viernes, 14 de abril de 2017

Vuelve la serenata

Cátulo Castillo y Aníbal Troilo tejieron en común una ristra imperdible de tangos, milongas y valsecitos que nos siguen sacudiendo a través de las versiones que quedaron grabadas. Con el gesto de situarse en el pasado, mostrando las estampas de la época, los desamores, rituales, romances y costumbres de aquellos tiempos, Cátulo desborda su fluencia versicular. Y Pichuco le pone el cáliz de su música para dejarnos estos temas instalados en el alma.

Entre ambos compusieron páginas como Carmín, El último farol, La última curda, Desencuentro, A Homero, La retrechera, Vals del carnaval, Milonga de La Parda, Fujiyama, María, Una canción, La cantina, Milonga del Mayoral, Patio mío, Testamento tanguero, Y a mí qué, además del valsecito que hoy traigo y que recuerda aquellas serenatas  en las que incluso Pichuco participó alguna vez, cuando era un adolescente que acompañaba al cantor del barrio para homenajear a la novia de un amigo.

                                     


Cátulo las vivió en su barrio natal de Boedo y las dibuja, devolviéndonos el pasado, en su modo sentimental, la atmósfera  impregnada de sentimientos amorosos, aromada de porteñidad, en una feliz conjunción de forma y fondo. Un canto a la tradición. Perfila y recuerda un escenario en el que la emoción domina y contagia. Porque resume la esencia de cómo se vivían ciertas cosas en los barrios.

Yo te traigo de vuelta muchacha
la feliz serenata perdida,
y en el vals que el ayer deshilacha
la luna borracha, camina dormida.
A los dos el dolor nos amarra
con el mismo cansancio dulzón,
palpitando en aquella guitarra,
la dulce cigarra de tu corazón.

Alberto Castillo, en su gran momento de esplendor artístico,  popularizó el vals de Sandalio Gómez y Teófilo Ibáñez: La vieja serenata, que bucea precisamente en el mismo tema que años más tarde idearon Cátulo y Pichuco. Pero los versos del hijo de González Castillo tienen ese gusto artesanal por el detalle y regresan a los lugares de su juventud con un estilo que borda las imágenes y los recuerdos.



Cátulo y Pichuco

Hoy ha vuelto, ya ves y a su modo                              
te despierta, cantando en sigilo,
las tristezas que doblan el codo
nos dicen que todo descansa tranquilo.
Asomate, no seas ingrata,
que la serenata
te llama al balcón.

Y entonces, sí, el don de la anacronía se desplaza en una órbita que parece flotar en el terrritorio de los afectos y se pierde en los dominios del tiempo. La juventud en su inmensa aventura, los grisados de la noche y el humus poético hacen las veces de exordio y se funden en el poema de Cátulo. La serenata  sobrevive melancólicamente al naufragio de los amores perdidos.

Serenata del barrio perdido
con sus ecos de esquina lejana,
hoy que sabes que todo está herido
tu mano ha corrido la vieja persiana.
Asomate otra vez como entonces
y encendele la luz del quinqué,
porque quiere decir con sus voces
muchacha no llores, no tienes porqué.


Además de ponerle música, Aníbal Troilo lo grabó con su orquesta y los cantores Raúl Berón y Jorge Casal, en 1953. Y así lo traemos para iluminar esos versos.


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