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martes, 1 de septiembre de 2020

Julián Centeya

Su figura se agiganta con el paso del tiempo, por su obra, por su trabajo como poeta, periodista, presentador de orquestas, chamuyador inigualable y dueño de una cultura basada en los libros leídos y su aprendizaje de la vida. Una existencia complicada desde que tuvo que salir con sus padres y familia en un barco desde Italia, rumbo a la Argentina para huir de los problemas que acechaban a su progenitor...

                                           

Julián Centeya y Homero Manzi

Había nacido en Borgotaro, sierra de Parma, zona de buenos vinos y debieron trasladarse a Génova, debido a la persecución sobre Carlo, el padre, por su militancia política de izquierda. y la defensa de los compañeros trabajadores. La cosa se complicó de tal modo, que el militante sindical tomó la determinación de trasladarse a la Argentina con su esposa y tres hijos -dos niñas y el varón que se llamaba Amleto Enrico Vergiatti y contaba 12  años de edad.  El Conte Rosso  los transportaría en su tercera clase... porque no había cuarta... También viajó con ellos un perrito llamado Cri cri. 

Llegados al fin del mundo, el destino inicial fue San Francisco -Córdoba-  donde habitaba un conocido de Carlo, pero debido al desconocimiento del idioma, el padre no pudo seguir con su profesión de periodista y se dedicó a la carpintería. Al poco tiempo se irían a Buenos Aires y recalarían en el barrio de  Parque Patricios. El niño se haría hincha de Huracán , como Manzi y Barbieri, conocería la Quema,  la pobreza de los inmigrantes que se arracimaban en conventillos y estudiaría en un Colegio de Caseros y Labardén. 

                                           

El pequeño Julián en el barco con Cri cri

Todo ello le fue haciendo identificarse para siempre con los desposeídos, los desfavorecidos por la suerte y nunca dejaría de volcarse con ellos más adelante en sus versos, y escritos periodísticos publicados en los diversos medios importantes que trabajó. Ello le impregnaría una tristeza natural, aunque era muy divertido en sus oportunas salidas, apodos que ponía, y el gracejo natural que animaba las rondas noctámbulas y aquellas mesas de la Cortada Carabelas, siempre colmada de parroquianos conocidos.

Dejó los estudios tempranamente, lo expulsaron del colegio secundario pero no dejaría nunca de leer. Los libros que le aportaba su padre influirían en su formación. La temprana muerte del progenitor, obligó a mudanzas hacia zonas más parias, desclasadas. Pompeya o el confín de Villa Soldati (Roca y Lafuente) con aquellos potreros pampas donde se armaban partidos de fútbol bravíos y él despuntaba su vocación de insái izquierdo. 

                              

Julián con su hija Norman Kely, su esposa, madre y hermana en la puerta de casa

Los sufrimientos de la madre para mantenerlos, arreglarles la ropa, poder pagar la comida que compraba al fiado, eran tremendos y Julián lo recordaría en uno de sus tantos versos, años más tarde. Entre sus precarios trabajos iniciales para ayudar a "parar la olla", y sus andanzas descubriría el tango. Y según me contó  una vez, también conoció el baile del tango en un formativo de la calle Famatina, donde la organizadora lo dejaba entrar sin pagar. 

Conocí a Julián en el Café de Santa Fe y Ayacucho. Yo tendría unos 25 años y él estaba sentado en una de las mesas sobre la avenida. Estaba buscando un sitio, nos cruzamos las miradas y me invitó: "Vení, pibe, sentate...". Fue una sorpresa en toda regla. En esa época él vivía en Coghlan, estaba en pareja con Gori Omar que cantaba en Radio del Pueblo y él la esperaba. Como yo era de Parque Patricios y  estaba metido en el tango, le caí fenómeno.

                         
Tania, Choly Mur, Hilda Basso, Discépolo y Julián en su casa de Boedo


Las vueltas de la vida... Ya era periodista y Antonio Carrizo me llamó para trabajar en su programa Mundo diez, por radio el Mundo. Y allí me reencontré con Julián que también colaboraba. Siempre bien vestido, humilde en el trato, en su exposición, era un poeta en toda regla, con numerosos tangos suyos en el candelero. En 1944, se consagró poniéndole versos a la música de Enrique Francini, con el tango La vi llegar. Ganaron un concurso en radio Belgrano dejando en segundo lugar a La abandoné y no sabía y en tercer lugar a Tabaco. Casi nada...

Previamente había mostrado su talento en Claudinette, al que le puso música Enrique Delfino. Su obra es extensa. Temas como Lluvia de abril, Lison, Más allá de mi rencor, Estás en mi ciudad,  Las cosas del adiós, La sombra de tu sombra, Mi perro chango, Felicitas, Me llamo Julián Centeya, son algunos de los temas que firmó con músicos destacados. Además escribió libros de versos (que guardo con mucho cariño) y también Ensayos y una novela.  Después del programa, algunas veces nos íbamos a comer algo y le dábamos al tango, a los recuerdos... De su vida privada, jamás una palabra...

                             

Fue presentador de orquestas y cantores, glosaba con sus propias creaciones, intimó con personajes como Homero Manzi o Aníbal Troilo que lo bautizó como "El hombre gris de Buenos Aires". Bohemio al mango, cerró boliches de madrugada envuelto en volutas de humo y copas vacías de alcohol trasegado. Y aunque tuvo programas de radio, escribía en revistas y su fama crecía como su leyenda, nunca dejó de lado su visión proletaria y su defensa de los humildes.


Cuanto dirigí un programa radial que iba los domingos de  8 a 12.30 de la mañana por radio Argentina, conseguí encontrarlo y lo tuve en el programa para que nos deleitara con sus atinados comentarios y evocaciones. Y una vez más pude disfrutar de su modestia innata,  sus vivencias y su capacidad de transmisión. En su vida sufrió mucho. Se separó de su primera esposa que lo alejó de la hija, terminó mal con Gori Omar y siguió defendiendo los mismos principios de toda la vida. Por eso vivió pobre y murió pobre, aunque muy querido.


Y quiero recordarlo así, con un poema donde deschava  una vez más su interior y su sentido de la vida. Se titula:


 ESTE CUORE

Cuando me dieron este cuore, creo 
que Dios debía andarla de apoliyo,
porque me tocó un cuore poligriyo
y es por su culpa que me verdugueo.

No me sirve siquiera como pucho
donde hay un llanto juega de pañuelo,
se regala de gil para el consuelo
¡Una cheno me enloco y lo serrucho!

Tener un cuore así de qué me vale,
se me sale del pecho se me sale
si me lo mangan pa un luburo'e cuarta.

¡Qué bagayo ligué en la repartija!
Con este cuore así, era una fija
la llaga con el jopio que me ensarta. 

Podemos recordarlo con su tango La vi llegar, grabado por la orquesta de Miguel Caló, cantando Raúl Iriarte, el 19 de abril de 1944.

                                             



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