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martes, 28 de septiembre de 2021

Bien milonga

      Vestido como un dandy, 
     peinado a la gomina 
     y dueño de una mina, 
     más linda que una flor.
     Bailás en la milonga 
     con aires de importancia
     luciendo tu elegancia 
     y haciendo exhibición.

             Miguel Bucino

                                                                                          

    Los Martes de BIEN MILONGA son bienvenidos en la noche madrileña, por poder volver a bailar tango después de tanto tiempo, por reencontrarnos con los amigos y amigas milongueros/as, por "sentir" esos temas que tanto nos emocionaron y motivaron en la pista. Y por ese piso de la Casa de Aragón que también nos incita una vez más, con la selección musical que es milonguera al mango. José María y Charo, los anfitriones te recibirán como siempre.

                                                


   Ya sabés que para ir calentando motores nos damos una vuelta por diferentes milongas y lugares donde reina el tango bailado. En este caso vamos con la novedad de los últimos campeones mundiales de baile: Tango pista. Son Bárbara Ferreira y Agustín Agnez los que bailan el tango "Pa'que te oigan bandoneón", por la orquesta de Héctor Varela.

                               

   Seguimos en Buenos Aires. En este caso En lo de Celia, donde hemos milongueado tantas veces cuando vamos al pago. Allí, Magdalena Gutiérrez y Germán Ballejo se mandan con el valsecito Recuerdos de la pampa, por la orquesta de Juan D'Arienzo.

                                 
   Y como cierre una milonga: Meta fierro por la orquesta de Juan D'Arienzo. La dibujan Oscar Mandangaran y Georgina Vargas.

                                       
  Esta noche la seguimos nosotros en vivo, en la coqueta pista de la Casa de Aragón, 
       

                                             

domingo, 26 de septiembre de 2021

"Pugliese fue también un romántico"

   Este es el último reportaje a Osvaldo Manzi, unos de los grandes pianistas del tango, pieza clave de formaciones que marcaron época: Troilo, Pugliese y Piazzolla. Ahora Osvaldo Manzi no está. Se fue abruptamente. Es tremendamente triste, pero también es lindo que sus últimas palabras grabadas sean sobre la lección del maestro Pugliese.

                                     


   Mi opinión personal de Pugliese, desde el punto de vista estrictamente musical: un fuera de serie. Íntegro, consecuente. Luchando contra mucha música comercial, él impuso un estilo, una forma. Y creo que marca una gran época tanguística. La suya fue una de las orquestas más tango-tango. Creo que conceptualmente su música está dirigida hacia lo bailable, sin por eso descuidar sus pretensiones armónicas.

   Pero éstas no son su verdadero objetivo. A mi juicio, el verdadero es su rítmica, su forma hacia lo bailable. Yo diría que el suyo es un tango machista. A nivel nacional me consta, yo sé: Osvaldo es un estudioso. Soy de los que cambian de maestro continuamente y siempre, o lo he encontrado estudiando a la par mía o él ya había estado ahí antes. Incluso actualmente. Pugliese no es un autodidacta o un improvisado, sino un hombre de probada capacidad técnica dentro de la música.

   Otro aporte, a mi juicio, a través de sus temas, de sus temas con letra, es que varios y determinados están consagrados a lograr una fotografía de la época con una natural pretensión de ser una proyección hacia el mañana, hacia el futuro, como un testigo. O sea que ha intentado  (y no digo resuelto la problemática, pero sí intentado) el camino de lo social a través del tango de nuestra condición social.

                         

Postal de la época en que Manzi reemplazaba a Pugliese en su orquesta

   Incluso creo, políticamente hablando, que dentro de esas letras hace notar las falencias de nuestro tiempo. Eso yo lo considero muy bueno, en cuanto a lo artístico, porque el artista, para mi opinión, no debe buscar sólo el aplauso, o el éxito, o hacer del arte una cosa para élites, sino que debe tratar  de hacer un aporte cultural, de ayudar a abrir los ojos, tanto para la gente de su tiempo como para  la del que vendrá.

   En cuanto a Pugliese compositor, sacando los temas muy conocidos, ya que todo el mundo conoce la calidad que tienen, es un compositor que que no trabaja sus obras, no anda molestando a los intérpretes con la obra bajo el brazo. Es un tipo que compone y lo deja ahí. el que descubre la obra, la toca o no. Por eso es que todo lo que ha compuesto no ha alcanzado una gran dinámica de difusión, exceptuando las obras más conocidas.

   A mí me consta, sé que sus otros hijos, sus otras obras, no tan conocidas, son tan buenas o mejores que las difundidas. El reúne todo lo que tiene que tener un compositor, y más para la época de la cual él es. Es decir: tiene esencia de tango, tiene identificación lo que hace, se sabe que es tango, con un color real y sabor a Buenos Aires, no a Río de la Plata. En lo rítmico, eso es fabuloso: tiene su propio decímetro.

   No creo que Pugliese componga solamente a través de la vena melódica, sino también a través de la melódica-técnica. Y que aparte de lo rítmico, es un gran melodista. Mucha gente cree, equivocadamente, que la esencia de la obra pugliesana es fundamentalmente rítmica y no es así. Él es también un romántico. Todas sus composiciones tienen momentos donde se traduce ese romanticismo.

   Nombrar, decir cuáles pueden ser las mejores obras, no. Eso sería parcializar. A mí me interesa la obra de Osvaldo Pugliese. Toda, en forma total. 

(Publicado en la Revista Crisis, Mayo de 1976)

Y podemos escuchar a la orquesta de Pugliese, con Osvaldo Manzi sentado al piano, debido a algunas de las veces que el director estuvo preso o desaparecido. En este caso se trata del tango de Mario Demarco Pata ancha, grabado el  13 de mayo de 1957)

                              




viernes, 24 de septiembre de 2021

A José González Castillo

Papá entre nosotros

   Nuestra infancia, pobre, se nutrió con el panorama de una vía de tren, que se alejaba debajo de nuestra casa, allá en Pasaje Viale. Era una casa quinta, para nuestros ojos maravillados de chiquillos, donde una higuera, una parra y una fuente ponían una sensación de floresta umbría. Acaso, no fuera más que un pequeño jardincito, que a través del lente mágico de nuestra pequeñez y nuestra ilusión, cobrara toda la magnífica profundidad de un bosque inexplorado.

      Una puertita de madera, creo que pintada de verde, daba al paisaje, que –en su corta dimensión-estaba atalayado por un alambre tejido que nos defendía de aquel precipicio, por donde corría la máquina infernal que “echaba humo”. Con Hugo y Gema salíamos por las mañanas, bien tempranito, a asomarnos al paisaje melancólico del tren que llega, pasa y se va. Y esa sensación extraña, mezcla de tristeza y de misterio, creo que nos quedó para toda nuestra vida.

      La primera sensación que me llega al recuerdo, acerca de papá, era la de un gigante todopoderoso, valiente e invencible. para mi celebración niña, todo el trabajo suyo era "pelear". Papá salía de casa temprano a luchar, a combatir con los demás hombres y noche tras noche, volvía victorioso. Y se me figuraba que lo miraría con admiración y temor. Con un temor misterioso y divino. Se me ocurría que era rubio. Recuerdo sus bigotes poblados y su cabellera rizada que se peinaba para atrás, mucho antes de que su cabeza se fuera despoblando y envejeciendo.

                                  


   Papá era cariñoso con sus hijos. Cuando estaba en casa, y eso fue durante toda nuestra niñez, nos llevaba junto a él, noche tras noche, y nos narraba cuentos que urdía en él, llenándonos los ojos de montañas mágicas y ríos de oro, de enanos vagabundos y de gigantes despiadados, que tenían la virtud de hacernos vivir en un mundo delicioso, de maravilla.

   Nos acostábamos soñando con sus historias y nos levantábamos con el ardiente deseo de seguir oyéndolo. Todas las mañanas corríamos los tres a su cama, y allí acurrucados entre mamá y él, aprendíamos sin querer, cual era la medida de la ternura del hogar, de estar todos, en un solo nudo...Después...un viaje imprevisto. Un coche, en una noche de lluvia. Maletas que se hacen apresuradamente, un tren que nos lleva. Campos y montañas. Un país nuevo.

   Valparaíso nos tendió su mano amiga y nos llenó el espíritu de cerros coloridos y alegres. Vivíamos en la calle Cumming 209, y tendríamos 5,4 y 3 años, respectivamente. Los tres hermanos. Sobre nuestras cabezas estaba el cementerio, y allá, en la punta del cerro, entre sarcófagos y cruces, jugábamos a las ánimas, con una despreocupación digna de héroes. Las tumbas derruidas (acababa de ocurrir un gran terremoto), los cadáveres a medio enterrar, todas las funerarias propias del lugar, para nosotros eran cosa de risa. Un motivo de juego. Un pretexto para hacer travesuras.

   Papá llegó con nosotros a Chile, sin medios de vida y con la responsabilidad de tener que darnos de comer. ¿Pero qué no podía hacer él...? ¿Acaso no fue siempre nuestro héroe invencible? Y a la semana ya estaba ubicado. Era corredor de vinos en una casa comercial, y, claro está, antes que el “pan”, tuvimos el rico “vino” chileno, a nuestro alcance. Después fundó una revista que se llamaba “Bric-a-Brac”. Era nuestro único tesoro, y nuestro mayor galardón, aquella colección de números encuadernados, que representaban toda una evolución de su vida, en un país extraño. 

   Llegar sin un cobre, y al poco tiempo ser dueño de una publicación, era obra de un espíritu como el de él, de esos que no se dejan avasallar por los contratiempos, y capaces de abrirse camino en cualquier parte. Como tuvo necesidad de aprender inglés, ya que trabajaba en una casa londinense, comenzó a tomar lecciones con un profesor negro, grandote, que venía todas las noches, y a quién rodeábamos y mirábamos con asombro. Era el primer negro que veíamos en nuestra vida. 

   Aprendió a hablarlo discretamente, en tres meses. Nuestra casita, era un rancho de madera, con un vestibulito lleno de cuadros, que daba a la calle y que llamaba la atención de los caminantes. La gente se detenía con curiosidad, a pispear nuestro humilde pero alegre alojamiento. Estuvimos tres años en Valparaíso. Acaso los más felices de toda nuestra vida.

   Nos quedó para siempre la ilusión y el color de sus cerros, con sus casitas de madera pintadas y el eterno verde de su vegetación. Un día, debimos volver a la Argentina. Los recuerdos se diluyen. Y ya estamos instalados en la calle San Juan y Quintino Bocayuva, en una casa de departamentos, frente a una feria franca. Es allí donde nos nace la sensación de la importancia de papá. Es allí, donde nos enteramos que trabajaba para el teatro y que lograba éxitos en una profesión que nos resultaba la más extraña del mundo.

   Cuando estrenaba, nos levantábamos temprano, y corríamos a su cama, preguntándole muy interesados: "¿Papá...tuviste exito anoche...?"  Decíamos exito, sin acento, así, como palabra grave. Y él, sonriendo, nos repetía de igual modo. "¡Sí! Tuve un gran exito". Cuando murió mamá, la compañera de todas las horas, del infortunio, de la pobreza y de la prosperidad, la madre de sus hijos, en una palabra, se tornó triste y quedó ensombrecido.

                             


   La calle Boedo, para la que guardaba el cariño y la tolerancia de un padre para con su vástago pequeño, fue el refugio espiritual de sus últimos años. "¡Hay que ayudar al barrio...!"-decía. Y deambulando por sus veredas, perdido entre la gente obrera, acariciaba a los traviesos chiquillos que lo saludaban al paso. No había bodegón que no conociera, ni café, en cuyas mesas no se hubiera sentado alguna vez. 

   Fue un gran amigo de los humildes, a quienes trataba de igual a igual, y su mayor satisfacción era estrechar la callosa mano de un artesano, a quien sentaba a su lado, y hacía partícipe de sus ideales y confidente de sus problemas sociales o filosóficos. Y así, encerrado en un mundo proletario, entre su casa y la “Peña Pacha Camas”, le llegó ese estado de serenidad que la vida otorga, ante la vecina presencia de la muerte.

   Y fue una mañana, tomando mate en la casa que había construido a fuerza de sacrificios y esperanzas. En la vieja casa de la calle Boedo, campo de nuestras travesuras infantiles. Allí mismo, donde aprendimos a valorarlo, con las distintas mentalidades del niño, del joven y del adulto, por las cuales atravesamos a su lado y frente a su ejemplo.

   Su muerte produjo en nuestros espíritus la sensación de la catástrofe. De aquello terrible y devastador, que no por humano y por lógico, deja de ser una especie de caos que ciega y desconcierta. Sin embargo, a través de los años, papá continúa estando con nosotros, porque la seguridad de su presencia en el más allá, se manifiesta en esa corriente inexpresable que nos ata a su recuerdo, a su espíritu, a su yo... 

   Desde aquí, desde este montón de cosas abigarradas y estériles que forman la vida de los hombres, te saludamos, amigo nuestro, hasta el encuentro en la región donde no existe ni la distancia, ni el tiempo, ni las ingratitudes de todo lo que llega, pasa y se va.

                                                                                                     Cátulo Castillo

(Publicado en Breogán , revista  del Centro Gallego de Buenos Aires, Año XL. nº 332. Avellaneda. Enero de 1944) 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Cualquier cosa

    Hace unos días publiqué unas palabras de Homero Manzi, en las cuales significaba que  todos sus temas provenían de experiencias, vivencias personales, porque no tenía la capacidad de inventar... Y eso, más que seguro, le sucedió en muchos casos a  algunos poetas que también hilvanaron en sus versos historias reales, perfiles humanos, desencuentros, caminos de regreso, madrugadas filosas, desventuras, traiciones.

   El tango al que acudo hoy, y que fue muy difundido por cantores y orquestas, también trae ese estado insomne del hombre que ve amputado su enamorado corazón por una traición. Está sumido en la angustia por ese rostro que se va apagando de su lado y vuelca su desazón, su frustración en imprecaciones al ver desmoronarse su universo amoroso. La mujer innominada, pasa a ser de repente "cualquier cosa"...

                                   


   El autor de los versos, Juan Miguel Velich, nacido en Santa Fe y avecindado tempranamente en Buenos Aires, fue actor, formó compañías de teatro, hombre de radio, periodista, trabajó en cine, en compañías discográficas, hizo giras, fue bailarín de tango, poeta en distintas especialidades musicales, pero afincado también en el tango fue donde enhebró obras de mucha pegada. En la imagen se lo ve con la guitarra en sus manos.

   Su amigo Carlos Gardel le grabó cuatro temas suyos: Amigazo, Por qué soy reo, Queja indiana y el que hoy destaco y que llevara al disco el gran cantor, con sus guitarristas Aguilar, Ricardo y Barbieri, durante su estancia en París, el 20 de octubre de 1928. Cabe consignar que Ignacio Corsini, acompañado por sus guitarristas, grabó Cualquier cosa un año más tarde y logró un éxito muy destacado con el mismo. 

   Podrían citarse algunas letras de tango suyo que le dieron renombre, como Mandria, Qué viejo estoy, Mala junta, Rodríguez peña, el vals Uruguaya, Sangre maleva y otras. Cualquier cosa fue retornando al candelero con los años en las versiones de Morán con Pugliese, Jorge Vidal con guitarras, Ángel Vargas con la orquesta dirigida por Armando Lacava, Domingo Federico con Enzo Valentino (en un estilo Corsini), y otros.

                               


    Lo que llama la atención es la dedicatoria que realiza Velich en la partitura original de Cualquier cosa y que destapa toda la angustia que encierra el tema que musicalizaría su hija, la cancionista, compositora, actriz, locutora: Herminia Velich. En la misma dice:

-A mi buen amigo Alberto Rada. Sé cuánto me apreciás y sabés de qué manera te estimo. Y porque conocés muy bien la causa que atormenta mi corazón, me es grato dedicarte esta obra mía, escrita en ese momento en que los hombres de mayor templanza se sienten dominados por una fuerza secreta... (vos me entendés, hermano. J.M.V.)".

                                  


   Estas palabras salidas del corazón explican totalmente la tremenda aflicción que envuelve a su autor, cuando escribió estos versos que se harían tango en voces populares, famosas, dándole el pase a la posteridad. Acá desgrano su canto lastimero, duro, acusador...

Cualquier cosa resultaste
para que un hombre derecho,
tu maldad tomara a pecho
entregándose al “splin”
Con tu acción me comprobaste
lo que de ti suponía,
que tu amor me sonreía
para lograr otro fin.
 
¡Loca mía!
Alma cruel y atravesada,
Por tu artera puñalada
Toda mi dicha perdí...
¡Quién diría!
Que tu pensamiento terco,
Te volviera flor de cerco
Y no encanto para mí.

Tus divinos ojos verdes
Mezcla de mar y de cielo,
Han dejado un desconsuelo
Que amargó mi corazón...
Quiera Dios que no te acuerdes
De volver ya que te fuiste,
Porque el daño que me hiciste
No merece mi perdón...

  Se lo vi cantar en vivo al Flaco Morán con la orquesta de Pugliese y también acompañado por Armando Cupo. El 28 de enero de 1952 lo grabó Pugliese con Morán. ¿Lo escuchamos?

                              

martes, 21 de septiembre de 2021

Bien milonga

                                                  Buena como nadie, linda como nadie
                                                  reinaba por su pinta en el salón.
                                                  Bailando un tango nació nuestro romance
                                                  mientras la orquesta tocaba estos compases...              
                                                 
                                                  Cuatro compases que alegraron
                                                  mi triste corazón
                                                  con un divino amor.

   Ya sabés que los martes de BIEN MILONGA están en la agenda de muchos milongueros de ambos sexos en Madrid y otros puntos de España cuando visitan la capital. Y hoy 21 de septiembre los esperamos con una música seleccionada para bailar sin descanso.

                                       

   Como de costumbre, para ir calentando motores, visitamos distintas pistas donde el tango ha sentado sus reales y podemos ver a parejas bailando y disfrutando de esta música genial y sensual.

   Por ejemplo, y como algo digno de reseñar, observamos milongueando a Beba Pugliese, esa gran intérprete, pianista y directora, hija de Don Osvaldo y con pedigrí de pista -bailé con ella en Madrid-. En este caso, junto a Jorge Firpo, bailan el tango La rayuela, por la orquesta de Don Osvaldo.

                             

    Y como muestra de cómo se ha ido extendiendo este género por el mundo, nos vamos a Malmöe -Suecia, y son Cecilia Piccinni y Daniel Carlsson los que se desplazan por la pista al compás del valsecito
Dichas que viví, por la orquesta de Rodolfo Biagi, cantando Andrés Falgás.

                                            

    Un saltito hasta Bellaria (Rímini-Italia), para ver en acción a dos troesmas grosos del tango bailado, incluyendo, claro, al valsecito y la milonga. Como en este caso en que Miguel Ángel Zotto y Daiana Gúspero se mandan con La Milonga de Buenos Aires, por Canaro-Famá.

                                          


   Y a preparar las pilchas, los tarros y la música para la milonga de esta noche...

                                 

sábado, 18 de septiembre de 2021

Raquel Makow

  Nació en San Francisco, California, en la primavera del año 1991.  Fue criada por un padre porteño y una madre neoyorquina.  Desde chica estuvo expuesta al arte. Comenzó a bailar Jazz, Ballet y Ballroom a la edad de los 10 años. A lo largo del tiempo se enfocó más en el Ballroom (ritmos latinos) que incluye Cha Cha, Samba, Rumba, Paso Doble y Jive.  

   A los 15 años empezó a participar en competencias, lo que la llevó a recorrer Estados Unidos y más adelante Europa.  El mismo año viajó a Buenos Aires para visitar su familia.  En ese viaje tomó sus primeras clases de Tango y asistió a su primera milonga en La Viruta.  Fue en ese momento de sentir su primer abrazo que se metió en otro mundo, un mundo de placer, olvidándose de todo el resto y enamorándose del tango.  Después volvió a su vida en San Francisco, a su mundo de Ballroom, un ambiente exigente de competencias, brillos y luces.  Pero se llevó el recuerdo y la sensación de aquella noche en la milonga, algo que quedó grabado para siempre en su corazón.

                                    

Raquel Makow

   A los 19 años se mudó a Portugal para bailar con un renombrado bailarín de Ballroom.  Juntos consiguieron el título de Campeones Nacionales de Portugal 2011.  Raquel después continuó su carrera en la República Checa y Canadá ganando otros premios internacionales.  Pero a pesar del éxito en su carrera, algo faltaba en su vida, y sin ello, su alma no se llenaba al final del día. Nunca se olvidó de esa sensación que le dio el Tango.  

   Y más y más cada día añoraba el tango y ese abrazo tan dulce de la milonga.  Sus días se disolvían entre canciones de Carlos Gardel y Juan D’Arienzo, y sintió una necesidad tan fuerte de bailar Tango que no podía resistir más.  Así que en 2013 decidió abandonar el Ballroom para mudarse a Buenos Aires y dedicarse al Tango. Se fue a Buenos Aires sin trabajo, sin saber que vida iba a llevar, todo para buscar esa sensación que le dio el Tango.

   En Buenos Aires, se dedicó a aprender, ensayar, salir a las milongas, y entregarse cien por ciento al Tango.  Fue y sigue siendo un camino gratificante y frustrante al mismo tiempo.  Descubrió que el Tango es un arte muy profundo que no se puede tapar con brillos y trucos.  En el Tango uno tiene que abrirse al otro y conectar desde un lugar mucho más íntimo que en otras danzas.  

                              

Maxi y Raquel

    Raquel fue aprendiendo más sobre ella misma mientras estudiaba y bailaba Tango.  En Buenos Aires también trabajaba como jueza de Ballroom y entrenadora de las mejores parejas de Ballroom en Argentina y Uruguay.

   Y entonces en una noche tranquila de la semana en Mayo de 2015, Raquel Makow y Maxi Copello se conocieron en la famosa milonga de Salón Canning. Pasaron toda la noche bailando con otras personas hasta el final de la noche cuando la gente se iba yendo uno por uno, y la pista se vaciaba lentamente.  Permanecieron solo los trasnochadores milongueros y ellos dos.

   Raquel se quedó quieta en su silla por primera vez en la noche. Maxi tuvo por fin una oportunidad. Se miraron a los ojos, Maxi la cabeceó y juntos entraron en la pista. Maxi la abrazó a Raquel, y ella cerró los ojos sintiendo y escuchando cada cosa que Maxi le decía con su cuerpo.  En ese instante se conocieron más profundamente de lo que hubiesen podido con palabras.  

   Pasó algo mágico que le hizo sentir a Raquel igual que como se sintió su primera vez bailando en la milonga.  De repente entró en otro mundo perdiendo la noción de tiempo y espacio.  Al seguir su intuición, Raquel sabía en ese momento que encontró a su alma gemela en el baile.  Desde entonces Maxi y Raquel bailan juntos profesionalmente, recorren mundo dando exhibiciones y comparten el mismo sueño de bailar, crear arte, y transmitir su amor por el tango a los otros

  (Podemos verlos en el Marabú, bailando el Tango Patético, de Jorge Caldara, por la orquesta de Osvaldo Pugliese)

                                            


jueves, 16 de septiembre de 2021

Barrio de tango

    Esto decía Homero Manzi allá por el año 1942, explicando su fórmula para escribir esos tangos y milongas que nunca se apagarán, por todo lo que encierran en ellos. Y apunta sobre el primer tango que firmó con Aníbal Troilo, como preámbulo del luego maravilloso Sur

   Los temas de mis canciones son siempre recuerdos personales. Me resulta difícil escribir fantasiosamente. No tengo ese don. Había un recuerdo, un aspecto de mi vida, un paisaje, que hasta hoy no había podido abordar. Lo termino de hacer en Barrio de tango. Y quiero adelantar una explicación:

 

Desde los trece a los dieciseis años viví -como alumno pupilo- en el Colegio Luppi, ubicado en el corazón de Nueva Pompeya: Esquiú y Centenera. La elegante casa del Colegio -que sin duda recordarán los habitantes del barrio, pues no hace mucho que ha desaparecido- se alzaba, materialmente, entre pantanos, baldíos, bajos, terraplenes y montañas de basura o desperdicio industrial.

Ese paisaje de montones de hojalata, cercos de cina cina, casuchas de madera, lagunas oscuras, veredones desparejos, terraplenes cercanos, trenes cruzando las tardes, faroles rojos y señales verdes, tenía su poesía. Tal vez entonces no la comprendí aunque la sintiéramos quienes robábamos pantalones largos a los mayores para poder recorrer el misterio de las noches y los almacenes con exagerado y falso gesto de segura hombría. Pero hoy, a través de la evocación, puedo reconstruir sentimentalmente aquel barrio que se dormía al costado del terraplén para cantarlo con voz de tango y pulso de nostalgia.

                                       


Al Colegio Luppi, clavado entre zanjones y rodeado de sapos; a sus muchachos que nunca he vuelto a ver; a la calle Esquiú... a Centenera... a la gente que habitaba en sus casas pequeñas; al terraplén que detenía las inundaciones; a la cancha de fútbol que se nos llenaba de agua vuelta a vuelta; al tren que silbaba melancólicamente; y a ella... que murió de tan pálida... dedico este recuerdo... Barrio de tango.

    "Nunca más tendrá el viejo barrio de Pompeya un narrador más sincero ni más profundo", diría Julián Centeya. Y sus palabras reflejan la admiración que merecen páginas como como la citada por Manzi y Sur, ese monumento al tango, ambos musicalizados magistralmente por Aníbal Troilo y llevados al disco con Fiorentino y Edmundo Rivero respectivamente.

    Pichuco ya había grabado temas de Manzi como: Malena, Papá Baltasar, y Fueye, cuando el poeta le acerca los versos de Barrio de tango. Ese ramalazo de nostalgias, la pintura llena de sentimiento por aquellos paisajes, el Colegio que ocupaba toda una especie de manzana triangular en semejantes  andurriales, los convoyes de carga que circulaban por los rieles vecinos, la inundación..., todo eso lo emocionó a Troilo, que le pondría música en una velada  iluminada con su fueye.

                                   

   Se nota en los versos entrañables de Homero, que muchas ilusiones juveniles, el descubrimiento de la temática del tango envuelta en aquellas calles, son la esencia misma  del género, porque la noche, el decorado, los boliches, permanecerían para siempre en sus retinas y en su espíritu poético. Son la válvula emotiva, sentimental que abre camino en el poema. La misma pobreza y el espíritu de sus gentes, todo reverbera en su mente cuando escribe estos versos. 

Un pedazo de barrio allá en Pompeya
durmiéndose al costado del terraplén;
un farol balanceando en la barrera
y el misterio de adiós que siembra el tren.
Un ladrido de perros a la luna,
el amor escondido en un portón
y los sapos redoblando en la laguna
y a lo lejos la voz del bandoneón.

Barrio de tango, luna y misterio;
calles lejanas, ¿cómo estarán?
Viejos amigos que hoy ni recuerdo
¿qué se habrán hecho?, ¿dónde andarán?
Barrio de tango, ¿qué fue de aquella,
Juana, la rubia, que tanto amé?..
Sabrá que sufro pensando en ella
desde la tarde que la dejé.
Barrio de tango, luna y misterio,
desde el recuerdo te vuelvo a ver...

Un coro de silbidos allá en la esquina.
el codillo mllenando el almacén
y el dramón de la pálida vecina
que ya nunca salió a mirar el tren.
Así evoco tus noches, barrio tango,
con las chatas entrado al corralón
y la luna chapaleando sobre el fango
y a los lejos la voz del bandoneón.

   Pichuco lo grabó con su orquesta y Fiorentino cantando esos versos, el 14 de diciembre de 1942, adelantando lo que haría la dupla creadora más adelante con Romance de barrio, el impagable, inmortal Sur, Ché bandoneón, Discepolín. Troilo volvería grabar Barrio de tango, cantando Nelly Vázquez el 3 de febrero de 1964 y acompañaría al Polaco Goyeneche interpretando estos versos el 6 de mayo de 1971. 
 
Podemos escuchar la versión del Polaco Goyeneche acompañado por la orquesta de Troilo.