viernes, 27 de junio de 2014

Cátulo despide a Homero

Homero Manzi abandonó este mundo con apenas 44 años, pero dejó un legado impresionante en forma de poesías de tango, canciones , valsecitos, milongas, guiones de cine, charlista de radio, periodista, director de películas, profesor de castellano y literatura, político, presidente de SADAIC, fundador de Artistas Argentinos Asociados. Esta última sociedad produjo las más importantes películas del cine argentino de los cuarenta y cincuenta, y participó en los argumentos de las mismas.

La lista de sus tangos, milongas y valsecitos es realmente impresionante. Con sólo nombrar un puñado de ellos bastaría para pintar su enorme talento. Malena, Recién, Romance de barrio,Tapera,  Milonga sentimental, Paisaje,  Milonga del novecientos, Papá Baltasar, Mi taza de café,  Abandono, Muchacho de cafetín, De barro, Sur, Torrente, Barrio de tango, Negra María, Romántica, Monte criollo, Fueye, Bandoneón amigo, Milonga de los fortines, Cornetín, Oro y plata, Ropa blanca, Viejo ciego, Ché bandoneón, Fuimos, Tu pálida voz, Nobleza de arrabal, Un día llegará, Ramayón, Más allá, Carnavalera, Después, Valsecito de antes El pescante, Niebla, Tal vez será su voz, Bettinoti, Desde el alma, Esquinas porteñas, Discepolín, Fruta amarga, Campo afuera, Manoblanca, Gota de lluvia, Ninguna, Romance de barrio, El último organito, A su memoria, En un rincón, Una lágrima tuya, 24 de agosto... 

                                                  
Cátulo Castillo, Homero Manzi, Sebastián Piana y Pedro Maffia
Son sólo algunas muestras elocuentes de su espíritu poético, en las que estuvo acompañado por diferentes músicos e incluso por colegas y amigos como Cátulo Castillo.

En el Cementerio de la Chacarita , para despedirlo, estuvieron innumerables amigos, músicos, artistas, cantores, periodistas. Hablaron Francisco García Jiménez y su compañero de las primeras horas en el barrio de Boedo y de siempre: Cátulo Castillo. Sus palabras mostraron la grandeza del poeta y el hombre que nos dejaba para siempre. Y la tristeza de sus viejos compinches.

                                     



-Ya lo sabíamos todos. Este instante en que había que entregarte el adiós desde un entarimado. Mucha gente. Y una noche muy larga de angustiosos saludos y de lágrimas, y el apretón de manos y el abrazo.
Y tu madre, deambulando entre flores, como un viejo quebracho, con la mirada firme –hora tras hora- hasta el momento mismo en que podríamos recogerla en los brazos, desplomada.
Ya sé que lo sabíamos, pero también lo ignorábamos todo, y a fuerza de ignorarlo lo sabíamos, y esta esperanza nuestra de que no fuera así lo decretado. Y también tus engaños, cuando te sonreías con esa misma cara que miramos durmiendo, afilada y cerúlea, con tu barbita negra que tenía hilachas blancas y el cuerpo lastimado en todas partes.
Ya sé que lo sabíamos, Homero, pero menos que tú, que lo sabías mejor, como supiste todas las cosas que no se aprenden nunca y que se saben.
Porque también sabemos que la muerte no es nada y no tiene misterio.
Misterio tiene un verso, una sonrisa.
Pero tú estás durmiendo, y entonces hay que evitar la muerte de un recuerdo, y escribirte estas cosas que nos hizo más honda la vigilia y el regresar atrás, rumbo al principio, para verte mejor, sin el cansancio oscuro del café, del alcohol, de muchas muertes, como la tuya ayer, la más sentida.
Para hacerte una historia, hermano mío, comenzaría así:
Se acercó con sus cosas que tenían la simpleza genial del propio pueblo. Un trasunto de calles orilleras, arboladas y viejas como el duende que transitó sus tangos, y que vivió en sus ojos que eran negros y tristes y profundos. Tal vez, toda la infancia que alborotó las tardes de extramuros, y el poema del hermano mayor que él admiraba.
Una fuerza indomable le llegaba de lejos; no sé si de Añatuya, su pueblito purinke con Imasti el capataz indígena o su hermano Román que amansaba el rosillo en la heredad paterna.
Acaso el algarrobo triste o el chañar que tiraba las sombras en la tierra reseca, o la lejana cruz de calicanto con que cantó algún día en los años el poema de María Chacarera.

                                         


Pero era –de todos modos- ese misterio eterno que lastima el insomnio de los hombres que piensan y que sufren y crean, cuando vuela la idea, y el cerebro adquiere dimensiones de cosmos, sin medida posible.
No sé si fue Carriego –allá, hace mucho- quien lo inició en la hermética religión de los versos desvestidos de retórica inútil y falso preciosismo versallesco. Pero un día encontró que era posible decir lo que sentía sobre un metro de tango –el más humilde- y entregarle a su barrio, a su ciudad, al pueblo, el vigor de un mensaje que tenía olor a calle, y a viento, y a boliche.
El recibió el impacto de un barrio suburbano, sureño y empinado sobre las piedras hoscas que recorrió la chata de Damián, el carrero.
El recibió los suspiros más dulces de la chiquilla humilde que vivía en la casa de enfrente, entre las verjas donde había campanillas y un cedrón y una planta de malva. Llegaban desde lejos, musicales y hondos, los golpes del herrero y había silbatina de muchachones simples que se acostaban tarde, contemplando a la luna o al vigilante gaucho desde aquella vidriera.
Decorado sutil para sus ojos buenos. Barrio inefable y puro para su corazón y su tristeza.
Envolviera esas cosas pequeñas y hondas en esa cosa absurda que es un verso y así encontró su clima y se lanzó a la vida desde unos pantalones cortos y una cara rechoncha, y una ruta que subía calle arriba hasta San Juan y Loria.
Después hubo un colegio que se llamaba Luppi. Y amigos diferentes, y todo Puente Alsina, con sus alcantarillas y sus luces perdidas en la noche.


“San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación”. Los años se asomaron al bozo y fue un hombre que de pronto buscaba a la vida, caminando hacia el norte, sobre antiguos tranvías rechinantes y torpes.
Tal vez la facultad fuera una excusa para hurgar una ciencia que no necesitaba. Las leyes eran cosas sin aristas, ni color, ni misterio; que misterio era el suyo, el que traía encerrado en cien gestos para copar la vida y ganar la postura a salto y carta.
La ciudad ya era fácil porque estaba más cerca y titilaba en miles de letreros luminosos.
Así creció de pronto, como acortó su nombre: Homero Manzi.
¿Quién era Homero Manzi...?
Era una cosa nuestra, nada más. Unos ojos muy grandes que miraban las noches con ternura de niño, reflejando el paisaje que llegaba de adentro: el de su calle.
Su calle y sus recuerdos.
Tremolante y terrible, el vértice esperaba para iniciar la lucha. Y Homero, Homero Manzi, se armó de la palabra y de la idea.
Lo encuentro en las esquinas, orador de contiendas quijotescas, templando sus veinte años y enarbolando sueños de muchacho, y fustigando el alma en una búsqueda de sensaciones nuevas pero intuidas quién sabe desde cuándo.
Y tal vez ese fárrago de cosas que se esconden en las ramas más altas de las horas. Un borbotón de alcohol y trasnochada, el amigo encontrado sobre el filo del alba en una esquina.
“Bandoneón. Hoy es noche de fandango y quiero confesarte la verdad. Pena a pena, copa a copa, tango a tango, embalado en la locura del alcohol y la amargura...”.
Así plasmó sus versos, en ese estrujamiento del espíritu que busca la expresión para decirla y a veces no la encuentra...
Pero también la lucha le señalaba un puerto: los autores de versos y los músicos que eran como él producto de las calles, y que hablaban en su mismo lenguaje musical y encendido.
Así llegó hasta ellos, a nosotros, para formar el nudo y para atarlo con la fuerza feliz de su palabra. SADAIC era un símbolo que apretaba en la sigla cien caminos de conquistas gremiales que estaban ya a un paso, nada más, de la esperanza.

Homero ya era un hombre.
Y su barba crecida, casi excéntrica, le dio fisonomía de patriarca. Un patriarca muchacho que recordaba cerca de sus ojos, que a veces le brillaban como lágrimas...
Y en alud formidable, su pujanza: el cine, el teatro, el periodismo, todo. Fue una múltiple sed por la conquista que nunca le fue esquiva. Tal vez porque sabía que estaba la muerte agazapada, que nada es perfecto, que el hombre tiene el sino marcado de antemano.
Un día, cualquier día, lo encontramos herido. Empezaba el regreso hacia la tierra, al barrio, a los recuerdos...
Nos engañaba a todos, sin engañarse él mismo, que presintió el final con esa misma angustia con que se presienten los versos que a veces no se escriben. Y su verso final es todo esto que sin estar, está. Que lo recuerda, que lo lleva y lo trae, que lo exalta, que lo agranda y lo borra y lo redime, angustiando esta sorda impotencia de persistir llorando su temprana partida.
Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros.
Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno.
Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche –en el pescante- contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra.
Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi- y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño.
Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro.


Después de esta emotiva despedida, creo que vale la pena recordar un par de temas de Homero Nicolás Manzione, su verdadero nombre. En primer término podemos escuchar el tango que realizó con Osvaldo Fresedo: Bandoneón amigo, que éste último grabó en 1942 con su orquesta y el cantor Oscar Serpa. Y a continuación la milonga-candombe Ropa blanca, compuesta con Sebastián Piana, y que grabara entre otros Lucio Demare con la voz de Raúl Berón, el 10 de junio de 1943.

                                         










4 comentarios:

  1. grande catulin despidiendo a otro grande la pucha se fue a los cuarenta y cuatro años cuanto mas nos hubiera dado homero si no se iba tan joven pero gardel precisaba un tizon para avivar el fuego tanguero en la otra dimension y le pego el chiflido al barba necesitaba poesia de alto voltage y homero le arrimo la poesia un buenos aires distinto de otras noches de otros personajes de otros barrios y esa yunta brava hoy andara trotando en la noche del pais que no se vuelve con catulo con pichuco y todos nuestros proceres tangueros saludos juan

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Que no nos falte imaginación Juancho. Si fuera como vos decís me pianto mañana mismo para juntarme con todos esos ñatos grosos. ¡Qué panzada me haría! Me imagino los diálogos de Gardel con Pichuco.... ¡Para alquilar balcones!

      Eliminar