La historia de su vida junto a Discépolo es bastante conocida y como sobrevivió a la muerte del poeta con bastante diferencia, en su edad madura fue siendo más aceptada por la gente del Tango, que no había visto con buenos ojos su manera de comportarse fuera del matrimonio.
Con el tiempo se fueron descorriendo las cortinas de los cuchicheos y se conocieron las deslealtades amorosas de uno y otra. Pero a su vez, también es cierto que ella sentía atracción por su talento, sus cualidades artísticas de todo tipo, y también aceptó la parte bohemia y no tan dulce económicamente que la pareja debió soportar en algunos momentos, pese a su amor por el lujo y la vida rumbosa.
Discépolo y Tania
El contraste entre ambas personalidades fue lo que más llamó la atención a los amigos de ambos. Ella era extravagante, mundana, fumaba en boquilla, andaba en coches de lujo, usaba sombreros espectaculares. Él era algo tímido, cultivado, bajito y no tenía ambiciones materiales.
Ana Luciano Divis (su nombre) llegó a Buenos Aires como integrante del grupo español Los Mexican, en 1924, cantando cuplés y copla española. Con el bailarín del conjunto, Antonio, se casaron y tuvieron una niña que ella mandó a España para que la criara su madre. Viajaron a Brasil y al regreso a Buenos Aires en 1927, se separa de Antonio, que se marcha a su tierra y para sobrevivir, entona tangos "a lo gallega", y llega a cantar con Osvaldo Fresedo y Carlos Di Sarli, cuando se conocen con Discépolo y de a poco el poeta logra conquistarla. Y ahormarla en el tango.
Scalise, Tania y Discépolo al regreso de la gira europea
Vivieron juntos 24 años, llenos de aventuras de todo tipo, viajaron por Europa y Marruecos con el tango y fueron habitués de las noches de Buenos Aires. Ella estrenó muchos tangos de Discépolo que contenían reproches hacia ella y también filmó e hizo radio acompañada por el pianista Eduardo Lalo Scalise, que fuera el que más temas del poeta trasladara al pentagrama. Discépolo no sabía música, por lo cual, los mentalizaba trabajosamente y después iba a verlo al Tibidabo donde Lalo tocaba el piano con la orquesta de Pedro Maffia para que se los anotara. O a la radio o a un café.
Es cierto que también Pracánico o Di Sarli colaboraron en la escritura de alguno de esos temas, pero Scalise fue muy amigo de Discepolín y lo acompañó en la gira europea, en la cual Discépolo dirigía la orquesta integrada por músicos, españoles, franceses y argentinos. Y trabajó con él en las diversas y exitosas temporadas teatrales en la calle Corrientes.
Lalo fue pianista de Fresedo, tuvo su propia orquesta y por su parte construyó numerosos temas que rubricaron su capacidad de compositor. Nada más que amor, Buscándote, Vida querida, Firulete, Déjame soñar o En tinieblas fueron algunos de sus títulos.
Vardaro, Scalise y Maffia en la orquesta de éste.
Tania, que murió centenaria, tendría su propio local, Cambalache, en la calle Libertad 832, adónde la vi en algunas ocasiones, siempre elegante, jocunda y enjoyada.
La vamos a escuchar en esta grabación, cantando un tango de Lalo Scalise, precisamente, Un reproche, con la orquesta que dirige Enrique Santos Discépolo, y en la cual está Scalise al piano.
La orquesta suena de maravilla y el tango lo grabaron el 1 de febrero de 1937.
Es el satélite más cantado por músicos y poetas. Siempre lo asociamos al romanticismo y realmente ver una luna llena iluminando la tierra desde allá arriba es, además de romántico, una hermosura que nos aporta vida interior. Provoca prácticamente el imperativo amoroso, nos entrega luminosidad y no sólo inspiró este fenómeno astrológico a Beethoven o Debussy; infinidad de músicos de todos los registros se apoyan en el íncipit lunar y flotan en torno a ella, en el decurso del poema musical.
Cuántos boleros nos hablan del amor a la luz de la luna y con ella cuantas canciones sentimentales abrigan el abrazo de la pareja de enamorados y su efusión emocional.
Los poetas tangueros no se quedaron atrás. Homero Manzi en Sur recuerda el amor a la luz de la luna: "Las calles y las lunas suburbanas, / y mi amor y tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé...". En Ninguna mastica las hieles del desamor: "No habrá ninguna igual, no habrá ninguna,/ ninguna con tu piel ni con tu voz./Tu piel, magnolia que mojó la luna./ Tu voz, murmullo que entibió el amor."
El Negro Celedonio Flores, la trata con mucho respeto, deja de lado el lunfa y le habla en Vieja luna, con mucho cariño: "Es la linda de siempre, mi poética amiga, /blanca, suave, discreta, soñadora, cordial./Si me ve que estoy triste me acaricia, me besa /y le enciende faroles a mi pobre arrabal".
El cantor uruguayo Carlos Olmedo, hace una hermosa metáfora con ella y un amor , en Mi luna: "Yo la llamaba luna y era morocha, / como aquella que acunan mis arrabales, /con la filosofía del “meta y ponga” /del barrio donde somos todos iguales".
Alfredo le Pera, en Lejana tierra mía, a la que no pudo retornar, la recuerda románticamente: "Silencio de mi aldea / que sólo quiebra la serenata / de un ardiente Romeo / bajo una dulce luna de plata".
La lista es larga, y la cierro con Cátulo Castillo en sus tangos Luna llena : "La luna llena del cielo /se aburre colgada / sobre el callejón cortón. /Y está tirada en el suelo / del rojo pañuelo / de un patio en reunión", y el hermosísimo Tinta Roja: "Donde estará mi arrabal? ... / ¿Quién se robó mi niñez? .../ En que rincón, luna mía, / volcás, como entonces, / tu clara alegría"
Un amigo, Miguel Belluci, hizo esta hermosa postal con mi libro ABC del Tango, que presentó Editorial Corregidor el pasado año. Seguramente simbolizando el sitio donde ancló mi cuore.
Y aunque en estos días está escondida por los alrededores de Madrid, yo tampoco puedo olvidar las enlunadas e interminables noches porteñas y le dediqué este poema:
LUNA PORTEÑA
"Hay mucha luz y es que: la luna de arrabal nos acompaña por las calles como ayer..." Enrique Cadícamo
Llegás siempre asomando con sigilo
tras naufragios de tardes declinantes,
crepuscular aparición de vago estilo:
nuevas, llenas, crecientes o menguantes.
Faro que alumbra el corcovear del río
y singladuras de noctámbulas bohemias,
con postrera aparición en el desvío
de madrugada, a la aurora que la apremia.
Riela la luz de tu cosmogonía
Acompañando el yirar del porteñaje.
Te presentimos ahí, como un vigía
que en su torre filial al alba encaje
el linternazo final hacia otro día,
que funque ganador en el baraje.
Luna porteña, fraterna luna mía,
Hoy que los años me achantan en rebaje,
me encana tu ancestral litografía.
Y para completar la quiniela lunática la sigo con el tango del Pibe de Wilde, Carlos Marcucci y Mario César Gomila: Luna arrabalera, por Francisco Lomuto, con la voz de Jorge Omar. Lo grabaron el 9 de mayo de 1935. Y el valsecito Claro de Luna de José Decuzzi y Alberto Cosentino, por Francisco Canaro, cantando Eduardo Adrián, registrado el 30 de setiembre de 1942.
Miro por la ventana y no paran de caer las hojas de los árboles venteadas por el aire otoñal. Es como un mensaje subliminal para sumergirme obligadamente en esa melanco que nos teje la urdimbre de los tiempos pasados, y escribo mientras escucho atentamente al Polaco.
Es una suerte de recomendación casi terapéutica: no hacerle ascos a una música, esa que llamamos popular, que comparte historia con la otra. Por que al final la música no deja de ser una experiencia física y anímica como asegura Daniel Barenboim.
Los fotógrafos revelan el arte de las imágenes estáticas, de los momentos detenidos y Roberto Goyeneche me lleva de viaje con esa manera tan suya de recrear la poesía cantada. Lo que perdura, y cómo, es la atmósfera que crea con su canto.
Sí, en este día grisáceo, otoñal de Madrid, he resuelto que me acompañe el Polaco y todo lo que pueda salir de la caja de Pandora de su tremenda personalidad.
Admiré siempre su riqueza de matices, por ese sentido musical y poético, capaz de subrayar detalles sutiles, o recrear atmósferas sin perder nunca la frescura y naturalidad.
Aquellas noches mágicas de Caño 14 vuelven una y otra vez y al final caés en la cuenta de la fortuna que tuvimos los que pudimos recrearnos con tamañas leyendas. El Polaco, el Gordo, Francini con su violín, Chupita Stamponi, el Negro Juárez, la viola de Grela. Y ese ambiente...
Sí, es el otoño que me envuelve con su mufa temprana y no paro de hacer yirar la vitrola de los recuerdos. El Polaco me acompaña en la ventosa matina y me doy manivela con esta música que trasmite una melancolía serena, un hedonismo pictórico.
Les dejo un gajo de Goyeneche, acompañado por la Orquesta Típica Porteña, que dirigía Raúl Garello, cantando precisamente Cuando caigan las hojas,de Emilio Balcarce e Ítalo Curio. Y pensando en el drama otoñal de un amigo, los invito a entrar en estos versos llenos de temblor rítmico. Lo secunda la orquesta de Armando Pontier. De Rodolfo Scianmarrella y L. Tabanilla: Qué fácil es decir. Filosofía pura y dura.
Rodolfo Biagi está en las páginas de la historia tanguera por motivos varios y todos válidos, pero a mí me gustaría destacarlo especialmente por haber transmitido su energía pianística a la orquesta de Juan D'Arienzo, consolidando el cambio que en ese año 1935 ya había mostrado el Rey del compás con el uruguayo Lidio Fasoli al piano, y alejándose de sus primeros años como director de una orquesta, que sonaba de una manera neutra, sin fuerza.
Orquesta de D'Arienzo en 1937 con Biagi al piano
El hecho ocurrió un poco fortuitamente, porque D'Arienzo tocaba en el Chantecler y Fasoli, un tipo talentoso pero incumplidor por su bohemia y afición al trago, defeccionaba con bastante asiduidad. Biagi era amigo de D'Arienzo y una noche debió reemplazar obligadamente a Fasoli. Y su modo nervioso de tocar, dentro de una marcación rígida, acelerada, con permanentes stacattos de los bandoneones y espacios de silencio, pero con mucho predominio del piano, que siempre fue la base de las orquestas de D'Arienzo, le permitió consolidarse rápidamente como ejecutante.
Biagi llevó a la orquesta esa acentuación tan particular en los registros agudos del piano y los contracantos, que estremecieron a los bailarines. Estuvo cerca de tres años en la orquesta pero dejó su sello en numerosos temas que siguen siendo un festín para los milongueros.
Me contaba el violinista y director Antonio Rodio, en Santiago de Chile, donde se había radicado, que en aquellas grabaciones que hicieran él y Biagi en 1930 con Gardel, junto al trío de guitarras del Morocho (3 tangos, un vals y un foxtrot), cuando Gardel veía ensayar a Biagi para calentar motores, le preguntaba riendo: "Pero, pibe, ¿cuántos dedos tenés?".
Rodolfo era de San Telmo, comenzó a tocar en un cine con 13 años, a espaldas de sus padres y a los 15 se lo llevó Juan Maglio "Pacho" a su orquesta. Estuvo con Miguel Orlando, con Juan Canaro y en setiembre de 1938, debutaría con su propia orquesta en el Marabú.
Fue artista durante 20 años de Radio Belgrano, que competía con El Mundo y Splendid y allí forjó amistad con Eva Duarte, que era actriz de radioteatro, por entonces, antes de conocer a Perón. Siempre le pedía Indiferencia, el tango de Biagi y Thorry que le traía sucesos nada agradables. . Ella influiría luego para que Manos Brujas (apodo que le endosó un publicista que anunciaba en la radio)fuese número estrella del programa de televisión Casino Philips y otros, merced a la recomendación de Evita.
Rodolfo Biagi dirigiendo su orquesta
Vamos a recordarlo con un tema de José Martínez,El Cencerro, grabado el 8 de diciembre de 1937, cuando desde el piano empujaba toda la arquitectura de la orquesta de D'Arienzo. Y con su propia orquesta y la voz de Andrés Falgás, en el valsecito: El último adiós, de Juan Santini y Nicolás Trimarni, registrado el 27 de marzo de 1940.
Se festeja este día merced al Decreto 3781/77, establecido el 19 de diciembre de 1977, propiciado por Ben Molar que se le ocurrió la idea, el mismo día, pero de 1965, yendo a la casa de Julio De Caro para festejar su cumpleaños. Primero lo consiguió a nivel Municipal y un tiempo más tarde a nivel Nacional, aprovechando la coincidencia en el día de nacimiento de Carlos Gardel (1890) y Julio De Caro (1899).
Carlos Gardel y Julio De Caro serían grandes amigos
Por entonces casi nadie se tragaba los bulos que inventaba Erasmo Silva Cabrera, el letrista y periodista uruguayo que escribía en el Diario El País, de Montevideo y donde fabulaba historias increíbles, en las que Gardel sería hijo de un militar uruguayo, suplantado por otro chico, luego sería masón y otra serie de historietas, propias de un radioteatro de Adalberto Campos, Héctor Bates o Abel Santa Cruz.
Carlos Gardel, como lo demuestra toda la documentación oficial, nació en Toulouse, Francia, el 11 de Diciembre de 1890, y fue inscripto como Charles Romuald Gardes, hijo natural de Berthe Gardes, soltera de 24 años, en el Hospital Saint Joseph de la Grave, de la Rue Reclusane nº 78.
El mismo en cuyas paredes estoy apoyado, hace unos 30 años con mi hija, Marina.
Vivió con su madre hasta los dos años de edad, en un piso de la calle Canon D'Arcole nº 4, de la misma villa, que fue también capital de la Resistence durante la Segunda Guerra Mundial.
Y acá estoy parado delante de dicha casa tocando el llamador.
Como es sabido, madre e hijo viajarían en el vapor Dom Pedro, que arribaría a Buenos Aires, procedente de Le Havre y Burdeos, el 10 de marzo de 1893. El pequeño, que adaptaría, como su madre, su nombre al castellano, tenía entonces 2 años y 3 meses. Vivirían inicialmente en una habitación de la casa céntrica ubicada en la calle Uruguay 160, donde también habitaron Tita Merello, Luis Sandrini, y las actrices Elsa O'Connor y Pierina Dealessi.
La historia posterior es muy conocida en medio mundo. De la pobreza a la gloria, un camino en el que su privilegiada garganta y sus dotes interpretativas le llevaron a la fama universal. Gardel patentó además el tango cantado y la forma de hacerlo. También por eso, para nosotros, estará por siempre en la cima y en nuestro cuore.
Al cumplirse el 75º aniversario de su tremenda desaparición física en Medellín, le dediqué este poema:
GARDEL
“Si podemos
decirle al fin de cada disco:
-Te pasaste Carlitos….”
Héctor Negro
Antaña devoción tangoesquinera
que el suburbio trasvasa
a parroquiana adoración hornacinera.
Es la musa sangrante
que fatigó el trovador itinerante.
¡Un llanto de ciudad, esa argamasa
entregada a su brújula albaceante!
Al yirar de la gente
que ataracea los huecos de su ausencia,
en la querencia,
el eco de su voz llega doliente;
fértil presencia,
que la metrópoli encelará como tesoro,
la oración fundamental de nuestro canto,
la sonrisa de goma tragacanto,
la voz invicta, el carretel sonoro.
Por la herida vitrola,
desangra el mensaje una ventana
y ante los versos que exuda la consola,
la misa gardeleana,
revive en el milagro
feraz de aquella gola.
¡Al aire zorzalea
una bandada volátil que gorjea,
reconociendo el mensaje tangosanto
y chairándole al timbre llamador un contracanto;
en la lunita rayada
picanea
el temblor de una viola y nos arrea
levitando, esa voz inmortal, desde el espanto!
Mi amigo Ángel Yonadi lo verseó con música:
Y como Hoy es el Día del Tango, nada mejor que verlo a Carlos Gardel cantando: Silencio, de Gardel, Le Pera y Pettorossi, como lo hiciera en 1932 en la película Melodía de Arrabal, rodada en los Estudios de la Paramount, en Joinville, Francia, junto a Imperio Argentina. Cuenta Enrique Cadícamo que un tarde fue a la casa del Morocho en la calle Jean Jaurés, del Abasto, y allí sobre el piano estaba la letra de Criollita de mis ensueños, que Gardel le había pedido que retocase para que se adaptara mejor a la música. Lo hizo en media hora y le dejó los remiendos sobre el piano. Al despedirse, en el patio -"Ahí queda éso"- , Gardel en recompensa le hizo escuchar en primicia el tango de Pettorossi, Silencio, que estaba ensayando con su guitarrista. "Tanta fue mi emoción al escucharlo, que sentí cómo se me erizaba la piel", confesaría Cadícamo.
Pertenece esta obra a aquel armado de tangos que realizó el infatigable Ben Molar y para lo cual solicitó la colaboración de músicos y poetas. El trabajo se llamó 14 con el Tango y crearon esos temas, algunas duplas como:
Sábato-Troilo; Petit de Murat-D'Arienzo; Mujica Láinez-Demare; Córdova Iturburu-Piana; Benarós-Mores; Fernández Moreno-Piazzolla; o Nalé Roxlo-De Angelis.
Sábato, Ben Molar y De Caro
El sello Fermata editó los 14 temas en 1966 y la orquesta de Alberto Di Paulo fue la encargada de darles vida definitiva junto a diversos cantantes.
Había mucha expectativa por conocer los resultados del producto que reunía a tanto talento, aunque lo cierto es que algunos de los temas no tuvieron la temperatura deseada, pese a que William Blake asegurara que "Toda exhuberancia es belleza".
Pero no podemos ignorar la afilada pureza de los límites y el tango bien que los tiene, por lo cual estas obras estuvieron muy expuestas a la decepción.
Aunque contaron con un aliciente extra, ya que prestigiosos pintores ilustraron cada uno de los catorce temas y ese plus no defraudó a los coleccionistas.
Hoy elijo uno de esos tangos que constituyen toda una fantasmagoría, sobre todo porque además del verso de Leopoldo Marechal y la música de Armando Pontier, que consiguen un clima inquietante tejiendo el tapiz de una herida emocional, la pintura de Zdravko Ducmelic obra de manera dramática en el receptor.
Ducmelic nació en Croacia, estudió en Roma y en Escuela de San Fernando (España), y radicado se nuestro país, se naturalizó argentino en 1958.
Y éste es el trabajo suyo que acompañó al tango de Pontier y Marechal.
LA MARIPOSA Y LA MUERTE I
Una vez mi corazón
dijo en son de profecía
cuando yo empecé a quererte,
que sobre tu mediodía
puede, girar la canción
la mariposa y la muerte.
II
Subía al cielo, subía
la rosa en su elevación,
y sobre aquel mediodía
pudo girar la canción.
Al mediodía, orgullosa,
no se negaba la rosa,
y en su ambición le ponía
su cerco la mariposa.
Ya en su ardiente mediodía,
la rosa tentó la suerte,
y llevársela quería,
en su caballo la muerte.
I Bis
Y no llora el corazón
lo que lloró en profecía
cuando ni soñé perderte,
que sobre tu mediodía
pudo girar la canción,
la mariposa y la muerte.
Lo cantó la entrañable Aída Denis con la citada orquesta de Di Paulo.
Me cuenta Beba Pugliese que debutó con su hija María Carla y Axel Mastronardi, pareja de la chica, con Milonga sola, en el Festival de San Telmo. María Carla tocando el bandoneón, Alex la guitarra y Beba al piano, y cómo me relató otro amigo, la cosa fue todo un éxito. Algo que no me extraña en absoluto.
A continuación Beba con su orquesta actuó en el Museo de la Memoria donde funcionó la tenebrosa ESMA donde torturaron e hicieron desaparecer a tantos miles de jóvenes que lucharon por sus ideas y contra los represores de la década infame de los setenta.
Beba y su hija María Carla
Con Beba mantengo una relación constante y es como estar un poco junto al querido Don Osvaldo por los recuerdos que fluyen a cada momento, como si Beba no tuviese historias propias, que las tiene y muchas.
Sin embargo y gracias a mi amigo Carlos, del barrio de Flores, tengo la grabación de un reportaje radial que le hicieron a Lucela Delma (nombre real de Beba), donde narra las vicisitudes que pasó su padre con distintos gobiernos, las veces que estuvo en la cárcel y todo lo que narró en este libro que tuvo la gentileza de remitirme en su día.
Para aquellos que no tuvieron la oportunidad de hojearlo y que sólo conocen de oídas la persecución política que sufrió Osvaldo Pugliese, los impedimentos que le pusieron para trabajar y las veces que fue preso; vale la pena que escuchen la narración que hace Beba de aquellos momentos tormentosos, que jamás le hicieron renegar de sus ideas y que supo afrontarlos con entereza y sin ánimo revanchista. Porque la generosidad del maestro ha sido reconocida por todos.
Y como un simbolismo de la accidentada carrera de Don Osvaldo Pugliese, cómo supo aguantar tantos momentos malos, finalmente todo el mundo le reconoció, no sólo, su gran capacidad de artista y hombre del pueblo, sino la defensa de sus ideas. Aunque no se compartieran las mismas.
Por todo ello va en su homenaje este hermosísimo tango de Pedro Laurenz que interpreta Beba en vivo con su orquesta en el legendario Club Almagro: De puro guapo.