lunes, 19 de marzo de 2018

Ninguna

Soy fan de toda la obra de Homero Manzi relacionada con el tango y creo que vale la pena repasarla una y otra vez, por la belleza de los versos que nutrieron esas páginas. Hoy me enfrasco en el recuerdo de Ninguna, que es toda una pintura detallada en la memoria del amor esfumado. Yo lo veo como una caricia reflexiva y exquisita, sin rencor. Y viene envuelta en un territorio de musicalidad profunda e intensa.

Franz Liszt decía que "La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor, sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso". Y viene a cuento porque el pianista y compositor  Raúl Bernardo Fernández Siro, que acompañaró a cantantes varios, fue quien musicalizó con mucho acierto el poema de Manzi, con austeridad, convirtiendo las lágrimas en canto.

                                     


Todo se puebla de sombras y fantasmas desde que el poeta traduce primero el sentido y luego busca el sonido. Capta y nos señala el momento decisivo, cuando le abre la puerta al amor y a la enamorada. Es como la obertura de la obra teatral. Los personajes ya están inmersos en esos vaivenes sentimentales, cimentados en los afanes, venturas y deseos. Y el abrirnos esa puerta a su intimidad, nos acerca a cierto locus de la nostalgia.

Esta puerta se abrió para tu paso
este piano tembló con tu canción, 
esta mesa, este espejo y estos cuadros
guardan ecos del eco de tu voz.
Es tan triste vivir entre recuerdos
cansa tanto escuchar este rumor
de la lluvia sutil que llora el tiempo
sobre aquello que quiso el corazón.

La celebrada fertilidad del artista sin sosiego, con su metejón, moldeando la tensión y el tiempo con maravillosa naturalidad poética, nos sumerge en su mundo, que es el nuestro, al escucharlo y leerlo. Él dijo alguna vez: "Los temas de mis canciones son siempre recuerdos personales.  Me resulta difícil escribir fantasiosamente. No tengo ese don". Y en sus obras reconstruye maravillosamente el clima, las percepciones iniciales, el fervor de lo vivido. Irradia pulsiones de una manera constante.Nos obliga a imaginar la situación y a la destinataria de su verso.

                                           


No habrá ninguna igual, no habrá ninguna,
ninguna con tu piel ni con tu voz.
Tu piel, magnolia que mojó la luna;
tu voz, murmullo que entibió el amor...
No habrá ninguna igual...Todas murieron
en el momento que dijiste adiós.

Emociona el hecho de que pueda recordarla sin el recurso habitual de la tosquedad y la aspereza de la memoria amorosa. Nos detalla la minuciosidad de las cosas que uno ha acariciado, el acople natural de la pasión. Esa elegancia tan manziana enfrenta al lector-oyente  a la complejidad de lo cotidiano. No hay amor sin dolor. Vívida  la historia y clara la pena. Los pasionales momentos transcurridos en ese ámbito, traspasada la puerta, se han desvanecido en la nada. Pero Manzi vuelve a darles vida.

Cuando quiero alejarme del pasado
"Es inútil", me dice el corazón.
ese piano, esa mesa y esos cuadros
guardan ecos del eco de tu voz.
En un álbum azul están los versos
que tu ausencia cubrió de soledad...
es la triste ceniza del recuerdo,
nada más que ceniza... Nada más...

Los versos finales nos dejan sin aliento. ¡Quién no vivió un momento así o parecido! Claro que evocarlo con las palabras de Manzi no está al alcance de cualquiera,. Ni siquiera ese amor que sigue latiendo en su interior, con toda la tristeza del final.

Hay varias versiones notables de este tango. Creo que las de D'Agostino-Vargas del 3 de diciembre de 1942, y la de Troilo-Rufino del 24 de abril de ese mismo año, representan muy bien con su interpretación, la poesía de Manzi y la música de Fernández Siro.

Ninguna- Ángel D'Agostino-Ángel Vargas

Ninguna- Aníbal troilo-Roberto Rufino


 



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