jueves, 17 de mayo de 2018

Celedonio Esteban Flores

Hay una doble vertiente en los versos tangueros del Negro Cele. Por un lado, el suburbio de donde deviene el lenguaje lunfardesco de su poesía. Por el otro, el oficio de tipógrafo de su criollazo padre, que trabajó en tal mettier, en la imprenta de los Mitre. En aquellos años, los obreros gráficos, por razones de oficio eran literariameante ilustrados. En esas fuentes bebió Celedonio, y desde pequeño leyó mucho, empujado por su progenitor. Su modelo era Rubén Darío -su dios-, la brújula de los aspirantes a poetas de la época. Pero él se enmarcaría en el ejido del arrabal que urdía un lenguaje nuevo, diferente, cómplice.

                                   
Celedonio Esteban Flores


Evaristo Carriego, el numen entrerriano muerto prematuramente a los 29 años, había apuntado certeramente las coordenadas de un sinfín de elementos literarios que desembocarían en la génesis del tango-canción. Como los conventillos, el organito, la obrerita, el compadre, la solterona, el guapo y demás. Fue en principio Pascual Contursi, y luego decididamente Flores, quienes empuñaron el ideario carrieguista y conjugaron el contingente suburbial de ese afortunado legado tanguero. La voz de Carlos Gardel obró el milagro restante como intérprete mayúsculo de aquel escenario porteño de principios de siglo. Todo escritor o poeta es elegido por un territorio lingüístico que es identitario con el espacio y con el grupo social que lo rodea. La esencia de la creatividad tiene una conexión directa con este aspecto.

El gran mérito del Negro Cele fue ratificar (Contursi es el adelantado) la aptitud literaria de un lenguaje lunfardo, sustentado en la diversidad diatópica de la inmigración, que aún hoy marca los derroteros del habla popular porteña. Y lo hizo derrochando talento, con pasión, pero sin alardes ni vanidad, con esa facultad para entremesear y con su espátula delineando imágenes emotivas que resisten el paso de los años y que delatan las peripecias y los tics de una época.

                                 
Su época de boxeador


El morocho vate acopió su musa en los arrabales que lo acunaron, en el escolaso que fue su debilidad, en bailetines de clima pesado, en el ambiente de la peca y en la resaca de los cabarotes de mala muerte. Supo de un pictórico  vocabulario culto y del chamuyo del pueblo de abajo. Se tuteó con malandras de toda laya, laburantes y filósofos de esquina. Almafuerte, la Mistral, Lugones, Nervo y Banchs se apilaban en libros junto a su cama. Y como corresponde a un  personaje mítico, devino en boxeador amateur de buen nivel, perdiendo la final de los pesos pluma en 1923 frente a Mario Reilly en el Club Universitario. Ese mismo año escribiría un tema insoslayable: El bulín de la calle Ayacucho, estrenado por el dúo Torelli-Mandarino en el teatro Soleil, grabado por Gardel (¡Y cómo!), que Fiorentino  con Troilo, inserta definitvamente en la galería de los clásicos.

Celedonio, porteño de pura cepa, nació en pleno centro, el 3 de agosto de 1896. Sus padres vivían en Rivadavia y Talacahuano, y con el negrito orillando los cuatro años, la familia decidió mudarse a Villa Crespo, cuando el barrio era una pampita polvorienta, acunada por las aguas del Maldonado.  Los dialectos de los inmigrantes, la vida al aire libre, el trasiego de carros, las peleas entre barras juveniles, forjaron al futuro poeta popular. Se aquerenciará en el estaño de los bares y será por siempre respetado, dado su verba galana y su humor permanente.


En 1919, el vespertino Última hora,  abría sus columnas a colaboraciones espontáneas y al Negro le publicaron unos versos alejandrinos titulados Por la pinta, que además le premiaron con 5 pesos. El periódico cayó en manos de Gardel, a quien le encantó el tema, pidiéndose a su guitarrista, el Negro Ricardo, que le pusiera música. No sabían quien era ese lacónico Cele que firmaba los versos, Pero Gardel decidió grabarlo cambiándole el nombre por el de Margot.

En plena tarea de grabación, la productora Max Glücksmann encontró al poeta y lo llevó al estudio. Gardel se encontró con un jovencino moreno llamado Celedonio Esteban Flores, regordete, timidón, con el pelo estirado para domar sus motas. Tenía 23 años pero aparentaba mucho menos. El cantor lo atacó, respetuoso:
-Pibe, estos versos son de un tío tuyo, ¿no?
-No señor - respondió Cele-, son míos y acá le traigo otro tema para que lo vea...

Gardel le echó un vistazo a ese nuevo tema, titulado Mano a mano, también compuesto en alejandrinos y ornado con ocurrentes graficismos, enamorándose del mismo a primera vista. En dos horas le pondrían música con José Razzano, y al final le guiñaría un ojo al morenito que esperaba impactado. Y desde que Gardel graba Mano a mano -para algunos su máxima creación-, esas emotivas imágenes se convierten en un capítulo insolayable de la historia tanguera que sigue dando la vuelta al mundo. Más que un tango es una antología. El maravilloso octosílabo inicial continúa simbolizándolo:
Rechiflao en mi tristeza...

Gardel grabaría 21 temas de Cele. Y la espiral crece en forma impresionante. La obra del poeta es muy grande y no hay cantante u orquesta que no haya tenido un tema suyo en el repertorio, pese a que durante un tiempo escribió en exclusividad para Rosita Quiroga por el compromiso que adquirió con ella..
                                                                                                                 
Entre sus obras podemos citar: Pan, Sentencia, Corrientes y Esmeralda, Atenti pebeta, Muchacho, Viejo smoking, La mariposa, Cuando me entrés a fallar, Milonga fina, Viejo coche, Por seguidora y por fiel,  Gorriones, Pobre gallo bataraz, Nunca es tarde, Yo no sé llorar, Es preciso que te vayas, Te odio,  Porque canto así, Mala entraña, Lloró como una mujer, Caran can fun, Pa'lo que te va a durar, Vieja luna, Tengo miedo, Canchero, Audacia y una pila de temas que fueron éxito y que mantienen todo el lustre conseguido junto a  diferentes compositores que colaboraron con el Negro.

Murió antes de cumplir los 51 años y como en su imprescindible Tengo miedo, que lleva música de José María Aguilar, pudo decir antes de marcharse definitivamente de este mundo:
-En la timba de la vida me planté con siete y medio...

Lo recordamos en dos temas suyos. el citado Mano a mano por Gardel en registro de 1923, acompañado por sus guitarristas Ricardo y Barbieri. Y Canchero, con música de Arturo de Bassi que grabó Juan D'Arienzo con su orquesta y el cantor Alberto Echagüe, el 3 de octubre de 1945.

Mano a mano- Carlos Gardel

Canchero- Juan D'Arienzo-Alberto Echagüe

(La nota está extractada de la biografía de Celedonio Flores publicada en mi libro "EL ABC DEL TANGO")


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