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martes, 13 de mayo de 2014

Lidia Borda

Lleva la marca en el orillo porque creció en una familia de músicos y guitarreros. Y de esos árboles suelen salir brotes llamativos, hermosos. Su hermano Luis, ejecutante de guitarra y músico integral que dirige en Munich su propia Ensemble que estriba en el llamado Tango Nuevo, está muy bien considerado no sólo en Alemania sino en muchos países europeos.

Lidia tenía el tango flotando a su alrededor, estudió Bellas artes, canto y Teatro. Con esa hermosa voz que tiene, cantaba blues en un local de San Telmo y una noche su hermano la llevó a escuchar a Luis Cardei al restaurante Arturito de Parque Patricios. Y allí sintió que había otra manera de cantar el tango. Luis tenía problemas de movilidad, padecía hemofilia y su voz no era potente. Pero sostenía: "Yo necesito emocionarme con el argumento ya que juego interpretando al personaje". Y era gardeliano a rabiar. se había pasado la infancia y adolescencia escuchándolo por radio o en discos.


Y así, por ese milagro, Lidia Borda, comenzó su camino de cantante de culto que la llevaría a varear su tanguidad por diferentes países de Europa y hasta a tener el privilegio de participar como representante de Lainoamérica en la ceremonia de apertura de la Biblioteca de Alejandría en Egipto junto a su hermano, en el año 2002.

Por otra casualidad se hizo con una gran cantidad de viejas partituras de tango. Se asombró con algunas letras como la de Hembra, un viejo tango prácticamente desconocido, de Carlos Romeu que cantó Lucy Clory en la obra "Buenos Aires al frappé", estrenada en el Teatro Sarmiento en enero de 1928. Y descubrió otro tango de ese mismo año que firmaron Aieta-Juan Polito y García Jiménez: Entre sueños que la golpeó. ("Tu paso suave / llegó a mi pieza, / mis brazos se abren, / mi boca besas... / Cuánto tiempo te he esperado, / cara a cara con la muerte, / y a la muerte le he guapeado /
para verte...
") Un tango nada fácil de cantar que la llevaría a grabar su primer CD con ese título.

Le hubiera gustado cantar con Fresedo y con Pichuco para recibir esa contraseña de las noches piolas de los cuarenta y ese "algo más" que transmitía Troilo a sus cantores. Pero supo explorar sus entrañas.

                                          
Lidia Borda con su hermano Luis

Las Simone, Falcón, Quiroga, Duval, Ledesma, que impusieron el modelo heráldico,  le fueron revelando el paisaje reconocible de lo próximo y el asombro de lo lejano. Y el dramatismo melódico de esta soprano que encontró el rumbo de su feliz carrera, demostró esa fidelidad a unas premisas que buscan reflejar sombras y luz con belleza, pero sin vulgaridad. Sus interpretaciones aglutinan todos los ingredientes de la intensidad. Y se siente igual de cómoda acompañada por orquesta, guitarras o con un piano. Con una elevación desprovista de ese énfasis tan propio del género, la Borda se ganó a pulso tanto a los críticos como al público que acudía al Club del Vino a fines de los 90. Yo la pude disfrutar en ese escenario que compartía con Cristina Banegas y Liliana Herrero.

Desde entonces Lidia me copó el cuore y la ubico en ese sitio que ganaron Mina en Italia, o las glorias del samba brasileños que me enloquecían a comienzos de los sesenta cuando aterricé en Río de Janeiro y me fui quedando con aquellas voces sublimes de Mayssa, Ángela María, Elisette Cardoso o Elza Soares. 

                                                        
La Varela, Federico, Mores, Cabarcos, Cardei, Posetti, Suárez Paz,  Lidia,  Néstor y Leonardo Marconi y Alfredo Piro

 Criada en San Martín, provincia de Buenos Aires, transitó en aquellas calles de tierra donde los pájaros salían de los nidos y aprendían a volar y a cantar. Lidia aprendió a convivir con una voz aguda que chocaba con el tango, hasta que la aceptó y le gustó. Y voló. Y cantó. Y se radicó en mi querido barrio de Parque Patricios que respira tango por sus arterias y donde quedan las huellas de sus antiguos moradores: Rial, Centeya, Firpo, Barbieri, Discépolo, los Lomuto, Angelito Vargas, Roberto Videla. Juan Guido y tantos otros ilustres. 

                                       



Supo elegir repertorio y la intimidad de su estilo, que maneja con brillo y convicción, y me convirtió en hincha suyo. En cada interpretación nos invita a un viaje emocional y su madurez le permite transitar con naturalidad entres los meandros del tango, al hilo de los avatares de la vida. Las letras se transforman por medio de intangibles filamentos de mensajes que llevan y La Borda, no sólo lo sabe sino que continúa en su búsqueda de la excelencia. Por eso me llegan tanto los temas que toca.

Y para comprobarlo la vemos y disfrutamos, cantando Nada más, el tango de Juan D'Arienzo y Luis Rubistein. La acompaña un excelente pianista: Diego Schissi (hijo del actor y dramaturgo Oscar Viale -Gerónimo Oscar Schissi). La voz de Lidia transmite tantas cosas...

                                      

Y después de esta maravilla y un par de sorbos del wisky que me acompaña, me deleito con el tango de Enrique Delfino y Julián Centeya: Claudinette. Belleza pura.                                                

                             





lunes, 12 de mayo de 2014

Noches de Sunderland

Los milongueros solemos recrearnos en los recuerdos que, afortunadamente, quedan registrados en discos o material fílmico. El Club Sunderland de Villa Urquiza, en este caso, tiene la sana y hermosa costumbre de invitar a las figuras del tango para que realicen alguna exhibición en la Milonga de los sábados, sin aviso previo y sin preparativo alguno.

Se improvisa con las figuras destacadas del género que están esa noche en la Milonga y los que tuvimos/tenemos la suerte de caer a bailar una noche en que aterrizan por el lugar los muchachos y muchachas acostumbrados al baile de escenario pero con alma de milongueros, y se trenzan en alguna muestra de su talento, nos dejan un regusto especial.

                               


Uno va allí a cenar y bailar, pero un plato extra de este tipo siempre se agradece, especialmente por la generosidad de estas figuras que se sienten allí como pez en el agua, por recurrir a un latiguillo fácil.
Con esa poderosa intuición que nos permite apreciar la experiencia del arte o de la música, degustamos ese plato extra. Y vemos como los viejos milongueros siguen tramando pasos para el olvido.

Con el espesor de la lejanía y el ritmo percutiente de la música volvemos a uno de esos momentos que parten la noche en dos. Soy en este caso sólo un transmisor de sentimientos y experiencias muy comunes. Y me gusta repetir aquello que ha dejado un sedimento importante. Porque como decía Thomas Alva Edison: "No se puede dar marcha atrás al reloj, pero sí se le puede dar cuerda nuevamente".


Y palabreando las sensaciones, podemos ver moviéndose en un mismo territorio emocional a la gran María Nieves con cuatro grandes bailarines: Javier Rodríguez, Pancho Martínez Puey, Carlos Gavito y Miguel Ángel Zotto. Ocurrió una noche del año 2004.  Y le damos cuerda nuevamente a los recuerdos para ver el improvisado momento.













                                                      

sábado, 10 de mayo de 2014

Agua florida

Este hermoso tango de los uruguayos Fernán Silva Valdés y Ramón Collazo, encontró una magnífica interpretación en la conjunción de los dos Ángeles: D'Agostino-Vargas. El tema le gustaba mucho al cantor y se lo aconsejó al director, pasando a ser el disco número doce que grabaron juntos, el 13 de noviembre de 1941. No había tenido gran trascendencia en Buenos Aires pese a que el gran bandoneonista Luis Petrucelli, lo dejase impresa en forma instrumental el 9 de agosto de 1928.  También lo registró el cantor oriental Alberto Vila el mismo año.

                                         


Fernán Silva Valdés fue un destacado poeta y escritor que  en 1972 obtuvo el Gran Premio Nacional de Literatura del Uruguay. En la revista "La canción moderna" de septiembre de 1928, el mismo Silva Valdés se refiere al tema del título: "Yo quise llevar el tango un poco hacia atrás, hacia los buenos tiempos del tango primitivo criollo; y por eso evoqué el ambiente desaparecido de las academias, de las chinas almidonadas y de las medias lunas etc., y el músico interpretándolo inteligentemente (Ramón Collazo) le comunicó un aroma viejo de estilo criollo y de coraje malevo".

                            
Cabe aclarar que china en general se le decía a la mujer y el apelativo proviene del lenguaje gauchesco, que la trataba cariñosamente con dicho mote. Y las academias en Montevideo eran salones de recreo para baile ubicados en el Bajo montevideano en los últimos 20 años del siglo XIX.
Estaban ubicados en barrios como Palermo, la Aguada y el Cordón. Fue muy famosa la de San Felipe, clausurada cuando finalizaba el siglo.

                             
Se bailaba todo tipo de danzas: valses, polcas, habaneras, cuadrillas, o chotis, que tocaban en vivo las orquestas de cada lugar, aunque lo más aplaudido eran las milongas ejecutadas con todo tipo de instrumentos en boga entonces. En Buenos Aires también existieron algunas academias del mismo tenor y Vicente Rossi destaca por sus escándalos la de Solís y Estados Unidos. Pero también tallaron fuerte las de Pozos e Independencia y la de Carmen Varela, en la Plaza Lorea como recuerda Horacio Ferrer. Y no pueden olvidarse las que existieron en el Barrio de los Corrales (hoy Parque Patricios) que fueron muy renombradas por el nivel de esos bailongos y también por las trenzadas posteriores que terminaban con la intervención de los policías y las ambulancias. En su Milonga que peina canas, Alberto Gómez describe su época joven de aficionado al turf: 


Allá en el tiempo del jopo,  
peinao al agua florida,
cuando era linda la vida
y era mi escuela un stud,


En cuanto al Agua florida, se trataba de un perfume popular allá por comienzos de siglo. En realidad se trata de una traducción del Florida water. Roberto Arlt decía en una de sus deliciosas viñetas: "La calle Florida se percibe como la calle más despersonalizada que tiene Buenos Aires, tan ñoña como la inofensiva Agua Florida".  Por su parte Pedro Inchauspe en su libro: "Voces y costumbres del campo argentino", explica:"Este perfume se vendía en unos frascos largos y cilíndricos, casi totalmente cubiertos por una etiqueta llena de medallas doradas, era uno de los lujos de nuestro campo antiguo; ni las mujeres ni los hombres, cuando iban a asistir a una fiesta a un baile u otra fiesta, creían estar en condiciones si no habían rociado bien sus cabellos y el pañuelo de mano con el mentado perfume. También servía de remedio: en los casos de descompostura, desmayos, dolores de cabeza, etc,. hacían oler o ponían en la frente del enfermo un paño empapado en Agua florida".

                                             
 

 Como bien diría el maestro José Gobello, Agua florida quedará como uno de los más bellos ejemplos del llamado tango campero. Angelito Vargas, que nació en 1904, tenía un referente cercano, en su barrio de los Corrales, de aquellas Academias y el Agua florida, que citaban los muchachos mayores. En el tango de Felice y Lucero: Yo soy de Parque Patricios, que grabó con D'Agostino, también lo recuerda:

En aquellos lindos tiempos
Del percal y agua florida,
Con guitarras en sus noches
Y organitos en sus tardes
Yo soy de “Parque Patricios”
Vieja barriada de ayer…


El autor de la música de esta composición, Ramón Collazo, apodado "El loro" fue un destacado pianista, director y compositor uruguayo, que en su obra dejó temas como:  Pato, Araca París (Gardel le grabó los dos), Mama yo quiero un novio o ese hermoso fresco de época que es Agua Florida y que D'Agostino-Vargas retrataron como unos trazos de sueños olvidados.

                                                    
Les dejo para que disfruten la grabación de Luis Petrucelli con su orquesta, en forma instrumental,  y de paso cañazo, haciendo algunas viguerías con su fueye. Y la pinturita de D'Agostino-Vargas.

Ojo al piojo.

Agua florida - Luis Petrucelli

08 - Agua florida- Ángel D'Agostino-Ángel Vargas 

jueves, 8 de mayo de 2014

Juan Andrés Caruso

Vivió apenas cuarenta años y le dio tiempo para ser un destacado comediógrafo, periodista, y uno de los mas prolíficos letristas de tango. En este sentido bastaría con decir que fue el autor más cantado por Gardel. Nada menos que 39 obras suyas figuras en la discografía del máximo cantor. Y entre ellos, algunos tan logrados como: Cascabelito, Tierrita, La garçonniere, La brisa, Se acabaron los otarios, Sentimiento gaucho, Desengaño, La última copa o El piccolo navío.

No sólo por lo prolífico de su obra sino por la contribución a consolidar los cimientos de la letrística del tango (término de Homero Expósito) junto a los pioneros como Pascual Contursi, José González Castillo y otros, merece el reconocimiento a toda una obra que pudo iluminar  con notable acierto, aunque su vida fuera muy corta y bastante desafortunada en sus comienzos y el rápido final.

                                             

Porque quedaría huérfano tempranamente y era el menor de los tres hermanos del matrimonio Francisco Caruso-Rosa Tocci. Nació en La Plata y debió trasladarse a la Capital para vivir con otros familiares como le sucediera a Discépolo. Entre el colegio y la calle le enseñaron el alimento de los libros y las experiencias vitales. Como la de un chico amigo suyo que hacía de "claque" en el Teatro y lo invitó a entrar por vez primera en el templo que años más tarde lo aguardaba para consagrarlo.

Pero, en esta oportunidad, su compañero sustrajo algunos objetos del camarín de Lola Membrives, y con el susto posterior en el cuerpo, éste le propuso a Juan que se fuera a Bahía Blanca. Como es de suponer, no tenían dinero, viajaron escondidos, huyendo en las paradas y allí llegarían exhaustos y hambrientos. Apenas arribados, el amigo desapareció. El pobre Juan caminando por la ciudad desconocida, entró en la primera imprenta que encontró, puesto que ya había frecuentado los linotipos, y el dueño, impresionado, lo llevó al periódico La Hoja del Pueblo, de Juan G. Franzetti. Sería ésta la persona que lo salvó, lo guió, se encariñó con él y lo puso a trabajar en el pequeño periódico.

                                                   


De esta forma encontró su vocación de periodista-escritor, Juan Andrés Caruso. De resto se encargaría la veleta del destino. El gran actor Enrique Muiño pasaría años más tarde por Bahía Blanca con su compañía, conoció al muchacho que le fue presentado, y le instaría a escribir obras teatrales. Con esta recomendación, Caruso, que luego sería incluso secretario de Muiño,  aterrizó nuevamente en Buenos Aires, y por recomendación de su protector bahiense, entró en el Diario La montaña, del que terminaría siendo subdirector. Pero además viviría en la calle Pasco y Constitución.
Justo al lado estaban instalados los Canaro y ese fue otro golpe de la diosa fortuna.

                                         

Porque no sólo sería gran amigo de Francisco Canaro, sino de muchos otros músicos que integraban la barra de éste. Los hermanos Greco, Castriota, Agustín Bardi, Prudencio Aragón, el Tano Genaro, el Tuerto Camarano y otros. Y con algunos de ellos escribiría luego varios de sus tangos. Cara sucia, realizado en 1916 en colaboración con Pirincho fue el primer tango que lo instaló en el sentimiento popular. Y en 1919 Canaro haría con él un sainete musical titulado Nobleza de arrabal, estrenado en el Teatro Variedades, en el que darían a conocer el tango que lleva el título de la obra. Años más tarde Homero Manzi realizó nuevos versos para el mismo, que son los que perduran.

                                     

Recordaba Canaro: "Caruso congenió mucho conmigo y de ahí nació una íntima y grande amistad que nos unió hasta su muerte. Fue para mis tangos el primer y eficaz colaborador letrista que volcó su ingenio y su gracia sobre los acordes de mis composiciones. Más tarde puso letra a mis tangos: Los Indios, ¡Sufra!..., Sos bueno vos también, Vos también tenés tu historia, Se acabaron los otarios, Sentimiento gaucho, La brisa, Federación y otros. Hallándome en París, en 1925, y siendo Caruso secretario-representante de la compañía Muiño-Alippi, me escribió pidiéndome música para un tango al que él le pondría letra para ser estrenado por dicha compañía en el Teatro Buenos Aires en una obra titulada "La última copa". Correspondí gustoso al pedido del viejo y buen amigo de tantas horas, enviándole el tango que bauticé con el mismo título de la pieza de Escobar y que cantó con gran suceso Agustín Irusta. Caruso fue un poeta nato y podría decirse de refinada inspiración. Era un mozo de de apostura elegante, alto y bien parecido: tuvo por esposa a la actriz argentina Elvira Quiroga. Falleció hace algunos años y dejó un sensible vacío..."

 Juan Andrés Caruso escribió en su corta vida 32 piezas teatrales y unos 85 temas musicales. la mayoría de los cuales siguen iluminando programas radiales, milongas y latiendo en la memoria ciudadana. Como por ejemplo: No me escribas, con Bardi; Entrada prohibida, con Teisseire; Alma de bohemio con FirpoCaricias con María Isolina Godard, Destellos, La garçonniere y tantos títulos con Francisco Canaro; Cascabelito, Medias de seda y otros con José Bohr; Ladrillo con Filiberto; Nuestro vals y Un placer con Vicente Romeo y varios que ya nombré al comienzo, por citar temas que muestran la ductilidad de este hombre que padeció una enfermedad que lo desmejoró rápidamente. Y cuya vida finalizó con estas palabras dirigidas a su querida esposa y consejera: "Bueno...¿listo ya?, en la habitación del Hospital Fernández, en presencia de Enrique Muiño, Alberto Vacarezza y otros fieles amigos que lo acompañaron en el final.

Me zambullo en la Disco y saco al bardo dos temas suyos: No me escribas, con Bardi, por Ricardo Tanturi cantando Roberto Videla, grabado el 23 de julio de 1946. Y por Francisco Lomuto, cantando Jorge Omar, Caricias, que realizara con la pianista y compositora María Isolina Godard y que grabaron éstos el 7 de mayo de 1937.

11- No me escribas- Roberto Videla-Ricardo Tanturi

Caricias- Jorge Omar-Francisco Lomuto

martes, 6 de mayo de 2014

Alberto Gómez

Fue un cantor de larga permanencia en las carteleras no sólo de Argentina, sino de toda América incluyendo México y Cuba. Ídolo en muchos de dichos países grabó en varios de ellos dejando el recuerdo de su voz melodiosa que le venía de nascita pero que supo formar con el maestro Antonio Codegoni, un tenor que había destacado en la Scala de Milán. Más tarde estudiaría con Eduardo Bonessi.

Se llamaba Egidio Alberto Aducci, era el mayor de cuatro hijos del matrimonio de inmigrantes que vivían en Lomas de Zamora y en el Colegio de dicha localidad sobresalió tempranamente en todos los coros. De advertía su futuro cuando cantó un trozo de Cavallería Rusticana en una fiesta del Colegio realizada en el Teatro Español de dicha localidad bonaerense, donde lo conoció Gardel

                               
Su amigo Tito (Augusto Vicenti), que cantaría con el apodo artístico de Augusto Vila, formaría con él un dúo que animaba fiestas o actuaba en algún café, recreando la moda que impusieron Gardel-Razzano, Magaldi-Noda y tantas otras duplas de la época. Con el guitarrista español Manuel Parada se completaría un trío que ganaría fama en el centro de la ciudad, donde un músico le sugirió que adoptase un seudónimo y así pasó a ser conocido como Alberto Gómez.

La película Tango, estrenada en 1933, lo contará como actor y cantor junto a las celebridades del momento. Ya había mostrado sus condiciones en su debut con la compañía de César Ratti en el Teatro Apolo y Carlos Gardel, nada menos, lo bautizaría como El pingo de Lomas (por su ciudad natal). Lo del "pingo" está relacionado con el idioma turfístico, hobby en el cual tanto Carlos como Alberto eran conocidos como  asiduos concurrentes al Hipódromo de Palermo. Incluso uno de los más grandes éxitos de Gómez como autor, fue su Milonga que peina canas que recrea la historia de pingos famosos que dejaron huella en la arena palermitana y su leyenda.

Enrique Santos Discépolo se haría gran amigo de Alberto y como vivían cerca lo llamaba para ensayar y hacerle estrenar varios de sus tangos famosos. El primero de ellos fue Soy un Arlequín en 1928. Para ello el cantor debía soportar sus constantes correcciones y la filosofía que emanaba de las letras de esas canciones. Y así se lo contaba luego Alberto a mi amigo y compañero José Barcia:

-Empezaba por preguntarme: "¿Vos sabés lo que es un arlequín? Claro que lo sabés, un títere, un autómata. Bueno, entonces metete dentro del personaje, viví lo que él sufre, fijate el dolor que le atraviesa el alma. con tu voz tenés que imitar los brincos del desventurado, dar la sensación de que está sacudiéndose. Es su tremenda angustia...¿entendés?". Era inflexible en todo cuanto se relacionase con la fidelidad a la imagen que había creado en cada poema".

                                     

Convertido en solista y acompañado por guitarristas como José Canet y otros destacados músicos, se convirtió en artista de la radio y comenzó su periplo viajero por Uruguay que se iría extendiendo por Chile, Brasil, Colombia, Venezuela, Cuba, México, República Dominicana, Puerto Rico, lugares, donde alcanzaría un prestigio impresionante y sería requerido constantemente. También grabaría con las Típica Víctor y la de Adolfo Carabelli, varios temas con su nombre artístico o el de Nico. Y con Los Provincianos, el conjunto que dirigía Ciriaco Ortiz. Lo hizo incluso con Edgardo Donato con quien dejó una bella interpretación de Madame Ivonne. También grabó boleros en Centroamérica, donde estrenaría con enorme éxito la zamba de Enrique Santos Discépolo: Noche de abril.

                                             


La década del cuarenta la vivió casi fuera del país por sus permanentes contratos y las grabaciones en otros lugares. Pero filmaría en Argentina como actor principal Juan Moreira o Donde comienzan los pantanos, además de otras donde tendría una actuación menor. Ya entrados en los cincuenta lo encontraría numerosas veces en los hipódromos de Palermo o San Isidro. Y generalmente en la calle Corrientes donde me lo presentaría un amigo común y hasta tomamos una copa en el Bar Suárez de Lavalle y Esmeralda. En la charleta destacaría su predilección por Fiorentino, Floreal Ruiz, Rufino y Ángel Vargas. Y también destacó a los fresedianos Ray y Ricardo Ruiz.

                             
Corsini, Scianmarella, Gómez y Alberto Cosentino

Salía de su casa sobre las 20/21 horas y me lo crucé en numerosas ocasiones, por la calle Corrientes, siempre con su sombrero tapando la despoblada cabeza. El jocundo Ciriaco Ortiz en uno de sus miles de chistes tan festejados decía que cuando Alberto Gómez se despertaba por la mañana, su mujer le llevaba a la cama el mate y el sombrero...

                                       
Tuvo un gran arrastre en su mejor momento, lucía una melodiosa voz de tenor que se fue  haciendo más aplomada con el tiempo y dejó una gran cantidad de temas grabados en diversos países. Hoy lo traigo del recuerdo con el tango de Pedro Maffia y Homero Manzi: Abandono, grabado el 26 de noviembre de 1937 con la Orquesta Típica Víctor. Y en el vals Samaritana, de Alberto Cosentino por la Orquesta Los Provincianos registrado el 27 de febrero de 1932.

Abandono - Típica Víctor-Alberto Gómez

16- Samaritana - Los Provincianos-Alberto Gómez



domingo, 4 de mayo de 2014

Noelia y Carlos

Días pasados un amigo me mandó el vídeo de Noelia Hurtado y Carlos Espinoza bailando La payanca por D'Arienzo en un Festival y me preguntó si los conocía. A ella yo la seguía desde que ganó el Campeonato Mundial de Tango en pareja con Pablo Rodríguez en 2006. En el rubro Milonga, fueron segundos, pero se les abrió un gran abanico de posibilidades, no sólo en la Argentina sino en Festivales internacionales donde mostraron su donaire y se formaron como maestros.

Noelia tenía 18 años cuando obtuvieron el galardón que los lanzó a la fama. Pablo, con 22,  llevaba tres años bailando y mejorando su técnica en el Club Sunderland. Ella a los 12 años y a regañadientes debió seguir los pasos de su progenitor que quería que toda la familia aprendiese a bailar tango con él y la llevaron a la fuerza a las prácticas. Finalmente, Noelia que estaba en el Secundario y pensaba seguir la carrera de Medicina, terminó siendo la única de la familia que siguió con el tango.

Noelia Hurtado y Pablo Rodríguez
                                 

 Fue en una de esas prácticas donde coincidió con Pablo y la pareja se formó casi de inmediato. La mano de los profesores Carlos Pérez y Rosa Forte se notó en los avances de ambos y la cosa funcionó de tal manera que darían algunas exhibiciones en clubes antes de alcanzar el entorchado en el Mundial. Y en 2011, justo en la misma milonga donde dieron la primera exhibición: La Baldosa, situada en el salón El Pial de la calle Ramón Falcón, ofrecerían su despedida como pareja. Con la emoción reflejada en los rostros y los movimientos de ambos, más  las lágrimas de ella, terminaba una etapa en la vida artística  -y quizás algo más- de Pablo y Noelia.

Noelia y Pablo en el final de la romántica novela.

Ella bailaría con algunos conocidos y finalmente la brújula del destino la emparejó con Carlos Espinoza, un  chileno que aprendió a bailar tango en El Bolsón, esa hermosa comarca patagónica situada en en el estremo noroeste de la Provincia de Río Negro, a 130 km al sur de Bariloche. La comunidad de artesanos y de amantes de la vida en contacto con la naturaleza le han dado a El Bolsón una cultura distinta a nivel nacional.

                                 
Noelia y Carlos

Allí Carlos Espinoza o el Che Carlitos como le llaman en sus pagos, tomó clases con su primer maestro, Carlos Malone, a quien considera uno de los mejores que ha tenido. Pero siguió perfeccionando su estilo con gente como Sergio Natario, Carlos Gavito, Gustavo Naveira, Alejandra Arrue, Javier y Andrea Pero también aspiró el perfume de tango que destilaban Javier y Geraldine y ésa y otras parejas fueron muy importantes en su desarrollo profesional.

Carlos asegura que tiene un romance con la música. Noelia realizó investigaciones con diversos maestros, para adquirir el estilo y las formas  del tango tradicional, como también las nuevas tendencias. Y aprendió, según sus propias palabras, tanto de los grandes representantes de la moderna historia del tango, como con los famosos milongueros veteranos.

Con sus 25 años, Noelia ya sabe de los aplausos en ciudades donde el tango ha prendido muy fuerte y donde compiten los mejores. Carlos es clásico en su baile. Más milonguero que contorsionista. Asegura que aunque la gente tenga una idea determinada del tipo de baile de algunos famosos, mecánicamente son todos iguales. Ha probado casi todo: canyengue, tango nuevo, salón, escenario, milonguero. Yo lo ubico entre los representantes del tango clásico. A él le interesa mucho el aspecto dinámico del baile, sobre todo que los movimientos fluyan sin interrupción.El componente rítmico le fascina. Pero por sobre todas las cosas se sigue aferrando al baile abrazado.

                                             
Noelia y Carlos constituyen hoy por hoy una pareja de muchos quilates que giran por diversos países, ciudades y continentes. Están en una etapa de madurez artística y seguramente continuarán creciendo en este aspecto aunque como cantara Humberto Correa: la fama es puro cuento. La musicalidad de la pareja está fundamentada en la pasión que sienten ambos por el tango.

Acá los vemos en Seúl, el año pasado, bailando el Tango Martirio por Canaro-Famá.


                                            
Y con la Orquesta Solo Tango, la milonga No hay tierra como la mía.





Para divertirnos, nada mejor que esta improvisación de Noelia con el gran bailarín turco Murat Erdemsel, en el vals Lirio Blanco, por Canaro-Famá.  Y con el prolegómeno tipo de los boxeadores sobre el ring, en un Festival de Bruselas.

                                     
                                            







                                         




viernes, 2 de mayo de 2014

El Sexteto Di Sarli

El gran pianista, compositor y director, merece recordarse a cada momento. Además de todo lo que aportó al tango,  por lo mucho que debió luchar para ser reconocido en el medio y poder vivir de la música que más quería. Por sus convicciones y por no haber bajado la guardia nunca, pese a que lo pasó muy mal en sus primeros tiempos en la ciudad porteña, como él mismo reconocería en reportajes posteriores. Por ejemplo en la revista "Mundo radial" de la Editorial Haynes:

-Me costó muchos sacrificios mantener la línea de los fundadores de la estructura melódica que sostengo en mi orquesta -refiriéndose a Posadas, Bardi y Arolas- . Lo he logrado, pero había días en que de tanta hambre, no sabía si tenía apetito.

                                           

Di Sarli y Juan Carlos Cobián, venidos por separado de Bahía Blanca, se reencontraron de casualidad en Buenos Aires, y pasaron jornadas muy duras,  juntos. En las Navidades de 1923 soñaban con poder instalarse artísticamente en la gran ciudad, encontrar su sitio, y juntaron un dinero entre ambos para poder tomar unas copas como festejo para aliviar sus soledades.

-Se necesita vivir en provincia, para tener noción real de lo que atrae Buenos Aires. -confesaba en la revista "Radiolandia" ya con trabajo en la radio y felizmente seguido por su público- Se necesita tener una inquietud, para anhelar febrilmente, calmarla en la gran ciudad. En ese estado de ánimo vine a Buenos Aires. Era muy joven, la idea romántica, además de venir a triunfar, me alentaba. Y así me puse frente a la vida, con un libro de música bajo el brazo, dispuesto a ganarle una partida brava...¡Demasiado brava! Conocí el dolor muy de cerca. Canillitas niños, en las madrugadas, cargados los ojos de sueño. El martirio de hombres jóvenes con los botines rotos, que leen en las plazas diarios atrasados. Mujeres jóvenes despeinadas en las madrugadas. Actué como pianista de algunos conjuntos demasiado pobres... demasiado cerca del río...

                                   
Ernesto Famá con el sexteto Di Sarli en la radio


Y no le fue nada fácil. Iba sumando amarguras junto a los amagues del arranque feliz. Pasaría fugazmente por los conjuntos de Anselmo Aieta, Juan Pedro Castillo, y por fin en 1925, llega al frente del Sexteto al famoso Chantecler de la calle Paraná. Pero la suerte le seguía siendo esquiva y también actuó muy brevemente teniendo que volver a los rincones de la espera. Su amigo José Pécora, violinista que formó en su sexteto lo acompañó en largas ruedas de café y logró recomendarlo a Osvaldo Fresedo que tenía dos orquestas.

En la que tocaba en el cabaré Abdulla de la Galería Güemes, recalaría finalmente el hombre de las gafas negras quevedianas, que le trajeron una discusión con el propietario del lugar, dado que le exigía actuar sin ellas, aunque parezca insólito, y ante su negativa le mostraron la puerta de salida. Di Sarli tuvo un accidente a los 13 años, en la armería de su padre, en Bahía Blanca y había perdido un ojo. El problema del cabaré lo devolvió a la incertidumbre.

                           
Pero ahí estaba su fiel amigo Pécora, que le consiguió el lugar en la Orquesta de Humberto Canaro y finalmente el conjunto actuaría bajó el rótulo de Orquesta Carlos Di Sarli. Y el Café Guaraní de la calle Lavalle sería testigo del éxito impresionante de la formación que actuaba en dos sesiones con la gente arremolinándose en la calle, buscando sitio para entrar a escucharlo. Ese Sexteto de 1927 forma con Di Sarli al piano, César Ginzo y Tito Landó en bandoneones, José Pécora y David Abramsky en violines y Adolfo Krauss en el contrabajo.

                                 


Con algunas variantes en su formación (Roberto "Tierrita" Guisado entró en 1929 en el mismo y desarrollaría su carrera prácticamente junto a Di Sarli como primer violín), llegarían los plácemes, el cine Renacimiento, la radio,  y la firma con el sello RCA Victor donde graba sus dos primeros temas: La guitarrita de Arolas y T.B.C, de Edgardo Donato. En esa etapa, entre 1928 y 1931, colaborarían en grabaciones los cantores Santiago Devin, Ernesto Famá y Fernando Díaz.

Para recordar aquellos años de lucha de uno de los más grandes exponentes del tango de los años cuarenta y cincuenta -nada más y nada menos- , les traigo dos temas: Belén, instrumental de Augusto P. Berto, grabado en 1929, y Cicatrices de A.Avilés y E.P.Maroni, de 1930, con la voz de Santiago Devin.

Belén - Sexteto Carlos Di Sarli

Cicatrices - Santiago Devin-Carlos Di Sarli