viernes, 17 de octubre de 2014

Ramayón

Homero Manzi desempolvó en 1944 esta historia que convirtió en el tango de marras. Encierra un trágico novelón, una muerte joven, un tango de la guardia vieja: Joaquina, y toda una leyenda de esa meretriz de muchas mentas, la China Joaquina Marán. Que era quien acompañaba al protagonista del tema de Manzi, en el momento de su asesinato, mientras bailaban. 

Resuenan en baldosas los golpes de tu taco.
Desfilan en corridas por patios de arrabal.
Se envuelve tu figura con humo de tabaco
y baila en el recuerdo tu bota militar.

La China Joaquina era una morochaza de postín, de andares sinuosos, sensual al mango, que provocaba el afán sexual de los clientes de Mamita (Concepción Amaya), en su casa de Lavalle 2177. Era un sitio de bailes y de citas posteriores, en la cual tocaban músicos de la época como Sergio Mendizábal (hermano de Rosendo), Luis Teisseire y el Gordo Mauricio, entre otros. 

                                 
                                    

Mamita tenía buenas pupilas, seleccionadas, pero la preferida era Joaquina, porque además de su porte, era la mejor bailando. Al lugar concurría gente de la alta sociedad, jóvenes que se entretenían milongueando y luego desbravaban sus deseos en locales próximos. Se bailaba en el salón comedor y la dueña del lugar no dejaba entrar a cualquiera. Seleccionaba a sus clientes, buscando conformar un núcleo homogéneo, de clase media alta, para evitar broncas y entreveros.

Refleja nuevamente tu pelo renegrido
en salas alumbradas con lámparas de gas.
Se pliegan tus quebradas y vuelven del olvido 
las notas ligeritas de Arolas y Bazán.

Joaquina Marán, cuando salía del bulín de Concepción Amaya,  solía frecuentar otros lugares de baile. El Café Orión, en Palermo era uno de sus preferidos. Pero también visitaba otras casitas, como la de María la Vasca, en Carlos Calvo y Jujuy, donde solían actuar tríos y cuartetos que tocaban tango, a fines del siglo diecinueve y principios del veinte. Manuel Campoamor, pianista, autor de La cara de la luna, solía ser el músico habitual allí. 

Ramayón ya no estás con tu noche
tras el blanco calor del pernó.
Ya no pasa trotando tu coche,
ya no brilla tu bota charol.


Fernando Ramayón era un joven de familia adinerada, que seguía la carrera de abogacía.Tenían tierras en la provincia de Santa Fe, y el muchacho estaba en esa provincia de paso, cuando volvió a Buenos Aires para festejar su cumpleaños número 22, al día siguiente. Después de la reunión familiar se citó con algunos amigos buscando alargar a noche y divertirse en lugares non sanctos. Así recalaron en un local de Balvanera, en el cual relampaguearon las miradas entrecruzadas entre Fernando y Joaquina. De inmediato él la sacó a bailar y coparon la parada, porque ambos bailaban realmente bien y se entendían de maravilla. 

La barra se fue apuntando con otras mujeres, pero el número fuerte de la noche eran Ramayón y Joaquina. Todos los miraban con envidia. Además de su juventud, el muchacho tenía pelo renegrido, alta estatura, calzaba zapatos de charol y vendía sonrisas. Ella se le entregó en el abrazo y se notaba la complicidad reinante entre ambos.

                                           
Y no está con su traje de raso
la que entonces por buena y por leal,
afirmada en tu inmóvil abrazo
fue también tu pareja final.

Cada uno de los integrantes de la patota de niños bien, fue ligándose a algunas de las chicas y poco a poco se irían disgregando y despidiéndose con guiños de ojos, cada cual con su conquista. Fernando y Joaquina, cada vez más entusiastas en su baile y en su abrazo, se hablaban a la oreja en cada pausa de la orquesta y finalmente quedaron en salir juntos. La parada final era la casa de Joaquina.

Los llevaba un carruaje que pararon a la puerta, y ellos en la parte de atrás, mientras el mateo azuzaba al caballo, se abrazaban y besaban con pasión. En el camino, Joaquina le propuso hacer la última parada en "Los cuartos de Adela", en Avenida Alvear y Acevedo, de Palermo, donde incluso se bailaba y se bebían entonantes copetines. 

Aplauden tu elegancia las palmas de otro tiempo.
Las cuerdas empolvadas resuenan otra vez.
Y en el fugaz milagro de un breve encantamiento
reviven la ceniza de todo lo que fue. 

El alcohol, el abrazo de los cuerpos bailando y el deseo, ansioso, flotando por todos los poros, denotaban la urgencia de la pareja. En un momento determinado, entra al local un sujeto de avería, conocido en el ambiente como el Ñato Posse, aunque en realidad se llamaba Juan Bautista Passo. Había estado preso por sus andanzas delictivas, pero gracias a sus contactos con un caudillo del Partido Conservador, para quien prestaba servicios, salía rápido de la cárcel. 

El hombre había sido un tiempo amante de Joaquina, y cuando la vio bailando estrechamente con el muchacho, se le dispararon los celos. Ella lo advirtió y temía lo peor, porque lo conocía bien. Intentó rebajar la tensión, deshacer un poco el abrazo cuando lo divisó, pero el tipo estaba volado y sacando un bufoso le disparó un balazo mortal a Ramayón, que le entró por la nuca, provocándole la muerte instantánea. Ocurrió el 1 de febrero de 1898.

 El periódico al día siguiente revela: "...la identidad del prófugo homicida: Juan B. Passo (el Ñato Posse). El crimen había tenido lugar en los célebres Cuartos de Adela - Café, Posada y Sitio de Baile, ubicado en Avenida Alvear y Acevedo, de Palermo". En esa edición, también se agregaba: "Se ha pretendido que los celos determinaron la agresión porque una mujer del comercio alegre acompañaba al que murió". 

Un plomo de venganza te busca de repente.
Se aflojan los resortes violentos del compás.
Se pinta en tu pañuelo la rosa de la muerte
y el tango del destino te marca su final.

                                      

Joaquina Marán fué también pareja del cómico-músico Pablo Podestá, que terminó perdiendo la razón e internado en un Hospicio. E incluso de Maco Milani, un hombre de muy buena posición económica, bailarín de mentas y habitué de los lugares de diversión de la haute societé. Tampoco este hombre tan conocido en ambientes nocturnos tendría buen final. 

La propia Joaquina tendría su propia casita a principios de 1900. Allí tocaba y cantaba el guitarrista Juan Belarmino. Precisamente, el día del cumpleaños de la madama del sitio, Belarmino le dedicó un tango compuesto para ella, con su nombre: Joaquina. Y en la partitura lo deja claro: "Dedicado a Joaquina Marán". Belarmino fue muy apreciado en el ambiente de los músicos e incluso le dedicó un tango a su compadre Carlos Posadas: El gringo. 

 El tango Joaquina había pasado al olvido hasta que Juan D´Arienzo, en su búsqueda constante de temas de la Guardia vieja, lo rescató y grabó con su orquesta en 1935. Posteriormente volvería a hacerlo en 1943 y 1953. La historia de Ramayón la he ido reconstuyendo durante un tiempo en libros, relatos, periódicos y comentarios. Julián Centeya me acercó su versión un mediodía.


Cristóbal Herreros
El bandoneonista Cristóbal Herreros (Nacido en Barcelona, criado en Campana), que llegó a la Capital en aquella troupe de Juan Ehlert y la barra juvenil genial de Francini, Pontier, Stamponi y Expósito, le puso música a la letra de Manzi. El encuentro ocurrió cuando éste con su Sexteto estaba acompañando a Nelly Omar y ella le pediría a Homero alguna letra para que Herreros le pusiera letra. Y Manzi le dió la de Ramayón. Morán lo cantaba con la orquesta de Herreros pero no lo grabaron. Libertad Lamarque lo estrenó en la radio y tampoco lo llevó al disco. Finalmente Nelly, con su conjunto de guitarras lo grabó el 12 de noviembre de 1997.

                                             


Creo que como epílogo, vale la pena escuchar Joaquina, por la orquesta de Juan D'Arienzo, en su segunda versión del 23 de noviembre de 1943, y la grabación de Ramayón por Nelly Omar. 









 

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