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martes, 3 de marzo de 2020

BIEN MILONGA

     Borracho de pasión
     y ciego de querer,
     se lanza a tu atracción
     sin ver que más
     que un alma en ti, mujer,
     hay un vals.
          José González Castillo



Los valsecitos tienen ese no sé qué, viste, y junto a los tangos y las milongas que nos legaron los grandes del género, articulan la velada colorida de BIEN MILONGA, todos los Martes del año. Desde las 21 a las 0 horas milongueamos con el cuore fuera de borda, en la convidante pista de la CASA de ARAGÓN madrileña, con un ambiente entrañable.

                               

Un repaso por distintos lares donde también se milonguea tupido nos sirve de aperitivo para esta noche del mes de Marzo y nos da alas para ir imaginando lo que nos espera.

Arrancamos por el Taipei Tango Festival Gran Milonga, en la isla china de Taiwan y allí se florean Sebastián Achával y Roxana Suárez, bailando el tango Un infierno, interpretado por la orquesta de Miguel Caló, cantando Alberto Podestá.


Nos vamos a Montreal-Quèbec- Canadá. Concretamente  al Montréal aime le tango donde Ariadna Naveira y Fernando Sánchez se mandan al ruedo con el valsecito Lejos de ti, por la orquesta de Rodolfo Biagi, cantando Teófilo Ibáñez. 


De vuelta al pago, nos instalamos en la Milonga El entrevero, del club Fulgor. Y en este caso son Yanina Erramouspe y Leo Ortiz los que bailan La milonga que faltaba, por Edgardo Donato, su orquesta y el cantor Horacio Lagos.


Nosotros también lo bordamos esta noche después de este aperitivo ¡bien milonga!                                                                                               

domingo, 1 de marzo de 2020

Los milongueros y los barrios

   A veces me dan ganas de recrear historias reales, vividas en primera persona, con la única finalidad de que dicha realidad prime sobre tantos mitos que se crean y perviven largamente. Incluso saltan por sobre las fronteras y se incrustan en relatos que navegan en la irrealidad, convirtiendo la historia en historieta. Nada grave, pero me gusta que los tangueros y milongueros cuenten sus vivencias y entre todos nos formemos una visión real del pasado que nos ha traído hasta acá.

   Leo y escucho una y otra vez que en el barrio porteño de Villa Urquiza se bailaba un tango más elegante que en las demás zonas de la ciudad. Y lamento que esta afirmación cobre vuelo, con sus retazos del antes y el después, y el brillo mercenario de las palabras conviertan la calidez de la tradición en un juego de palabras que se afinca en la oreja, la lectura y la mente del que recibe este relato.

   He sido milonguero en los años grosos del cincuenta, me formé en un barrio bien milonga como Parque Patricios y recorrí los grandes reductos de la época. Podría nombrar numerosos clubes y salones por donde desfilé, con amigos de la barra o sólo, disfrutando de aquellas milongas inolvidables y, a mi juicio, irrepetibles, por la cantidad y calidad de los bailarines de ambos sexos.

                                     

   Podría citar el Sportivo Buenos Aires, Social Rivadavia, Villa Malcom, Unidos de Pompeya, Terremoto de Barracas, Sin rumbo, Estrella de Maldonado, Villa Sahores, Estrella de Maldonado, Pinocho,  Pista de Lima, Premier, Estrella de Oriente, Palacio Rivadavia, Unione é Benevoleza, salón La Argentina, Italia Unita, Centro Asturiano, Centro Lucense, Palacio de las flores... etc. Pero, sobre todo, con la barra, crecimos como milongueros en las hermosas, modernas y grandes pistas del Club Atlético Huracán, en la avenida Caseros. Por donde pasaron todas las grandes orquestas de la época y bailamos en vivo con Pugliese, D'Arienzo, Di Sarli, Troilo, Gobbi y demás. Incluso en las 7 grandes noches de carnaval. Y venían milongueros/as de todos los barrios y era una muchedumbre que llenaba esos salones majestuosos inaugurados en 1941. 

   Jamás oí ni leí jactancias o alabanzas sobre el tango que se bailaba en esa sede maravillosa. Los domingos con grabaciones y algunos sábados con orquestas de tango y jazz. En nuestra barra había de todo. Teníamos dos o tres muy elegantes bailando, otros acopiadores de figuras, y en general un buen  nivel porque practicábamos en el club del barrio durante la semana, y entre nosotros nos corregíamos y sacábamos pasos nuevas... En todos los barrios había muy buenos, buenos y regulares bailarines. Ninguna zona tenía prevalencia sobre otras.

   Si elogiamos por sobre todo a los milongueros de Villa Urquiza (el barrio en que nací), valdría la pena recordar que Copes era de Villa Pueyrredón, María Nieves de Saavedra, Miguel Ángel y Osvaldo Zotto de Villa Ballester, Fino Ribera de Villa Luro, Antonio Todaro de Mataderos, Milena Plebs de Temperley, Gloria y Eduardo de Parque Patricios, Pupy Castello de Boulogne, El Cachafaz de Balvanera, Virulazo y Elvira de Mataderos, Pepito Avellaneda de Avellaneda, Petróleo de Villa Devoto, el flaco Tin y Teté de Pompeya, Carlos Gavito de Avellaneda... Simplemente son citas que obligan a la reflexión.

                             
Copes-María Nieves

   Siempre discutíamos sobre nuestras preferencias. Se era hincha de una orquesta como de un equipo de fútbol. El tango y el fútbol eran las pasiones porteñas. También teníamos equipos, participábamos en torneos diversos y jugábamos contra muchachos de otras zonas. Como en todos los barrios y en todos los equipos, los había muy técnicos, o fuertes, o displicentes o acalorados. Igual que en el baile. En todos los equipos siempre había uno o dos que tenían un imán en el pie y manejaban la pelota y el juego. El resto nos complementábamos. No había un barrio que  prevaleciera sobre los otros, ni siquiera los de Villa Soldati o Sarandí, por ejemplo, que tenían montones de campos de fútbol.

   Como decía Julián Centeya: "para contarlo hay que vivirlo", y es por eso que pretendo rescatar esas noches vividas a puro tango, con orquesta o con grabaciones. Cuando había infinidad de los que hoy llamamos discjockeys que pinchan tango en medio mundo. Pero entonces, jamás supimos quien era el que pasaba la música que estábamos bailando y nos era generalmente invisible porque no se veía su figura.. Y puedo asegurar que  siempre salíamos hinchados de milonguear porque no le erraban en la selección. El tango se vivía a pleno todo el día, dado que había infinidad de audiciones radiales en las cuales se hablaba sobre la música popular, se escuchaban las novedades y las orquestas tocaban en vivo por la noche. Aprendí tanto que, gracias a ello, concursé a mis 25 años en el exitoso programa "Odol pregunta" sobre la Historia del Tango.

   Una vez al año hacíamos un "Festival" en algunos de los clubes sociales que teníamos en el barrio -y que tanto hicieron por la niñez y la juventud-, para reunir fondos y comprar camisetas, pantalones y medias de fútbol para nuestro equipo. Un locutor de Radio Libertad, que era vecino nuestro traía artistas y personajes conocidos y  con 18 años yo hacía de presentador y musicalizador de la milonga. ¿Qué música ponía? La que tenían en la discoteca del club.  Como cuando practicábamos: D'Arienzo, Di Sarli, Troilo, Pugliese, D'Agostino, Tanturi... Estaba todo inventado ya, con aquellos discos de 78 rpm.
                         
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   Sí, hoy estoy con muchas ganas de desmitificar tanta sanata que se escribe sobre el tango en artículos, libros, folletos y demás, y voy con otra del género. Algunos afirman, sin base alguna para fortalecer sus conceptos, que el tango bailable tenía acepciones distintas como Tango salón, Tango milonguero o Tango del centro. Pretendiendo basar sus teorías en las dimensiones del lugar o en la forma de bailarlo. Algo absurdo. Yo venía de bailar en un salón inmenso como el de Huracán, por ejemplo, y tempranamente me afinqué en la Confitería Montecarlo de Corrientes y Libertad. También bailé en la Nobel, la Dominó y  otros lugares céntricos. Allí, los espacios eran reducidos y había que caminar con mucho tino, cuidando a la pareja de turno, con movimientos suaves y pasos controlados.

   Pero no cambiaba de denominación el tango, porque allí bailé con la orquesta de Armando Cupo que acompañaba al flaco Morán, con Osvaldo Fresedo, con Tito Martín, con Roberto Caló, con Lesica-Lavié y su orquesta,  que hacían el tango de siempre y nosotros nos adaptábamos al espacio. Jamás oí hablar de todas esas denominaciones que intentan ahora introducir como históricas y que no existen ni existieron jamás... Incluso hay profesores/as de baile que le inventan más apellidos al Tango para captar alumnos...

Como reza el tango de José Raúl Iglesias y Juan Bautista Gatti que cantaba Alberto Castillo con la orquesta de Tanturi en 1941:

El tango es el tango... por más que le pongan
ribetes compadres o cintas de amor.
El tango es el tango... si tiene milonga
no importa que sea
de ayer o de hoy...

jueves, 27 de febrero de 2020

Carlos Di Sarli, un tango distinto

El gran musicólogo que tuvo el tango, Luis Adolfo Sierra, definía de este modo a la orquesta del pianista de Bahía Blanca que supo conquistar a una enorme masa de aficionados. Y que hoy día brilla a través de las grabaciones en las milongas de tantos países del mundo.

   Acaso sean muchos los nombres fundamentales que encierra la historia del tango. Pero es indudable que el de Carlos Di Sarli exige su inclusión irremisible dentro de la más escueta y restringida nómina que pudiera proponerse.

   Pianista, compositor y director de orquesta de primerísima magnitud, llegaba a la meta de su postergada consagración -lo mismo que otras grandes figuras del tango- con una foja artística tan intensa como descollante.

La orquesta de Carlos Di Sarli en los 40 con su cantor Roberto Rufino
   
   El estilo Di Sarli, que se ha mantenido casi inalterable desde sus comienzos allá por 1926, tiene vinculaciones esenciales con la primitiva modalidad orquestal de Osvaldo Fresedo. Sin mayores preocupaciones de carácter armónico, las versiones de la orquesta de Carlos Di Sarli están invariablemente ajustados a un esquema establecido, cuyo interés sonoros se logra por conducto de una gama de matices muy precisos, y a la vez, muy sutiles, alternando en acertados contrastes los "stacattos" con los ligados y los "crescendos" con los pianísimos.

   El empleo de la cuerda al unísono, prescindiendo casi invariablemente de los bandoneones como voz cantante, y la permanente labor del propio Di Sarli con su inimitable conducción pianística, así como los contracantos del primer violín Roberto Guidsado -plenamente identificado con su forma de expresión- conceden su colorido característico al conjunto.

   Pero dentro de esa homogénea estructura instrumental, no cabe duda que lo más importante como aporte interpretativo desde el punto de vista de la creación, radica en el estilo pianístico de Carlos Di Sarli, con su fabulosa mano izquierda marcando un ritmo de tango de sencilla contextura y profunda emotividad.

   La orquesta de Carlos Di Sarli, modelo de tango clásico, realzado por concepciones musicales de muy interesante contenido, que su director procuró siempre superar hasta en su composición numérica -el último de sus conjuntos alineaba en la fila de violines a Roberto Guisado, Elvino Vardaro, Simón Bajour, Antonio Rossi, Claudio González, Elías Slon, Juan Scaffino y Carlos Arnaiz- contó con la adhesión apasionada de legiones de admiradores, que no admiten todavía otra modalidad instrumental que no sea aquella protagonizada por el desaparecido maestro.

                                 

martes, 25 de febrero de 2020

BIEN MILONGA

   Es mi expresión y es mi compás
   palpita el alma del percal.
   Yo soy el tango soñador
   que brilla y triunfa en el salón.
   Yo soy de ley y es mi compás
   dulzón y triste, pasional...
        Reynaldo Yiso



Brilla y triunfa en el salón. Así lo disfrutamos todos los Martes del año en BIEN MILONGA. Bailando a compás con esas orquestas imperecederas e imbatibles que nos inspiran y nos guían desde el surco del disco. Desde las 21 a las 0 horas disfrutamos a rolete en la coqueta pista de la Casa de Aragón (Plaza República Argentina nº6 - Madrid).

                                 
Como paso previo y convidante, nos damos una vuelta por distintas milongas y vamos templando el ánimo milonguero con vistas a la velada que nos espera.

Arranco por el Embrace Berlín Tango Festival, de Alemania. Allí están Clarisa Aragón y Jonathan Saavedra que se mandan con este tangazo: El puntazo, por la Solo Tango orquesta.

                                   
La sigo en el White Night Tango, y en este caso es la pareja integrada por Roxana Suárez y Sebastián Achával los que se lucen con el valsecito Viejo portón, interpretado por Rodolfo Biagi, su orquesta y el cantor Teófilo Ibáñez.
                   

Pongo la marcha atrás, instalándome en La Milonga del Morán, donde podemos recordar a Julio Balmaceda, recientemente fallecido, bailando con Corina de La Rosa, esta milonga: No hay tierra como la mía, por Francisco Canaro, su orquesta y Ernesto Famá. 

       
Y ya empiezo a campanear el reloj  pensando en la que nos espera esta nochecita...                                                                 

viernes, 21 de febrero de 2020

Roberto Rufino

"Soy el último romántico del tango"

A 37 años de su debut profesional, el veterano cantante y autor mantiene incólumes su fama y pasión tangueras. En vísperas de presentar su último longplay, evoca sus comienzos y define su personal, inconfundible estilo.

Cuando aparezca el próximo long-play de Roberto Rufino (52, tres hijos) se habrá consumado una hazaña casi sin precedentes en la música popular argentina: un cantor de tangos que desde hace 37 años se mantiene en los primeros puestos del ranking de su especialidad. Claro que en la dilatada carrera de RR se produjeron altibajos, frustraciones y períodos oscuros; pero una y otra vez logró superar esas caídas, reconquistando con creces su sitial en el panorama tanguístico nacional. Tal vez el secreto de Rufino sea su decisión de desdeñar la adopción de un estilo definido y rígido, para darle a cada interpretación un sabor propio. 



                                
Esa circunstancia, unida el hecho de que en su repertorio intercaló siempre los éxitos tradicionales del compás porteño con las más modernas creaciones de la especialidad, le permitió adaptarse al gusto popular con el correr de los años. De esa manera, el próximo disco permitirá a los fanáticos del 2x4 comparar las primeras grabaciones de RR en 1935 con las actuales, pudiendo establecer diferencias concretas entre el tango de antaño y el de 1973, que al decir del veterano cantor, "no ha muerto ni mucho menos".

Esa superposición de estilos —siempre en tono romántico— de que hace gala Rufino parece también haber ganado su vida cotidiana. Así, el lujoso chalet en el que vive, en la coqueta localidad bonaerense de Acassuso exhibe un curioso cartel: Disneylandia, reza. Sucede que allí funciona un centro de recreación infantil, guardería, natatorio y colonia de vacaciones, que Rufino regentea junto con su mujer. Debido a esa razón, la entrevista que el veterano cantante mantuvo la semana pasada con Siete Días tuvo un desarrollo muy peculiar: debía ser interrumpida frecuentemente ante la irrupción de bulliciosos grupos de niños. 
De esa manera, no extrañó que las primeras palabras de Rufino fueran referidas, precisamente, a su niñez.
—Desde muy chico me gustó el tango. En realidad toda mi vida estuve mezclado con la música de Buenos Aires. Por eso, a mi familia no le pareció raro que yo debutara como cantor profesional a los 14 años. ¡Usaba pantalones cortos!

—¿Cómo fue su debut profesional?
—Empecé cantando en el café Nacional y en Radio Mitre, con el maestro Francisco de Rose. El Nacional era un café típico del Buenos Aires de la década del 30. Estaba en la calle Corrientes casi esquina Carlos Pellegrini. Era angosto y largo como la calle. Mi primer tango como profesional fue Milonguero viejo, que en aquella época se cantaba y hoy ya no. La letra decía: "linda pebeta de mi sueño en tango llorón..." y no me acuerdo más. ¡Cuánto hace que no lo canto!
—En una carrera tan larga debe haber conocido a todos los grandes maestros del tango...
—¡Uff! Actué con todos, absolutamente todos. Hasta con el tío de Ringo Bonavena, don Antonio Bonavena, en el famoso Petit Salón, que estaba en Montevideo y Corrientes. Actué con Pichuco Troilo, Francini y Pontier, Carlos Di Sarli, qué sé yo, canté con todo el país...

—¿Lo conoció a Gardel?
—No, no tuve esa suerte aunque nací en la zona del mercado de Abasto en Agüero y Zelaya, cerca de la casa de él. Después fui amigo de Armando Defino, su apoderado. Un día, estaba actuando en un teatro, se me acerca y me dice: "Roberto, te quiere conocer la madre de Gardel". Entonces lo acompañé y la conocí.
—¿Cuál fue su mejor época?
—Sin duda, los cinco años que pasé con el maestro Di Sarli. Calcule que él me contrató cuando yo recién empezaba y todavía usaba pantalones cortos. A veces, cuando me daba vergüenza, le robaba un traje a mi hermano, de pantalones largos, gris a rayitas. Así anduve un tiempo, hasta que el maestro Di Sarli me compró mi primer traje en Los 49 Auténticos.
—¿Y no había problemas en que actuara un chico de pantalones cortos en confiterías?
—Cuando actuaba de noche, sí. Yo, para disimular, trataba de cantar medio escondido detrás del piano. Pero una vez, en la boîte Moulin Rouge, tocaron los dos timbrazos que indicaban que había llegado la taquería. Entonces, Di Sarli me tiró un sobretodo largo, que me llegaba hasta los pies y me hizo salir por una puerta de atrás. Después de eso, no actué de noche hasta que me compraron el traje con los pantalones largos.

—Usted habla de actuaciones nocturnas. ¿Las orquestas de tango ofrecían funciones durante las horas del día en aquella época?
—¡Claro! Antes el tango era cosa seria. Empezaba en el café Nacional a las 9 de la mañana y terminaba recién a la madrugada.
—De todas las cosas que se fueron perdiendo con el correr del tiempo en la vida de la ciudad, ¿cuál es la que usted más siente?
—Sin duda, la gran cantidad de clubes y bares que han cerrado sus puertas, especialmente los de la calle Corrientes. Aquellos locales, además de un reducto del buen tango, constituían una fuente segura de trabajo para muchos compañeros.
—¿Y el público varió de una época a otra?
—Yo me acuerdo de algunas actuaciones mías, por ejemplo en la audición radial Ronda de Ases, o los bailes de Marabú, que tenían un público numeroso y entusiasmado. En aquel momento actuaban casi simultáneamente duplas sensacionales, como la de Pichuco con Fiorentino, D'Agostino con Angelito Vargas, D'Arienzo con Alberto Echagüe y Di Sarli conmigo. Ahora hay menos público y un poco distinto. Algo menos de fervor. Aunque, en mis últimas actuaciones en un boliche, Cheyenne, de Martínez, el público me hizo acordar un poco al de antes. Creo que hay una especie de resurgir del tango.



Carlos Di Sarli con sus cantores Alberto Podestá y Roberto Rufino

—Usted nombró unos cuantos valores del pasado, ¿no surgen nuevos, de recambio?
—Sí, en la última hornada están Néstor Fabián, Alberto Marino y Marina Dorell, por ejemplo.
—¿Le gustaba más el tango de antes que el de ahora?
—Mire, a mí me gusta llegar al público. A veces, el público quiere el tango de antes, pero hay muchos temas nuevos que también llegan a la gente. Yo también voy a cantar esos nuevos temas. Tampoco hago distingos entre mi profesión de cantor y la de autor de temas. En los dos aspectos y a lo largo de mi carrera, lo que siempre me interesó fue estar en contacto con el público. Y fíjese que eso lo logré antes de ser profesional y cuando era un adolescente. En 37 años de actividad creo que logré bastantes cosas.
—¿Cómo fue su carrera de autor?
—Empecé a escribir temas después de unos 10 años de actuación como cantor, y esa actividad terminó siendo una de mis labores más trascendentes. Tuve muchos grandes éxitos y no me acuerdo ni del número de ellos ni de la mayoría de sus nombres. Le podría citar, por ejemplo, El clavelito, Déjame vivir mi vida, Manos adoradas, Soñemos, Calla, En el lago azul, Cómo nos cambia la vida, Romance del pueblo, El bazar de los juguetes, qué sé yo, un montón. Hasta hice varios boleros. Uno de ellos, La Luna y el Sol, de 1950, tuvo 199 grabaciones en todo el mundo. Fue un gran éxito internacional. En realidad, tengo que agradecer a todas las orquestas y a todos los cantores que constantemente me piden temas para interpretar.

—¿Está conforme con su trayectoria?
—Yo no estoy nunca conforme con lo que hago. Siempre trato de mejorarlo. De no haber sido por esa actitud de permanente crítica, posiblemente mi carrera no habría durado ni la décima parte de lo que duró.
—¿Cuáles fueron sus mejores éxitos a lo largo de su carrera?
—Curiosamente, los tangos que a mí más me gustaron y que más fueron pedidos por el público, por una serie de imponderables nunca los grabé. Ellos son Cambalache, Alma de bandoneón y Buenos Aires. También me gustó mucho A la luz de un candil, pero ése lo grabé varias veces.
—¿Cuál es su verdadero estilo?
—Más bien romántico. Creo que debo ser el último romántico del tango.
—¿Y en la vida privada también así romántico?
—¡Mucho más!
                                                         
(Revista Siete Días Ilustrados. 15 de octubre de 1973)



martes, 18 de febrero de 2020

BIEN MILONGA

       Fugaz
       historia de los dos.
       El tango nos lleva
       por la vida bailando.
       Tú y yo
       y un loco frenesí
       que nos fue acompañando.
              Dan Durán


Es el frenesí milonguero del que podemos hablar los que llevamos años milongueando, acá, allá y acullá. Es como una luz que nos ilumina, nos concita, nos une, nos imanta, nos acompaña por la pista y nos deja ese  gusto en el cuerpo que tarda en abandonarnos.

Esta noche en BIEN MILONGA repetimos ese rito colectivo con la misma  persuasión interminable, tantas cadencias y el nudo de los cuerpos irradiado por la música que brota del altavoz. Esa música que uno ha mamado desde niño y que acompañó mis primeras milongas en la adolescencia.


Ahora me doy una vueltita por milongas varias para ir templando gaitas de cara a  la milonga de esta nochecita milonguera. Arranco por el Tango Navidad Marathon  para ver en acción a Germán Ballejo y Magdalena Gutiérrez, que se despachan con este tango: Bien pulenta, por la orquesta de Juan D'Arienzo cantando Alberto Echagüe.


Sigo viaje y me planto en el Bruselas Tango Festival. En la capital belga son Juana Sepúlveda y Carlitos Espinoza, los que bailan el valsecito Temo, por la Orquesta Típica Victor, cantando Mario Corrales. 
                                                                                                             
Salto a Alemania, al Munich Internacional Tango Festival. Donde se lucen Aoniken Quiroga y Alejandra Mantiñán  con la milonga Maldonado. Interpreta Pedro Laurenz con su orquesta, cantando Alberto Podestá.

Claro que así nos enchufamos fenómeno para esta noche de BIEN MILONGA....                                     

domingo, 16 de febrero de 2020

La guitarra de Don Andrés

EDMUNDO RIVERO

Iba a ser en España donde, precisamente, habría de unirme con otra de mis guitarras predilectas, la que perteneciera hasta entonces al maestro Andrés Segovia.

    Había ido a la famosa Casa Ramírez a ver instrumentos, con la idea de comprar uno. Sin embargo, ninguno de los muy buenos que veía terminaba de satisfacerme porque, desde siempre, en la Argentina hemos sabido de guitarras y hemos tenidos muchas espléndidas, inclusive de la propia casa Ramírez. Localicé por fin una, fuera del sector donde se agrupaban, bien ordenaditas, la mayoría de las exhibidas.. Me llamó la atención su lujo, su acabado perfecto y el detalle de que tuviese agudos Hauser y graves "de la casa". Me explicaron que esa guitarra no estaba en venta, que era nada menos que del maestro Segovia.

    No me resigné. Supe también que hacía ya tiempo que el maestro tenía allí su guitarra y que no mostraba urgencia por ella. Insinué la posibilidad de que quisiese venderla y, sobre todo, declaré con verdad ser admirador y hasta conocido del gran concertista.

                                      

    Lo primero era indemostrable, pero yo no mentía al afirmar mi condición de admirador porque, a cada venida a Buenos Aires del gran guitarrista, había respondido yo con mi concurrencia a sus conciertos. Amaba tanto a mi oficio, del cual era el número uno, que nunca hubiese dejado de ir a oírlo. Lo hice desde platea y desde gallinero, y una vez que no me quedó otro remedio, desde un pasillo de cazuela, desde atrás de una cortina y por gracia de un acomodador gauchazo.

    Además, con Segovia nos había envuelto una vez un equívoco de equipajes. En el vapor de la carrera a Montevideo habían puesto la guitarra de Segovia, en su estuche, junto con las de mi conjunto y la mía, pensando que eran todas del mismo grupo. Al llegar a puerto se aclaró el error y tuve el gusto, por primera vez, de estrechar la mano de Don Andrés. Pero estaba escrito que alguna vez quedaría conmigo alguna de sus guitarras.

    Segovia debe haberse asombrado, al principio, por tanta insistencia mía pero, sea porque me recordaba, porque me conocía o, simplemente porque dio valor a mi entusiasmo por esa guitarra, que me la concedió. Supe que había sido el propio gran maestro quien había diseñado y dibujado los planos del instrumento.

    Todavía hoy, la buena gente de la Casa Ramírez no debe comprender como pudo haber tenido ese desenlace mi empecinamiento. Lo cierto es que, gracias a él, se integró el par de mis guitarras más queridas: una la del maestro español que considero el mayor guitarrista que haya oído jamás; la otra, esa bellísima guitarra de Francisco Canaro, que fue capaz de revolucionar el tango, pero que nunca había podido rasguear siquiera unos acordes en esa viola que era sólo  "para las fotos". 

(De su libro "Una luz de almacén")