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domingo, 4 de abril de 2021

El pensamiento vivo de Juan D'Arienzo

A 60 años de su debut en la música arrabalera

Su permanencia en los más encumbrados sitiales del tango ya no llama la atención de nadie. Reconocido por su talento, el viejo maestro es también una especie de biblioteca ambulante del dos por cuatro, capaz de memorar las más sabrosas y picantes anécdotas.

Su cara es lo más parecido a una pasa de uva. Cuando dirige su orquesta típica los mofletes se le hamacan rítmicamente y todo su cuerpo se inclina hacia adelante, mientras los brazos, siempre en alto, van marcando la entrada y el ritmo de cada uno de los grupos instrumentales. Juan D'Arienzo (73), artísticamente conocido con el mayestático título de 'El rey del compás' es, sobre todo, un verdadero showman, un hombre que hace de su música un espectáculo audiovisual cuyo principal protagonista es él mismo. Sin duda, JD constituye, además, uno de los casos más sorprendentes de supervivencia musical. Su vigencia a través de los años, su interminable espíritu nervioso —peculiaridad que le place recalcar ante quien quiere escucharlo— le han permitido transitar un largo sendero, codeándose siempre con el éxito. 

Temperamental y dicharachero, su prodigiosa memoria es un verdadero reservorio de anécdotas. Nostalgioso de "aquellos tiempos en que existían los cabarets", la semana pasada festejó su cumpleaños, el que coincidió con el aniversario de su primera incursión musical hace 60 años. Tan porteño como el obelisco, D'Arienzo suele pasar las noches en el sótano de un bowling de la calle Carlos Pellegrini, habitualmente hasta mucho más allá del amanecer. Allí, en medio de un estruendo agobiante, compartió —el sábado pasado, a las tres de la madrugada— varios cafés con un redactor de Siete Días, e hilvanó un diálogo que recorrió su extensa trayectoria, sus casi 150 discos de larga duración —un auténtico record internacional—, más de cuatro mil títulos impresos y buena parte de sus recuerdos.

                                 
—Mirá, pibe, ¿vos sabés lo que son sesenta años con la música, de los cuales cincuenta y siete son con figuración en cartelera? ¡Un plomo!

—¿Dónde nació, maestro?

—En Cevallos y Victoria. Porque la calle Hipólito Yrigoyen, para mí, sigue siendo Victoria.

—¿Cómo festejó su cumpleaños?

—Con una fiesta sensacional en la casa de mi amigo D'Amico. Estuvieron ministros, generales, de todo. Y estaba Jorge Sobral. Fijate que me dijo que quería sacarse el gusto de que yo lo dirigiera. Y ahí nomás le metimos. Canta lindo ese muchacho. Y el mismo Perón me envió sus saludos y me mandó decir que lo disculpara por no haber venido. Dígale a mi tocayo que no voy a saludarlo porque el doctor Cossio no me deja salir de noche, me comunicó. Porque nos conocemos del tiempo en que íbamos al Luna Park a ver las peleas de Gatica con Prada. Después nos reuníamos con el finadito Ismael Pace y con Lectoure: comíamos un asadito, tomábamos unos whiskies y nos jugábamos un buen truco. Yo hacía pareja con Borlenghi. Hace más de veinte años que soy amigo del general, lo conozco de cuando era coronel.

—¿Cómo y por qué se dedicó usted al tango?

—Bueno, primeramente me enganché con el jazz. Empecé tocando el violín, y después el piano. Y así llegué a hacer grandes temporadas en el viejo cine Select Lavalle, allá por el año 23 ó 24. Estaba Cosentino en el saxo y había otros muchachos. Después seguí tocando jazz con Verona, en el Real Cine, y con nosotros estaba Lucio Demare en el piano. Tenía 20 años ese muchacho.

—¿Cómo se llamaba ese conjunto?

—Ah, no sé. Nosotros tocábamos ahí. Verona el banjo, yo el violín, Demare el piano, Niburisky la batería y Finich el trombón. Después vino la época en que se terminaron las películas mudas. Para entonces yo ya tenía una linda trayectoria: había pasado del Select Lavalle al Real Cine. Y después de eso empecé a tocar en la rondalla Cauvilla-Prim. Ahí me acompañó Eugenio Nóbile, gran violinista. Pero al final fui único violinista de aquella orquesta. Hacíamos una música muy alegre, movida, bien española.

                                   
NACE "EL REY DEL COMPÁS"

—¿Cómo pasó de esos géneros al tango?

—A mí me dio por ese lado porque el dos por cuatro me gustaba desde siempre. Yo tocaba tangos desde los 18 años, y ya por el año 26 actuaba en el Paramount con Luisito Visca y Angel D'Agostino. Y ahí empecé a elaborar el estilo que tengo ahora, de hacer sobresalir el piano y la cuarta cuerda del fondo, que tocaba Alfredo Mazzeo.

—¿Y de dónde proviene su apelativo de El Rey del Compás?

—Ese nombre me lo pusieron en el cabaret Florida, el antiguo Dancing Florida. Ahí tocaba Osvaldo Fresedo, mientras yo actuaba en el Chantecler, que era de los mismos dueños. Entonces yo me pasé al Dancing, allá por el 28 ó el 30, y conocí al famoso Príncipe Cubano, que era el que presentaba los números. Estaba Julio Jorge Nelson, también. Bueno, entré ahí y recuerdo que lo tenía a Howard en el piano. Y por esos días fue que el propio Príncipe Cubano me puso el título de El Rey del Compás, por ese estilo que tenía yo, ¿no?

—¿Cómo era y cómo es ese estilo; cómo lo define?

—Bueno, es muy personal. La mía es una orquesta recia, con un ritmo muy acompasado, nervioso, vibrante. Porque el tango para mí es tres cosas: compás, efecto y matices. Una orquesta debe tener, sobre todas las cosas, vida. Y por eso es que la mía perdura desde hace más de cincuenta años. Y cuando el Príncipe me puso ese título, yo pensé que estaba bien, que tenía razón. Y tiempo después le grabé un tango, que precisamente se llama El Rey del Compás. Y mire que le estoy hablando de grabar, porque yo hace 39 años que estoy con la misma discográfica y ya tengo como nueve o diez discos de oro.

—¿Qué diferencias existen, maestro, entre el tango de la vieja guardia y cierta corriente surgida en los últimos años, que se podría expresar, por ejemplo, en los nombres de Astor Piazzolla y Osvaldo Piro?

—Bueno, son todos buenos muchachos y grandes músicos, sin duda. Ellos piensan distinto, sin embargo, a lo que pienso yo. Creen que pueden imponerle al público lo que a ellos les gusta. Como músicos son muy respetables, pero que eso que tocan sea el tango, no. Eso no es tango.

—Usted es considerado un maestro, entre otras cosas, por el modo como dirige, especialmente a los vocalistas. ¿Qué cantores surgieron a su lado?

—Ah, muchísimos. Fíjese que Carlos Dante ya grababa conmigo en los años 18, 19 y 20, para un sello que se llamaba Electra, de la firma Améndola. Con Juan Polito en el piano y yo en el violín, Dante cantaba los tangos de Discépolo. Yo a Enrique le grabé casi toda su producción. Éramos muy amigos, y cada vez que yo debutaba en el Chantecler, él venía con una barra muy grande; no faltaba ni uno: Enrique, Canaro, Fresedo, Tania, Lomuto, todo el mundo. Me acuerdo que Marianito Mores era una criatura cuando lo llevó Canaro y me lo presentó. Pichuco, imagínese, era un purrete gordito; yo lo conozco de chico, y lo tuve grabando unos discos conmigo en la Víctor, en el año 35. Recuerdo que Pichuco se lució, por entonces, en un tango importante como fue Sábado Inglés.

                                 
42 AÑOS DE CABARET

—Y en cuanto a los cantores, ¿es verdad que usted dirigió a Gardel?

—No, Gardel trabajaba conmigo en el Paramount, pero no cantó con mi orquesta. El hacía el dúo con Razzano, en los entreactos. Era la época en que yo hacía jazz con Verona. Después volvimos a actuar juntos en el Real Cine, siempre en los entreactos. Pero sí bien no cantó bajo mi batuta, Gardel era medio fana mío y siempre venía a los cabarets donde yo estaba. Porque no sé si le conté que tengo 42 años de cabaret. ¡Si conoceré la noche, yo! ¿Querés que te diga y te enumere dónde actué yo?

(la pregunta surgió acompañada de un guiño y una sonrisa. Notablemente satisfecho por poder explayarse sobre sus recuerdos, haciendo gala de una excepcional memoria y simpatía, D'Arienzo lanzó una breve carcajada, tosió mientras encendía un enésimo cigarrillo —"fumo una barbaridad y el médico me tira la bronca, pero qué voy a hacer", se justificó—, y depositó una mano venosa y ajada sobre el hombro del redactor.)

—Anotá, pibe, y no seas plomo: Abdullah, Palais de Glace, Florida, Bambú, Marabú, Empire, Chantecler, Armenonville... Todo eso en 42 años. Así que imaginate si conoceré gente de la noche.

—¿Extraña mucho todo aquello?

—Y claro. Pero yo siento que estoy continuando mi carrera. Ojo que yo no tengo etapas; soy una continuidad.

—Volviendo a una pregunta anterior, ¿a qué vocalistas lanzó usted, maestro?

—Un montón, pibe: Carlos Dante, Jorge D'Amicis, Armando Laborde, Alberto Echagüe, Mario Bustos, Héctor Mauré. A este último le puse ese nombre porque mi finada esposa era de apellido Maure y este chico vivía en la calle Mauré. Entonces le dije, allá por el año 40: Te vas a llamar Héctor Mauré. Y era natural, porque él venía de un concurso en el que se había presentado como Tito Falibene. Y se lo expliqué: Tito Falibene con Juan D'Arienzo no camina. Haceme el favor, eso no puede ser.

—En el ambiente tanguero usted es famoso por bautizar cantores. ¿A quién más le cambió el nombre?

—Y bueno, yo bauticé a Jorge Valdez, porque Valdez era un gran médico uruguayo al que conocí y admiré. Y Armando Laborde tampoco se llama así; se llama Dáttoli. Mirá qué cosa, a mi me salen todos italianos. D'Arienzo también lo es, pero cualquiera se da cuenta que D'Arienzo con un Dáttoli o con un Falibene no puede hacer tangos. Entonces, en un viaje en ómnibus, en Carrasco, donde yo actuaba, el asunto de Dáttoli me tenía preocupado. De pronto, le pregunté al chofer cómo se llamaba. "Armando Laborde"- me dijo el hombre. Bueno, le dije a Dáttoli, que recién se iniciaba, usted desde mañana se llama Armando Laborde.

                                 
PLOMO, PLOMITO Y PLOMAZO

—¿Es cierto que usted es el inventor de la palabra plomo tan común en el argot ciudadano?

—Naturalmente. Porque siempre digo que hay muchos plomos, tipos bien pesados. Ahora bien, hay que diferenciar tres categorías: plomo, plomito y plomazo. Ja, pero son cosas cariñosas. Ya ni recuerdo cómo fue que se me ocurrió; sólo sé que fue hace muchísimos años, durante un ensayo. Había un muchacho de la orquesta que no agarraba el ritmo que yo quería. Entonces le pegué un grito: "¡Toque ahí, hombre, no se me duerma! ¡Usted es un plomo!"

—Se diría que usted es un nostálgico, un hombre que añora aquella vida de noctámbulo, de cabarets y de amigos. ¿Es que está dejando de serlo, o es que cambió la vida de Buenos Aires?

—Bueno, si yo tengo 42 años de cabaret, no puede ser que no extrañe aquello. Los dancings terminaban a las cuatro de la mañana; uno entonces se iba a cenar, a conversar con los amigos. Cuando se quería acordar eran las siete o las ocho de la mañana. Y si ahora alguien me manda a dormir a las diez de la noche, yo lo mato. Y lo mato porque no puedo dormir, porque no estoy acostumbrado, porque yo tengo la vida hecha al revés.

—¿A qué hora se levanta?

—Y qué sé yo. Ayer me acosté a las siete de la mañana, porque estuve jugando al truco con Mancera y otros muchachos, ahí en un bar de Uruguay y Corrientes. Me levanté a las tres de la tarde y me fui a grabar un long-play. Lo grabamos en cinco horas, record de los records, y ahora son como las cuatro de la mañana y estoy como una lechuga.

—¿Cuándo ensaya con su orquesta?

—Eso depende de las obligaciones que tenga. Los muchachos ya están muy afiatados; somos una orquesta sólida. Ensayamos tres o cuatro veces y ya cada uno de los muchachos sabe qué tiene que hacer. Yo les hago algunas correcciones y asunto arreglado. A veces sólo falta que yo les imprima mi sello, algo que cuido mucho, porque subir es difícil, pero más lo es mantenerse. Y yo llevo sesenta años en esto.

—Como porteño y como noctámbulo ¿qué cambios cree que ha sufrido la vida bohemia de Buenos Aires?

—La vida de hoy es otra cosa. Todo ha cambiado completamente. Pero qué te puedo contar yo, si no hay comparación. La vida nocturna, para mí, ha desaparecido. Nosotros empezábamos a vivir recién a las cuatro de la mañana. Y ahora usted mira las calles a la una de la madrugada, después de la salida de los cines, y no hay un alma. Es un plomo, ésa es la verdad.

—¿Y a qué se debe eso?

—Qué sé yo. No se lo sabría contestar. Yo veo lo que pasa, pero no sé por qué pasa.


CUANDO CORRIENTES ERA ANGOSTA

—¿Es que hay una bohemia perdida?

—Sí, puede ser. Y quizá por eso es que yo extraño todo aquello. Cuando Corrientes era angosta salíamos a caminar a las cuatro o a las cinco de la mañana, y todo el mundo estaba en la calle. Teatros, cafés, restaurantes, cabarets, todo estaba abierto y lleno de gente. Uno caminaba y era recibir saludos a cada paso. En cambio, ahora está todo vacío...

—¿No será que la gente tiene menos dinero?

—Y, puede ser.

—¿Por qué los artistas de antes de su época, eran tan callejeros? ¿Es que ahora no salen para mezclarse entre el público.

—Bueno, hay algunos que nunca han salido. Que jamás han sido de la noche. No sé qué es mejor, pero nosotros salíamos porque nos gustaba tomar un café por ahí. Buenos Aires cambió, y a la fuerza uno también tiene que cambiar. ¿Qué quiere que haga yo? ¿Que vaya solo caminando por la calle Corrientes? Me van a decir que estoy loco. Lo que pasa es que si no tengo ambiente, si no tengo amigos y no actúo en un cabaret...

—¿Y por qué no actúa en cabarets ahora?

—Porque no hay. ¡Y la pucha si los extraño!  Ahora hay boîtes, pero no son lo mismo. A lo sumo tienen un pequeño show, pero en los cabarets uno tocaba toda la noche, la gente bailaba, se divertía, se quedaba hasta que salía el sol y los músicos se acalambraban de tanto meta y ponga. No había hora para irse... Pero todo ha cambiado y eso me hace mal al cuore y me da una tristeza que ni te cuento. Pero esperemos que todo se componga.

—¿A quién prefiere de la nueva generación de tangueros?

—Es difícil contestar eso. Como te decía hace un rato, ahora hay buenos músicos y grandes orquestas que creen que lo que están haciendo es tango. Pero no es así, porque faltando compás no hay tango. Creen que pueden imponer su nuevo estilo. Y ojalá tengan mucha suerte, pero...

—¿Cuál es la mejor orquesta que escuchó en su vida?

—Un montón. La de Fresedo, la de Canaro, la de Francisco Lomuto. También tuvieron grandes orquestas Firpo, Cobián y otros.

—¿Qué piensa usted cuando escucha a Piazzolla?

—Nada. Qué quiere que piense. Somos diferentes.

—¿Pero le gusta o no?

—No. Porque le repito: no habiendo compás, para mí, no es tango. Ahora, como profesional lo respeto. Pero no es tango. Y sí estoy equivocado, quiere decir que hace más de cincuenta años que estoy equivocado.

                                     
"EN EL PALCO, ME TRANSFORMO"

—¿Cuál es la razón por la que usted, cuando dirige su orquesta, se mueve tanto, camina y hace un verdadero show?

—Porque cuando subo a un palco a dirigir, es como si me trasformara. Es mi metier, y necesito sentir lo que dirijo, y trasmitirle a cada músico lo que estoy sintiendo. Y cuando bajo, ya soy otra persona.

—¿Cómo es?

—Muy natural, como todo el mundo. Simplemente soy un tipo, al que le gusta tomar su cafecito y mirar cómo se viene la madrugada. Nada más. A lo sumo jugarme una partidita de truco, para pasar el rato. Y eso porque acá no hay ruleta, ¿no? Que si hubiera, estaría ahí todo el día.

—¿Cómo era la gente que lo rodeaba a usted?

—Igual que yo. Aunque siempre fui muy personal, tanto si estoy solo como rodeado de veinte personas. Y le digo más: si yo ahora quisiera estar rodeado, no tendría más que aceptar la cantidad de invitaciones que tengo.

—¿Cómo se siente un hombre que cumple 73 años, y sigue siendo primera figura del espectáculo?

--Che, pero ya son muchas preguntas. .. A ver si esto resulta un plomo, después. Yo me siento bien. Cumplir el rengo no cambia nada. ¿Sabés lo que es el rengo? Siete-tres, setenta y tres en la quiniela. Ya soy del 14 de diciembre del cero cero. Sagitariano.

—Usted no tuvo hijos, pero de haberlos tenido, ¿le hubiera gustado que fueran músicos?

—Sueno, posiblemente, no lo sé muy bien. Pero igual siempre pensé que cada uno debe hacer lo que le gusta y no lo que los padres quieren. Mi finado viejo no quería que yo fuera violinista, sino abogado. Se lo dije muchas veces, hasta que me salí con la mía. Y me alegro, porque de haber sido abogado, hubiera perdido todos los pleitos de Buenos Aires.

—¿Qué cree que piensa la juventud de Juan D'Arienzo?

—Y, a mí la juventud me quiere. Mis tangos gustan porque son movidos, rítmicos y nerviosos. La juventud busca eso, como cualquiera sabe: la alegría, el movimiento. Si usted les toca un tango melódico y fuera de compás, le aseguro que no les va a gustar.

—Hay mucha gente que dice que usted es uruguayo, ¿por qué?

—Bueno, porque estuve muchos años allá, y los quiero muchísimo a los orientales. Nací acá, pero soy medio uruguayo también. Durante 38 años seguidos actué en Carrasco, y en todo el Uruguay.


"¿LOS AVIONES? ¡VADE RETRO!"

—¿Viajó mucho por el exterior?

—No, el interior sí, pero no salí más allá del Uruguay. Es cierto que mi música se conoce en Europa y en el Japón. Pero ocurre que para ir a esos lugares hay que tomar el avión y yo en avión no subo. Es un trauma que tengo.

¿Y sabe por qué? Porque desde el año 32 venían todas las noches al Chantecler Carlitos Gardel y Leguisamo; se instalaban en un palco de arriba y esperaban a que yo terminara. Entonces subía a tomar una copa de champagne con ellos. Y estábamos horas charlando. Bueno, una noche Carlitos me dijo: "Mirá Juancito, creo que me voy a morir en el avión". Le contesté: "Dejate de pavadas, no digas tonterías". Pero no eran zonceras. Él lo presentía.

—¿Y debido a eso nunca quiso viajar en avión?

—Exactamente. Y si hubiera querido, seguramente ya hubiera conocido el Japón. Porque a mí me invitó el propio emperador Hirohito. No una empresa, como a los demás, sino el mismo emperador, que me envió un cheque en blanco para que yo pusiera la cantidad de dólares que quisiera con tal de ir al Japón. Esto fue allá por el 57 ó 58. Y le respondí en seguida, diciéndole que no era cuestión de dinero, sino de avión. Entonces me mandó a decir que fuera en barco, pero eran cuarenta días imagínese, qué hago yo cuarenta días mirando cielo y agua. Me volví a negar, porque yo soy puro nervio e iba a terminar matando al capitán. Entonces el emperador insistió una vez más: Le mando un submarino, que tarda veinticinco días... Pero yo ni loco, porque por ahí estos japoneses empiezan una guerra y me agarra bajo el agua. No fui, y no crea que no me hubiera gustado, lo mismo que Colombia, Brasil, Europa, qué sé yo, todo el mundo. Pero le juro: yo en un avión me enloquezco.

—¿Siempre fue igual, maestro? En su juventud, en su madurez, ¿siempre de buen humor y tan temperamental?

—Seguro. Yo soy un gran optimista, un tipo alegre y embromón con mis amigos. Me encanta hacer chistes.

—¿Cuál es la cosa que más le gusta en el mundo?

—La ruleta.

—¿Y lo que más le desagrada?

—Las personas falsas, los resentidos y los aviones.

—¿Qué espera de la vida, a los 73 años?

—Seguir así, tranquilo. Trabajar con mi orquesta, hacer música. Y ojalá pudiera dedicarme más tiempo a eso, pero claro, ya no soy un pibe, tengo que cuidarme y ya no puedo gastar mis energías como antes. Si cuando subo a un escenario hago un show, no lo hago por gracioso, sino porque lo siento así. Es mi forma de ser.

Revista Siete Días Ilustrados

14.01.1974

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