sábado, 8 de junio de 2013

Alba Solís

Nunca pude entender porque esta artista no estaba entre las grandes cantoras de tango, en cuanto a difusión y popularidad, porque realmente reúne todas las condiciones que pretendemos los amantes del género. Una personalidad fuerte, de expresión dramática convincente y de sabia administración de gestos y pausas, que merecería un mayor plafond dentro de las preferencias del público.

La mescolanza de su parlamento derivaba de su familia y de los chamuyos con su nonna en dialecto tano, pero es una porteñaza cabal.  Esa manera tan típica de verbalizar sus peripecias, la lleva a su  abuela materna a oponerse a que fuese artista, con el argumento de "quelle artiste sonno tutte putane....". Sus padres eran del sur de Italia, un pueblito de Salerno: Cava de' Tirreni, en la región de Campania, cerca del mar Tirreno, entre montañas. Una zona muy comercial y especialmente desarrollada en el terreno textil y la confección. De hecho, su abuelo era sastre y montó su propio negocio en pleno barrio de Constitución, en el cual trabajaban diez hijos.

Arrancó como tantos artistas en la Pandilla Marilyn, llevada por una prima. Tenía tres años, la chica le enseñó una canción corta y la hizo debutar allí subida a una silla. Le dio miedo en la primera estrofa y se puso a llorar. Pero fue el impulso que la llevó a ser como la mascota del grupo. Después vendrían las escaramuzas en las matinés de Juan Manuel y en la compañía de Mario Amaya Churrinche, en la cual cantaban, hacían radioteatro y se fogueabam.. Cantando con el nombre propio: Angelita, en Radio Mitre, el letrista Armando Acquarone (San José de Flores, En la buena y en la mala, Decepción), la escucharía cantar y le propondría que se anotase en un concurso de cantoras de tango, tan frecuentes antaño, y que tantas figuras proyectaría a la fama.
 Entró segunda, pero ese placé le significó buenos dividendos, y allí comenzaría a desarrollar su carrera artística definitiva, ya no como Ángela Herminia Lamberti, sino con el seudónimo de Alba Solís, el que se haría popular en el Teatro Nacional de la calle Corrientes, como vedette inclusive, luego de debutar en el Comedia, en dicho rubro artístico.

Algo extraño, porque no era ampulosa ni espectacular como aquellas estrellas de las Revistas
porteñas que atraían a infinidad de espectadoras a esos teatros. Nélida Roca, Alicia Márquez, Nélida Lobato y tantas otras estrellas de ese género tan porteño que fueron diosas en su momento. Pero cautivaba con su ángel y su voz sensual.

Aunque lo suyo era el tango porque lo llevaba en sus entrañas. Lo decía como pocas y en su repertorio anidaban muchos temas de Discépolo, al que conoció actuando en Blum,  de quien se enamoraría y del cual terminó siendo amiga. Sentía profundamente los temas que cantaba y las enseñanzas de la cantante lírica italiana María Naftri, le sirvieron para completar su formación. El resto lo hizo su temperamento.

Grabó con  varios músicos, Viajó con Francini-Pontier a Japón, con Tango argentino revalidó sus blasones por los escenarios de Estados Unidos y Europa, y con Osvaldo Tarantino dejó una serie de temas registrados que la muestran en su plenitud de intérprete cabal y dramática.

En su extensa carrera, la vi cantar en varios locales, en televisión y la traté cuando estaba casada con René Jolivet. Esperábamos que terminasen las escenas que se estaban filmando de un programa de televisión muy exitoso, en el cual intervenía mi novia de entonces, y nos quedábamos tomando café en un boliche cercano. Era muy agradable y divertido charlar con ella porque era muy franca, graciosa y le salía la tanada por todos los poros.

Hoy la recuerdo en La Botica del ángel -Lima 670-  de Eduardo Bergara Leuman que aparece en la escena, mientras Alba Solís canta Patio mío, de Aníbal Troilo y Cátulo Castillo, amalgamando nostalgias,con las morosas descripciones que hace Cátulo en su pintura de aquellos sitios nuestros. Y se ven su estilo, su sensibilidad y su garra, en  este hermoso tema, como síntesis de su categoría interpretativa.






     



Y podemos verla también cantando en este programa de televisión, cuando era más joven, año 1965, sin cirugías, derrochando simpatía, con su duende artístico y esa polenta interpretativa. Comienza con la sutil entrada de El estrellero, para desembocar en la mejor versión, quizás, de Adiós, pampa mía.

                                               

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