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domingo, 24 de mayo de 2020

Enfundá la mandolina

Tango filosófico al mango que consagrara Gardel en 1930 y que reclamaba desde Venezuela, en la gira que marcaría el final trágico de su vida. Pedía que le enviaran al consulado de Maracaibo la letra y música de este tango de Francisco Pracánico y Horacio Zubiría Mansilla, y que había pasado a ser prácticamente el cierre clásico de sus actuaciones en público. El autor de los versos, en la partitura, puso: Dedicado a todos los viejos verdes.

Gardel ya había grabado en 1926 otro tango de Zubiría Mansilla: Viejo amor, que lleva música de Isaias Pittaluga. Al enterarse, por medio de Pracánico del este nuevo tema que acababan de estrenar, lo llamó al poeta para que le llevara los versos. En eso estaban cuando Zubiría Mansilla le fue entonando, marcándole el tono del tango y cuentan que Gardel, sorprendido, le comentó:
-¡Qué linda voz tiene usted!
A lo que éste sonriendo, respondió:
-Ya me gustaría tener la suya...

                     

Los versos de este poeta, que no tuvo gran trascendencia pero que en todos los temas que fue componiendo para diversos tipos de canciones, demuestran la pericia para manejar el cepo sintáctico, nutriéndose su  creatividad de la técnica y la espontaneidad, además de la observación de esos lugares comunes de la vida que otros no llegan a captar. Enfundá la mandolina es como una parábola sobre el paso del tiempo, sabiendo deschavar los retazos del antes y el después en tono conversacional.

Sosegate que ya es tiempo de archivar las ilusiones
dedicate a balconearla que pa'vos ya se acabó,
y es muy triste eso de verte, esperando a la fulana
con la pinta de un mateo, desalquilao y tristón.
¡No hay que hacerle, ya estás viejo, se acabaron los programas!
y hacés gracia con tus locos berretines de gavión.
Ni te miran las muchachas, y si alguna te da labia
es pa'pedirte un consejo, de baqueano en el amor.

Sabe escarbar en los escarceos del personaje que dibuja, cuando la edad provecta era mucho más temprana. Todas estas cosas que subyacen sobre el tejido de lo cotidiano muestran las limitaciones de la realidad. Zubiría Mansilla no es reconocido tampoco, popularmente,  como un creador de versos lunfas, al estilo de Celedonio Flores. Pero en este poema muestra su paleta llena de matices e inflexiones, con una alegoría sobre el antiguo conquistador atrapado en las brumas del pasado, y pretendiendo seguir con su chapa de langa, aunque el espejo difumine su estampa, otrora ganadora.

                                     

¡Qué querés, Cipriano, ya no das más jugo!
Son cincuenta abriles que encima llevás...
Junto con el pelo, que fugó del mate,
se te fue la pinta que no vuelve más.
Dejá las pebetas para los muchachos,
esos platos fuertes no son para vos.
piantá del sereno, andate a la cama
que después mañana... andás con la tos...

Ese veterano que juega de galán, en su reverberación emocional, es prisionero de un pasado que le fue pródigo en conquistas. Ataviado de recuerdos, recrea en su andar a Píndaro cuando decía: "Somos el sueño de una sombra". Quizás lo invade la melancolía de las energías que cree no debidamente aprovechadas y lo penetra el mantra del otoño. Una lucha inútil contra la realidad que el poeta refleja crudamente y con porteñismo de boliche de barrio. La fuerza dinámica del lenguaje popular, que tanto juego dio en el tango.

-Enfundá la mandolina, ya no estás pa'serenatas...-
te aconseja la chirusa que tenés en el bulín,
dibujándose en la boca, la atrevida cruz pagana
con la punta perfumada, de su labio de carmín.
Han bajado tus acciones en la rueda de grisetas
y al compás del almanaque, se deshoja tu ilusión
y ya todo te convida, pa'ganar cuartel de invierno
junto al fuego de recuerdos, en la paz de algún rincón.

Julio Sosa logró revivir este tango, al grabarlo con la orquesta de Armando Pontier en 1958, realizando una gran versión del mismo. Algo que repetiría con éxito como solista. Yo vuelvo con Gardel y aquellos cortos de Morera donde se lo ve con toda su pinta, su arte y su porteñismo cabal.



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