El gran mérito de las canciones grabadas por Carlos Gardel, antes que se produjera la primera revolución electrónica, es la forma de cómo se realizaban. La grabación en cilindros y posteriormente en discos, son inventos del siglo diecinueve, cuando las ayudas eléctricas o más moderadamente electrónicas estaban todavía en un futuro no demasiado cercano.
Llegarían bien entrado el siglo veinte. Las grabaciones mecánicas o acústicas, se llevan a cabo mediante una muy simple bocina, metálica al principio, compuesta de diferentes materiales después. Y de grandes dimensiones, ante la cual ejecutaba la orquesta o actuaba el cantante.
En la parte más estrecha de la bocina, una sencilla membrana accionaba directamente la púa que registraba los sonidos en el disco madre. No había por entonces sistema alguno para modificar las condiciones de grabación artificialmente y, aunque con deficiencias, lo registrado era el resultado directo de lo ejecutado frente al rígido cono metálico.

Para grabar canto con aquel sistema era necesario tener voz, pero voz en serio. Todo lo que registró Gardel desde 1912 hasta octubre de 1925, tanto en Odeón como en Columbia, lo hizo en sistema acústico. Recién el 26 de diciembre de 1925, grabó en Barcelona parta Odeón en el sistema eléctrico.
Sus dos primeros temas registrados en este sistema fueron los tangos "Echaste buena", de Enrique Dizeo y Mario Bonessi, y "Mi querer", de Juan Andrés Caruso y Mario Canaro. Lo acompañó en guitarra José Ricardo. Al regreso a Buenos Aires y con las guitarras de José Ricardo y Guillermo Barbieri, comenzó a grabar con el nuevo método. Los tangos"Mi querer" y "Trago amargo" (de Julio Navarrine y Rafael Iriarte.)
Su evolución está marcada en las placas grabadas. Con medios rudimentarios al comienzo, cantando rápidos y allá arriba, metía la cabeza en la bocina del grabador y, mediante una polea, se registraba el tema en un disco de cera que estaba en la habitación lindera. Por supuesto, sin ventiladores y con tremendo calor en la temporada de verano.
En ocasión de grabar con Canaro una serie de temas, terminaría haciéndolo literalmente desnudo. Gardel, en aquella época en que el tango era una expresión marginal, casi, hizo cosas increíbles como la retransmisión efectuada el 5 de marzo de 1934, en la cual cantó para los oyentes rioplatenses.
Lo formidable del caso es que sus guitarristas Barbieri, Riverol y Vivas lo secundaban con auriculares desde Radio Rivadavia, Gardel los escuchaba desde Nueva York, acoplaba el canto a las violas por la NBC y en Buenos Aires salía al aire por Radio Splendid.
Introdujo el silbido en el tango, como el que improvisó durante la interpretación del hermoso tema de González Castillo y Piana: Silbando, dejándolo patentado para siempre. También usó el rulo, un equivalente al melisma flamenco, eso es: a una sílaba del versos cantabile, sustituirle la nota original por grupo de notas armónica y brillantemente unidas.
Ya era un Gardel metamorfoseado, distinto al del comienzo. Mucho más cultivado, cambiando el registro y, con su voz privilegiada enalteciendo un género popular. El sonado recurso al que acudió para cambiar la eme o la ene por la ere ("Y al viento las carpanas..."), es un recurso seguramente tomado de la lírica a la cual fue afecto de joven.
Edmundo Rivero, que sabía mucho de música y de canto, lo explicó cabalmente: "Con respecto a la tan cuestionada N que él pronunciaba insinuando una R, se debe a que la N es consonante líquida y puede perder su sonoridad al encontrarse con una consonante sorda (T o P) de las que obstruyen el pasaje del aire (son oclusivas) y al pronunciar la N anterior a ellas, éste se apoya en la nariz y sabiendo que en el canto elevado esto es anti estético y reprochado, Gardel enviaba directamente el aire hacia adelante (siempre apoyada)".

Volver, Mi Buenos Aires querido, Cuesta abajo, Amores de estudiante, El día que me quieras, Soledad, Sus ojos se cerraron, Arrabal amargo, Volvió una noche, Rubias de New York, Lejana tierra mía, Por una cabeza, son algunas de sus canciones que sembraron el Tango por el mundo, llevando nuestro cancionero a los rincones más apartados y haciéndolas inmortales.
El cine fue la rampa de lanzamiento definitivo y Carlos Gardel era ya un astro comparable a las grandes celebridades de su época como Bing Crosby o Mauriche Chevalier. Anthony Quinn sentenciaría un día: "Al que le gusta Bach y no le gusta Gardel, a ése... no le gusta Bach..".
Con Alfredo Le Pera establecieron un dúo increíble de compositores. La ristra de temas inmortales que construyeron entre ellos (además de los guiones de sus películas) nos dejó un reguero maravilloso de canciones que nunca dejarán de permanecer y sonar en discotecas y emisoras. Como por ejemplo, ésta que compusieron en 1935: Lejana tierra mía.
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