martes, 14 de abril de 2015

Hernán Oliva

Siempre retorno mentalmente a aquellas increíbles y maravillosas noches del cincuenta, cuando la calle Corrientes era un desfile permanente de actores, músicos, cantores, milongueros y gente del ambiente...  Aquellas Confiterías bailables que acogieron al tango en esa época estaban siempre a rebosar: Montecarlo, Nóbel, Dominó, Cero Club, Novelty, Sans Souci... y por ese motivo la famosa calle Corrientes era una fiesta, incluso, con sus cines y teatros siempre llenos.

Entre aquella pléyade de figuras que me crucé tantas veces, estaba este violinista Hernán Oliva, que era ídolo de los aficionados al jazz. Pero al que he visto una noche en una sala de la calle Cerrito, vecina a Corrientes, tocando tangos a la parrilla con un pianista que no logro recordar, y se mandaron un increíble Canaro en París, para terminar de meterse a los asistentes en el bolsillo.

                                 

Así lo vi pasar tantas noches y madrugadas, violín en ristre, rumbo a  uno de los tantos refugios de noctámbulos a los que estremecía con su violín. Además bailé con las orquestas de Ahmed Ratip y sus Cotton Pickers y con la Jazz Casino yel baterista tito Alberti, porque acompañaban las veladas con distintas orquestas típicas, y él fungía de violinista en dichos conjuntos.

Había nacido en Valparaíso, Chile, y conservaba el acento de su tierra. Aprendió a tocar el violín de oreja con un instrumento pequeño regalado por la madre, que fomentaba su amor por la música. Llegó a Mendoza con 22 años cumplidos, lo prueban con el tango Alma de bohemio, de Roberto Firpo, y logra enganchar trabajo en una emisora cuyana. Estará un tiempo y viaja a Buenos Aires con tres músicos mendocinos para probar suerte en la gran capital.

                                                       


Uno de ellos lo recomienda al pianista René Cóspito y consigue un lugar en su orquesta de jazz. Y encontraría su lugar en el mundo, cuando en la boite Chaumière, toca una noche con el famoso pianista Enrique Mono Villegas y se incorpora a su cuarteto con David Washington en trompeta y el inglés Philips en saxo. El Mono le advierte condiciones y lo empapa, lo pule, lo mejora y saldrá con el tiempo convertido en el gran violinista de jazz. Era el sueño cumplido, desde el día que descubrió a Joe Venuti, aquel violinista ítalo-americano que había introducido el violín en el jazz.

Hernán Oliva (1913/1988)  fue un grande de verdad, pero su trabajo constante y su enorme calidad no le alcanzaron para ganar un dinero que le permitiera llegar a una edad determinada con la economía resuelta para vivir dignamente. Por eso siguió nocheando con su violín para ganarse unas monedas allí donde le abrían sus puertas, sólo o acompañado por otros músicos. Por eso se alistó en todas las que pudo, viajó a estados Unidos, donde fue aplaudido pero volvió desanimado y siguió su vida errante en la Buenos Aires que iba perdiendo sus lugares de privilegio en lugares bailables y comerciales. Casado, con tres hijos, El viejo almacén fue uno de los últimos reductos donde trabajó dignamente.

                                       
Hernán Oliva al frente de su Quinteto de jazz

En el año 1974, uno de los directivos de la discográfica Redondel donde grababa, que le había escuchado tocar tango, decidió grabar un CD suyo. Coincidió ello con el regreso al país del pianista y compositor rosarino Mito García, cuyo nombre en realidad, era Gerónimo. Acababa de llegar de Estados Unidos, adonde había acudido para participar en un recital, invitado por la Embajada Argentina, gracias a unas personas de Cancillería que lo conocían. Le fue tan bien, que lo fueron contratando de diversos sitios del país del Norte y se embarcó en una gira que duró dos meses.

Mito García (1910/2000), que había estado entre otros con los Hawaiian Serenaders, ha compuesto numerosos temas de distintos géneros, e incluso el tango dedicado: A Horacio Salgán, en signo de admiración.  Su hijo Daniel es también pianista, muy conocido, que ha dirigido quintetos de tango o rock. Fue en la discográfica Redondel, donde Mito comenzó a comentar las experiencias de su gira por Estados unidos, y mientras lo hacía, tocaba cosas al piano. Oliva desenfundó su violín y lo iba siguiendo, congregando la atención de la gente del sello que en su momento fue conocido como "el sello del jazz argentino".

                                                  

Juan Carlos Maquieira director del mismo, se entusiasmó y les pidió que armaran entre ambos unos cuantos temas de tango para grabarlos. Y así fue como surgió esa belleza de disco que se llamó Nieblas del Riachuelo, realizado en los estudios ION.

Está integrado por 12 temas: El primero es que da nombre al LP. Y le siguen: Amurado, Nunca tuvo novio, María, Silbando, Milonguita, Barrio reo, Ninguna, Malena, Recuerdo, Buen Amigo y El entrerriano. Una hermosura de creaciones entre estos maestros que merecieron una prolongación que no llegaría. Fue el canto del cisne para ese violinista que debió estar en la posteridad con los laureles que sólo conoció entre los músicos. La vida no le sonrió debidamente y trabajó hasta el último de sus días intentando susbsistir malamente con ese violín mágico. Una madrugada del 88, en su periplo nochero, cayó muerto, fulminado en la calle, abrazado a su violín.

                                       


Hoy los recuerdo a Oliva y a Mito, en tres temas de aquel disco: Niebla del Riachuelo, de Cobián, Amurado de Laurenz-Maffia y Silbando de Cátulo Castillo y Piana.

01- Niebla del Riachuelo - Mito García-Hernán Oliva

02- Amurado - Hernán Oliva-Mito García

05- Silbando - Mito García-Hernán Oliva

1 comentario:

  1. Muy buen post, por demás interesante y bien documentado. Saludos cordiales. Waldo Fonseca. Hot Club de Boedo.

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