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lunes, 5 de enero de 2026

Las noticias del día.

 

            





Cambalache

 Si Discépolo levantara la cabeza y viera lo que está pasando en el mundo, reescribiría este tango inmortal que siempre nos  despertará y nos mostrará las tremendas realidades que nos despiertan cada día. Las interminables guerras, los dirigentes incapacitados o destructivos, las invasiones de países para apoderarse de sus riquezas. O lo último del Presidente de Estados Unidos, tomando prisionero al Presidente de Venezuela y, descaradamente, yendo a apropiarse de las riquezas de su país.

En su magistral tango "Cambalache", compuesto en 1934, define muy bien los horrores de su época y retrata al siglo veinte como un modelo de maldades, la mezcla de calamidades y muestra como los seres humanos son manoseados y explotados sin vergüenza ni conmiseración. Y en las primeras dos sílabas de su poema, lo deja bien claro. Muy claro.

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé
En el quinientos seis y en el dos mil también
Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos
Contentos y amargados, valores y dublés.

Hubo una lucha entre Luis César Amadori y el productor cinematográfico Ángel Mentasti por el estreno de este tango. Y la pulseada la ganó Amadori. El primero quería estrenarla en su película "El alma del bandoneón" que se estrenó en febrero de 1935. Pero Amadori le propuso un debate entre ambos, y mientras ello sucedía, La "Negra" Bozán lo estrenaba en una revista musical "Esmeralda al 4000".
                                    
                              


Cambalache se convertiría en un símbolo de lo que era corrupción pública, por lo que sucedió con los gobiernos de aquellos años. Y pese al tiempo transcurrido, el mensaje discepoleano no pierde fuerza ni se difumina en el olvido. Por el contrario, permanentemente podemos retrotraernos a sus versos para retratar tantas maldades insolentes, como él decía. Y seguimos revolcaos en un merengue...

Pero que el siglo veinte es un despliegue
De maldad insolente, ya no hay quien lo niegue
Vivimos revolcados en un merengue
Y en un mismo lodo todos manoseaos

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor
Ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador...
Todo es igual, nada es mejor
Lo mismo un burro que un gran profesor.

Hoy  podemos indignarnos por las actitudes prepotentes de Trump, pero los argentinos también hemos pasado por momentos muy duros, difíciles, cargados de corrupción y gobiernos ineptos y por eso Discepolín se convierte en un relator histórico, dado que su tango perdura después de casi un siglo de su estreno. Por lo que encierra, simbólicamente, que toda Sudamérica lo ha vivido en algún momento.

No hay aplazaos ni escalafón
Los inmorales nos han igualao
Si uno vive en la impostura
Y otro roba en su ambición
Da lo mismo que sea cura
Colchonero, rey de bastos
Caradura o polizón

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!
Mezclao' con Stavisky van Don Bosco y La Mignon
Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín
Igual que en la vidriera irrespetuosa
De los cambalaches se ha mezclao' la vida
Y herida por un sable sin remache
Ve llorar la Biblia contra un calefón

Todos los que nombra fueron personajes famosos. Algunos, delincuentes, otros boxeadores, militares, el "Al Capone argentino" y, en general, monta un cambalache de figuras que ornamentan el tango. Y cuando vivimos esta historia actual de Donald Trump y sus deseos de ser el Rey del planeta, nos viene a la memoria el gran Discépolo y qué versos maestros se podría mandar con este peligroso personaje.

Siglo veinte, cambalache, problemático y febril
El que no llora no mama y el que no afana es un gil
Dale nomás, dale que va
Que allá en el horno nos vamo' a encontrar
No pienses más, sentate a un lao'
Que a nadie importa si naciste honrao'
Es lo mismo el que labura
Noche y día como un buey
Que el que vive de los otros
Que el que mata o el que cura
O está fuera de la ley.


Podemos escuchar a Julio Sosa, con la orquesta de Armando Pontier, interpretando el tango de marras. Lo grabaron el 25 de febrero de 1958.

                                 


                              

La sensibilidad vs. El virtuosismo

 


Que se busca en la música? La mujer podrá buscar el placer de escuchar la música, pero deberá buscar la música no en el aire, sino dentro del hombre. Cada bailarín contará una historia diferente con un mismo tema. Cada hombre siente y escucha distinto. Y lo que cada mujer responde y expresa es único. Tal vez por eso la sensibilidad y el descubrimiento en el tango no tiene límites.

Cuando el hombre sigue a la música, el tiempo fuerte de un tango se escucha muy claro, pero a veces ese instrumento que lo lleva (comúnmente el bandoneón o el piano), puede dejar paso al llanto de un violín, o cambiar la respiración gimiente del bandoneón y su ritmo estirado. Cada persona escuchará diferente, eso es cierto, pero el músico y la música nos cuentan cosas, habría que escuchar, no solo en sus tiempos fuertes, y ver si nos pide pasos marcados y figuras todo el tiempo; o si nos sugiere un silencio, un ralentizar del paso, marcar con suavidad o buscar la pasión en el siguiente compás.

Pisar en la estructura métrica musical no es suficiente. Técnicamente quizá se puedan meter más de tres pasos en un tiempo, pero tal vez habría que buscar algo que nos conmueva en la música y luego medir la velocidad. Encontrar la conexión de la compañera, o compañero tanto en un paso, como en un silencio. En el tango como en la vida, la cantidad, no es necesariamente calidad. Creo que cuando se escucha más, uno puede elegir mejor la elección de un paso adecuado. Como si la música nos dijera que paso usar. Es por esto que las estructuras coreográficas no sirven a no ser que bailemos siempre el mismo tema.

Imagino en un mundo ideal, a todos los hombres que guían la danza, teniendo posados sobre los hombros, como voces de la conciencia, dos pequeños angelitos dibujados por Sábat: un Pichuco de un lado y un Pugliese del otro. Ya ellos nos dirán que hacer. Y por supuesto, la mujer agradecida.

(Extracto de una nota de Manuel González)