viernes, 10 de octubre de 2014

Desde el alma

Página emblemática dentro del vademécum tanguero, este valsecito fue creado por una muchachita uruguaya como Vals Boston, una especie de pariente del vals vienés, pero más lento, monorrítmico, melodioso. Ella se llamaba Rosa Clotilde Mele (1897-1981), había nacido en Montevideo, y cuando tenía dos años de edad, sus padres italianos se radicaron en Buenos Aires con toda la familia.

Rosa era la menor de los hijos y de pequeña sintió una gran atracción por la música. Tocaba el piano  de oído a los cuatro años, hasta que la llevaron a estudiar y se recibió de profesora de piano y luego concertista en el Conservatorio Thibaud-Piazzini, con medalla de oro. Nunca dejó de estudiar piano, compaginándolo con el colegio primario.

                                             


Escribió numerosas piezas, pero a los 14 años, compuso ese Vals Boston, romántico, pegadizo, que entraría en la historia del género, relegando a la infinidad de piezas que compondría a lo largo de su vida con el nombre artístico de Rosita Melo. En 1922 contrajo Matrimonio con Víctor Piuma Vélez, poeta y escritor, que le puso letra a todas las composiciones de Rosa. Aunque, curiosamente, la única que trascendió fue la primera de ellas, ese valsecito juvenil que sigue vigente en todo el mundo.

La primera letra  del vals la escribió Piuma, pero tampoco tuvo recorrido. Fue en 1948, cuando Homero Manzi la llamó por teléfono a su domicilio del Bajo Flores, para pedirle que pusieran conjuntamente unos nuevos versos al valsecito, que cantaría Hugo del Carril en la película Pobre mi madre querida, donde intervenían la actriz italiana Emma Gramática, el citado Hugo y Aída Luz, entre otros. Esta nueva letra fue firmada por Manzi y Piuma, pero evidentemente está el estro de Homero en esas líneas que pasarían a la historia a partir de dicha fecha.

                                               



Lo cierto es que Roberto Firpo tuvo también una porción de mérito grande en la trascendencia del valsecito, porque lo transformó en el pentagrama dándole un aire inconfundible a vals porteño y así lo grabó con su orquesta abriéndole camino a la fama.

El segundo tiempo del valsecito, arrancó cuando Osvaldo Pugliese estaba con su orquesta realizando una larga gira por todo Japón que duraría cuatro meses, en el año 1979. Los músicos, en un momento determinado comienzan a sentir  el acoso de la nostalgia por su casa, su familia, su objetos personales. En ese estado de ánimo, cuando llevaban un par de meses de viaje, Pugliese les propuso a sus compañeros, realizar un nuevo arreglo del vals de Rosita.

                                             



Pusieron manos a la obra y el resultado final refleja, no sólo el talento de esos músicos, sino también la impronta de la lejanía, esa especie de melanco que algunas veces atravesamos. Y el arreglo obtuvo un premio impresionante. Fue un éxito total apenas llegó a las calles porteñas. Le dió a Desde el alma una sobrevida merecida por todo lo que representa la pieza. En las milongas arrancó ganando y muchas parejas de bailarines profesionales lo llevaron al escenario.

Como muestra, podemos disfrutar a la pareja Osvaldo-Zotto-Lorena Ermocida, bailándolo en Vancouver - Canadá.

Qué cosa linda.

   


Y como esa versión que realizó la orquesta de Pugliese dió tantísimo juego -lo sigue dando- veamos en este caso lo que hacen los chicos de Corporación Tango, con Desde el alma.


                                                                             


Y como dicen los vendetutti que se apilan en los bondis de Buenos Aires para vender sus mercancías "...Y por si esto fuera poco...", mientras siguen extrayendo el material que agregan a la oferta, de regalo, también este vals tranformado en leyenda tiene su poso mágico.

Mediante un prodigioso ensamblado,  los pueden revivir y hasta hacérselo bailar retroactivamente  a Fred Astaire y Cyd Charisse. El resultado final: Una belleza increíble.

¡Pero, qué bárbaros!

                                   
                                     

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