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martes, 9 de junio de 2026

Buenos Aires encuentra su canción

 En el "arte menor" de las canciones populares -que a veces toman la mayoría de la edad artística por su cuenta- pongamos a la diestra de las más lírica a esta de la ciudad porteña, que en los fines de la segunda década la recibió con incontenible entusiasmo. 

La ciudad entera repetía las estrofas del tango todas las mañanas, las tardes y las noches. Era una fiebre colectiva. Parecía que el pueblo hubiese vivido hasta entonces ignorando que tenía un corazón y acabase de descubrirlo. 

Cuando al tango de la primera época  le zurcieron una letra, hizo el elogio de "guapos", "tauras" y "milongueros". La mujer nombrada en alguno, no contaba más que como dócil complemento de la pareja bailarina.                                                                                                                                                                         


 El tango-canción dejó  dejó de lado las apologías de los "guapos". Encontró su veta en protagonistas femeninas. Venido en pleno auge del cabaret, machacó por demás, ciertamente, al tomar por repetida figura central de sus estrofas a la bailarina contratada o asidua concurrente de un Armenonville, un Abbaye o un Tabarin. 

Y dividió el tema entre el apóstrofe a la desertora del barrio lejano, la casita chata, "los viejos" abandonados... y la conmiseración por tal pobre ilusa que iba detrás de la felicidad por el errado camino del "festín" y del "champán". Flor de fango, del mismo Contursi (con música de Gentile) y Milonguita, de Linning (música de Delfino), son muestras cabales de esos temas. 

Superada esa época, el tango-canción dejó esa forma manida y tuvo poetas que lo diversificaron en estampas y asuntos que siguen frescos en la memoria de unos y transmitidos a la memoria de otros. Esas canciones del tango, capaces de prender en la emoción del pueblo y reflorecer periódicamente, vienen en línea recta de la que Contursi y Castriota entregaron a la perpetuidad sin imaginar su destino.

Como si fuera apenas flor de un día. El poeta del fango hizo un canto memorioso por su bendita ignorancia de artificios, conmoviendo de veras con su trueque indefinible de realidad y metáfora con que vistió a su poesía. 

En pos de Contursi llegaron otros con jerga también sonora, con zapatos gastados de chapalear mucho barro. Los hubo que supieron escarbar bajo para cantar alto: a "pibes" sin pan, a varones derechos pero de estrella torcida, a mujeres que mueren de un mal de amor sin haber conocido más que al amor malo. 

A las tentaciones, al delito, a la traición, a la muerte. A las novias resignadas a la espera. A madres sufrientes, que las hay en todo tiempo, tendiendo las manos a la vida sin que la vida ponga en sus manos más que las monedas calientes de su propio llanto.

También el tango tuvo en su hora - y para perdurar también- el canto jocoserio, de filosofía tan parda como su verba, con el escape regulado del comentarista agudo, escéptico, dolorido, burlón, de la vida que pasa. Y no le faltó el poeta cabal, con puntería alta, que en las claves de la melodía porteña encontró la guía estimulante de su inspiración. 

Francisco García Jiménez (EL TANGO - Historia de medio siglo 1880/1930 )

 

 

 

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