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viernes, 9 de enero de 2015

Miguel Ángel Zotto

Tengo ganas de revivir este hermoso reportaje que le hizo esta gran periodista y escritora argentina, Leila Guerriero, al personaje-bailarín Miguel Zotto, un fenómeno bailando tango en pista o en el escenario, y más fenómeno aún como tipo. Además de tener yo la suerte de ser su amigo. Fue publicado el 13 de diciembre de 2001 en la revista del Diario la Nación, de Argentina, pero tiene gran valor histórico y periodístico. Por eso lo traigo al Blog aunque sea un tanto largo.

Zotto Bailate un tango, Miguel

En todos los escenarios es reconocido como un bailarín virtuoso. Con su compañía, Tango x 2, recorrió el mundo recibiendo críticas soberbias. El 6 del actual reestrenó el espectáculo en Buenos Aires. Su vida parece arrancada de un guión arrabalero.
Se duerme.
Cuando despierta, junto a su cama está la estampa viva: el pelo a la gomina, la sonrisa de costado. No tiene dudas: sabe que se ha muerto, y que está en el cielo. Estira la mano, juguetea con la corbata del hombre parado junto a su cama y pregunta: -¿Ya llegué?
Y entonces su sobrino Miguelito, Miguel Angel Zotto, lo mira y dice, sin entender: -¿Llegaste adónde, tío? Poco tiempo después, el Gaucho se murió y Miguel no entendió qué le había querido decir con aquello de ya llegué, hasta que años después la gente empezó a decirle sí, che, vos te parecés mucho. Te parecés tanto a Gardel.
-Mis viejos me dejaban con el Gaucho cuando se iban a bailar. El me ponía discos de Gardel. Yo sueño mucho con Gardel. Le hablo, lo visito en el cementerio y pongo su foto en todos los camarines. Lo tengo como mi duende, mi ángel de la guarda. Cuando murió mi tío era el año 85. Yo estaba ensayando Jazmines, con Ana María Stekelman, y mi tío estaba agonizando en el hospital. En el teatro estábamos haciendo unas fotos y yo me había peinado a la gomina, me había maquillado. Ese día se me hizo tarde, y me fui a ver a mi tío maquillado y peinado. Cuando llegué, él estaba dormido, y de repente se despierta, abre los ojos y me agarra la corbata. El siempre decía: "Cuando me muera, voy a estar con don Carlos". Y me dice... me dice..."¿Ya llegué?" Yo no entendí.

                                               

El Gaucho era un tópico: gardeliano, peronista y boquense. Nunca pudo ver a su sobrino del alma, Miguelito (ahora en el podio de los mejores bailarines de tango del siglo pasado y de éste, claro, también) bailar sobre un escenario. Ahora, tantos años después, en la oficina de Miguel Angel Zotto la historia de su carrera y de la compañía Tango X 2, que formó en 1988 con Milena Plebs, está contada en las paredes: fotos, afiches, programas escritos en griego, francés, inglés y japonés. Es una mañana oscura y él usa un sweater de hilo amarillo, un pantalón negro, un reloj farolero, sonrisa de costado. Lleva un maletín de cuero marrón, gastado, y un celular del tamaño de una alubia. Tiene la elegancia recién bañada, oloroso a colonia y jabón fresco. Ahora sí: se acomoda en una silla, y rebota.
-Personajes como yo hay pocos. Ya no quedan. Je.
Parece petulante y a lo mejor tiene con qué. Hace pocos días bailó con su compañía ante mil novecientas personas en el teatro romano de Verona, y ayer nomás -el día de San Cayetano- festejó su cumpleaños cuarenta y tres con amigos, vino y asado, en el bar El Farolito, de Villa Ballester.
-Siempre festejo ahí.
Mabel, su madre, tiene voz joven por teléfono. Trabaja en la compañía encargándose del vestuario de las veinte personas que la componen. Tenía 17 años cuando le pidió a San Cayetano que la nena que llevaba en el vientre fuera feliz. Quería una nena y había hecho todos los ritos necesarios: había tejido todo rosa, y había buscado un nombre -Daniela- que le sonaba moderno y romántico.
-Pero nació él -dice Mabel, orgullosa-. Nació blanco, cuatro kilos, el cabello negro y lleno de rulos. La gente me decía "Mirá, parece Pedrito Rico". Una belleza. Pero no tenía nombre, porque yo esperaba una nena. Entonces dije bueno, ponganlé el nombre del padre, Miguel Angel. Y ahora me dice: "Culpa tuya, me gustan tanto las nenas". Sí. Era y es mujeriego.
Le puso el nombre del padre que era, también, el nombre del abuelo. Así, el tercer Miguel Angel Zotto vino al mundo miguelísimo hasta las cejas cuando Mabel esperaba una nena muy daniela. Miguel rebota en su silla.
-Nací en un barrio jodido, entre Ballester y Suárez. Había una villa a dos cuadras de mi casa. Llegamos ahí por mi abuelo, que nació en 1894, y bailaba canyengue, me acuerdo patente de la apostura de mi abuelo.

 Pañuelo al cuello, chambergo. En el año 27 se casó con mi abuela Filomena y en el 35 se fueron a Ballester. Vivíamos todos juntos, en una prefabricada. Mi abuelo levantaba quiniela y un día se sacó la grande, en el año 57. Compró unos terrenos, le compró la prefabricada Tarzán a mis viejos y en un año se gastó toda la plata. Hizo un asado, invitó a los vecinos de la cuadra. El fin de semana siguiente hizo otro asado para los vecinos de la vuelta. Después, para los de la otra cuadra. Así hizo asados como hasta las quince cuadras. Se divertía con eso, parecía Don Corleone, entendé. Familia grande, tenía. Mis tíos eran siete hermanos varones, los siete hijos de mi abuelo.
La ristra de tíos -que empezaba con el Gaucho- terminaba con el séptimo varón, que no fue lobizón, pero si ahijado de Perón y Evita.
-Uno de mis tíos tenía un reparto de verdura. Yo trabajaba con él desde muy chico. Ibamos al mercado de Beccar o San Martín o el Abasto a comprar verdura. Ibamos con el carro y el caballo, me acuerdo esas madrugadas, esas heladas, yo tapado con bolsa de arpillera. Lo que a mí me daba verguenza era gritar: "¡Papa batata, cebolla y ajise, señora!" Me daba lorca, decía: "Gritá vó, gritá vó porque a mí me da... me da lorca".
 
Otro de sus tíos lideraba una murga -Drácula y sus Víctimas- auspiciada por la empresa de pompas fúnebres Casa Péculo. El tío iba de Drácula y el elenco barrial, Miguel incluíido, de esqueleto.
-Yo esperaba todo el año para salir en la murga. Después empecé con el rock. Pero el rock de Bill Haley, Chubby Checker. A los 11 me escapaba por la ventana para ir a bailar rock. Había que ir empilchadito, así que empecé a trabajar muy chico, en el año 67, para pagarme las pilchas. Trabajé en una tapicería, y después empecé a laburar en las obras, con mi viejo que era albañil. Mi viejo, Chiche, estaba celoso de mí y de mi hermano Osvaldo, porque mi vieja laburaba para nosotros todo el día. Decía que éramos maricones. "Maricones, se bañan dos veces por día." Claro, él se bañaba una vez por semana. Me verdugueaba con la plata. Esa cosa tan fea que hacía. Cuando me pagaba, me descontaba la comida. Y yo era pibe, entendé, y esperaba el fin de semana para cobrar y él me tenía una hora, yo paradito al lado: "Dale, papi", y él: "Bueno, a ver, ¿qué comiste?" Anotaba en esas libretitas de almacén. Metía la mano en el bolillo y no sacaba la plata, y me seguía hablando. Y con el vinito ahí. Con el vinito ahí. Con el vinito... y me pagaba y la guita no me alcanzaba y... ay, esas cosas... esas cosas eran jodidas.

                                                                                                                           
A los 13 había dejado el colegio y llevaba la vida de un hombre mayor, timbero, astuto, oscuramente fuerte.
-Siempre me gustó la noche. Ya de chico iba con mi viejo al boliche. El jugaba al billar, le gustaba escabiar, y me acuerdo patente, mi viejo borracho con la bicicleta y yo atrás, con el perro. A los 13 me iba a jugar a las cartas, o al billar, hasta las 4 de la mañana. Paraba en el bar Cabeza, de Villa Adelina. Me cuidaban las minas. Las prostitutas. La Negra Olga, La Teresa, la Tota. Me escondían de la policía. Nunca fui escolaseador, pero jugaba muy bien al truco y al billar. Cuando caía uno nuevo al boliche me hacía el que no sabía jugar, y alguno le proponía al nuevo un partidido. "Yo juego con el pibe", decían. Jugaban por plata, y los otros caían, porque pensaban: "Qué va a saber jugar el pibe". Tenía una vida de hombre grande, de billar, minas, noche. Era el Miguelito. Famosísimo. El Miguelito Zotto. Un compadrito de otra época.
A esa edad, el Miguelito Zotto ya tenía mujer propia: Sara. Una fiera de 19 años, una mujer como diez cañones. -Perdidamente me enamoré. Yo tendría 13, y la mina andaba en todas, andaba en la joda, me cuidaba, se boxeaba. Me escapé de mi casa y dormíamos en el palomar de una amiga o andábamos en los trenes. Me duró dos años.
Después, Sara lo dejó con argumento noble: "Yo ya estoy arruinada. Si me quedo con vos, te voy a arruinar la vida".
Y se fue.
Zotto, dice, no lloró.
La sala de ensayos es así: el subsuelo amplio de la milonga Grisel, una pared cubierta por un espejo, una barra de ejercicios. Miguel discute con alguien por teléfono mientras dos parejas repasan la coreografía, insistentes.
-¿Puede ser que sean todos problemas? En este país armar algo te cuesta diez veces más que en cualquier otro lugar.
Del maletín de cuero saca dos cosas que lo pintan bien: una revista Playbill con su foto en la tapa y doce instantáneas de su cumpleaños pasado.
-Es el bar El Farolito, de Ballester, donde festejo el cumpleaños con mis amigos.
El Farolito es así: unas ventanas viejas, unos tipos sin dientes, con pañuelo al cuello.
-¿Sabés qué trabajo tiene el chabón? Baja una media res en cada hombro. Y este que está acá es el verdadero Tanguito, el que cantaba en el Club del Clan. Pero si publicamos estas fotos no viene nadie al teatro. Sonríe, orgulloso de todo. De lo que hizo, de lo que hace. De lo que hará. Zotto puede parecerse mucho a un compadrito fanfarrón. O a un chico de barrio engreído. O a un hombre que salió de Villa Ballester sin nada y llegó a esto. Ahora hay cinco parejas frente al espejo y él corrige. Los torsos se prepotean; las caderas revuelven; los muslos lamen como pistones.
-Eso, eso, así, así.
Grita él, repiqueteando milonga por lo bajo y con un metro setenta de morocha entre los brazos.
-Esssssoooo.
Se sienta. Se seca el sudor.
Mezcla rara, el señor Zotto. Talentoso. Engreído. Mucho barrio, mucho mundo. Tanta calle. Tanta noche.

                   
Con su esposa Daiana, excelente bailarina


Era 1975. Miguel y dos amigos esperaban el colectivo cuando un patrullero y un camión rebosante de soldados les frenaron en la trompa. -Los canas encontraron un auto robado a la vuelta, lleno de panfletos políticos, y nos hicieron cargo. Nos llevaron a la comisaría de Munro y nos dieron una maquineada terrible, picana eléctrica a los tres. En el calabozo había un hombre mayor, el Rey del Escruche, que nos salvó. Lo insultó tanto al cana que nos metieron con él. Nos salvó porque de esa comisaría se llevaban a los presos políticos a las 3 de la mañana, para matarlos. Todos inflados estábamos de los golpes y la picana. Habremos estado como veinte días. Yo trataba de divertirlos, a los presos. Les cantaba los tangos viejos: "Hacélo por la vieja/ abríte de la barra/ no ves lo que te espera/ si continuás así./ No ves que es peligroso/ tomar la vida en farra/ hacélo por la vieja/ si no lo hacés por mí./ La otra noche pobre vieja/ cuando nadie la veía/ creyendo que yo dormía/ llorando me fue a besar/ no pude darme reposo/ la agarré y la apreté fuerte./ "Vieja, le dije, la muerte/ muy pronto me va a llevar".
-Te lo cantabas a vos mismo.
-Claro, claro. Pobre mi vieja, pobre santa, vendió todo lo de oro para sacarme.
-Tu peor pesadilla serán esos días.
-Naaaa. Yo tenía mucha gente amiga a la que le había pasado lo mismo. Eso también formaba parte del folklore de mi barrio.
Entonces frena. Mira, como dudando.
-Che, te voy a contar otras cosas, si no va a parecer que soy un ladrón de gallinas. En ese entonces empecé a estudiar.
-¿Y qué estudiaste?
-Decoración.
Hasta bien entrados los años 80 Miguel fue un gran pintor de paredes. Lo que mejor le salía, dice, eran las puertas y las ventanas. El tango llegó mucho después, como un rayo y una decepción, de la mano de un amigo fletero.
-Un día me dice un amigo que tenía un rastrojero, que hacía fletes, Manecho, me dice... un viernes era... me dice: "Qué estás haciendo?" "Juntando la chirola para ir a bailar", le digo. Yo iba a bailar rock and roll, y Manecho me dice: "No, vamos al Marabú que te va a gustar a vos, que te gusta el tango". Eso fue en el 74, 75. Me subí al rastrojero y me vine. Maipú y Corrientes. Yo tendría 16. Entro, y había una chica preciosa, de veintipico, que me fascinó. Se cabeceaba, pero yo fui a la mesa y la saqué a bailar, porque ni me miraba la mina. Me dijo: "¿Pero vos sabés bailar?" Le dije que sí. Y la pisé toda. La mina se reía. Entonces le prometí que iba a aprender a bailar el tango. Yo no podía creer que con el rock and roll podía hacer de todo con las piernas y con el tango no me podía ni mover. Entonces, como le había prometido, empecé a buscar un lugar para tomar clases. Encontró un aviso en el diario: en la calle San José, una mujer daba clases. Cuando llegó vio esto: un Winco, una mujer grandota, dos hombres. Lo cuenta bien: lo cuenta como si esa primera experiencia hubiera sido, casi, prostibularia.
-La mina ponía un tango y bailaba con uno, bailaba con otro. Eramos tres: dos tipos que tiraban pasos a lo loco, y yo. Bailó dos tangos conmigo y cuando voy a bailar el tercero me dice: "Vos cuánto bailaste?" "¿Cuánto bailé, qué?" "Sí, cuántas veces bailaste." Le digo "Esta es la tercera vez". "Ah, dice, bueno, entonces son seis." "Cómo son seis." "Sí, dos pesos por tango". Yo saqué la cuenta, si bailo tres, son seis pesos, y si son seis pesos, yo tengo diez, y cómo vuelvo a Ballester. "No no no, no bailo, no bailo", digo. Grandota la mina, era. Cuando me enseñaba me decía poné la gamba acá, poné la pata allá, poné el pie allá. Cuando termino le digo: "Pero no aprendí nada". Y me dice: "¿Con dos tango queré aprendé? Esto te lleva años". Me recontrasfrustré. Empecé a practicar con mi viejo, con algún tío, con el yesero de la obra donde trabajaba. Pero como no sabían enseñarme, no lo podía agarrar.
Ahora, cuando vean a Zotto bailando con esos pasos largos como si el aire le impusiera la satinada resistencia del agua, conviene que piensen en esto: Zotto en una obra en construcción, abrazado a un hombre con las manos llenas de cemento. Arrastrando las suelas con más fe que elegancia. El talento se abre paso en circunstancias peores.
Las euforias torcidas del Mundial 78 todavía estaban frescas. En Buenos Aires, los cabarets de lujo eran sitios donde prosperaban el vidrio, el bronce lustrado y los nombres con K: King, Karim, Karina. Todos incluían algún streap-tease y números de tango. Miguel Angel Zotto los conocía a todos. -A Copes lo vi por primera vez en Karim, y después lo vi cuarenta y nueve veces más. Yo le digo: "Juan, cuarenta y nueve veces te vi bailar, hermano". Cuando salió al escenario me morí. Yo quiero estar ahí, dije. Era el tipo compadrito, vestido de negro.
En Karina, en 1979, conoció a Cacho Dinzel, un bailarín profesional con el que empezó a tomar clases. Descubrió que tenía los pies ligeros y la elegancia justa. -Todos me decían que tenía que bailar profesionalmente y me presenté a una audición que iban a hacer los directores de Tango Argentino.
Era 1983. Héctor Orezzolli y Claudio Segovia habían creado Tango Argentino, un musical de tango, éxito en Broadway. Ahora buscaban bailarines no profesionales para sumar al espectáculo.
-Eramos muchos milongueros. Teníamos que salir, hacer ocho compases para llegar al centro, hacer dieciséis compases en el lugar y después irnos. Claro, cuando los milongueros llegaban a la mesa donde estaban los directores no se iban más. Entraban a tirar figuras, y nos chocábamos. No eligieron a nadie. Si fue un desastre.
De modo que de vuelta a la pintura y el yeso, hasta que en 1984, Dinzel le avisó que una coreógrafa, Ana María Stekelman, había preguntado por él: quería tomar clases de tango. Miguel aclaró que no era profesor, pero que podía enseñarle algo en sus ratos libres después de pintar en la obra. Un par de meses más tarde, ella le sugirió que se cortara el pelo y la barba. Quería hacer un espectáculo de danza: Jazmines. Quería hacerlo con él.
-Tenemos ocho meses para ensayar.
Dijo ella, y él dijo sí. Durante ocho meses fue pintor en un obra de Moreno, tomó el tren a Capital a las 55 de la tarde, ensayó seis horas y regresó de madrugada a Ballester para dormir un rato. Valió la pena: cuando Jazmines se estrenó en 1985 la crítica fue elogiosa hasta el empalago y los bailarines clásicos y contemporáneos del Colón y del San Martín quisieron tomar clases de tango con ese morocho salido de la nada.
-Yo seguía siendo un bicho raro. Hablaba lunfardo, tenía los brazos llenos de tatuajes. Ahora me los estoy sacando con láser en Nueva York. Eran calaveras, no sé, horrible. Los hacíamos en el barrio. El que no se hacía era un salame. Con aguja y tinta china. Este me lo hizo Sara.
Una sombra azul en el antebrazo: el recuerdo de un ancla.
-Decía "A mi madre". Era muy feo. No tiene nada que ver con lo que yo soy ahora.
Pero en aquel entonces era un tipo tatuado al que, si no hubiera bailado como bailaba, nadie hubiera intentado comprender. Entonces, en medio del caos, llegó Milena Plebs. Una morocha de boca amontonada. Un amor fatal. Un amor como no hay dos. Como no hay ninguno igual.
-Je. Mi alumna. Milena era mi alumna.
Hay fotos de Milena y Miguel bailando. Una sola de esas fotos basta para entender. Eran una implosión lenta y glotona. Dos depredadores del piso y del aire.
-Milena formaba parte del Ballet Contemporáneo del San Martín. Clase media, bailarina.
A pocos meses de conocerse, se fueron a vivir juntos a una casa pintada por Miguel ("me quedó un chiche") con la ayuda de uno de sus tíos. Un día Milena le preguntó de qué parte de Italia era su familia, porque no entendía el dialecto en que él y su tío hablaban. Pero lo que hablaban, dice Miguel, no era ningún dialecto del italiano, sino lunfardo base y muy porteño.
-Eramos muy distintos.
En 1986, Orezzolli y Segovia, después de verlo en Jazmines, le propusieron sumarse a Tango Argentino. El aceptó, le propuso a Milena dejar la danza contemporánea y pasarse al tango, y allá fueron. De Ballester a Nueva York, casi sin escalas. En el elenco -en el que estaban, entre otros, Virulazo y Juan Carlos Copes- hubo quienes los tomaron por advenedizos, pero cuando salían a bailar La cumparsita, su cuadro solista, la chica y el muchacho quemaban. La primera gira duró nueve meses por Estados Unidos, Canadá, Venezuela, Alemania, Austria, Japón y Francia. Andaban por el mundo como si el mundo fuera un barrio.
-Virulazo me decía Mala Noche porque no lo dejaba dormir, le pedía que me contara historias de su época. "Dejáte de jorobar, dormíte, Mala Noche", me decía. Una vez se lo llevaron preso, en Munich, porque cruzó la calle con semáforo rojo. El cana se lo llevaba y Virula que no hablaba ni papa de inglés le decía: "Dancer, dancer". Una pelea fuerte tuvimos ahí, en Tango Argentino, con el Negrito Luciano, que murió. Por el truco, fue. Estábamos en Estados Unidos, y el Negrito Luciano le miraba las cartas a Virulazo, que se quedaba dormido. Yo le decía: "No le me mirés las cartas, qué gracias tiene". "No, si no le miro las cartas." Le digo: "Te viá meté un cachetazo cuando mirés las cartas de vuelta". Y dale. Y miraba las cartas. Y perdíamos y me daba bronca, viste. Y le digo: "Virula, te estás durmiendo, hermano". Pobre Virula, ya estaba enfermo. Y bue, se armó.
Imaginen a Milena, entonces, intentando entender trompadas por un no me mires las cartas. Intentando entender por qué Copes y Miguel habían encontrado tan divertido atropellar arbolitos de Navidad con un auto alquilado por las calles de San Francisco, y habían terminado borrachos y presos. -Cuando llegamos por primera vez a Estados Unidos, salió una foto de Milena y mía en la tapa del Washington Post. Casi me muero. Metí 25 guita y saqué tré diario. Y Milena me mira y me dice: "Salís en la tapa del diario y no sos capaz de comprarlo. Si querés tres, poné 75 centavos". Así que metí 75 centavos. Esas cosas, viste. Esas cosas aprendí.
Zotto dice que, con el tiempo, las parejas de bailarines de Tango Argentino empezaron a competir por al aplauso de un público que hervía mejor cuantos más firuletes, acrobacias y malabares se les agregaran a las coreografías. Pero él y Milena se mantuvieron fieles al estilo simple y perfecto en el que creían. Por eso un día pensó que podían tener compañía propia, de modo que después de la última gira con Tango Argentino, en 1988, formaron Tango X 2. Fueron coreógrafos, directores e intérpretes de un espectáculo llamado Perfumes de tango, con el que recorrieron Londres, Nueva York, Washington, Boston, Roma, Milán, París, Grecia, Japón.
Las cosas salieron bien. Los elogios llovieron desde el principio. El New York Times, el Washington Post, Le Figaro, el Corriere della Sera, La Repubblica y los diarios argentinos hablaron de la perfección, la satinada elegancia de Tango X 2. Con Milena en los brazos, Miguel alcanzó la cima del mundo.
Hay milongas que funcionan los jueves. Hoy es jueves y la pista de Niño Bien esta repleta.
La pista está rodeada por mesas y Miguel ocupa un lugar de privilegio, en la orilla, acompañado por Tito Roca, cantante de tangos, sesenta que parecen cuarenta y cinco. Miguel usa camisa blanca con estampado de campeonato: mujeres semidesnudas en poses sadomasoquistas. Elige mujer con cuidado y se decide, al rato, por una morocha con ojos que miran desde el otro continente. Cada cinco tangos, los bailarines vuelven a sus mesas, empujados por un tema de Serrat.
-Así en la próxima tanda de tangos, si te gusta la chica, la sacás de nuevo. Si no, no la sacás nunca más.
Tito Roca menciona un par de sitios a los que suelen ir con Miguel y sus amigos -La Cumparsita, Sunderland- y un antro de nombre improbable: La Toalla Mojada. Miguel va por la segunda copa de champagne. En la pista hay señores con peluquín, señoras con trajes de luces, chicos muy pop, chicas como topadoras, suecas muy rubias, italianos muy napolitanos. De la nada Miguel sale con esta confesión Isidoro Cañones.
-Hace quince días me compré un caballo.
Tito saca a una chica de 21.
-Un alazán precioso -sigue Miguel-. El Milanés, se llama. Precioso. Lindo tungo. Qué lindo tungo.
Tito regresa a la mesa.
-Qué lujo. A los 60 bailar con una piba de 21. Ni a los 30 me pasaba esto. Esta piba es una víbora, se enrosca, una maquinita de bailar.
Cuando Zotto empezó a ir a las milongas, las milongas estaban a años luz de ser lo que son ahora: lugares donde viejos y jóvenes se mezclan con la única condición de bailar bien. El se siente responsable de que las milongas del siglo XXI sean así: democráticas.
-Cuando yo empecé iba a las milongas y no había un solo tipo joven. Llegué justo en el momento en que el tango estaba desapareciendo, y rescaté al milonguero. Me siento responsable de este resurgimiento del tango. De toda esta gente joven bailando.
Levanta el brazo y dibuja estas palabras para alguien que está lejos: "¿Vamos a La Cumparsita?" Son las 4. Afuera, un travesti se acerca a un auto, pero el auto sigue y el travesti vuelve a mostrar sus nalgas frondosas en la esquina. La calle está muda. La milonga sigue, pero hasta aquí no llegan los compases del último tango.

                                           
Mguel Ángel y Osvaldo Zotto con la madre de ambos.

Fue un año como no hay dos: en 1996 murió su padre y Osvaldo, su hermano, devenido bailarín como él, tuvo un accidente absurdo. -Mi papá tenía cáncer y sabíamos que en cualquier momento se iba a morir. Yo estaba en París, y me avisan que, yendo a visitar a mi papá al hospital, mi hermano Osvaldito casi se mata en un accidente de autos.
El taxi en el que iba chocó y Osvaldo terminó con el brazo partido. De modo que al día siguiente Chiche, en su cama de hospital, vio llegar una silla de ruedas en la que iba su mismísimo hijo enyesado de la cintura al cuello. Unos días después, Chiche murió.
-Yo estaba en Europa -dice Miguel- por empezar la función, y un técnico me avisó que mi viejo había muerto. Se abrió el telón, y yo empecé a llorar. Estábamos haciendo Perfume de tango. Hice la función, salió bárbaro, y después me desplomé. Un personaje Chiche. De grande fuimos muy amigos. Pero era un tipo jodido. Un actor frustrado, no pudo llegar a canalizar su carrera porque no tuvo ambición. No tuvo coraje para irse de Ballester, cruzar el charco. Cuando yo crucé el charco, me salvé. Pero yo vine solito al Centro. Solito crucé el charco y me empecé a meter en el ambiente artístico y solito hice todo...
Despues de la muerte de su padre, Miguel y Milena estrenaron espectáculo nuevo: Una noche de tango, un repaso de la historia del tango desde la milonga hasta el cabaret de lujo. Por esos días, en 1996, la crítica de The New York Times sobre el espectáculo de Tango X 2 en el City Center, decía que las piernas de Miguel y de Milena se batían en un duelo que, lejos de ser a muerte, mutaba en exuberante declaración apasionada. La exuberante declaración tuvo un final. Milena y Miguel se separaron. Bailaron juntos un tiempo más, hasta que Milena se fue del todo.
-Planteó que no quería bailar más conmigo Yo insistí mucho, pero es difícil estar con un tipo con tanta personalidad como yo, que siempre la traté igual, bien. Ella no podía separar las cosas. Pero a mí me daba un placer enorme bailar con Milena. Es muy dificíl encontrar una compañera de baile. A mí me está costando, todavía estoy buscando. Es muy difícil que te quede el cuerpo. El tema es cuando te encaja físicamente. Es lo mismo que una relación sexual. Hay una persona que te encaja el cuerpo y vas cómodo y después dormís cómodo. Dormís abrazado y no te molesta. La separación con Milena me dolió. Ella fue una bisagra importante para mi despegue. Ella aprendió de mí y yo aprendí de ella. Toda esta cosa... toda esta paz. Esta paz de no mirar televisión y cenar. Yo siempre era de las peleas... me había criado en ese... a la hora de la comida, pasaban todos los despioles en mi casa. Los despioles con mi vieja y mi viejo eran a la hora de la comida, entonces me rajaba a la calle.
Ahora está solo, al frente de la compañía de veinte personas con la que, desde el 6 de septiembre último, presenta Una noche de tango en el teatro Astral. Siete músicos, dos cantantes, cinco parejas de baile.
-En todas partes coproduzco, voy con el riesgo, queda un porcentaje para mí y otro para el empresario. Pero acá es más difícil que afuera. Tengo unos mangos ahorrados, los meto acá para hacer una temporada, y adío. Pero me interesa mi país, estoy muy orgulloso de ser argentino.
Vive más de la mitad del año en los hoteles y los aviones del mundo. Se hizo una casa en San Isidro pero la alquiló porque era demasiado grande para su soltería. Está de prestado en el departamento de un amigo.
-Yo a veces pienso, ¿cuándo voy a formalizar algo? Eso es lo más preocupante. Esta soltería. Porque yo estando con Milena igual seguí una soltería. Ella quería tener un hijo, formalizar algo más serio y yo... esta adicción que tengo con el trabajo, y me olvido de mí, y no me entrego.
El año último presentó un nuevo espectáculo -Z x 2 Tango Sinfónico- en el Opera House Concert Hall de Sidney, Australia, junto al pianista Pablo Ziegler. En septiembre de 2000 cumplió doce temporadas consecutivas en la calle Corrientes. Este año presentó por segunda vez en Sidney Z x 2, hizo una gira de tres meses por Roma, Bologna, Florencia, Milán y Londres y recorrió los festivales de verano Manchester, Evian, Innsbruck y Verona. Trabaja en una nueva versión de María de Buenos Aires, de Piazzolla y Ferrer que será presentada en las Operas de Ravena y Bologna el año próximo, y en marzo de 2002 presentará Una noche de tango en el Festival de Bellas Artes de Hong Kong y en el Casino de Montecarlo.
Cruza las manos detrás de la cabeza y una sonrisa de chico de 12 le cuelga de los colmillos. Dice esto.
-Hace años bailamos en el Partenón con Milena. No éramos pareja, pero todavía bailábamos juntos. Yo fui solo, a las 2 de la mañana, a montar las luces del espectáculo en ese teatro que tiene dos mil quinientos años, estaba hablando en italiano con mi técnico, los griegos montando todo en esa escenografía natural, el Partenón iluminado a las 2 de la mañana y yo dirigiendo... y pensé: "Mañana voy a hacer mi espectáculo acá. Mirá el lío que hice con un pincel y una espátula". Hicimos tres funciones. Vinieron más de siete mil personas a cada función. Y yo dije... así tiene que empezar la historia de mi vida. Después de eso, todo para atrás, y todo para adelante.
Sonríe, animal de tango en estado puro. -Todo para adelante.

Resbalones con clase

Tango x 2 se presentó el año último en Francia, en un teatro al aire libre. Era la primera función de la temporada de verano. Gran expectativa, mucho público. Empezó a llover.
-La gente se tapaba con diarios, con los programas, pero no se iba. Al principio eran unos gotones gordos, uno cada tanto, pero después se largó a llover más y más, y estábamos llegando al final, con Libertango, cuando páfate, me caí. El tapete de danza, con agua, es una pista de patinaje. Bueno, me caí cuatro veces más. Al final nos caímos los dos: Morita (Mora Godoy), la chica que bailaba conmigo, y yo. Nos levantamos y volvimos a hacer el final. La gente bramaba, aplaudía. Se vino todo abajo. Las críticas, al otro día, eran espectaculares. El director del festival nos agradeció el profesionalismo; el empresario también, porque dijeron que cualquier otro paraba la función. Fue una de las ovaciones más grandes que tuvimos. Yo con bronca me caía, porque no me podía mantener parado. Parecía patinaje sobre hielo. Pero yo insistía porque el público insistía. Si ellos no se iban, yo no me iba a ir tampoco.  
       
                                                                               Leila Guerriero

Y creo que vale la pena volver a ver a Miguel Ángel y Milena, bailando La cumparsita al estilo Rodolfo Valentino and partner de los años 20, en aquel pasaje de Tango Argentino en Nueva York que menciona en el reportaje. Fue en 1986 y ahí arrancó su fama de gran bailarín, reconocido por la crítica.

                                                              
 

jueves, 8 de enero de 2015

Bailar tango en el Mundo

Gracias al trabajo y estudio minucioso de Tangotecnia, una organización argentina dedicada a recopilar y analizar al mundo del tango, podemos saber muchas cosas al respecto. En esta oportunidad lo han hecho con especial atención  al mundo de la danza del Tango. Y los resultados son muy interesantes para conocer el crecimiento de los bailarines en el mundo entero, a través de gráficos y cifras.

Acá les muestro algunos de esos gráficos:



                            





Las cifras y los datos son súper interesantes para saber dónde estamos parados, con los milongueros de todo el mundo. Argentina e Italia se llevan la palma como se puede ver por el estudio. Y también  podemos espiar por los Estados Unidos de Norteamérica para saber como las gastan en cada estado.

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Y después de los datos y los gráficos, quiero recordar precisamente hoy, a una hermosa y buenísima bailarina, como lo fue Andrea Missé, trágicamente desaparecida en un cuádruple choque con otros  autos en la ruta a La Pampa,  cuando viajaba a Neuquén para trabajar en un Festival de Tango junto a su compañero Javier Rodríguez. Andrea iba en el coche con su marido, su suegra y su pequeña hija, que afortunadamente, pudieron salvar sus vidas.

El terrible accidente ocurrió el 2 de enero de 2012 y hoy la rememoro en homenaje bailando con Javier Rodríguez, La cicatriz. Belleza.



                               
                                  

miércoles, 7 de enero de 2015

Juan D'Arienzo en TV

Para comprender el fenómeno D'Arienzo habría que haberlo vivido en vivo y en directo. En algunas de las tantísimas milongas que animó a lo largo de toda su vida artística, con esa orquesta y ese ritmo milonguero que te dejaba sin aliento. Pero con un sabor en el cuerpo, que te ibas a casa con la felicidad latiendo en el cuore, como los tantísimos bailarines que lo seguían y llenaban clubes.

D'Arienzo arrastró grandes masas y batió récord tras récord, en la venta de discos que la gente compraba apenas salían al mercado. En todas las provincias había orquestas que lo imitaban e incluso en Buenos Aires, donde Tito Martín o Víctor Di Capua (con cuya orquesta bailábamos en el Centro Lucense de Olivos), hacían todo su repertorio, intentando a la vez copiar esos tuttis motivadores de los músicos del Rey del compás.

                               
 D'arienzo en radio El Mundo con Lalo Harbin, Alberto Cosentino y Jorge Valdez


Algunas veces cuento la anécdota que viví con D'Arienzo en el Casino del parque Rodó, en Montevideo. Yo había ido con unos amigos a pasar la Semana santa. estaba jugando en una mesa de ruleta cuando apareció D'Arienzo a la disparada, en un intervalo de su trabajo en la capital uruguaya. Compró fichas y entró a sembrar el paño antes que el crupier cantara el "¡No va más!". Entonces le dije: ¡Qué ritmo juancito!, Y sin mirarme y sin dejar de llenar casilleros, me respondió: "¡Compás pibe, compás...!"

Fué el Príncipe cubano (Ängel Sánchez Carreño), el negro cubano que hacía de portero en el cabaret Chantecler donde D'Arienzo inició su revolución rítmica con el repertorio de la guardia vieja, quien lo bautizó como "El Rey del compás". Y con ese apodo arrasó en radio, y en todos los bailes donde la orquesta se presentaba dejando unas taquillas impresionantes.

                             
Pintín Castellanos, D'Arienzo y Biagi en Montevideo tomando un guindado


Carlos Lázzari que fue bandoneonista de su orquesta durante 25 años, recordaba que "Hacíamos  más de treinta bailes por mes, entre matinée y vermouth: terminábamos a la una de la mañana y el representante ya tenía calculados los tiempos para que llegáramos al cabaret, con una vuelta menos. El cabaret nos daba franco los sábados porque ese día los bailes de los clubes eran veladas, es decir que terminaban a las tres de la mañana. Todos los clubes tenían espacio, si no llovía hacían baile al aire libre. Pero la gente también ha llegado a bailar bajo la lluvia, descalza y con paraguas, y han puesto un toldo donde tocaba la orquesta....

Aunque suene a inverosímil, la fiebre llegaba a ese extremo.

                                       
Preparando la batalla de los fueyes. En el piano Juan Polito, un fenómeno.


Hoy vamos a entreternos un ratito viéndolo a Juancito al frente de su orquesta y moviendo los cimientos. Es casi imposible poder comprender la tremenda fuerza que tenía la orquesta y cómo conmovía a bailarines y oyentes, más allá de su estilo pudiera ser discutido académicamente. Para comprobarlo vamos a ver esta actuación suya en Canal 11 de Buenos Aires, comentada por el brillante Héctor Larrea. Para mi gusto ya exageraba mucho y se pasaba un tanto de rosca, sobre todo con su gesticulación, Incluso Echagüe ya no era el de su mejor época. Pero vale la pena.

Allá vamos.

                                          

martes, 6 de enero de 2015

Los Reyes magos

Hoy es el Día de los niños. Con leyendas, con mitos, con cuentos, pero con una carga de felicidad para los chicos. Porque todos lo fuimos. Y sabemos del insomnio en la noche previa, de los zapatitos al pie de la ventana o de la puerta, del pedido que en muchos hogares, no se cumplían porque era imposible que arribaran los camellos con sus tres ocupantes. Los que venimos de cuna humilde sabemos el valor que tienen esos regalos para no sufrir de envidia ante otros niños, aunque también descubriremos el sacrificio que comporta para los padres el cumplimentar esos pedidos inocentes.

Es bueno cada tanto rememorar aquellos paisajes infantiles. Supimos luego del valor de aquellos juguetes, por lo que representaban. La pelota de fútbol, que en aquel entonces tenía un peso simbólico muy grande, los botines de fútbol, los autitos, el triciclo, la primera bicicleta, ¡qué emoción más maravillosa! Ese día quedó marcado para siempre en nuestros recuerdos.

                             


Por eso disfruto muchísimo viendo a los chicos esta mañana en el parque luciendo los regalos que le dejaron los Reyes Magos y dándole cuerda  a su emoción, con la necesidad de  mostrar su nuevo juguete, sentirse los dueños de la felicidad por un día, y compartir con los otros niños y niñas esos obejtos que dejarán una marca simbólica en sus vidas.

El tango tiene unas cuantas páginas dedicada al Día de los Reyes Magos, aunque algunas como Noche de Reyes, de Pedro Maffia y Jorge Curi, son demasiado melodramáticas. Porque hoy debe reinar la alegría que nos contagian los chicos con su inocencia y sonrisa tierna.

Entonces busco en mi discografía y extraigo esta maravilla de Sebastián Piana y Homero Manzi: Papá Baltasar, en forma de milonga-candombe que grabó Aníbal Troilo con Fiorentino el 16 de abril de 1942.

                                         

Y también escojo el tango Viejo baldío, de Roberto Grela y Víctor Lamanna, por Edmundo Rivero, en 1984, acompañado en la guitarra por Roberto Grela.

Y lo traigo por todo lo que significaron los baldíos porteños de mi infancia y adolescencia para los que pudieron jugar infinidad de picados y desafíos futboleros en esos potreros. Los que que servían para desfogar nuestras ansias y para quedarnos con infinidad de anécdotas compartidas, y victorias y derrotas que aprovecharíamos para nuestro aprendizaje en la vida.

                                          

En verano no faltaba la calesita que se instalaba en ese lugar, o algún circo de paso. Sí, el baldío o potrero representó una parte importante en nuestro itinerario, y además, de esos sugares salieron numerosos futrbolistas de primer nievel para los equipos profesionales. Era como la escuela primaria futbolística, con todas las picardías que se aprenden en los potreros y que dejan la marca en el orillo.

Vamos con esos dos temas en el día genial de los niños.

013- Papa Baltasar - Troilo-Fiorentino

Edmundo Rivero - Baldío de barrio (Con Roberto Grela)


lunes, 5 de enero de 2015

Chau, Cacho...

El 2014 terminó dejando la huella tremenda de la muerte de dos grandes del tango y el 2015 comenzó también con una pérdida muy importante, la de Cacho Dinzel, a quien su corazón no pudo ayudarle más en su tarea de maestro del tango junto a Gloria. Aunque queda también un legado en forma de libros, de conferencias, de exhibiciones y de obras benéficas, con el tango de pantalla.

Se llamaba Carlos Rodolfo Dinzelbacher, era porteño del barrio de San Telmo, crecido entre conventillos que lindaban con su casa, una propiedad grande donde su padre les enseñó a los hijos la importancia de la música y la danza, al margen de otros estudios, que finalizarían normalmente. Nació en 1950, y como algunos de sus hermanos, a los 4 años también estaba en la Academia de la Danza, como oyente de folklore. A los 14 ya lucía su destreza en exhibiciones como bailarín de folklore. Entre tanto se recibió de docente en el Mariano Acosta

                              

Pero el tango que escuchaba en el barrio, que veía bailar en los conventillos y a sus padres, terminarían por darle vuelta la cabeza y arrastrarlo a sus filas. Por eso, con 18 años comenzó a investigar sobre el tango, a leer lo poco que se había escrito, a escudriñar en sus secretos, y a bailarlo. Su encuentro con Gloria Ines Varo, una bailarina clásica devenida en tanguera fue un clic para ambos y se unirían profesionalmente. Ella venía de una disciplina artística muy diferente, el clásico,  pero el tango también la atrapó a través de verlo bailar a sus padres y arriba del escenario compartiendo su trabajo con gente de tango.

Gloria se había separado y tenía una hija. El enamoramiento de ambos fue vital para que formaran una pareja, desde 1972,  que recorrería el mundo triunfalmente con Tango argentino, junto a las que formaban Copes-María Nieves, Virulazo-Elvira, Gloria-Eduardo, Mayoral-Elsa María, Carlos-María Rivarola, Nélida-Nelson. (Luego se incorporarían Miguel Ángel Zotto-Milena).Ya nunca más se separarían y el uno empujando a la otra y viceversa, lograrían conformarse como una dupla de profesores especializados, y además de docentes, investigadores, sin descuidar los viajes y las exhibiciones.

                                       


Juntos incluso escribieron varios libros que tengo en mi estantería tanguera: El TANGO - Una danza (Esa ansiosa búsqueda de la libertad), EL TANGO, Una Danza  (La improvisación). También un Libro gráfico con las distintas secuencias de pasos.  Y Alendra Toronchik y Juan Pablo Güerri, en un ameno y extenso libro de charlas con Gloria y Cacho, desmenuzan su historia personal y su obra. Se titula: Bailando el tango con los Dinzel - Conversaciones. Todos editados por la Editorial Corregidor.

En el mismo, ante una pregunta de los autores, sobre si hoy hay un tango que trata de ser simpático, de venderse mejor, Cacho responde, entre otras consideraciones.

                                               


- Trata de caer simpático, es un buen estuche para vender, y derrocha simpatía, cuando el tango siempre fue un trabajo de instrospección, no de simpatía. En esta etapa de globalización aparece un proyecto de mercado con el tango. Cuando hay mucha demanda, si el que quiere comprar no consigue el elemento original que vino a comprar, compra lo que encuentra. Hay todo un andamiaje que hace ofertas. Sanas, no sanas, malintencionadas, bien intencionadas, por vocación, o sin vocación, mercantilistas o no. Y el extranjero -como viene por poco tiempo-  compra.  Pero, como decía Troilo, "El tango siempre espera". Yo vengo  de una generación donde la gente dejaba la vida por las ideas...

                                          



Era Profesor de honor de la Academia Nacional del Tango, y fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires en el año 2013. Fue precursor del tango utilizado como recurso terapéutico para trabajar con personas no videntes, jóvenes con síndrome de Down y enfermos con el llamado Mal de Parkinson, entre otros. Hasta sus últimos días siguió con sus proyectos como investigador y docente desde la Carrera de Tango Danza del Centro Educativo del Tango de Buenos Aires (CETBA) de la cual Dinzel y Varo fueron sus directores desde la fundación del instituto, en 1992.

Y hoy lo despido con mucho pesar en el cuore: ¡Chau Cacho! Y lo recuerdo bailando con Gloria en Malmöe, Suecia, en 2008, el tango de Alfredo Bevilacqua, Emancipación, por la orquesta de Osvaldo Pugliese.

                                                     
                   






sábado, 3 de enero de 2015

Bien milonga

Arrancar el año milongueando, es una fórmula magistral para sentirse siempre joven, pleno, inspirado, sano, con el cuerpo lleno de música y ritmo. Nunca hay que perder la costumbre porque es una maravillosa forma de vida, más allá de los avatares diarios.

                                               



Y yo sigo en la brecha con esta Milonga en la Casa de Aragón de Madrid. El tango ha invadido todos los rincones de la misma y la pista es una delicia para caminarla sintiendo muy adentro la música que sale del reproductor.

                                                                       

Si andás por aquí, chiflá y no te la pierdas. Desde la calle sentirás a D'Arienzo, Di Sarli, Pichuco, Don Osvaldo, Tanturi y todas las orquestas grosas y milongueras del cuarenta al mango, y entrarás como tejo, tarareando. Te parecerá sentirte en una milonga porteña.

viernes, 2 de enero de 2015

De cracks

Los músicos de tango de la belle époque del género, se distinguían, entre otras cosas, por ser compañeros, aún dentro de la competitividad normal, y manifestaron públicamente su admiración y respeto por una u otra orquesta y sus directores. Ello les permitió unirse gremialmente y fundar varios Sindicatos y agrupaciones, de la cual la más importante es  SADAIC, que gestiona los derechos autorales.

Seguían al pie de la letra la máxima de Martín Fierro, la obra de José Hernández:

"Los hermanos sean unidos, / porque ésa es la ley primera. / Tengan unión verdadera / en cualquier tiempo que sea / porque si entre ellos pelean / los devoran los de afuera".
Consejos aplicables a cualquier actividad, especialmente la política que ha dado infinidad de ejemplos, haciendo precisamente lo contrario.

                                           
Tanturi, Francini, Floreal Ruiz y Aníbal Troilo rodean a Pugliese en el piano


Hoy traigo, a propósito, las reflexiones que le hiciera Osvaldo Pugliese a Arturo Marcos Lozza:

-En una etapa determinada, las mayores orquestas en vigencia -D'Arienzo y Di Sarli- tenían un sentir emotivo y tenían ritmo. Carlos Di Sarli ha sido un ejemplo para todos los músicos. Sin nada, sin ninguna escritura, sin ningún arreglo, sin ninguna variación orquestal, sin nada, ha hecho una interpretación, una estructura de interpretación extraordinaria. ¡No sé cómo, todavía, Carlos Di Sarli no figura en el comentario general con un mayor relieve!

                                       
D'Arienzo y su orquesta con los cantores Reynal y Mauré. Varela es el 1º bandoneón.

-Y también tenemos que hablar de la orquesta de Juan D'Arienzo. Él acumuló a su alrededor el fervor del ochenta por ciento de la población. ¿Quién es capaz de repetir algo igual?  Deje que digan que D'Arienzo es una tachería, deje que digan ésto o aquello, que digan los que quieran. Pero esa fue una orquesta que salió del cabaret Chantecler, fue a Radio El Mundo y se convirtió en un boom. Fue la bomba atómica. Y no había orquesta que trabajara en el interior del país, que no imitara a D'Arienzo. Me tocó a mí actuar en aquel entonces junto con otras orquestas. Y todas lo imitaban porque la gente quería bailar con ese ritmo. Yo no lo valoro a D'Arienzo como músico ni nada por el estilo, pero valoro al hombre que está al frente de una Típica y que que ha despertado en el público ese fuego, esa vibración por el tango, de la misma manera que las Malvinas despertó en la juventud la vibración de lo nacional. Sí, D'Arienzo fue eso.

                                           
Di Sarli, Troilo y Zita en el Marabú. Pichuco fue un gran admirador de Di Sarli.


Yo sonreía cuando algunos jóvenes bailarines y puestos a maestros me cargaban en Madrid porque me gustaba bailar D'arienzo. Acababan de llegar al tango, hablaban como entendidos y para ellos el tango eran Piazzolla o Pugliese y ahí empezaba y terminaba todo.
-Ya lo descubrirán - les decía yo.
Y algunos terminarían "descubriéndolo".

El Chula Clausi, bandoneonista que orilló los cien años de edad, arrancó con Pacho, estuvo con Minotto, De Caro, Pracánico, Firpo y Maffia entre otros,  tocó con los grandes de su época  y tuvo orquesta propia en la cual militó incluso Piazzolla joven. Se radicó varios años en Chile pero volvió a su Buenos Aires del alma y recordaba cosas como éstas:

                                           
La orquesta de Pedro Maffia (centro). El Chula Clausi está a su derecha
 
 -Hubo muchas orquestas pero como la de Fresedo, no. Y sin embargo, no ha tenido el nombre que merecía. Fresedo era un gentleman, hacía bailes bacanes. Tenía una sonoridad, un estilo, era demasiado fino para tocar... Pedro Maffia y Pedro Laurenz los que dos que dejaron una escuela.  Pedro Laurenz fue fogoso para tocar, un gran tanguero y un compositor maravilloso. Además, sus fiorituras siempre se destacaron: no digo que eran las mejores para no ofender a nadie. Era un bandoneonista de garra. De la escuela de Laurenz salió Leopoldo Federico. De la escuela de Maffia salió Julio Ahumada. Maffia era muy suave para tocar, como expresivo fue único, fue como Gardel.

-Cuando estaba en radio Belgrano tenía a Piazzolla de bandoneón, tenía a Antonio Rodio, que era un violinazo que hay que ponerse de pie para hablar de él.  Me acuerdo que Pugliese me dijo una tarde: "Vos estás en Radio Belgrano, pensar que yo, si pudiera estaría en Radio del Pueblo (mucho más modesta). ...Antes todas las orquestas eran como -evoca- una familia. No como ahora que uno no sabe cómo se llama el de al lado. (De "Café de los Maestros")

Osvaldo Fresedo, Gardel, Mercedes Simone y Charlo.

Piazzolla estuvo 8 años en la orquesta de Aníbal Troilo como bandoneonista y luego incluso arreglador. Y fue allí donde encontró el fuego sagrado del tango, aunque luego estudiaría, buscaría nuevos alientos para el género, pero jamás olvidó su paso por la orquesta de Pichuco, aunque despotricara contra todo lo anterior. Cuando éste falleció, la reacción de Piazzolla, explicaba todo.

                                     
Pichuco y el Tano Ruggiero


-Cuando murió estaba en Roma. Me enteré en casa, estaba con Carlos Alonso y Antonio Berni, que me habían pedido que posara para ellos. No te imaginás lo que fue. Agarré el bandoneón y me puse a tocar La última curda; llorábamos los tres, yo tocando y ellos pintando, se nos caían las lágrimas y me pedían que dejara de tocar porque las lágrimas les nublaban la vista. Pero no podía dejar de tocar... Era como tratar de que el Gordo siguiera ahí con nosotros. Lo mismo que pasa cuando toco Bandoneón, el primer tema de la suite. Hay una parte donde la melodía corresponde a Quejas de bandoneón. Ahí intento tocar como Pichuco, rememoro sus dedos, pero no consigo terminar la frase musical, y para demostrar mi impotencia dejo los dedos puestos y abro el fueye hasta el final, como si fuese un quejido de desesperación por todo lo que se nos fue con él.

Yo termino agregando que también por estas cosas el Tango llegó a ser lo que fue y lo que es actualmente. Y así pudo resistir la invasión de ritmos foráneos, la negligencia de los directores de grabadoras y la ignorancia de los gobernantes de turno a lo largo de su historia. ¡Cuántos argentinos lo han descubierto en el exilio europeo!

¿Qué les parece si para adornar estos sentimientos tangueros escuchamos un tema por Carlos Di Sarli y otro de D'Arienzo? Vamos con Siete palabras de Juan Maglio Pacho, por Carlos Di Sarli, del 22 de julio de 1952 y El Internado de Francisco Canaro, por Juan D'Arienzo, grabado el 5 de mayo de 1950.

¡A mover los remos!

Siete palabras - Carlos Di Sarli (1952)

Juan D'Arienzo - El Internado - 1950-