viernes, 19 de octubre de 2018

De las manos como patios

Kilómetro y medio separa al Italiano del Hospital de Niños, donde sesenta años antes, siguiendo a sus hermanos Marcos y a la Chochita muerta de brazos, hijo de Aníbal Carmelo Troilo y de Felisa Bagnolo, nace Aníbal Troilo, llamado Pichuco.
   -Está bien -me decía-, nací en el Hospital de Niños. Pero también llegué al mundo y a Buenos Aires como yo me lo imagino: Cabrera 2937, entre Anchorena y Laprida.

   -La casa es pobretona. en una pieza mi madre en espera de mí. en la otra mi viejo, que es carnicero y que tiene amigos chorros: el tinto al centro, los gomías alrededor. Alta noche. De repente, se parte en silencio en dos: "¡Varón!" dice la partera. Y el viejo manda un puñetazo sobre la mesa de pino. La botella se desploma, y el vino es quien me bautiza. Nunca se olvide, Horacito, que nací así como yo lo digo. Y tampoco se me olvide que cuando muera, por único cortejo quiero a Gardel cantando un tango.

                                   
Enarcando las cejas para que la tarde entera le pase por los ojos, restregando una mano en la otra  para conjurar al amarguito con una pizca de café en ese hueco brujo de sus manos como patios, aflauta la garganta y manda el alegre:

   -Y ahora, ¿qué le parecer si nos tomamos unos matecitos? ¡Pocholita! ¡Vicky...! Como le venía contando: cuando me largo con el bandoneón, Pedro Maffia es toda mi locura. Con el fueye ¡antes de Maffia, nadie! Pero cuando Salas, el dueño de Marabú me sugiere la formación de mi orquesta, sólo pienso en Gardel. Porque no era que Gardel cantara con ritmo y con lógica: él era el ritmo y él era la lógica, ¿capta? Entonces yo estoy dispuesto a que mi orquesta cante y pronuncie el tango a  lo Gardel.

   Mientras sorbe el mate perita, flota otra definición, muy suya, impresa en el primer reportaje grande que le hace la revista Sintonía, el 19 de octubre de 1938:
   -El tango -dice ahí Pichuco- debe ser rítmico, pero por encima de todo, musical. Rico en sonoridad y en matices, expresivo, sincero. Un poco triste, y a veces con un dejo de arrabal.

                             
    -Sigo sintiendo ahora igual que en aquel principio. Además, fíjese en las tonalidades naturales del bandoneón y compárelas con las del instrumento en mis primeros discos: ¡pero si nunca  toqué ni quise tocar así de rápido! Mis grabaciones de la época de Goñi está reproducidas medio tono más arriba, porque en la Victor, al matrizar, digo yo, me las apuraban: el tango rápido era lo que se vendía. Animado y con dinámica sí; apurado ¡jamás! Ah, y el matiz...

  - Mire: todo hay que concebirlo en picos. Si compongo un tango con una primera parte contenida, confidencial, la segunda la hago encrespada y cabrera. Lo mismo el repertorio: a una milonga vivaz puede seguir un tango canción y después un orquestal bien fuerte, ¿no?  Siempre, siempre, el matiz. Desde hace algunos años quieren correrme con los ponchazos de esos racimos de notas, y yo... ¡los mato a silencios!

Así comparece en su alma la suma fórmula que acopla lo niño del hombre, dándole esas clarividencias con las que él alumbra y aumenta con señorío de clásico el idioma de Buenos Aires: ¡qué músico!
   -Fuera del tango, Pichuco, que le gusta?
   -¿A mí? -me habla como si momentáneamente se hubiera borrado del planeta, y de la galaxia, en una de esas ausencias suyas a bordo del mate y camino de quién sabe dónde:
   -Cuando adolescente me agradaban algunas cosas del jazz melódico. Pero lo que siempre, siempre, me apasionó es el flamenco. La Niña de los Peines ¡una barbaridad!: ahí tengo, todavía, todos sus discos. También me gustan los músicos clásicos, pero he sido y soy, por sobre todo, hombre de tango.

Horacio Ferrer y Aníbal Troilo con Doña Felisa, madre de Pichuco
 
   -¿Qué orquestas?
   -Di Sarli a muerte: por la clase zapadora y el olorcito a querosén. Gobbi, con una pomada milonguera y que es de mi mismo palo en la sensibilidad, como Pugliese. Y Salgán, que es el mejor "bandoneonista" de la Argentina, ¿me entiende, sí?
-Que toca el piano con fraseos de fueyero...
   -Tal cual. ¿Quiénes más? Piazzolla, que toca el bandoneón extraordinariamente bien y es un musicazo, Vardaro, Grela, Goñi, Laurenz, los dos Díaz -Kicho y David-, qué sé yo... Y en mis tiempos fui mucho, mucho al teatro. Vaccarezza me encantaba. También fui a verlo a Pirandello cuando Arata le hizo El gorro de cascabeles. He visto Shakespeare, cómo no. El teatro ha sido uno de los delirios de mi vida. ¿sabe una cosa?
   -Diga
   -Quisiera morirme arriba de un escenario.

   (Extracto de una nota que escribiera Horacio Ferrer en la que habla de Troilo e incluye este reportaje)

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