jueves, 28 de septiembre de 2017

El brujo del bandoneón

Así le llamaron a Anselmo Aieta por las diabluras que dibujaba en su fueye, aunque fuese un autodidacto e intuitivo, pero genial, claro. Su figura ocupa un espacio grande en la historia del tango, no sólo como músico y director, sino incluso, en su principal y fundamental faceta de compositor. La obra de este bandoneonista supera a la de muchos músicos mejor preparados, por la calidad que atesoró y su permanencia en los atriles de orquestas y cantantes de ambos géneros.

Si bien no conocía la notación y apenas había estudiado el manejo del bandoneón con Genaro Spósito y Luigín Bossi, se las arregló para imaginar los temas en su instrumento y luego amigos como Charlo, por ejemplo, concurrían a su casa de San Telmo para pasarlos al piano y luego a la partitura. Y así nacieron instrumentales como la milonga Corralera, Pobre cotorro, Pavadita o De corte antiguo.

                                           



No  debe existir en la historia del tango una dupla que haya producido tantos éxitos como Aieta y el poeta Francisco García Jiménez. Es impresionante la parva de temas que armaron entre ambos para la posteridad: Carnaval,  Siga el corso, Abrojos,  Prisionero, Ya estamos iguales, Alma en pena, La chiflada, Palomita blanca, Suerte loca,  Príncipe, Yo me quiero disfrazar, La violetera, A la criolla, Tus besos fueron míos, Entre sueños, Mariposita, Penitencia, Bajo Belgrano, La mentirosa, Alegría, El huérfano, Escolaso... y sigue la lista que armaron en sociedad durante unos cuarenta años. Al margen de todos lo que compusieron ambos con otros autores.

El bandoneón de segunda mano que compró para hacer realidad sus sueños de niño, lo consiguió ahorrando dinero de su sueldo en una fábrica de cigarrillos. Sus padres calabreses tuvieron once hijos. Anselmo fue el décimo y lo bautizaron con el nombre del santo benedictino de Aosta. El primer instrumento que tuvo en sus manos fue una concertina. En el barrio había bandoneonistas anónimos que tocaban en los cafés, y le emocionaba escucharlos. Hasta que se dió el gusto de tener uno en sus manos. Había lustrado zapatos, trabajó de mandadero y la música fue su paraíso personal.

                               


Al fallecer su madre, y con una profunda congoja interior, compone su tango El huérfano, que le grabarán las orquestas de  Canaro, Firpo y Juan Maglio Pacho. Años más tarde García Jiménez le pondrá versos al mismo y lo grabará Carlos Gardel. La historia recuerda aquella anécdota de Aieta tocando en el Casino Pigall. De repente un señor elegante lo llama desde una mesa, se presenta:
-Soy Carlos Gardel y me gustaría grabar su tango. si le parece bien, mañana lo espero en la casa Max Glücksmann.

Así nacería una gran amistad noctámbula con el gran cantor, que le grabó nada menos que 17 temas. Y la carrera musical de Anselmo Aieta, comienza en 1913 en un café de la Boca, como integrante de un trío con Agustín Bardi al piano y Ricardo Mochila González en guitarra. Posterioremente reemplazaría en un café de Piedras y Cochabamba, a su gran ídolo, Eduardo Arolas, en su barrio de San Telmo, acompañado por dos guitarras. Luego de algunos escarceos, estaría cinco años en la fila de fueyes de la orquesta de Francisco Canaro, donde completaría su formación.  De allí pasaría a dirigir sus propios conjunto y a engrosar su fama.

   

Arriba: Luis Visca, Juan Cuervo, José Navarro, D'Arienzo y Alfredo Corletto. Abajo centro: Aieta

Porque llegó a mantener tres orquestas bajo su mando, en los cafés el Nacional, Germinal y Guarany. Tenía una hinchada seguidora y ferviente y alternaba dirigiendo cada una de estas orquestas. También dirigió su conjunto Los ases, en los cuales actuaban: Aieta y José Navarro en bandoneón, Juan D'Arienzo y Juan Cuervo en violines, Alfredo Cortletto en contrabajo y Luis Visca al piano. Con este conjunto graba en discos Electra en 1928.

Se alejaría de la actividad profesional hacia 1954, cuando el tango había pegado un estirón monumental y fallecería diez años más tarde, dejando un legado maravilloso que sigue iluminando las milongas del mundo entero. Aníbal Troilo, que le llamaba "Papito", le grabó diez temas. Alfredo De Angelis llevó al éxito su casi desconocido Pavaditas. Y Palomita blanca es una belleza que nos hace girar en la pista con un aire alegre y nostálgico.

                              
                                       
Podemos escucharlo con su orquesta en dos temas, Primero el tango Pampa, de Francisco Pracánico, grabado en 1953, con Armando Baliotti al piano, Raúl Kaplún y Orestes Zungri en violines, Pucherito Adesso en contrabajo, además de Aieta en bandoneón. A continuación el valsecito de Enrique Delfino y Manuel Romero La montonera, que canta Luis Scalon. Grabado en 1930.

Anselmo Aieta - Pampa

Anselmo Aieta - La montonera







4 comentarios:

  1. Hola Buenas tardes: necesito realizar un informe sobre el tango y su historia para la facultad de ciencias sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Quisiera saber si podría entrevistarlo. Mi mail es nair1277@hotmail.com.
    Muchas Gracias. Jacqueline Bonelli

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  2. Ningún problema Jacqueline. Estoy a tu disposición. Saludos.

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  3. Quise entrar en tu correo pero me sale como "error".

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  4. Reverencia y respeto a un iniciático del Tango, la música popular más importante de todos los tiempos y espacios.

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