miércoles, 15 de febrero de 2017

LA PISTA Y EL ESCENARIO



“Pensar es el mayor error que un bailarín puede cometer. No hay que pensar, hay que sentir”. 
                                                                                            Michael Jackson
                                       

He aquí el gran dilema. ¿Qué tango quieren bailar los que llegan para aprender esta danza única?  Por lo general, arriban a las clases soñando con emular a los que han visto en televisión, en cine o en un teatro o show,  haciendo contorsiones de malabaristas. En su ingenuidad creen que eso es lo que deben aprender para largarse a bailar. Lo hemos visto tantas veces que, la verdad, cansa  repetir siempre lo mismo y aconsejarles que contengan sus ansias en la pista y aprendan a caminarla para no parecer que chapotean en almíbar. 

Los jóvenes, además, cargan en su equipaje esa polenta propia de cuerpos en constante desarrollo y necesitan mostrar su equipaje milonguero, equivocadamente, es cierto, pero todos tuvimos veinte años y sabemos lo que ello representa.  Cuesta convencer a esos muchachos que lo que ellos pretenden desarrollar debería encaminarlos hacia profesores que les enseñasen ese tipo de baile artístico, que no podrán realizar en sitios donde no hay espacio para hacerlo. Un baile más efectista, atlético y exaltado, que interiorizado. Y que, de todos modos tendrán que pasar por el primer escalón que es aprender a bailarlo. 

                                               


Juan Carlos Copes, que saltó de la pista, como milonguero, al escenario –y en las dos fue un crack-,  lo dice  muy claro: “La clave del milonguero es la creatividad, la imaginación, la improvisación.  Con veinte figuras dominadas a la perfección, se pasa la noche bailando y se desarrollan de cien manera distintas. Se deja llevar por la música. En la milonga, a la única que hay que convencer es a la mujer que se lleva en brazos. El escenario es distinto. Los bailarines profesionales tienen que someterse a una disciplina coreográfica. Allí el desafío es con el público. Y el público cambia todos los días”.

Y su maravillosa compañera de aquellos años de éxitos internacionales sin tregua, María Nieves, aconseja a las chicas que empiezan. “En la milonga rendíamos examen todas las semanas. A veces volvíamos con Juan (Copes) y en el colectivo se le ocurría un paso nuevo. Bajábamos y empezábamos a ensayarlo. Ahora que soy veterana, voy a una milonga y bailo desde que llego hasta que me voy, Transpiro como una loca. En cambio en el escenario bailo dos piezas y quedo destruida. El tango es la única danza libre donde cada uno puede crear los pasos que su imaginación le dicta, de acuerdo a las necesidades del ritmo y la melodía, pero también influye el afecto que se transmite a la pareja.”

                                             


Esa diferencia entre el tango de pista y el escenario, parientes lejanos,  estriba sencillamente en que para bailar el tango social de todas las noches, debemos crear o improvisar, que es la gran base diferencial de esta danza. Sentir una especie de vibración. Para el escenario se necesita una coreografía donde cada paso está señalado en la misma. Como todas las personas tienen su propia forma de expresarse física y mentalmente, hay bailarines sensuales, dinámicos, suaves, lentos, violentos, que van delante de la música.  Y la pareja de turno debe adaptarse a estas personalidades, hasta que se comulga con alguien que encaja dentro de su baile. 

Ése es otro de los alicientes que tiene el tango. Cuando se logra acoplar con la persona adecuada a nuestra manera de hacerlo y sentirlo, la cosa fluctúa con naturalidad y allí es donde se encuentra el verdadero placer del tango bailado. Cuando se conecta con la emoción y alcanzan piernas de pájaro. Quizás, fundamentalmente, existan falencias en algunos  de los profesores que han surgido como hongos desde que el tango se transformó en algo rentable para ellos. 

                                        



Graciela González, la morocha que formó esa inolvidable pareja con Pupi Castello, que hoy organiza unas clases muy apropiadas, recuerda así sus primeros pasos y todo lo que aprendió en esa época.
 -Cuando yo empecé a bailar, en el año 88, todos bailaban bien, fundamentalmente porque nadie se parecía a nadie. Cada bailarín era diferente, por eso bailar con cualquiera de ellos representaba un desafío. Era una clase de tango en sí misma. Me acuerdo que los miércoles, en Sunderland, Portalea hacía una práctica a la que iban Pupi, Lampazo, Villarazo, Cacho Pistola, el turco José, Petróleo, el mismo Portalea. Tenían tanta cancha estos tipos para hacer cualquier cosa, que una se dejaba llevar, porque era fácil seguirlos. Era “a ver con qué va a salir éste hoy…”, era el asombro, la sorpresa. Ese factor sorpresa se perdió”.

Es cierto que los tiempos han cambiado. En aquella época, el tango era todo un rito y un metejón profundo de los porteños. Hoy se vive con un estrés tremendo, la gente llega agobiada a la milonga y se han entremezclado los muy buenos bailarines con los mediocres, cosa impensable en los años dorados, el paraíso perdido de una milonga con pedigrí, como Huracán, Atlanta,  Sp. Buenos Aires, Premier, Villa Malcolm, Estrella de Maldonado, Villa Sahores, Glorias Argentinas y tantas otras. La gente se agrupaba por manada y cada cual sabía dónde estaba su cada quien. 

                                           


O sea, en Huracán estaban la pista grande y la chica (que también era grande). Los mejores, mujeres y hombres, bailaban en la grande y los menos dotados en la chica. Y La cosa se establecía con naturalidad. Los buenos no iban a la más pequeña porque sabían del seguro fracaso bailable. Y los otros no se atrevían a caminar un par de metros hacia la grande porque sabían que plancharían. Era una cuestión de protocolo sabio y natural que sucedía en todos los clubes. Los más cotizados acudían a las mejores milongas donde encontraban parejas con las que combinaban como un gin-tonic, y los otros a lugares donde era fácil encontrar pareja, pero sin pretensiones de alcanzar un nivel superior de baile, lo que no les conllevaba un sentimiento de alteridad. 

La oferta y la demanda. El escalafón natural, que hoy no existe, salvo contadísimos sitios en Buenos Aires. Ese estado de ánimo musical que supera el peligro de la monotonía. Como sucede a menudo con esos crescendos orquestales que nos elevan en la pista Una promesa de felicidad, para decirlo con las  palabras del propio Stendhal. El tango sigue siendo el sound track perfecto para estos tiempos de zozobra, por todo lo que contiene como reservorio íntimo, en su minuciosa cartografía. Y la ausencia lo ha depurado del efecto narcótico de la costumbre.  Solo hay que ponerle un marco para que se mueva. 

“Del pasado aprendiste a ser futuro”. Pablo Neruda a Vinicius de Moraes.
                              
                                                                                        José María Otero

(De mi libro "Perfiles milongueros)

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