sábado, 10 de diciembre de 2016

Los muchachos de antes

                                                                             

                                                                   
                                                                  "Llevo el tango en el alma porque es muy mío,
                                                                   por bravo, por compadre y sentimental,
                                                                   porque dice de amores, de hambre y de frío,
                                                                   porque muerde recuerdos y desafíos
                                                                   como la flor shusheta muerde un ojal”
    
                                                                                               Carlos Waiss 

El título de la página de oggi no se refiere a aquel conjunto que, en los años cincuenta, rememoraban en su estilo la época iniciática del tango canyengue, con mucha fortuna. Me refiero a los viejos milongueros que sellaron el pase de esta danza a la posteridad, para que sea bailado por los nuevos bailarines y los que vienen gastando suela desde los años noventa del siglo pasado.

                                         


Es cierto que la renovación es necesaria para la supervivencia del género, como ha sucedido con los músicos que surgieron después de los años sesenta. Pero de ahí a pensar que los pasos y figuras actuales son nuevos, distintos y muy superiores a los que se dibujaban en las pistas de los cuarenta y cincuenta, hay un mundo. Que es irreal. A lo sumo podemos aceptar el aggiornamento de algunos pasos pero, en líneas generales, los muchachos y muchachas de antes, también la dibujaban lindo, y dejaron acuñado el copyright en la mayoría de las figuras.

Vos sos un milonguero de la actualidad y sonreís, sobrándome, pensando algo así: "¡Cómo podés comparar, si los viejos de antes no sabían ni la mitad de lo que sabemos nosotros...". Y yo pienso que la única manera de convencerte de que estaba casi todo inventado, es mostrándote a los veteranos en acción. Y después me la contás...

                                   


Por ejemplo, te invito a ver a Miguel Balmaceda y Nelly Algañaraz. Miguel es el padre de Julio, y fue maestro de bailarines de renombre como Miguel Ángel Zotto, Carlos Copello y muchos otros. Dirigió con Nelly las prácticas en el salón Canning, en los años noventa.  En ese semillero se formaron varios bailarines de prestigio. Miguel defendió siempre que el buen bailarín camina, controlando el ritmo. Y camina con elegancia. Ni salta ni corre, que es cosa de gringos, decía. Tiene ese linaje de urbanidad nostálgica y de códigos que fue transfiriendo a sus alumnos. Acá podemos apreciarlos a él y Nelly, bailando el tango Gallo ciego por la orquesta de Osvaldo Pugliese.





Estamos en un pasado cargado de porvenir y por eso traigo a estos maestros. Uno de ellos, José Vázquez, más conocido como Lampazo, por esa costumbre porteña de poder apodos. Porteño del barrio de Villa Devoto, comenzó a bailar en 1939 y aseguraba que después, en los 40, comenzó lo delicado del tango, lejos del malevo que pintaban los iniciales. Aseguraba que las exhibiciones de su época eran todas  improvisadas "y había que saber un montón"...  Podemos verlo en el club Glorias Argentinas, en 1994,  con su compañera Pocha, bailando la milonga que le enseñó Juancito Luna. Se trata, en este caso,  de Milonga vieja milonga por Juan D'Arienzo y su orquesta. 


                                                                        

En aquel hábitat musical que era la Buenos aires del cuarenta y cincuenta, el tango llamaba a todo el mundo a la pista y orquestas y cantores nos eran familiares porque salían por radio y en disco, en revistas dedicadas al tango, o en émulos barriales que tocaban el fueye, la guitarra o cantaban. Había como una gran unión entre milongueros y tangueros. Épocas irrepetibles porque hoy  toda esa música argentina está tomada por empresas del mundo entero que se aseguran los derechos de algo que no es suyo. Jamás los gobiernos argentinos defendieron nuestra música, salvo escasas excepciones, y, antes, prefirieron que tuviera un sello maldito, de mala vida porque no lo entendieron. Otro de aquellos muy buenos bailarines fue Puppy Castello, que era de Boulogne (Partido de san Isidro, a 25 km. de la Capital). Me lo presentó Miguel Ángel Zotto en Almagro, allá por los noventa y tuve bastante trato con él, incluso en Madrid. Me gustaba verlo bailar. Aunque ya estaba bastante gordito, tenía unas maneras muy gratas. Podemos verlo bailando con su compañera Graciela González (muy buena), el tango El cencerro, por Juan D'Arienzo y su orquesta. Acá ya está mayor y pasado de peso, pero la pericia se mantiene.

                                      

Parece que no  eran tan troncos los de antes, ¿no? ¿Qué me contursi?

Hay que tener en cuenta que acá ya estaban entrados en años y kilos, que les falta aquella agilidad juvenil y  tienen la cintura desengrasada...  Pero como siempre se bailó el tango con una gran pasión, en Buenos Aires, la "chapa" se advierte inmediatamente. Entonces no había tantos profesores como ahora y era una transmisión de generaciones. Los más grandes a los más chicos. Y el resultado era excelente. Pero, ojo, me gusta ver bailar a los jóvenes con pasión y caminando bien la pista, sin movimientos bruscos que golpean a otros y desequilibran la rueda. Lo que sí es evidente, es que en el mundo entero se está bailando muy buen tango. Gracias a la herencia que recibimos de aquellos que vemos aquí, de su siembra, y de tantos de su época.

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