonidos planos con fiorituras que recuerdan de algún modo al cante andaluz. Cuando el oyente se interna en el legado de 180 grabaciones que dejó Angel Vargas, siente habitar un mundo armonioso, de bondad, de emoción, de sensaciones que pasan por el alma. Hay allí barrios pobres, consejeras de vecindario, racimos florales, ventanitas de arrabal, vidas simples de secretas ambiciones e ilusiones ajadas.

   El poema de lo simple tiembla en su voz confidencial, que nunca lastima. Y así, mientras dure su jornada embriagadora, el viajero creerá que el de ese cantor nacido en Parque Patricios cien años atrás es el mejor mundo imaginable que pueda proponer un cantor de tango. No es así, sin embargo. Cantores “insuperables” hay muchos. Cantores que son en sí mismos un sistema de emociones y placeres estéticos, y cuyos niveles de calidad es mejor no comparar. Todos ellos y cada uno son lo supremo, a partir de Carlos Gardel y Rosita Quiroga, hasta los magníficos chicos y chicas de este 2004. Luego podrá el diletante mudarse a vivir con uno u otro por el tiempo que quiera, idolatrarlo mientras se aloja en su arte y, después, partir agradecido hacia otro excelso refugio.

                                 


   Angelito Vargas fue madurando como vocalista a lo largo de los años ’30, dejando en el camino unas pocas grabaciones que muestran su progreso. Ejemplo saliente de esta forja es Adiós, Buenos Aires, registrado en 1938 con la Orquesta Típica Victor, propiedad de ese sello, constituida exclusivamente para grabar y cuya existencia se extendió por dos décadas. El bellísimo tema, perteneciente al cineasta Leopoldo Torres Ríos, muestra a un Vargas de voz velada, como si una sombra apesadumbrada se tendiera sobre ella. Parece perdurar en su gola la penumbra del cine mudo donde, años antes, comenzara como tantos su carrera de trovador.

   En aquellos finales de la “década infame”, la gente estaba ávida de comunicación, de cantantes que le dijeran cosas, en lugar de lucir sus dotes líricas o sus voces aterciopeladas, de sublimado romanticismo. Así, mientras algunos perdían popularidad (Alberto Gómez, Jorge Omar, Roberto Ray y otros), ascendían los Alberto Castillo, Fiorentino, Roberto Chanel, luego Enrique Campos o Carlitos Roldán. Cada uno con su personalidad, tan diferente de la del resto, y entre ellos Angel Vargas, el más perfumado de malvones y glicinas.

   En lo musical, el pianista Angel D’Agostino tañía la misma cuerda. Sus arreglos orquestales eran sencillos, armoniosos, carentes de brusquedad. No era un Juan D’Arienzo y menos un Rodolfo Biagi, drásticos y danzantes. Tampoco navegaba hacia las complejidades paulatinas de un Aníbal Troilo, y tampoco las de un Manuel Buzón. Lo de D’Agostino fue, y sería siempre, un idioma puro, exquisitamente prolijo, que excitaba emociones diáfanas pero también profundas. En este sentido, sus notas, como ocurriera desde los años ’20 con las del sexteto De Caro, pintaban acuarelas húmedas de barrios apacibles, recorridos por historias no siempre calmas e incluso asiniestradas de cuchillos. Piano, bandoneones y violines tejían cantos y contracantos para que las imágenes callejeras flotaran en contraluz. Luego ingresaba el cantor con su retazo argumental, buscando el micrófono.

                               


   Todo aquello era hermoso, diverso pero, en última instancia, siempre igual. Los tres minutos de cada tango. Los dieciséis versos, o quizá cuatro u ocho más, entonados u omitidos. Esos moldes contra los cuales reaccionó Astor Piazzolla, reclamando libertad a gritos, harto y transgresor. Pero los D’Agostino y los Vargas no se dejaron perturbar. Siguieron siendo los mismos, aunque también a ellos el tiempo iba transformándolos en una variante cada vez más refinada de su propia anécdota. Sin embargo, fueron siempre fieles a sí mismos, sin importarles si era ésa una virtud o una cortedad de miras. Lo cierto es que ahora, en la era post Piazzolla, el más avanzado de los oídos acude en ciertas tardes a ese recinto del pasado, perdido con dos Ángeles que reiteran sus tangos siempre sorpresivos, sus valsecitos, sus milongas, ajenos al rodar de las agujas.

   D’Agostino-Vargas fue un binomio compacto, indisoluble, quizás el mejor fraguado de todos. Aun así, en 1943 protagonizaron una litigiosa separación cuando la orquesta se sublevó ante la negativa del director de aumentarles la paga por tango grabado. En esos tiempos, los ejecutantes cobraban cada cual unos pesos moneda nacional por grabar, y luego no tenían derecho a nada más, independientemente del éxito de ese registro y del negocio que otros hicieran con las placas de pasta. La insurrección fue iniciada por Benjamín Holgado Barrio, primer violín, que exigió 17 pesos en lugar de 15 por grabar en los estudios de la Victor. D’Agostino prefirió que desertara toda la orquesta, Vargas incluido, antes que pagar dos pesos más.
                                    


      El cantor encomendó entonces a Alfredo Attadia la dirección de la que pasaba a ser “su” orquesta. Pero pronto se reconcilió con D’Agostino, que lo había remplazado por Raúl Aldao pero añoraba su regreso. Los dos Angeles renegociaron los términos, Vargas retornó y el resto de los muchachos se quedaron a la intemperie, en aquel crudo invierno golpista, indignados con aquel ángel que se les volviera demonio de traición. Tres años largos después sobrevendría la definitiva separación de los querubes. En la ocasión, Vargas dio una vez más muestras de sabiduría musical al elegir al bandoneonista Eduardo del Piano como conductor de su orquesta, función en la que permanecería hasta 1950.

    Respecto de Vargas, lo mismo que de Alberto Castillo o Alberto Marino, se discute aún hoy si su mejor época fue la consagratoria –con D’Agostino, Ricardo Tanturi y Aníbal Troilo, respectivamente– o si alcanzaron su cumbre en la siguiente –con Del Piano o Emilio Balcarce, para los dos últimos–. Esa discusión es útil y no hay prisa por saldarla, pero está claro en el caso de Vargas que, tanto con Del Piano como luego con el pianista Armando Lacava (1950/54), no hay mella alguna en la calidad del vocalista y hay sí la forja de un estilo instrumental más moderno y rico que el de D’Agostino de comienzos de la década de 1940. Por tanto, el marco orquestal que sostiene a Vargas se torna suntuoso y arrebatador.

   Luego, y hasta su temprana muerte en 1959, Angelito Vargas será secundado por el trío del bandoneonista Alejandro Scarpino, también nacido en 1904 y compositor del célebre Canaro en París; y sucesivamente por Toto D’Amario, Luis Stazo y José Libertella, todos fueyeros y, los dos últimos, futuros protagonistas, hasta hoy, del Sexteto Mayor.


Julio Nudler (22 de octubre de 2004)

lunes, 13 de febrero de 2023

Arde la hoguera

 

                                  

                                                   Arde la hoguera en sazón, patibularia            
                                                   chamuscante, yirando, con la grela
                                                   escaldando su mirada perdularia

                                                   que suncha al vareador; alma y candela,
                                                   floreando su altivez de rompe y raja
                                                   y embrocando con perfil de centinela

                                                   al carancancunfa que marca la baraja
                                                   del milongón con yeite y espamento
                                                   metejoneando en orsái a la terraja

                                                   para zaparla debute a sotavento
                                                   al rebufo de curdas bandoneones
                                                   que fungen su tenaz compadreamiento.

                                                   Baten la justa violines, bandoneones,
                                                   empardando al que cincha con los gratas,
                                                   al tordo y al caftén con los minones
                                                   y al dandy con un reo en alpargatas. 

                                                   J.M.O.

                      (De mi libro ArTango- Pintura de Isabel Carafi)




sábado, 11 de febrero de 2023

Orquesta típica

                              

 


La misa de arrabal restalla su filarmonía en los diablescos instrumentos que

desenvuelven el tesoro arcano legado, desenroscan los sinfónicos misterios oxidados y

rompen el grave silencio que se espesa sobre las sombras vivas del rectángulo. 

La orquesta dispara tangos nacidos entre horizontes de fábricas con chimeneas humeantes y

rumorosas, en casas baratas pobladas de chiquillos, laborantes de lenguas errátiles,

laberintos ácratas, rostros de perfiles opacos, calles grises y estrechas, baldíos mechados

por hierbajos y cardales, y ariscas rutinas. Desatan temas de sollozo invariable. 

El remoto bandoneonista Vicente Greco denominó Orquesta típica a las que ejecutaban

estos temas nuevos inventados en las húmedas tierras rioplatenses para diferenciarla de

conjuntos que surfeaban otros ritmos. Los negros lo inventaron, los descendientes de los

inmigrantes y los compadritos lo adoptaron, los nuevos músicos lo impusieron y los

Cobián, De Caro, Delfino y Fresedo lo reformularon y lo convirtieron en violador de

fronteras. 

Poseídos por el alma de los fantasmas que pueblan los instrumentos, el

aquelarre conmueve al auditorio y el lucernario ilumina los arrequives del violín, los

cross en desmayado swing del pianista sobre el teclado; la guitarra descolgada del

ropero puntea acordes en la uña de carey del músico, obteniendo una sonoridad

diferente, batallando en los bordoneos. El contrabajo marca la temperatura emocional y

los espasmos epilépticos del bandoneón conjugan la magia del momento. Fraseos y

variaciones excéntricas, arrastres pugliesanos, canyengues y acordes encadenados y

contrastantes, vierten una carga romántica y de alta intensidad emocional. La fuerza

compadre del fueye apiazzolado expresándose en las cuerdas pianísima o fortísima le

confieren a la bávara jaula arrugada, la brillantez de un sonido melifluo y grave a la vez.

Todos son conscientes de estar viviendo la definición faulkneriana: “Ayer está pasando

hoy y mañana también”… En ese estallido y arrebato, resonando como campanarios, los

nudos de la vida se comprimen, se exprimen y estallan a modo de redención personal de

cada ejecutante. 

La expiación musical se consuma respetando las consignas de Pau Casals: “Afinar es una cuestión moral”.

Se viste la noche de aristocracia arrabalera con el germen fecundo de fraternos

hacedores de melodías vernáculas, de raras cadencias, de fina nervadura, que la comarca

idílica del Plata fue arrojando al porvenir para goce de milongueros y melómanos y la

nostalgia eterna de tantos porteños. En esa existencia conjetural o metafórica suena el

piano, la luz está sobrando, se hace noche de pronto y sin querer, las sombras se

arrinconan evocando a Griseta, a Malena, a María Ester. El fervor impregna las

excitadas pupilas en la representación tanguera y viven el simulacro de la felicidad

individual sobre el que se sostienen la tristeza y la ficción del mundo.

Bailen todos compañeros, que este baile lleva el paso.

Se desvanecen antiguos ritos ancestrales en la melodiosa madurez musical de las

partituras. El poeta recuerda las veredas que yo pisé, malevos que ya no son, bajo tu

cielo de raso trasnocha un pedazo de mi corazón. Y el ronquido ancestral del

bandónium contagia al ilusionista prestidigitador que mueve sus dedos con milimétrica

precisión y va sembrando muescas sobre la ríspida selva de botones, en sus rezongos

muy acentuados. Desarrolla su doliente misa con la seguridad de comprobar que Pedro

Laurenz le quitó el asma crónico a esa caja de cartón corrugado; que Pedro Maffia la

vacunó contra virus y furcios extraños a su índole y Aníbal Troilo le introdujo unos

ángeles en los entresijos de su alma para que pudiera orillar el cielo. Sin dejarse

intimidar por gente con más recursos técnicos, administrado su fueye con economía,

despreciando las olimpiadas del virtuosismo pero sabiendo lo que quiere sacar de los

músicos de su orquesta, masticando cada nota hasta hacerla mágica, claustral. Y al

estrujar tu fueye dormilón se arrima al corazón que sufre más. Las sombras que esta

noche trajo el tango me obligan a evocarla a mí también. Bailemos que me duele estar

soñando con el brillo de su traje de satén.

Las manos son la fuerza de choque, el cerebro y el corazón todo lo demás.

Vamos a demostrarles que el sur también existe. Y que el tango sobrepasa a la

pedantería de aquellos que quieren dividir la música en compartimentos estancos, por

categorías

¡La vida es una milonga!

(De mi libro ArTango. Pinturas de Isaben Carafi)

domingo, 5 de febrero de 2023

Para vos, tango

   Tango de Juan Antonio Morteo. 
   Lo interpreta la orquesta dirigida por él desde el piano.