Caye Corrientes,
estación de noctámbulos
donde cualquier día
parece sábado...
Ascua de luces eléctricas
parecés el pecho de una bacana
por las muchas pedrerías
de tus lámparas.
Las puertas de tu cafés-conciertos
son altoparlantes impensados
de ande sale la transmisión de las orquestas
y la de la charla de los parroquianos...
Caye de todo el mundo y de nadie
en que siempre s'está de paso,
la gente cruza por tus aceras
siempre como bailando un tango,
tal es el apechugamiento
a que obliga tu estrechez
de salón de barrio
Hay que ver cuántas tragedias de sainete de Vacarezza
y cuánta risa cruza por tus calzadas,
exposición de ruidos y de miserias
que por ser una ironía sarcástica
viene a ser, por sus oportunidades,
el "buen camino" de las yirantas...
Toda clase de gente
pulula por tus angostas veredas,
romería de artistas, curiosos y vivillos,
que unas veces sos caye y otras ves sos feria...
Caye Corrientes:
sos un Paseo de Julio moderno y elegante;
si es que en verdá la función crea al órgano
¡vos sos el intestino Colón de Buenos Aires!
En la ristra poética lunfa y entrañable que nos dejó el gran Esteban Celedonio Flores, figuran estos versos creados allá por 1924 que serían engrosados en su libro Cuando pasa el organito, impreso por editorial Freeland el 17 de mayo de 1965. Pero esos versos que pintan a un muchacho adinerado que vive lejos de de las costumbres populares, ya habían sido musicalizados por Edgardo Donato el mismo año de la creación del negro Cele, o sea en 1924.
En el poema, Celedonio retrata con su pluma mistonga la vida bacana de un joven que no conoce la algarabía de las barras, el metejón de un tango, el amor de la novia en un zaguán, los vicios del escolaso con la suerte esquiva que deriva en problemas, y la búsqueda de la revancha. Que soluciona todo con la billetera siempre cargada, sin necesidad de rebusques.
Ángel D'Agostino debuta en el disco junto al cantor que sería su tarjeta de presentación en el ambiente tanguero, Ángel Vargas, el 13 de noviembre de 1940. En aquel disco de 78 rpm está, de una faz el tango No aflojés y en la otra cara Muchacho. Un acierto total en el arranque. Y acá escuchamos esa versión del tango que hoy nos acompaña, por D'Agostino-Vargas.
Esta nota proviene de la charla que tuve con una pareja milonguera, sobre el tango en la pista y su maciza identidad. Entonces aparecieron esas pinceladas y el cromatismo musical que nos impulsa en la noche. Oteaban ellos las costumbres de algunos discjockeys sobre la música que desgranaban en el recinto bailable y criticaban las elecciones de unos y otros.
Por supuesto, yo me limité a escucharlos, opiné que cada uno tiene su gusto particular, pero claro, ellos viajaban a Buenos Aires y venían con su impresión particular sobre el contrapunto lúdico y las diferencias notables que -según opinaban- "comprobamos con las efervescentes noches porteñas donde errar en la selección de la música es algo insoportable e imperdonable".
Es cierto que, la nerviosa intensidad que se vive en la milonga hace que la música nos aguijonee con su mensaje, nos impulse, nos exalte, nos dé un subidón determinado en algún momento, por nuestro sentimiento y gustos particulares. Y es lógico también que un argentino tanguero-milonguero trasladado a Europa, encuentre diferencias lógicas entre todo lo que se vive en el ambiente nativo y el de estos lares.
La cuestión fue que la charla derivó hacia experiencias particulares, anécdotas graciosas y la cosa se fue derritiendo y convirtiendo en algo estándar. La sensibilidad, la vibración que sentimos en cada tema, no nos iguala. Y eso se nota aún más cuando alguna música que está sonando nos llega a fondo, impulsándonos y nos cuesta trasladar nuestro sentimiento a una pareja de turno. O viceversa, claro.
Con mucha milonga en el lomo, muchos años dándole caña al cuore y a los remos en distintas pistas porteñas, allá lejos y hace tiempo y en otras americanas y europeas, en Festivales, en charlas concertadas, doy fe del fuego que vivíamos en las milongas porteñas de los años cincuenta, con las orquestas en vivo o con las clásicas grabaciones que pinchaban los encargados de la música.
En nuestra barra milonguera había mayoría de hinchas de Pugliese, le seguían los fanas de Di Sarli, y luego venían los mínimos de D'Arienzo y Troilo. Yo me anotaba con la orquesta de Pichuco y mi hermano, que tenía dos años más que yo, era del Rey del compás a muerte. Con la orquesta de Pugliese fue con quien más bailé en vivo. Y cómo me gustaba bailar Pugliese...
Esa es una de las diferencias que noto. En las milongas de España, por ejemplo, no advierto el sentimiento de las muchachas porteñas cuando suena Pugliese. Ese encuentro sutil y profundo que aprecio cuando lo bailo en las pistas de Buenos Aires es un continuum aunque hayan pasado los años. Como un juego de alquimias y deseos. entonces, el reto consiste en reinventarse.
Y ya puesto en el brete de tener que expresar mis sentimientos personales en cuanto a la música de la milonga, es la que siempre he hecho sonar en el tocadiscos tanto en las milongas que he tenido en España, como en aquellos festivales a los cuales he sido invitado para disertar sobre el tango y de paso, para hace estallar la música por la noche y madrugada.
Los cuatro pilares de la milonga son, como todo el mundo sabe: D'Arienzo, Di Sarli, Troilo y Pugliese. No pueden faltar. Les agregamos a Tanturi, Biagi, Caló, D'Agostino-Vargas, algún Canaro y ya está la base. Siempre habrá lugar para los Demare, Fresedo, Donato, Enrique Rodríguez y otros, pero a la hora en que la caldera está hirviendo, los grosos son los reyes de la noche.
Y Cuando digo Troilo, me refiero al de Orlando Goñi y Fiorentino. Sus primeras 71 grabaciones. Di Sarli es más rítmico al principio, con Rufino y luego más melódico, por lo cual no es bueno mezclar sus temas en una tanda. A Pugliese lo prefiero instrumental. D'Arienzo en cualquier época. Y me encanta Laurenz con sus escasas grabaciones pero muy milongueras.
Confieso que hay orquestas que no me incitan a bailar, salvo algunos temas determinados, y que sin embargo no pueden faltar en una milonga como Caló o D'Agostino-Vargas. Incluso algún Fresedo o Basso. Y todo ello es debido a los gustos personales de cada musicalizador, por eso son todos respetables, salvo que cometan tropelías, que también esto lo he vivido, y con gran asombro, a través de los años.
La nerviosa intensidad que se vive en la milonga, no debe apagarse en ningún momento. El póquer Di-Sarli-Troilo-Pugliese-D'Arienzo son la base, pero, afortunadamente, muchas orquestas de tango nos han dejado un material ¡im-pre-sio-nan-te!. Es un lujo increíble, maravilloso, de un valor incalculable. Por eso hay hoy día tantas milongas en el mundo que sobreviven y se expanden gracias a este legado que fermenta nuestra pasión milonguera.
Como ilustración, vale la pena ver a Osvaldo Zotto y Lorena Ermocida bailando el tango de Bardi: Gallo ciego, interpretado por la orquesta de Osvaldo Pugliese.
Y también a Noelia Hurtado y Carlitos Espinoza luciéndose con el tango Total pa'que sirvo por Troilo-Fiorentino.
Día viernes, preámbulo de un sábado lluvioso, y esas ganas de milonguear que me atacan los findes de cada semanita. Sobre todo cuando el ordenata comienza a despachar esos tangos que uno tiene atrapados en el cuore. Sí, suenan como si volvieras a aquella juventud luminosa cuando todo pasaba rápido y te quedabas con ganas de más y más...
Y lo cierto es tienen una polenta bárbara aunque no hayan sido de los más silbados y tarareados por la barra de la esquina. Hay infinidad de esos temas en el equipaje de cada orquesta y eso te permite revivirlos cuando la oreja, el cuore y el cuerpo te lo están pidiendo. Y entonces les vas encontrando un gustito nuevo, aunque el tango tenga muchos años, pero, claro, el bocho tiene tanto material acumulado, que en cada reencuentro lo saboreás como si fuera seminuevo.
Esos observadores de la cosa aparentemente pequeña que fueron aquellos poetas y músicos del cuarenta, saturados de noche, te hacen seguir el hilo de un tema en cuya melodía estamos inmersos desde siempre. Es el secreto de la alquimia. La belleza del vivir se se refleja en los padecimientos y alegrías, igual que la luna lo hace en los charcos. Son faros que alumbran.
Y ahora, por ejemplo escucho este tema que lleva letra del representante de orquestas y poeta, José María Suñé, y música de José Nieso y Miguel Nijensohn. Si lo analizamos con un poquito de profundidad, realmente los versos no muestran mayor originalidad. Es más, realmente no encierran una historia con flecos, aunque muchos poetas tangueros han sido morosos observadores de las cosas pequeñas y las han teatralizado.
Pero con el vuelo que le dan la música y la interpretación de orquesta-cantor, hay como un manto de pintura que le da cierto calado y nos engancha para bailarlo o escucharlo. Son pequeñas reverberaciones melancólicas de una historia piccola. De una ilusión amorosa que no fructificó y Suñé, que creó tangos muy sonados, sabe captar en en este tema la asaz sustancia de las cosas, con un perfume de tango.