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martes, 10 de diciembre de 2013

El caburé

Este tango de Arturo de Bassi, arrastra una larga historia que se mezcla con ese pajarito de leyenda que habita en la zona boscosa y semitropical del norte del país. Se dice de él que tiene poderes mágicos y que cuando sube a las ramas más altas de los árboles del bosque, y desarrolla unos cantos desgarrantes y potentes, paraliza a los demás pájaros que se quedan clavados en sus ramas. Entonces él aprovecha para matar a alguno de ellos y merendárselo.

Siempre la selva encierra este tipo de leyendas rurales que se magnifican con el paso de las generaciones. Lo cierto es que se trata de un pequeño pájaro de rapiña de ojos penetrantes, semejantes a una lechucita, y garras muy potentes como si pertenecieran a un ejemplar más grande.

                                                 
Sus plumas guardan una especie de tesoro mágico y son muy codiciados por el supuesto efecto benéfico que le produce a quien tiene ese payé, con su pluma colgado del cuello. Y claro, mejor que el caburé no caiga en manos de quienes buscan sus plumas mágicas, porque quedarían desnudos, ya que incluso ese amuleto se vende a muchos creyentes, especialmente a los que buscan el imán que los favorezca en el aspecto amoroso. Su nombre viene del guaraní cabure'í: rey de los pajaritos.

                                       


Leyendas aparte, también se le colocaba el nombre del pajarito (que mide unos 15 centímetros) al hombre galanteador, dado a la conquista de mujeres. Como reza una copla anónima: "Quién te ha visto y quien te ve / con el cuellito parado, / botín tan alto y lustrado / y pinta de caburé"

El tango que se titula con el nombre de este pájaro, le pertenece al pianista Arturo De Bassi, que para Horacio Salgán fue uno de los grandes pilares en la evolución del tango. Incluso Di Sarli lo puso siempre entre sus modelos. Compuso temas como El incendio, La catrera, El romántico, Canchero (letra del Negro Cele), Don Pacífico, Munyinga y ha sido uno de los que más han contribuido al esteticismo del tango en su momento.

                                     
                

El incendio lo escribió con apenas 16 años de edad, fue estrenado en el Pabellón de las Rosas de la avenida Alvear, que todavía era restaurante y salón de baile y enseguida en el Teatro Apolo durante un intervalo. El tema se iniciaba con la típica clarinada de  atención, que alarmaba las tranquilas bocacalles de la ciudad, y esos carros de bomberos tirados por pingos vertiginosos. Fue debut y consagración. Aunque en realidad De Bassi tenía una sólida formación ya que su padre era director de orquestas y bandas y les dio las primeras lecciones a sus dos hijos: Antonio y Arturo. Luego las complementaría éste último con los profesores Stilleghi y Sanmartino.

Arturo De Bassi (izq.) con Pascual Carcavallo. Agosto 1933.
                                                     
Comenzó como clarinetista, como su padre, se dedicó a la guitarra y luego al piano. A los 15 años ocupaba la plaza de pianista en la orquesta del foso del teatro Apolo, de Corrientes y Uruguay, a las órdenes de la batuta del maestro Reynoso en una de las temporadas de la compañía de los Podestá.

El caburé fue , en su inicio, una pieza teatral que armaron con el periodista, poeta y hombre de teatro Roberto Lino Cayol, para presentarla en el Concurso de Obras del Teatro Nacional. El sainete con música, se llamaba precisamente El caburé y quedó en segundo término detrás de La serenata, de José González Castillo con música de José Carrilero, lo que provocó una protesta generalizada del público, inclinado por El caburé, por entender que era la mejor.

                                             
En 1911 De Bassi compone precisamente su tango El caburé, que estrena en los carnavales de dicho año,  y lo dedica a su compañero de aquella aventura Roberto Lino Cayol, autor de varias letras de tango afortunadas en el reconocimiento popular. Y el tema sigue galopando firme entre las piernas de los bailarines, ejecutado por diferentes orquestas. De Bassi, a petición de Gloria Guzmán se haría cargo de la orquesta que la secundaba en el Teatro Maipo y posteriormente seguiría su carrera entre los bastidores de los teatros, tras sufrir una enfermedad que lo alejó un largo tiempo de los escenarios, donde también supo brillar al frente de su orquesta típica y en la Radio.

                                                     

Hoy lo recuerdo precisamente con este tango que tuvo una letra del propio Cayol y a la que le fueron injertando otras, como la de Carlos Waiss para lucimiento de Hugo del Carril.

Y lo aplaudimos a De Bassi por este tangazo instrumental en la versión de Carlos Di Sarli del 1 de agosto de 1946. Y la de Juan D'Arienzo del 22 de septiembre de 1937.

 El caburé - Carlos Di Sarli

097 - El Caburé - Juan D'Arienzo


lunes, 9 de diciembre de 2013

Ojos negros

Este hermoso tango es obra del bandoneonista Vicente Greco, que antes fue flautista y guitarrero y perteneció a una familia de músicos que dejaron sus señas de identidad impregnadas en el tango. Él pergeñó el nombre de Orquesta típica criolla,  para las que ejecutaban tangos y música de esta rama, para diferenciarla de las que ejecutaban otro tipo de géneros y que pudieron llamarse Característica, jazz, tropical, folklore, internacional y demás.

                                   

Le apodaron Garrote, por herencia de su hermano Fernando y su modesta casa de la calle Sarandí 1356, del barrio de San Cristóbal iluminó grandes veladas a las que acudían personas como el Johny Prudencio Aragón, José Ingenieros, Carlos Gardel, los Canaro (que vivían en la casa de al lado), Evaristo Carriego, Roberto J. Payró, Carlos Mauricio Pacheco y otra gente de la intelectualidad porteña que eran adictos tangueros y tenían mucha amistad con los Greco, que eran ocho hermanos.
                                    
                                              

Vicente fue albacea y propulsor del tango en aquellos años iniciáticos y el más destacado de los hermanos que se dedicaron a la música. Murió muy joven, a los 36 años de uremia. Le sobrevino como producto de un accidente que sufrió con su orquesta en la localidad bonaerense de San Pedro. Al venirse abajo el palco donde tocaban, en la caída sufrió un tremendo golpe en los riñones, que a la postre sería la causa del problema que lo llevó a la tumba cuando estaba en pleno auge.

Como Aieta o el pianista José Martínez, era autodidacto, y solo tomó un puñado de lecciones. Pese a ello, legiones de hinchas se arremolinaban en la puerta del Café El estribo, de la calle Entre Ríos para ovacionarlo. Murió joven, como Aieta o Goñi, pero dejó una gran cantidad de páginas que siguen latiendo en los atriles de los músicos actuales. Rodríguez Peña, El flete, Racing Club, La viruta, Barba de choclo, Popoff, El pangaré, Montaraz, y una extensa lista.

                                           
Greco es el primer bandoneón por izq. Canaro está detras suyo

Gardel le grabó cuatro temas: Alma porteña, Argentina y La percanta está triste, que llevan además letra suya y Pobre corazoncito, con versos de Pedro Numa Córdoba.

                                               


Quizás su obra más conseguida, sea Ojos negros, en el que dicen hay algunas cosas del Johny Aragón. Musicalmente es su pieza más elaborada y la han grabado infinidad de orquestas y conjuntos. Aníbal Troilo que hizo una gran creación del mismo, lo registró con su conjunto en 3 oportunidades. Lomuto, Pugliese, Di Sarli, Canaro, Francini-Pontier, Horacio Salgán, Fresedo, El Quinteto Real, Garello o Los indios Tacunau, hicieron espléndidas versiones del mismo.

A su vez la homónima canción rusa Ochy chornye, del tipo romanza, también tiene versiones por orquestas típicas ya sea en tiempo de vals o tango.La música  es originaria de un vals del alemán Florian Herrmann  y el poeta ucraniano Evgeny Grebenka escribió su poema en el periódico ruso Literaturnaya Gazeta el 17 de enero de 1843. S. Gerdel hizo el arreglo de letra y música y transformada en romanza apareció en marzo de 1884. Posteriormente Fiodor Chaliapin le añadió algunas estrofas y logró popularizarla en una gira que hizo por distintos países europeos hasta conseguir un suceso mundial.
 Existen numerosas versiones de la canción, como las interpretadas por Django Reinhardt o Mirelle Mathieu y orquestas internacionales.

                                               


Florindo Sassone hizo un arreglo especial de este Ojos negros en 1968, transformándolo en tango, como hizo con otros tantos temas europeos e internacionales.

Entonces escuchemos tres versiones. Ojos negros de Vicente Greco por el Quinteto Real y por Osvaldo Pugliese. Y Ojos negros (Ochy chornye) ruso-alemán, por Florindo Sassone.

Quinteto Real- Ojos negros

OP - Ojos negros

210- Ojos negros - Florindo Sassone



viernes, 6 de diciembre de 2013

A media luz

Últimamente he recibido varios comentarios sobre la creación de este tango que es uno de los diez más escuchados en todo el mundo, a lo largo de la historia. Y que ha sido interpretado por todo tipo de orquestas, cantores y cantantes de diversos géneros.

Francisco García Jiménez escribió desde diciembre de 1963 y a pedido del Director del Diario El Día, de La Plata, una crónica semanal sobre las biografías de los tangos que habían obtenido mayor fervor popular del público a lo largo de esa historia pintoresca de la música y la canción de nuestro pueblo. La que nos identifica ante cualquier otro pueblo del mundo.

                             


Así lo hizo durante 63 sábados, y posteriormente los agrupó en un libro que realizó la Editorial Losada, bajo el título Así nacieron los tangos. Y en lo que atañe a este tema de Edgardo Donato y Carlos César Lenzi, que ha dado la vuelta al mundo, lo relata a groso modo, así.

- En una nocturna fiesta de la mansión montevideana de los Wilson no se había previsto la intervención de la melodía tanguista, pero la echaron de menos y se pensó en el cuarteto de Donato. No pudo reunir éste a sus músicos, así, tan de improviso, más en honor de las alcurniados anfitriones se allanó a concurrir con su violín y acompañado de Bachicha (el bandoneonista porteño Juan Deambroggio que falleció en París en diciembre de 1963, tras ser allí, durante varios lustros, una institución del tango).
        
                                   
Alberto Cosentino, Mancione, Donato, Carmen Duval, Tanturi y Filiberto.

-Violín y bandoneón, en canto y contracanto, entraron a hacer las delicias audibles y danzantes de los distinguidos concurrentes al Palacio Wilson. Bien secundado por Bachicha, Edgardo le sacaba chispas al compás picado, que, con malabarismos de arco, era la fuerza de su ejecución. En uno de esos esguinces filarmónicos, vio cerca de su mano una llave de luz y la hizo girar, a lo que saliera...
Ahora... a media luz! -anunció de viva voz
La llave correspondía a la araña relumbrante del salón en que se bailaba. Se produjo el apagón y todo quedó envuelto en el leve resplandor del alumbrado público que entraba por los ventanales. Las parejas celebraron la ocurrencia del violinista, se apretaron más y el baile siguió con creciente entusiasmo.

                                           
Lenzi, derecha, con 2 amigos en la Av. 18 de Julio de Montevideo. 1926

-Estaba allí entre los invitados, un culto y mundano autor teatral uruguayo, Carlos César Lenzi. La frase de Donato, entre el ritmo de los tangos, se le ocurrió buen bautismo para uno: "A media luz"... Con  el pensamiento puesto en la meca consagratoria de Buenos Aires (ciudad familiar para él) empezó esa madrugada la letra:
                                          Corrientes, tres, cuatro, ocho...
                                          segundo piso, ascensor..

-Y la completó en el día, mal dormido, entregándosela al atardecer en el Hotel Alhambra, donde se citaron con Donato para tomar el vermut. Donato leyó la letra saboreando el clima de la "garçonier" galante:
                                        ...a media luz los besos,
                                        a  media luz los dos...

-Se despidió de su flamante colaborador, y el asunto empezó a andar sobre rieles, porque en el tranvía que lo llevaba a su domicilio de Pocitos concibió la frase musical del comienzo, que a él se le aparecía con todo el embrujo de Buenos Aires. Trabajó un mes, barajando motivos en su mente y en su instrumento, hasta darle digno remate melódico al estribllo:
                                         ...y todo a media luz,
                                         crepúsculo interior,
                                         ¡qué suave terciopelo
                                         la media luz de amor!

El tango lo estrenó en 1925 la vedette uruguaya Lucy Clory en el Teatro Catalunya de Montevideo, en el espectáculo: Su Majestad la revista, y triunfó, adelantándose en la conquista de Buenos Aires.

                                    

-Apenas Edgardo Donato pisó la ciudad natal, corrió a ver la casa del embrujo: Corrientes 348... ¡Se encontró con un salón de lustrar calzado, metido en un tabuco de rotos revoques y frente descascarado!

                                           


Qué chasco me llevé - me decía Donato una vez, al andar de los años-. ¿Dónde había ido a parar mi ensueño de la garçonier galante?...
-Reímos juntos. Él, con aquella risa efusiva que un día cortó para siempre  un artero síncope.

A mi solo me resta agregar al relato de García Jiménez, que la lujosa Tienda de muebles Maple, estaba ubicada en la calle Suipacha 658, al lado de la Florería La orquídea y frente al Banco Municipal de préstamos, donde la gente empeñaba sus pertenencias para poder parar la olla. Era de origen inglés, desde 1850 sucursal de la famosa Maple londinense, y vistió las mejores mansiones porteñas e incluso muchos barcos de lujo.Sobrevivió unos doscientos años. Y en cuanto a Lenzi, fue cónsul de Uruguay en Francia y allí se hiizo gran amigo de Carlos Gardel con quien paseaba y conversaba a menudo. En 1926, con la guitarra del Negro Barbieri, Gardel había grabado el tema.

                                   

Los invito a escuchar la versión instrumental del tango por la orquesta de Francisco Canaro en aquel año 1926. Y por Edmundo Rivero acompañado por la orquesta de Leopoldo Federico en 1983.

A media luz - Francisco Canaro

A media luz- Edmundo Rivero con Leopoldo federico




jueves, 5 de diciembre de 2013

Pichuco por Centeya

Lo transcribo tal cual. El retrato poético que un tipo que fue mi amigo: Julián Centeya (Amleto EnricoVergiati) hizo de Aníbal Troilo.

-No intento la ubicación histórica de Pichuco. Esa es tarea que corresponderá al pasado mañana que alguien, entendido en la geografía de Buenos Aires, construirá, no sin pasión, endosando al país -al mundo-el conversado documento que mantendrá vívida la figura -hombre y artista- de Aníbal Troilo, que ha pasado a ser una necesidad para esta ciudad concurrida a barrio, y sus habitantes. No me corresponde -y de ello me salvo- de entrar en la función de un análisis técnico. Mi responsabilidad -que me la juego- es otra. Y nace en el asomo que me vibra, de límpida, transparente curiosidad, cuando me impongo un enfrentamiento con quien di en llamar, una vez, EL BANDONEÓN MAYOR DE BUENOS AIRES. Un poco más y necesito mirarme por dentro, pero entonces cerrando los ojos para verlo mejor. Y llegar a repetidos entendimientos que me permite convencer de verdades que en él habitan, fatalmente. Esto es decir, que Troilo, siendo como es, nunca pudo haber sido -SER- de otro modo.

                                       

Siento una extrema premura. Delatar, que en la conformación de este singular carácter que como hombre ofrece, Aníbal Troilo es como la propia respuesta que se ha dado a sí mismo, en urgente necesidad -leal necesidad- de parecerse a sí mismo. Vale decir: ser ÉL. Escapo a la gravitación - a la influencia- que en mí ejerce su condición de HOMBRE-MITO. Quiero estás más cerca del hueso. Y de la sangre. Y de la voz enronquecida. Procuro otros contactos. Me instalo, mucho más, en realidades humanas que me lo aportan con recuerdos de primera infancia, de recién asomada juventud, en el barrio pretérito de alto sol,  cielo acartonado, con el viento que la esquina demorada se puso como chalina en los atardecer invernales, con una invariabilidad de nubes que eran como la vincha desteñida que se entretuvo en la frente de la tarde. Entonces, el barrio se me traduce en el meridiano habitado por el Carbuña - su amigo-. rumores de chatas playas que avanzaron cinchadas por dos tronqueros frisones y un cadenero de anca nevosa, y para más, estrellero.

Meridiano de organitos, de ruedas embarradas. La casa entonces -¿era la de la calle Cabrera?- tenía tres patios. Era corpulenta la higuera. Un doradito, sin nombre, piaba cautivo. La puerta era de dos hojas -verdes- y en ella estaba, simpre, demorada, una novida que no tenía otra palabra que su propio silencio y que me vuelve de trenzas con su percal fiestero. Siempre me expliqué por qué en ese barrio -en ese meridiano- hubo un perro sin amo capaz de beberse, a lengüetazos, un resto de luna amarilla que se extraviara en los baches de la calle de barro. Esto me permite decir  que más que hablar -escribir- de Pichuco, lo que hago es transitarlo de convividos encuentros en imprecisadas horas, en días distantes, en noches sin números, cuando los dos cinchábamos el mismo, parejo, sueño inútil.

                       
Con su orquesta en el Club Comunicaciones. Canta Roberto Goyeneche
  Y teníamos la fortuna de la madre común y ya no estaba el padre. Necesariamente esto nos debió ocurrir -padecer- en el Abasto, de Cielito, Vicentito Desimone, el Lunfa chico, El Pibe Aníbal y el Barrio. Este Abasto de rostro de afiche que Pichuco traslada donde quiera que se ubique en su patente de hombre centrero. Porque suyo es el encadenamiento, la ligadura, con el paisaje primitivo. Y ha llegado a ser su representatividad más auténtica. Con mandado hacia su propia mitología que le habrá de suceder. Y a la que penetrará con su fueye cadenero, goteador de tristeza al que le ha confiado -como nadie- un lenguaje de ternuras que lastiman hondo por dentro y acarician mansas, por fuera. Esto importa reconocer que a mí -particularmente a mí, y es como decir a nadie-, Pichuco se me instala en la piel y en la vesícula. Como si este derecho fuera su derecho. Herir acariciando, acariciando hiriendo...

No quiero adivinar los elementos  que concurren a la formación nerviosa de su espíritu, base de su condición de artista sin parecido. Enumero tan sólo las razones de ausencia que padece. La del hijo que no vino, La del amor -aquel- inolvidable. El vacío de un amigo. La madre, enfriada. El nombre del perro que se tuvo una vez y no se olvida. Y otra causa más que es una excusa y la más importante. Causa y excusa que tiene un nombre: BUENOS AIRES. Porque Pichuco no pudo arribar a esta prestación que es la vida -la davi, como dice él en su lunfarda barquinesca- sino enviada por nuestra ciudad, a la que le pertenece en virtud de todas las fatalidades de su total fatalidad.  Y de la que es su inquilino, con cuotas de amor que paga todos los días, enfrentando la copa, trenzando la frase amistosa, gastándose como quien auténticamente se regala, en paisajes de boliches humosos de mal tabaco. ¿Ídolo? ¡Hasta para dar el vuelto!. Con ello está formulada la pretensión de advertirlo con esta autenticidad: su universalidad.

                                                     

Modo este que se facilita a sí mismo para la generosa instalación que los cuatro rumbos de la vida pueden depararle. A mí no me extrañaría encontrarme con Pichuco, en una hostería del Piamonte, invadida por el eco montañés del cántico polvoriento del "mazzolin de fiori", complicado en un diálogo con Guido da Verona, o en una pensión de la rue Clichy, donde "mere Michele" todavía busca su gato negro que se fue un día por los tejados, o en Viena -país de las vidrieras- o en Narvick, en una rueda de pescadores que siempre están detrás de su pipa, o en el Napoles de "O Marí" y el Vesubio que fuma...fuma... y fuma..., o en Nueva Pompeya, país del farol que se hamaca en la descendida barrera, del brazo de Manzi, y el almacén que un griego había puesto allá por la calle Teuco.

                                                   


Aníbal Troilo -digo Pichuco- es al par que una representatividad de un país con su raza adentro -la necesidad que por ser, por existir, nos hemos evitado, la fatiga amorosa de crearla entre todos. Y en complicidad con el tango, que es en él más que un destino -que se ha hecho- , su propia vida. Cargada de ternura. Profunda de amor. Generosamente generosa.

                                                                                              Julián Centeya

271- Fraternal - Aníbal Troilo

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El viejo vino "Carlón"

Cuántas veces lo habremos tomado en las antiguas cantinas y fondines. Pero la historia de este vino  se remonta muy lejos, a la época de la colonia y aseguran que incluso san Martín al llegar a Chile, tras cruzar la cordillera, en la gran gesta libertadora, brindó con sus soldados con viejo vino Carlón.

Se trataba de un vino procedente de Benicarló, localidad valenciana de Castellón de la Plana. Se fabricaba con uva garnacha que se daba muy bien en la región y hay varias canciones populares que lo mencionan en dicha localidad. Salían los barcos del puerto castellonense cargado de barricas de dicho licor acohólico, con acentuada graduación de 15º, bastante abocado y de fácil entrada.

Antigua etiqueta de Vino Carlón
                                                         
Era denso y algunos comerciantes que lo recibían de la importación, lo estiraban con agua para recuperar parte del dinero que costaba dicho producto. Fue muy popular durante años, hasta que en las provincias cuyanas de Mendoza y San Juan, algunos inmigrantes, sobre todo italianos y algunos españoles llevaron cepas europeas y comenzaron a producir el vino local, que costaría un tiempo  en llegar a alcanzar una cierta y pareja calidad, desplazando a los importados.

Incluso unos inmigrantes de Benicarló llegaron a producirlo en la provincia de Buenos Aires, después de haber traído las cepas de vino granacha de su tierra, una uva dulce pequeña, de muy buen gusto. Estos vinos procedentes de España existieron en América hasta los años veinte. En 1930, la filoxera barrió con infinidad de viñedos de toda Europa y el Carlón despareció prácticamente hasta este último año, en que las autoridades de la localidad valenciana están intentando volver a producirlo con los agricultores y lanzarlo al  mercado en su resurrección.

                                       
En Benicarló respetan la tradición del vino Carlón

El Carlón argentino se fue entreverando con el importado y poco a poco la producción creció y llegó especialmente a restaurantes y cantinas en forma de vino de barril. Compartían espacio con los espesos Barbera, los jamones y salamines colgados de los techos, ajos, cebollas y demás elementos que alimentaban la vista. Los camareros aflojaban la pipeta de la barrica y llenaban las jarras del líquido espeso y de fuerte color que alegraba las mesas de los porteños noctámbulos, en jarras de vidrio o de barro. Algunos parroquianos lo rebajaban con soda de sifón, como en muchos hogares.

                                                       

El poeta, periodista, autor teatral y escritor Nicolás Olivari  (su nombre real era Diego Arzeno) dejó algunos tangos escritos, de los cuales el más famosos es La violeta, que lleva música de Cátulo Castillo y lo grabó Gardel con sus guitarras el 19 de setiembre de 1930. Una parte de su verso, que dibuja al inmigrante y su dura vida,  cita al mentado vino Carlón.

Con el codo en la mesa mugrienta
y la vista clavada en el suelo,
piensa el tano Domingo Polenta
en el drama de su inmigración.
Y en la sucia cantina que canta
la nostalgia del viejo paese
desafina su ronca garganta
ya curtida de vino carlón.


Es fácil pensar que entonces conoció a Gardel pero Olivari, que incluso fue actor, contó al respecto: "A pesar de mi intensa vida de periodista, nunca tuve la suerte de conocer personalmente a Carlos Gardel. La letra de "La violeta" la escribí en un mesón antiguo de este Buenos Aires, comiendo con Cátulo Castillo, por una apuesta y nació al hilo, entre los spaghettis y el vino. Primeramente lo grabó Maida y luego Gardel; para mí es un motivo de orgullo personal esta distinción sin igual. Fue Cátulo quien se encargó de hacerlo grabar, además de ponerle música".

                         
   
El cantor de Lanús, Roberto Medina, que naciera en 1923, se largó para el centro a buscar su sitio entre los colegas, paseando su vida bohemia entre actuaciones y nocheadas lungas. Cantó con Elvino Vardaro y en algunas orquestas de paso fugaz. También lo hizo con guitarrras. Y en su tango Pucherito de gallina, refleja con muy buena onda su experiencia en aquellas tenidas nocheras. Incluso perfila el ambiente de cafiolos y coperas.

Cabaret..."Tropezón"...,era la eterna rutina.
"Pucherito de gallina",
con viejo vino "Carlón"

Edmundo Rivero lo popularizaría más tarde, grabándolo con guitarras el 8 de septiembre de 1958.
.

Cabaret...metejón...,
un amor en cada esquina;
unos esperan la mina
pa'tomar el chocolate;
otros facturas con mate
o el raje para el convoy.

Si habremos  visto a los fiolos esperando a sus minas en La Giralda de la Avenida Corrientes, con su caralisa, a las 4 de la matina, el café, el faso, o un chocolate como narra Medina. Y puedo dar fe de lo que eran aquellas puchereadas en El Tropezón. Íbamos infinidad de veces con mis colegas periodistas: Julio Ricardo, Héctor Drazer, Julio César Calvo y algún otro, a la noche bien tarde y aquello era inenarrable. La cubertería era de lujo y el manjar único e interminable.

Es un poco la vida noctámbula y bohemia de aquellas Buenos Aires del cincuenta, inclusive. Y la historia del vino Carlón que duró largo tiempo en las mesas porteñas. Historias vividas que dificilmente podemos olvidar y que encierran tantos recuerdos.

Esuchamos a Jorge Casal con Aníbal Troilo, cantando La violeta, grabado en 1951. Y a Edmundo Rivero acompañado de guitarras en su gran éxito: Pucherito de gallina.

099- La violeta- Jorge Casal- Aníbal Troilo

05- Pucherito de gallina - Edmundo Rivero

martes, 3 de diciembre de 2013

Sebastián Piana

Lo increíble de este tanguero hecho y derecho es que llegó casi sin darse cuenta a este género que florecía en su barrio de Boedo, para terminar siendo el creador de infinidad de clásicos que perduran a través de los años con la misma frescura de su nacimiento.

Bastaría citar un manojo de ellos: Silbando, Viejo ciego, Milonga sentimental, Milonga del 900, De barro, El pescante (que para Manzi, autor de la letra, fue su mejor tango), Sobre el pucho (Su primer tema con el padre de Cátulo: José González Castillo, a los 19 años), Milonga triste, Tinta roja, No aflojés, Una aventura más, Juan Tango, Misa rea, Milonga de Puente Alsina, Milonga de los Fortines, Juan Manuel.

                                              

La lista de milongas que creó con Homero Manzi, no dejan lugar a dudas sobre el papel fundamental que este maestro de gran formación,  tuvo en la inclusión de las milongas dentro del repertorio de las orquestas típicas, dado que hasta entonces, la milonga tenía bastante auge sólo como pieza cantable, acompañando a décimas generalmente gauchescas o pampeanas.

Prueba de ello es que las dos primeras que compuso con Manzi, a pedido de éste (Milonga sentimental y Milonga del 900), recién fueron incorporadas a conjuntos de tango, cuando Pedro Maffia las estrenó en el Teatro San Martín y alcanza por fin las pistas milongueras, como un plato fuerte para los bailarines.
                                                   


Precisamente Maffia era novio de María,  la hermana menor de Sebastián, actriz y cancionista, y se casaría con ella, por lo cual ese grupo impresionante de creadores, estaba permanentemente unido por el tango y la amistad: Piana, Manzi, Cátulo y Maffia, un cuarteto de lujo que marcaría rumbos definitivos para la música popular.

                                                                 
Cátulo, Manzi, Piana y Maffia. Cuatro amigos.
A Piana le gustó como glosaba en radio Manzi los diversos temas, previo a la orquesta de turno, algo muy común en aquellos años y que tenía muchos cultores y especialistas. Así, al escucharlo una noche glosando un tema que tocaría la orquesta de Feliciano Brunelli a continuación, le gustó ese estilo de Homero haciéndolo con onomatopeyas. Y lo instó a éste a que compusiera algo en esa gradación. Y así nació la milonga candombe Pena mulata y a continuación Papá Baltasar.

                                               

                               
Pero además haría ese milagro de Caserón de tejas que es un himno a la nostalgia barrial, con Cátulo y Tinta roja, otra hermosura del estilo. Con Manzi dibujaron en 1933 ese valsecito que pinta aquellos lugares de encuentro de las barras, junto al buzón: Esquinas porteñas. ("Te lloran las lunas de invierno / en las acuarelas de mi evocación") que emociona al escucharlo.

Estuvo conmigo en un programa de radio y me confesaba que él se había preparado con grandes maestros y no pensaba en el tango. Su padre era un inmigrante piamontés, peluquero, que dedicaba a la música sus ratos libres e incluso formó algunos conjuntos que tocaban en cafés o fiestas familiares.
Sebastián, que se llamaba como su padre, heredó esa pasión familiar pero nunca pensó en dedicarse al tango, aunque la cosa se fue dando y le permitió recibir muchas satisfacciones. Eso sí, defendía con pasión que el tango era un género popular y no había que distorsionarlo. Fue directivo de SADAIC y Presidente de la Academia del Lunfardo.

                                 
Ciriaco Ortiz, Piana, Maffia, Marcucci y Laurenz, los 5 Ases Pebeco

- Yo estudié con los maestros Antonio D'Agostino, con quien me recibí de profesor superior de piano, teoría y solfeo. Luego armonía con el Padre Martín Cassaniga. Contrapunto con Juan Giaccobe y clases de piano con Ernesto Drangosch.  Con esa formación fui profesor en el Conservatorio  Musical Manuel de falla y maestro de canto coral  y música en las escuelas. Y con Pedro (Maffia) tuvimos nuestro propio Conservatorio.

                                       

Con este bagaje pasó afortunadamente por el tango, tuvo su propia orquesta, integró el quinteto Los 5 ases Pebeco, una Selección, junto a Ciriaco Ortiz, Maffia, Marcucci y Laurenz; acompañó a varias cancionistas y dejó el reguero de temas que florecen en la pista o en la vitrola. Hoy lo recuerdo a este gran maestro, con su orquesta y la voz de Jorge Demare en el tango de Maffia y Cátulo Castillo: Se muere de amor, grabado en 1944. Y la milonga dedicada a ese payador, que era un muchacho zapatero del mismo barrio de Boedo: Betinotti,  firmada por la maravillosa dupla: Piana-Manzi. Con la Orquesta típica Candombe de Piana. la canta Alberto Rivera. Grabado en 1940.

Se muere de amor- Sebastián Piana-Jorge Demare.

Sebastián Piana-Alberto Rivera: Betinotti










domingo, 1 de diciembre de 2013

El trompo azul


Yo tuve un trompo azul que fue mi hermano,
lejano saltarín de piedras viejas,
por la zurda del barrio a contramano
y en calles de portones y de rejas.

La punta de su acero fue una estrella,
ninguno en la querella fue mejor,
y en cambio, dormilón, en manos de ella,
se dio a soñar, temblándole el amor.

¡Mi trompo juguetón!
La poesía
del grillo del zanjón
le diera un día
perfil de corazón
y el hilo de un violín
sin fin
aquel cordón.

Mas la tierra girando alucinada,
como un trompo gigante de la nada,
me traicionó, llevándose al confín,
la esquina del jazmín,
la luna y tu mirada.

Mi soledad
manchada de verdín,
regresa sin piedad
a la ciudad
de barro y adoquín.

Tango del enorme Cátulo Castillo con música de Héctor Stamponi. 
(Pintura de Joel Jones)



Esta belleza la canta con esa emoción como ella sabe transmitir, Susana Rinaldi, con orquesta. Año 1973. Porque Cátulo y Chupita lo escribieron especialmente para la Tana.

                                            El trompo azul - Susana Rinaldi